Los biógrafos de Nicolás Copérnico atribuyen excesiva significación a las menciones, que encontramos en el libro De Revolutionibus orbium coelestium, acerca de las teorías de pensadores de la antigüedad clásica que escribieron sobre el heliocentrismo. También pretenden encontrar en los textos del propio Copérnico la confesión de que él no fue en realidad el creador del sistema heliocéntrico sino que se limitó a resucitar las concepciones cosmológicas de Nicetas, Filolao, Heráclides, Ecfanto y especialmente Aristarco de Samos.
Otros de sus biógrafos, por el contrario consideran su deber salvar la originalidad de Copérnico, despreciando lo que él mismo dice acerca de los estímulos que encontró en sus lecturas de Cicerón, Plutarco, etc. Estos biógrafos ponen en duda el propio relato de Copérnico sobre aquellos incentivos y opinan que estas menciones fueron insertadas en la introducción del De Revolutionibus con el único fin de restarle carácter revolucionario a la obra, apoyándola ex post en la autoridad de
pensadores antiguos.Ciertamente, deben rechazarse también estas opiniones, y no porque de ese modo se pone en duda la veracidad de nuestro astrónomo, sino sobre todo porque se hace sin necesidad alguna.
Copérnico era un típico representante de una época de transición; por un lado, fue un innovador audaz que abrió nuevos horizontes a la ciencia, pero por otro, a pesar de su genialidad no supo librarse totalmente de las trabas de la tradición, aún en los casos en que ésta resultaba engañosa por estar fundada en razonamientos apriorísticos.
Copérnico sentía especial admiración por los autores antiguos y no sólo porque era cabalmente hombre de su época, época del humanismo y del Renacimiento, sino también porque las obras de los sabios antiguos habían nutrido su propia mente, y él se consideraba simplemente discípulo de ellos. En éste contexto resulta completamente lógico que buscando certeza haya recurrido a ellos en busca de consejos.No es necesario buscar segundas intenciones en sus relatos, sino aceptarlos como una confesión de que fueron los autores antiguos y sus opiniones los que llamaron su atención hacia la posibilidad de rechazar el dogma de la Tierra inmóvil.
Por lo tanto,
Copérnico rechaza el dogma de Aristóteles y Tolomeo acerca de la inmovilidad de la Tierra, desplazándola del centro del cosmos para colocar allí el Sol, y ordenando, tanto a la Tierra como a los demás planetas, girar alrededor de él. Pero no rechaza el segundo principio fundamental de la astronomía escolar, el llamado «axioma de Platón», según el cual toda la cinemática del cosmos se reduce a movimientos uniformes de trayectoria circular.En las obras de Arquímedes y Plutarco encontramos en efecto, menciones acerca de que el famoso astrónomo griego
Aristarco de Samos que, en el siglo III a.C., sostuvo que no era la Tierra sino el Sol el que ocupaba el centro del Universo. Estas menciones merecen confianza a todas luces, especialmente la mención de Arquímedes, contemporáneo de Aristarco, y en cierto sentido, colega suyo. Arquímedes dice que Aristarco «...suponía que las estrellas fijas y el Sol eran inamovibles y la Tierra, en cambio, giraba en un círculo alrededor del Sol».De hecho en el manuscrito original del De Revolutionibus se dedica un largo pasaje a
Aristarco que, por consiguiente era bien conocido de Copérnico. A pesar de ello, éste suprimió dicho pasaje en la versión impresa de su libro. Esta notable omisión resulta, desde luego difícil de explicar; es posible que Copérnico temiera que el repudio al que fue sometido en la antigüedad el sistema heliocéntrico pudiera ir en detrimento de la aceptación de sus propias teorías.Defendida sólo por Seleuco, discípulo de
Aristarco, el sistema heliocéntrico fue sucumbiendo lenta y silenciosamente hasta ser totalmente sustituido por la astronomía tolemaica y aristotélica.Fuera de estas menciones no hay parte alguna donde surjan indicios de una
Teoría Heliocéntrica, tampoco en los escritos del propio Aristarco, quien dejó una extensa obra astronómica titulada «De las dimensiones y distancias del Sol y la Luna». En esta obra la idea heliocéntrica no aparece en absoluto.Todo esto significa que Copérnico no pudo recoger sobre ella más información que la contenida en aquella mención. Es incluso muy probable que ni siquiera haya leído ésta última, pues, de lo contrario, la habría citado en el De Revolutionibus, donde, para defenderse de futuros reproches enumera a todos los astrónomos de la antigüedad que expresaron en sus obras ciertas dudas respecto a la situación central de la Tierra en el Universo. Figuran allí Filolao, Heráclides, Nicetas y Ecfanto, pero Aristarco brilla por su ausencia.
Asunto aparte es la falta de éxito de la idea de Aristarco de Samos en los tiempos en que éste vivió y actuó. Ignoramos los argumentos con los que defendió su Teoría, pero debió de presentarlos y no serían fútiles ni mucho menos. Con todo, sus ideas no convencieron a los sabios antiguos.
La
astronomía antigua estuvo muy estrechamente ligada a la matemática. Por lo tanto, los modelos cosmológicos se evaluaban sobre todo desde el punto de vista de sus cualidades matemáticas. La Teoría Geocéntrica con su sistema de epiciclos era en aquella época algo tan perfecto en cuanto a la forma y tan claro en lo que atañe a las ideas, que sólo se podía abandonar a cambio de algo que fuese matemáticamente mucho más perfecto. Y esto era algo que Aristarco de Samos no estaba en condiciones de proponer.Tampoco podía proponerlo Copérnico, pero en sus tiempos reinaba ya otra atmósfera y otra ideología. Sólo en este ambiente las ideas del astrónomo polaco, apoyadas por una enorme documentación probatoria, pudieron determinar un cambio de rumbo, y esto de ningún modo menoscaba nuestra apreciación del ingenio y perspicacia de Aristarco.
El modelo geocéntrico dificultaba el progreso de la Teoría, no sólo debido a que el sistema de referencia adoptado era incómodo desde el punto de vista metodológico, sino también porque
suponía únicamente movimientos uniformes de trayectoria circular. Cada vez que se descubría una nueva diferencia entre el movimiento planetario Y la Teoría, había que hacer valer tal descubrimiento agregando un nuevo círculo al mecanismo del universo.Con el cielo ocurre hasta cierto punto lo mismo que con un reloj. La falta de precisión de su mecanismo no se manifiesta inmediatamente después de ponerlo en marcha. Sólo después de días y semanas estamos en condiciones de descubrir sus defectos. El
modelo geocéntrico funcionó muy bien inmediatamente después de su puesta en marcha, pero más tarde, durante la Edad Media y principios de la Moderna, la maquinaria del mundo comenzó a ser anacrónica.En el siglo XI Jabir de Sevilla criticó seriamente el sistema geocéntrico, pero su crítica estuvo dirigida sobre todo contra los datos numéricos que describían este sistema y no produjo mayores cambios en astronomía.
Mucho más avanzada fue la crítica de Averroes de Córdoba, quien analizó críticamente ambos sistemas geocéntricos, el de Tolomeo y el de Aristóteles, pero tampoco dio lugar a reforma alguna.
En el siglo XIII, Alfonso X, el Sabio, reunió sesenta de los mejores astrónomos Árabes y Judíos con el fin de elaborar nuevamente todos los datos astronómicos conocidos hasta entonces. Como resultado surgieron las famosas Tablas Alfonsinas, que proporcionaban numerosísimos datos, pero sin explicar por qué ciertas magnitudes anteriormente aceptadas habían sido sustituidas por otras.
Precursores de Copérnico fueron dos sabios alemanes Georg von Peuerbach y su discípulo Johann Muller de Konigsberg, conocido bajo el seudónimo de Regiomontano. Ambos vivieron y actuaron en el siglo XV, en la época del humanismo incipiente. Gracias a ellos la teoría de Tolomeo conocida hasta entonces en forma osificada y dogmática, adquiere nuevamente carácter de teoría científica. Realizaron una nueva traducción de la obra de Tolomeo, interpretándola y aportando muchas ideas originales.
Al buscar sustento para sus propias teorías e ideas, Copérnico no siempre tenía que recurrir a un pasado remoto y lejano, dado que en épocas más cercanas a él varios pensadores y eruditos eminentes habían puesto en tela de juicio los postulados del geocentrismo tolemaico. En primer lugar, el gran filósofo francés Nicolás de Oresme en su tratado Del cielo y del mundo, escrito en 1377, planteó la hipótesis del movimiento diario de la Tierra. Cien años más tarde el pensador alemán Nicolás de Cusa formuló su original visión, según la cual, la Tierra inmóvil no se halla a una distancia fija del Creador.
Oresme y Cusa desempeñaron una importantísima misión como intermediarios entre la filosofía medieval y la moderna.
Durante sus estudios en Cracovia, Copérnico pudo escuchar de boca de su profesor Wojciech de Brudzewo, que la forma de razonar de algunos sucesores de Tolomeo no era infalible y que no se podía descartar la Teoría Heliocéntrica.
Durante su estancia en Ferrara, conoció a Celio Calgagnini autor del tratado De la movilidad del cielo y la movilidad de la Tierra. Los apuntes conservados en los libros de Copérnico apuntan a la importante influencia de este humanista.
Huelga recordar los apuntes de Leonardo da Vinci, en los que se lee que el Sol está inmóvil en el centro del Universo y que su luz ilumina todos los cuerpos celestes.
Este concepto renacentista del Sol se refleja en la ciencia de Copérnico.
Un equivalente de la visión cósmica del mundo solar de Copérnico era la visión de orden social y belleza trazada por Campanella en su obra titulada, remitiéndose a las ricas tradiciones italianas y antiguas, La ciudad del Sol.
Sin embargo, todas estas concepciones fueron suposiciones nada desarrolladas sobre la estructura del universo, y sólo pudieron proporcionar a Copérnico estímulos intelectuales para sus propias reflexiones en esta materia.
Los elementos más importantes de la génesis del descubrimiento de Copérnico son:
1.- Calcular la duración del
2.- La contradicción con los principios fundamentales del movimiento uniforme, mencionada ya en el Commentariolus.
3.- El «sistema del Universo y el orden establecido de sus partes», argumento de origen seguramente posterior, reforzado por la armonía que los movimientos de la Tierra introdujeron en la descripción del mundo.
Los editores de Nuremberg eliminaron la introducción al Primer libro del texto propiamente dicho del De Revolutionibus, seguramente debido a la convicción expresada allí por el autor acerca del valor de la astronomía. En el texto impreso desapareció también un pasaje que ilustra sobre la actitud de Copérnico hacia sus predecesores en esta ciencia.
Son observables una serie de analogías con el Almagesto en toda una serie de pasajes del De Revolutionibus. Por ello algunos autores atribuyen a la obra de Copérnico un carácter imitativo. Otros consideran que se trato de algo intencionado, de demostrar, mediante un tratado de Astronomía completo, que todos los fenómenos pueden ser representados y explicados sin restarles exactitud en el marco de la doctrina heliocéntrica, y que ningún fenómeno contradice esta doctrina. Además la estructura del Almagesto no fue mecánicamente copiada en el De Revolutionibus, sino que donde lo exigía la nueva concepción heliocéntrica Copérnico cambio el orden de exposición.
Copérnico dedicó más de 20 años a escribir y completar De Revolutionibus. Debió tomar en cuenta, pese a las múltiples precauciones adoptadas, que la noticia de su revolucionaria teoría astronómica se difundiría tarde o temprano entre sus contemporáneos, tal y como ocurrió. Debió abrigar temores de que su tesis sobre el movimiento de la Tierra fuera rechazada por hombres que no lograrían comprender la simplicidad y lógica interna del sistema heliocéntrico, sino que optarían pon aferrarse a la antigua opinión, consagrada por la tradición y el testimonio evidente de los sentidos. Era por lo tanto necesario demostrar con todo detalle que el sistema heliocéntrico resolvía efectivamente el enigmático problema del movimiento de los astros. Por ello Copérnico dedica la segunda mitad de su vida a un intenso trabajo de observación y de cálculo.
Si Copérnico se hubiese contentado con exponer su concepción heliocéntrica en términos generales, si hubiese escrito y publicado únicamente el Comentariolus, su obra habría podido correr la misma suerte que la de muchos pitagóricos que dos mil años antes admitieron la posibilidad del movimiento de la Tierra. Estas concepciones pitagóricas fueron consideradas por sus contemporáneos y por las generaciones posteriores como meras fantasías.
El riesgo era real, como lo demuestra la historia del copernicanismo en los siglos XVI y XVII. Ocurrió lo que temía Copérnico: sus opiniones fueron consideradas heréticas y absurdas.
De modo que no fue vano el trabajo de observación y cálculo al que Copérnico dedicó la segunda mitad de su vida y cuyo fruto es el De Revolutionibus. Este esfuerzo fue tan prolífico que 70 años después de su publicación produjo nuevos frutos para la ciencia.