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 WormHole CiFi

Revista Literaria Digital Bimensual       

Edición  1 de Noviembre 2005

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El Sueño de la Patera (Inmigrantes) PVP 6€  Secuencia Ediciones

 "El Sueño de la Patera(Inmigrantes)" poemario a cargo de Martín Cintrano.

Editado por Secuencia Ediciones

 

 

Diseño por:

WormHole Pro.

 

 

El reloj

 

[...el tiempo físico no es más que,

al igual que el resto del mundo físico,

una ficción derivada de la realidad mental subyacente.

George Berkeley (1685-1753)]

 

 

 

Todo comenzó para mí a los trece años. Me encontraba en esa difícil edad en la que sin darte cuenta dejas atrás la niñez para encarar la complicada etapa de la adolescencia. Vivía con mi madre en un pequeño y lujoso chalet en la zona residencial de la ciudad. Habían transcurrido ya cinco años desde la muerte de mi padre, pero aún seguíamos respirando en el ambiente la tristeza de su ausencia. En especial mi madre. Sobre todo en la tercera planta, la buhardilla que mi padre había utilizado como despacho y como almacén para todos los objetos que había ido atesorando con los años y de los que siempre había sido reacio a desprenderse. Decenas de cajas se apilaban entre todo tipo de objetos, estanterías cargadas de libros y revistas, instrumentos musicales, enormes mesas de grabación cubiertas ahora por el polvo, e incluso varias generaciones de ordenadores. Todos aquellos objetos habían tenido su momento de gloria antes de acabar finalmente apilados allí. El resultado era que apenas quedaba ya espacio para nada más. 

 

Aquel sábado mi madre me pidió que subiera a echar un vistazo e intentara hacer algo de sitio deshaciéndome de algunos viejos trastos inútiles. Quería renovar algunos de los muebles de la casa e iba a necesitar espacio para guardar lo que contenían hasta que llegaran los nuevos. Todavía recuerdo perfectamente cómo aquel día subí con desgana las estrechas escaleras que conducían a la tercera planta. Tenía mejores planes que pasarme la tarde del sábado cargando cosas escaleras abajo.

 

Estaba seguro de que mi madre nunca había vuelto a subir allí desde la muerte de mi padre. Supongo que todos aquellos objetos le traían demasiados recuerdos dolorosos. Por eso me sorprendió encontrar una fotografía de mi padre sobre una de las cajas. No recordaba haberla visto allí la última vez que subí. En realidad, no había visto esa fotografía en mi vida.

 

Mi padre aparecía sonriente en el jardín, con una lata de cerveza en la mano haciendo un gesto de brindis. En su muñeca se podía ver claramente la cadena de acero que sujetaba su reloj.

 

El reloj de mi padre.

 

No se trataba de un reloj corriente, sino de uno de esos relojes de bolsillo que suelen colgar de una larga cadena. Sólo que mi padre había sustituido esa cadena por una más corta y más gruesa sujeta a su muñeca. Hasta donde soy capaz de recordar, mi padre siempre había llevado aquel reloj. Lo recuerdo especialmente porque a menudo me habló de él de una forma que, a pesar de mi niñez, pude reconocer como inquietante. Siempre insistió en que un día yo lo heredaría, de la misma forma que él lo había heredado de mi abuelo. Yo le miraba sin entender qué podía tener de especial aquella antigualla.

 

Mi padre ciertamente había sido una persona singular.  Para empezar, era una de las pocas personas en el planeta que sufría el síndrome de Jackobson. Se trata de una extraña enfermedad degenerativa que acelera el envejecimiento hasta el punto que, cuando mi padre murió, tenía apenas cincuenta años y aparentaba más de ochenta. Él, sin embargo, nunca mostró la menor preocupación ni pesar por su enfermedad. Era, de hecho, totalmente feliz, y cuando mi madre parecía abatida al verle envejecer de aquella forma, era él quien la consolaba. Siempre decía que no importaba lo larga o corta que pueda ser tu vida, sino como empleas el tiempo que pasas en ella. Y mi padre nunca perdía un segundo en nada que no fuera de su agrado. No trabajaba, y hasta donde yo sabía, no trabajó en toda su vida. Sin embargo nuestro nivel de vida era razonablemente alto. Vivíamos en una casa lujosa, teníamos varios coches caros, mis padres viajaban con frecuencia a lugares exóticos, siempre alojándose en los mejores hoteles.

 

Según mi padre, una generosa herencia de mi abuelo bien invertida le permitía vivir de aquella forma por el resto de su vida. Solo en una ocasión sucedió un incidente que hizo a mi madre sospechar que algo no estaba del todo bien. Un día se presentó la policía en casa y detuvo a mi padre para interrogarle con relación al robo de un banco. Al parecer había empleado dinero que estaba marcado y que se correspondía con el desaparecido unos meses atrás. Sin embargo, después de retenerle varias horas tuvieron que dejarle marchar al no poder probar nada. Mi padre era una persona tranquila, o al menos lo fue hasta los últimos años de su vida. Se conducía siempre con una gran serenidad, nunca se alteraba, nunca mostraba preocupación o irritación. Su vida, aunque trágicamente acelerada por su enfermedad, transcurría dentro de una gran calma.

 

Hasta que desapareció su reloj. Recuerdo perfectamente aquel día. Es el peor recuerdo de mi infancia. Para un niño de ocho años, ver a tu padre completamente fuera de sí maldiciendo violentamente a todo el mundo, no es algo que se olvide fácilmente. El día anterior mi madre y yo habíamos viajado a casa de mis abuelos maternos. A nuestra vuelta encontramos a mi padre totalmente enloquecido. Decía que aquella noche alguien había entrado en la casa y le había robado su reloj, y que el ladrón era inmune a la influencia del reloj porque poseía uno igual. Cuando mi madre trataba de preguntarle que quería decir, mi padre se enfurecía aún más y respondía que no lo podría entender. Lo cierto es que mi padre ya nunca fue el mismo, hasta el punto de que pasó el último año de su vida recluido en un hospital psiquiátrico.

 

Después de contemplar la fotografía durante un rato, sentí el impulso de volver a abrir aquella caja. No sé por qué lo hice. Supongo que la fotografía me produjo cierto sentimiento de nostalgia. Había curioseado muchas veces en aquellas cajas, esperando descubrir alguna maravilla oculta, aunque lo único que había encontrado fueron decenas de viejas cintas de vídeo y cientos de CDs de música demasiado rancia para mi incipiente gusto adolescente. La caja estaba, efectivamente, llena a rebosar de cintas VHS obsoletas, pero sobre uno de los montones había un reloj. El reloj de mi padre.

 

Durante unos instantes me quedé estupefacto, paralizado por la sorpresa. Luego, sintiendo que el corazón me daba un vuelco tomé el reloj entre mis manos. Se trataba del mismo reloj, lo recordaba lo suficientemente bien como para estar seguro. Pero si había sido robado, ¿cómo había llegado hasta allí? A primera vista no tenía nada de especial. La esfera era blanca. Tres agujas marcaban la hora, minutos y segundos, y un pequeño indicador mostraba el día del mes y el año. Tenía una ruedecilla en el lado derecho, junto a una inscripción en la carcasa que decía push. Probé a girarla suavemente y comprobé cómo las manecillas se desplazaban rápidamente a la vez que cambiaba la fecha en el pequeño rectángulo indicador. Volví a dejar la fecha y hora correcta consultando con mi reloj. Ya eran las dos, mi madre debía estar esperándome para comer. Casi había perdido el interés cuando, con un movimiento inconsciente presioné la ruedecilla que se hundió con un imperceptible click.

 

Entonces sucedió algo maravilloso. Al pulsar el botón, a la vez que se detenían las manecillas que marcaban la hora, surgió una extraordinaria música que me envolvió extasiado. Aún hoy, después de haberla escuchado miles de veces, no podría siquiera aproximarme a describir lo que siento al escuchar esa melodía. Aquella sinfonía desconocida acarició mi alma y la elevó hacia el cielo. Elige el mejor orgasmo que hayas tenido en toda tu vida, multiplícalo por diez y súmale el mayor momento de relajación y paz que hayas experimentado. Aún estarás lejos de sentir lo que se siente escuchando la música que emanaba del reloj. La esencia del universo se puede condensar y reducir a sonido para ser percibida por un ser humano.

 

Perdí la noción del tiempo dejándome arrastrar hasta los remotos confines del universo. Sólo tenía trece años pero me sentí como si tuviera mil. Sentí como si toda mi vida, pasada y futura, se acumulara en un solo instante, como si volara entre las estrellas, como si todas las piezas del puzzle encajaran, cómo si toda la sabiduría del mundo se estuviera susurrando a mis oídos. Nietzsche era un aprendiz, yo tenía todas las respuestas.

 

Entonces volví a la realidad, o al menos una parte de mí lo hizo con la suficiente fuerza para pulsar el pequeño botón del reloj y detener aquella música. Tardé varios minutos en reaccionar. Estaba conmocionado por la experiencia que acababa de vivir, pero poco a poco la realidad se fue imponiendo. Mi madre me estaría esperando, ¿cuanto tiempo había pasado? El reloj de mi padre se había detenido y sólo había vuelto a ponerse en marcha cuando la música se detuvo. Consulté mi reloj de muñeca y comprobé horrorizado que había pasado casi una hora desde que había subido al trastero. Mi madre debía de tener la comida lista hacía mucho rato, y se enfurecía mucho cuando llegaba tarde. Eso me hizo olvidarme por un momento del reloj, que guardé en mi bolsillo mientras bajaba las escaleras a toda velocidad. Sin embargo, me extrañó que mi madre no me hubiera llamado a voces cómo hacía habitualmente cuando me distraía viendo la televisión o jugando en el jardín. O tal vez sí lo había hecho y la música del reloj me había impedido oír su llamada. En ese caso mi madre estaría mucho más furiosa aún.

 

Cual fue mi sorpresa al llegar a la cocina y ver que, no sólo mi madre no estaba enfadada, sino que se encontraba sumida en mitad de los preparativos de la comida.

 

-¿Ya has bajado? – me dijo con su habitual tono cariñoso- ¿encontraste algo que tirar?

-Errr... si... creo que sí. –dije balbuceante.

-Bien, entonces bájalo hasta el patio. Y luego vete a estudiar, aún queda un rato hasta que la comida esté lista.

-Sí mamá.

 

Antes de salir de la cocina eché un vistazo al reloj de pared. Marcaba las dos y diez. Mi reloj de muñeca daba las tres y cuarto. Saqué el reloj de mi padre y comprobé estupefacto que también marcaba las dos y diez. ¡Rayos! Mi reloj me había jugado una mala pasada.

 

Pasé el resto del día ocupado con las tareas que mi madre me asignaba, confortado por el agradable recuerdo de la música del reloj. Esperaba con impaciencia que llegara el momento de ir a dormir para poder encerrarme en mi cuarto y volver a deleitarme de nuevo con aquella música.

 

Descubrir lo que el reloj era capaz de hacer era tan sólo cuestión de tiempo. El destino quiso que fuese aquel mismo día. Aunque era sábado había madrugado para hacer unos encargos de mi madre. Además, el haber pasado la tarde bajando cajas del trastero hizo que estuviera terriblemente cansado. Después de la cena me senté junto a mi madre a ver la televisión, pero pronto me venció el sueño y me fui a mi cuarto. Me metí en la cama y conecté de nuevo el reloj. La melodía celestial vino a mi encuentro. Me recorrió una intensa oleada de placer y me quedé dormido. Nunca había dormido tan profundamente. Cuando desperté la música seguía acariciando suavemente mi alma, dándome los buenos días. O en teoría lo que deberían ser los buenos días. De entrada me sorprendió que aún fuese de noche. Detuve la música y el reloj continuó su marcha en el punto donde se había quedado, las once y media. Sin embargo mi reloj de pulsera marcaba las siete de la mañana. Ya tendría que haber amanecido. Salí del dormitorio y me quedé atónito al ver que mi madre seguía viendo adormilada la tele en el salón.

 

-¿Aún no te has ido a dormir? –me preguntó al sentirme tras ella.

-Nnn...si...olvidé algo... –dije mientras corría de nuevo al dormitorio presa del pánico.

¡Dios santo! No era posible, estaba seguro de que había dormido durante horas. Comprobé la hora en el reloj de la mesita, en el teletexto del pequeño televisor de mi cuarto... Todos indicaban algo más de las once y media... exactamente igual que el reloj de bolsillo de mi padre. ¡Pero yo lo había visto detenerse! ¿Cómo era posible? Me asaltó una terrible duda. Era una locura, una estupidez, pero tenía que comprobarlo.

 

Puse el reloj de la mesita frente a mí, donde pudiera verlo claramente. La pequeña aguja del segundero avanzaba inexorable, dejando atrás un segundo tras otro. Tomé el reloj de mi padre y pulse el botón que activaba la música. Ésta vino a mi encuentro tan cautivadora como en las dos ocasiones anteriores. ¡Pero el reloj de la mesita se había detenido! Consulté mi propio reloj de muñeca y comprobé, tal y como había supuesto, que seguía funcionando perfectamente. Diablos, ¿acaso aquel reloj generaba algún tipo de señal capaz de paralizar el resto de relojes a su alrededor? Vamos, tranquilízate, no puede ser lo que estás pensando, me dije. Salí de mi cuarto con el corazón en un puño. Había un silencio sobrecogedor en toda la casa. En el salón, la televisión encendida no emitía ningún sonido, la imagen estaba congelada. El corazón latía desbocado en mi pecho. Moviéndome muy despacio rodeé el sofá para ver horrorizado a mi madre allí sentada, inmóvil, con los ojos abiertos pero sin ver. ¡Petrificada! O mejor dicho, congelada, suspendida en el tiempo. Me quedé un buen rato observándola, sin poder quitarle la vista de encima. Era casi como ver una fotografía. Su boca tenía un ligero rictus, estaba a punto de sonreír, probablemente el chiste que el showman de la tele acababa de contar. ¡Dios mío!

 

No pude soportarlo y salí corriendo del salón. Debía de estar soñando, eso es, una terrible pesadilla, pronto despertaría y todo volvería a la normalidad. Y sin embargo sabía que no era una pesadilla, no habría un despertar, estaba sucediendo de verdad. Fui hasta una de las ventanas y me asomé a la calle. Fuera todo era como una película en pausa. Había algunos coches detenidos en mitad de la calzada. Mi vecina y su fastidioso perro, abajo en la acera, paralizados en el siguiente paso de su paseo nocturno. Las hojas de los árboles se encontraban totalmente inmóviles, y hasta pude distinguir a los insectos que revoloteaban alrededor de la farola, allí suspendidos en el aire.

 

El terror se apoderó de mí. A estas alturas el lector inteligente ya habrá comprendido que es lo que estaba sucediendo. Pero una cosa es leerlo y otra vivirlo, sobre todo si eres un chaval inmaduro de trece años. Presa del pánico y de la ansiedad corrí arriba y abajo por la casa, comprobando todos los relojes, buscando algo que tuviera movimiento, vida propia. Pero lo único que no había quedado congelado era yo mismo. Sentí la garganta terriblemente seca. Abrí el grifo del lavabo para ponerme un vaso de agua y comprobé con cierto alivio que el agua fluía mojando mi mano. ¡Por fin algo de movimiento! Pero el horror volvió en cuanto aparté mi mano del grifo para tomar un vaso. El chorro se quedó inmóvil, a medio camino entre el grifo y la superficie del lavabo. Observé atónito la pequeña columna de agua durante unos segundos. Cuando acerqué de nuevo mi mano para intentar tocarla el agua volvió a fluir como si nunca hubiese estado detenida. ¡No era posible! ¡Aquello era una locura!

 

Entonces, como si despertara realmente de una pesadilla me di cuenta de qué es lo que había provocado todo aquello. Busqué el reloj de mi padre en el bolsillo. Presioné la pequeña rueda lateral y a la par que la música se detuvo, el mundo volvió a la vida.

 

-¡Dios mío! ¡qué susto me has dado! ¿no te habías ido a dormir?

 

No me había dado cuenta de que estaba junto a mi madre cuando el tiempo reanudó su marcha. Para ella yo había aparecido de pronto a su lado, asustándola.

 

-Lo siento mamá. No tengo sueño, déjame ver un rato más la tele... –dije mientras me acurrucaba a su lado.

-De acuerdo, pero no me gusta que seas tan sigiloso cuando te acercas. Tu padre solía hacerme lo mismo a veces y no me gustaba nada...

 

La abracé y ella se dejó abrazar.

 

                                         ****

 

A la mañana siguiente, con la luz del día, mis temores se fueron disipando para comenzar a ver las cosas de otra forma. Aquel reloj era capaz de detener el tiempo. Y eso podría resultar tremendamente útil. No era difícil imaginar todas las posibilidades que algo así podría tener. Y yo las fui explotando todas, una por una, desde mis lejanos trece años hasta el día de hoy. Para empezar, nunca más madrugué. Bueno, me levantaba muy temprano, pero siempre después de detener el tiempo y dormir varias horas más a placer. Tampoco volví a estudiar. Me encantaba leer, y pasaba muchas horas de tiempo congelado, como yo lo llamaba en mi fuero interno, devorando libros. Pero era incapaz de dedicar un segundo a las asignaturas del colegio. Aún así pasé todos los cursos con excelentes calificaciones... no voy a entrar en los detalles de todas las travesuras que cometí en mi adolescencia, la mayoría de ellas inconfesables.

 

Para cuando llegué a la edad adulta tenía bastante claro cómo enfocar mi vida. Era consciente de que no iba a necesitar trabajar para vivir. Pero necesitaba justificar mis ingresos, así que abrí una pequeña tienda de discos que casi siempre pasaba cerrada, pero que me servía para blanquear el dinero que robaba. Sí, me convertí en el mejor ladrón del mundo. Cometía un robo perfecto tras otro, siempre en pequeñas cantidades y en distintos bancos para no llamar demasiado la atención. A veces viajaba a otras ciudades para robar cantidades mayores. Recorría el país buscando nuevas sucursales que desplumar. Imagino que la policía debía de estar volviéndose loca intentando resolver todos aquellos misteriosos robos.

 

Oh, pero lo mejor de todo era la gran tranquilidad que rodeaba mi vida. No me veía sometido al estrés del tiempo. Hacía aquello que me apetecía en cada momento. A los veintidós años me enamoré y me casé. Vivía de forma discreta pero lujosa. A mi mujer le conté que disponía de una generosa herencia de mi padre, y, al igual que había sucedido con mis padres, nunca se cuestionó nuestra forma de vida.

 

A los veinticinco años, resolví otro de los misterios que habían envuelto la vida de mi padre: su rara enfermedad. Debí haberme dado cuenta antes pero fue mi madre quien me hizo advertirlo. Su madre, mi abuela, había enfermado y estuvo fuera varios meses cuidando de ella. Era el mayor período de tiempo seguido que había pasado sin verme, y cuando regresó advirtió rápidamente mi prematuro envejecimiento. Yo me eché a reír al darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero ella no pudo contener su desesperación al pensar que había heredado la enfermedad de mi padre. Y ciertamente, había heredado algo de mi padre, pero no lo que ella pensaba. El problema era que, aunque el tiempo estuviese detenido, mi reloj biológico seguía avanzando. Desde que descubrí el reloj, alargaba los días y las noches, hasta tal punto que casi pasaba más tiempo en ese estado de tiempo congelado que en el tiempo real. Eso hacía que se produjese un desfase entre mi edad cronológica y mi edad biológica. Los años de más que había vivido empezaban a notarse.

Después de recorrer innumerables hospitales y ante la perplejidad de los médicos, mi madre por fin se resignó a que no hubiera ninguna posibilidad de curarme. Me dolía ver la preocupación en los rostros de los demás, especialmente de mi mujer y mi madre, pero aunque hubiera querido decirles la verdad, sabía que no podía. Nunca podrían entenderlo. Era mi secreto, y no podría compartirlo con nadie jamás.

 

En algunas ocasiones me asaltaban dudas sobre que ocurriría si el reloj dejase de funcionar de pronto. Nunca me había fallado, pero desconocía totalmente en qué se basaba su funcionamiento. Podría encontrarme una desagradable sorpresa en cualquier momento. También me preguntaba a menudo sobre cual sería su origen. Por las averiguaciones que pude hacer, mi padre lo había heredado de mi abuelo, pero no había encontrado ninguna pista que me dijese de dónde lo había sacado éste. Que algo así fuese posible era absurdo, imposible, fuera de toda lógica. Y sin embargo ahí estaba, en mi poder, demostrando en cada ocasión lo que era capaz de hacer. Con los años dejé de hacerme preguntas y me limité a sacarle provecho. Gracias a él, mi existencia transcurría de forma plácida, feliz y sin ningún contratiempo.

 

Entonces, un día recibí una visita que trastocaría mi vida para siempre. Era mediodía. La noche anterior habíamos tenido una fiesta en casa con varios amigos. Yo había bebido algo más de la cuenta y tenía una fea resaca. Mi mujer se acababa de levantar y entonces yo detuve el tiempo para poder dormir tranquilo hasta que desapareciera el dolor de cabeza. La música que emanaba en cada ocasión seguía siendo tan maravillosa como siempre. Sólo el hecho de poder escucharla ya era un motivo por si solo para detener el tiempo. Cuando estaba volviendo a quedarme dormido me sobresaltó el chirriante sonido del timbre de la puerta. La sangre se heló en mis venas. El corazón me dio un vuelco mientras me incorporaba de un salto en la cama. No, no podía ser. La resaca debía haberme jugado una mala pasada. Volvió a sonar, inconfundible, esta vez algo más largo, con un toque de impaciencia. Me armé de valor y salí de la cama. ¿acaso el reloj había dejado de funcionar? La música seguía sonando en mi cabeza. Eché un vistazo al baño y allí seguía mi mujer, suspendida en el tiempo. Entonces, ¿quién diablos estaba llamando al timbre?

 

Solo había una forma de averiguarlo. Abrí la puerta. Delante de mí apareció un tipo de aspecto canoso y figura rechoncha. Me miró con unos pequeños ojos penetrantes y a la vez divertidos.

 

-¡Por fin le he encontrado! –dijo con una voz algo ronca– ¡No sabe usted los quebraderos de cabeza que nos ha dado!

 

Yo le observaba con la boca abierta sin saber qué decir.

 

-¿No me va a invitar a pasar? – dijo al cabo de unos segundos –tenemos que tratar... cierto asunto usted y yo.

 

Le indiqué que pasara con un gesto, incapaz de emitir un sonido. Sentía la garganta terriblemente seca. Me dirigí mecánicamente a la cocina para beber un vaso de agua. El tipo me siguió y se acomodó en una de las sillas junto a la mesa sin quitarme un ojo de encima.

-Bien, -dijo- lo primero será presentarme. Soy... bueno, puedes llamarme Héctor. Es el nombre que suelo usar por aquí. –dijo mostrando una canina sonrisa. No era una sonrisa amable, era una sonrisa de advertencia. El dominaba la situación y quería dejármelo claro. 

-Tienes algo que me pertenece... –y señaló a mi brazo.

Me limité a observarle fascinado, con la boca abierta.

–¡Oh!, verás, conozco muy bien lo que es capaz de hacer ese reloj –continuó mientras se metía la mano en su bolsillo y sacaba otro, prácticamente idéntico al mío.

 

No pude más y me derrumbé en la silla frente a él. Una cierta lógica se fue abriendo paso en mi confusión. Me había preguntado muchas veces de dónde había salido el reloj. Y fuera quien fuese aquel maldito Héctor era seguro que tenía alguna relación con su origen.

 

-Te habrás preguntado por qué yo soy inmune a la influencia de tu reloj. Ahora ya sabes la respuesta. – dijo señalando a su propio reloj- estos aparatitos están programados para sincronizarse entre sí cuando encuentran algún otro funcionando en las proximidades.

-Pero... ¿cómo? ¿qui... quién eres? –la angustia que sentía apenas me permitía hablar.

-Oh, ya te he dicho que me hago llamar Héctor. Pero supongo que te refieres a quién soy realmente. Bien, supongo que te mereces una explicación después de todo –se recostó en la silla a la vez que sacaba una cajetilla de cigarrillos y encendía uno- Intentaré exponértelo de forma sencilla... veamos... Lo primero que debes saber es que vengo de un futuro lejano.

 

Me miró con curiosidad estudiando mi expresión. Yo me limité a mirarle como un niño que presencia un increíble número de magia.

 

–Vengo de una época -prosiguió- en la que el ser humano ha avanzado en la comprensión del universo más de lo que nadie se atrevería a soñar en esta oscura época. El control del tiempo es sólo una de los pequeños logros que hemos conseguido. ¿Te dice algo el concepto de multiverso?

 

Dije que no con un movimiento de cabeza, incapaz de abrir la boca. Volvió a mostrar esa expresión divertida en su rostro. Me sentí como uno de esos indios primitivos que escuchan incrédulos las historias de los colonizadores sobre el mundo existente más allá de su pequeño poblado.

 

-Lo suponía. No entraré en detalles, tan solo te diré que explorar universos alternativos resulta mucho más interesante que viajar en el tiempo. Por eso no hay muchos que se interesen hoy día por la historia antigua. Unos cuantos miles de viajeros del tiempo repartidos por toda la historia de la humanidad no llamamos demasiado la atención. Te sorprenderías de los atestados que pueden estar algunos mundos paralelos...

 

En cualquier otra situación habría tomado a aquel tipo por un chiflado, pero aquel chiflado tenía un reloj. Siguió hablando con su voz ronca.

 

-Sin embargo, cuando uno viaja en el tiempo debe ser mucho más cuidadoso. Hay ciertas normas... no se puede alterar el curso de la historia así como así. Para conseguir una licencia de viaje temporal hay que cumplir una serie de requisitos, garantías, si infringes alguna norma la sanción puede ser muy dura...

 

Me miró y una sombra de temor pasó por sus ojos. Comencé a entender lo que había ocurrido.

 

-Así que... –me atreví a decir- ¿perdiste tu reloj?

-Eso es. –dijo asintiendo con la cabeza- Perdí el maldito reloj y no me dejarán volver hasta que no lo recupere. –había rabia y resentimiento en su voz. –Aquella furcia me engañó. Yo... me dejé engatusar... sucumbí a sus encantos. Cuando desperté había desaparecido con todas mis cosas, me dejó en calzoncillos...

 

Reprimió un gesto de rabia aspirando nerviosamente el humo del cigarrillo para continuar diciendo:

 

-Los detalles no vienen al caso. Afortunadamente en aquella ocasión no vine solo y pude regresar, pero en cuanto averiguaron que había perdido el reloj me hicieron volver para recuperarlo. No sé como ha llegado hasta ti pero no  ha sido fácil dar con él, maldita sea. Aunque –dijo mirando a nuestro alrededor- creo que no estamos en la misma fecha en que lo perdí.

-No –dije- eso debió suceder hace unos cincuenta años, mi abuelo fue la primera persona, que yo sepa, que descubrió lo que este reloj era capaz de hacer.

-Sí, pero ahora se ha acabado.

 

Me recorrió un escalofrío. La idea de tener que deshacerme del reloj me aterraba, tenía que zafarme de aquel tipo, pero ¿cómo?

-Pero este reloj solo puede parar el tiempo- me atreví a preguntar finalmente- ¿cómo te puede servir para viajar?

 

Héctor soltó una gran carcajada. No pude dejar de notar que se trataba de una risa histérica.

 

-Jodido cabrón. Me he pasado años tratando de rastrear a alguien capaz de aparecer y desaparecer en distintas épocas. Cuando comprendí que solo lo estabas usando para detenerte todo fue mucho más fácil. 

 

Le miré sin comprender. Se reclinó hacia delante y me miró de forma penetrante mientras sostenía frente a mí su propio reloj.

 

-Mira –dijo girando imperceptiblemente la ruedecilla de ajuste. Entonces desapareció. Se esfumó sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado allí.

 

Yo estaba estupefacto. Me quedé boquiabierto mirando estúpidamente el vacío que había dejado en la silla, y entonces, ¡volvió a aparecer ante mí!

 

Di un respingo hacia atrás. Seguía mostrando la misma sonrisa que cuando se esfumó.

 

-¿Qué... qué ha ocurrido? –pregunté tontamente.

-Me volví a incorporar a la corriente temporal normal. Como tú estás aquí varado simplemente dejaste de verme. Luego regresé hasta este mismo instante de nuevo. Es sencillo. Esta ruedecilla ajusta el calendario a la fecha exacta a la que quieras desplazarte. Puedes moverte minutos, años o siglos. O también puedes detenerte. Eso es lo único que tú has estado haciendo.

 

Volvió a mirarme con una mezcla de alivio y rabia en sus ojos. Supuse que el alivio se debía únicamente al hecho de haberme encontrado y poder regresar por fin al improbable y remoto futuro del que provenía. Y eso significaba que yo nunca más tendría mi reloj. La idea de vivir sin él se me hacía insoportable. Debía de haber alguna manera de burlarle y escapar. Traté de pensar en algo para ganar tiempo. No fue necesario, Héctor continuó charlando tranquilamente.

 

-Cuando comprendí eso todo fue mucho más sencillo. No es fácil dar con alguien que se desplaza continuamente en el tiempo. En cambio, alguien que pasa mucho tiempo con el reloj detenido...

-¡Mi enfermedad! –dije intuyendo.

-Exacto. Una vez supe lo que debía de buscar no me fue difícil dar contigo -me miró satisfecho.

 

Maldita sea. Mi historial médico debía de aparecer en decenas de hospitales. Me arrepentí de haberme dejado arrastrar por mi madre a todas aquellas pruebas inútiles.

 

-¿Y la música? –pregunté en un último arrebato de curiosidad -¿qué tiene que ver con desplazarse en el tiempo...?

 -No es más que un efecto secundario, aunque muy agradable por cierto. Está íntimamente relacionada con el proceso... no es fácil de explicar. –dijo dando una calada a su cigarrillo.

-Por favor, si he de perder mi reloj al menos me gustaría conocer qué hace posible su funcionamiento –dije fingiendo resignación. Tal vez había una oportunidad para escapar, pero sólo funcionaría si Héctor se confiara lo suficiente.

-Ah muchacho, vuestros conocimientos científicos son tan arcaicos que necesitaría varias horas tan solo para hacerte entender los fundamentos básicos. Hum, veamos, lo intentaré de todas formas –pareció que recuperaba el buen humor- Para empezar, tienes que entender que la realidad, el mundo que percibes, es solo uno de los posibles mundos infinitos que existen. Y cuando digo mundos, me refiero a universos completos.

No pude más que mirarle con sincero interés.

-Esos universos -continuó -no están muy lejos, por decirlo de alguna forma. Materia, antimateria, energía, materia obscura, eso sólo son conceptos que tienen sentido desde un punto de vista Humano. La Realidad no es más que un Caos, un caos brutal del que sólo podemos apreciar una ínfima parte, lo que llamamos el universo conocido. ¿Me sigues?

-Ligeramente –dije- pero continúe por favor.

-Incluso el fluir del tiempo, tal y como lo percibimos, no es más que algo puramente subjetivo, condicionado por el funcionamiento de nuestros cerebros. Digamos que, entre todas esas infinitas posibilidades, hay una que da lugar a una mente humana. Una mente que es capaz de percibir e interpretar lo que se extiende fuera de ella de una determinada forma. Hay muchas cosas que se nos escapan, al igual que solo podemos ver una pequeña parte del espectro de luz. Una vez comprendimos eso y averiguamos cómo actuar sobre el cerebro, fuimos capaces de modificarlo para conseguir ver los otros posibles mundos.

-Dicho así parece sencillo.

-Si, pero te aseguro que no lo es. Se tardó mucho hasta poder ajustar la mente de forma diferente sin perder la propia coherencia física del hombre. Bien, los detalles no importan. El hecho es que hay una zona en el cerebro, una cierta estructura neuronal cuya función es mantenernos sincronizados con un determinado estado, con un fluir de las distintas realidades. Esa parte del cerebro también se encarga de... hum..., déjame buscar una forma sencilla de decirlo..., se encarga de crear una referencia a partir de la cual se le da un sentido a todo lo demás. Causa y efecto y todo eso. Nos hace creer que el ahora tiene una relación con el antes.

-¿Y no es así?

-¡No! No has entendido nada. Da igual, te dije que era demasiado complicado. Pero respondiendo a tu pregunta sobre la música te diré que la región del cerebro que se ocupa de sincronizarnos con el fluir del tiempo es la misma que procesa los sonidos que captamos del exterior. Este aparatito –dijo señalando al reloj- actúa generando un campo de éxtasis que estimula esa región y, como efecto secundario, nos hace sentir esa extraordinaria melodía.

-¿Entonces esa es la causa del sentido musical? –dije creyendo comprender.

-¡Exacto! –exclamó volviendo a acomodarse en la silla- Los sonidos, especialmente la música, estimulan esa región de forma análoga, solo que con muchísima menos efectividad. Pero sí, ejerce un cierto efecto de desplazamiento, sin consecuencias prácticas claro, pero que nos puede llegar a producir una intensa sensación de... digamos, estar sincronizados con el universo.

-Y supongo que cuanto más acentuado es ese efecto, mejor nos parece la melodía. –dije, más afirmando que preguntando. Al menos aquello lo había entendido.

-Eso es. Aunque te aseguro que nunca escucharás nada tan complejo y excitante como esto. –hizo un gesto en el aire haciendo referencia a la sinfonía silenciosa que flotaba en nuestras mentes.

-Y ahora, se acabaron las explicaciones. Devuélveme mi reloj.

 

Su voz perdió el tono de fingida amabilidad y se volvió dura. Introdujo la mano en el interior de la solapa de su americana y sacó una pistola con la que me apuntó tranquilamente.

-¿Vas a matarme? –pregunté con voz temblorosa.

-No. Como te dije hay ciertas normas sobre alterar el curso de los acontecimientos, pero lo haré si no me dejas otra opción.

-De acuerdo. Te lo devolveré. –dije con estoicismo.

 

Tomé el reloj con mi mano izquierda e hice el ademán de estirar el brazo para dárselo. Entonces, cuando noté que se relajaba levemente, con la rapidez que da el haber realizado aquel movimiento miles de veces, tomé la ruedecilla entre el pulgar e índice y la giré frenéticamente.

 

No recuerdo cuánto tiempo estuve dando vueltas a la pequeña rueda mientras todo a mí alrededor hizo borroso, confuso. Sentí unas tremendas nauseas y paré. La realidad volvió a estabilizarse a mi alrededor. Pero no tenía nada que ver con el lugar donde me encontraba segundos antes. Lo cierto es que se trataba exactamente del mismo punto geográfico, solo que 2747 años atrás. Comprobé horrorizado la fecha que marcaba el indicador y miré incrédulo a mi alrededor. Me encontraba en un pequeño claro cubierto de hierba, junto a unos peñascos detrás de los cuales comenzaba un pequeño bosque. Respiré aliviado. ¡Había funcionado! Había conseguido desaparecer antes de que Héctor hubiera podido hacer nada por evitarlo. Pero no sabía de cuanto tiempo disponía hasta que volviera a encontrarme. Por lo que me había contado, no tenía de una forma sencilla de rastrearme. La primera vez había dado conmigo de forma indirecta, así que no era probable que me localizara rápidamente. Aunque tal vez podría tratar de seguirme, retrocediendo minuto a minuto, año a año hasta que apareciera de nuevo ante él. Esa idea me hizo reaccionar. Si permanecía en el mismo lugar tarde o temprano me encontraría.

 

Corrí en dirección a los peñascos y me escondí tras ellos. Allí escondido me encontraba a salvo de momento, razoné. Si Héctor estaba retrocediendo cuidadosamente pasaría de largo sin verme. ¡Era imposible que pudiera rastrear los alrededores, minuto a minuto, en los próximos 2700 años!

 

¿Y ahora qué? Tranquilízate, me dije. Debes manejar la situación con calma. Tiene que haber una salida. Ponerse nervioso no ayudaría. ¿Qué alternativas tenía? Si huía, cosa que por otro lado ya había hecho, y me establecía en alguna otra época, tendría que vivir el resto de mi vida con la incertidumbre de que volviera a encontrarme. Y entonces supongo que no se acercaría a mí de forma tan amistosa. La otra opción era mantenerme siempre en movimiento, cambiando de una fecha a otra, de un lugar a otro, tratando de no dejar ninguna huella. Pero, ¿qué vida era esa?

 

Había una tercera alternativa: regresar y entregarle el reloj. Pero, Dios Santo, no podía concebir el resto de mi vida sin él. Había crecido con su ayuda, había organizado mi forma de vida sobre la base de las ventajas de poder detener el tiempo. Hasta proporcionaba a mi mujer interminables horas de placer en la cama. Ah, si supiera que esas noches fabulosas duraban para mi días o incluso semanas enteras. No, debía pensar en algo que me permitiera conservar el reloj y que, a la vez, hiciera que Héctor me dejara tranquilo.

 

Se me ocurrió una idea. Sí, la solución era devolverle su maldito reloj.

 

                                     ***

 

Regresé a aquella fatídica noche de 1980. Al día siguiente mi madre regresaría con su hijo de cinco años después de pasar el fin de semana en casa de los abuelos. Después de aquella noche mi padre ya no volvería a ser el mismo. Traté de no sentirme culpable por lo que iba a hacer. Ya había sucedido. Yo no podía hacer nada por evitarlo. Simplemente aprovecharía la situación en mi favor. Al menos serviría para salvar mi vida.

 

Antes de encaminarme hacia mi antigua casa familiar pasé por el centro médico para sustraer una de esas pistolas que administran somníferos. Ingenuamente, había pensado que si lograba administrarle una dosis antes de que despertara, ambos nos ahorraríamos el mal trago de vernos las caras frente a frente. Pero sabía que mi padre se mantendría despierto el tiempo suficiente como para verme. Recordaba perfectamente aquella parte de lo que entonces me parecía una delirante historia.

 

Salté la verja y fui hasta la caseta de herramientas donde escondíamos una copia de las llaves de la casa. También cogí unas tenazas lo bastante fuertes como para cortar la cadena de acero con la que mi padre mantenía sujeto el reloj a su muñeca. Conteniendo el aliento abrí la puerta y subí hasta el dormitorio. Podía escuchar sus ronquidos mientras trataba de pisar los escalones de madera sin hacer ruido. Me acerqué a la cama, presioné la pistola de somníferos sobre el hombro desnudo que asomaba sobre la sábana, y disparé.

 

Mi padre se incorporó de un salto sobresaltado, haciendo que yo mismo me tambaleara hacía atrás. Me miró con sorpresa y con un gesto instintivo tomó en su mano el reloj que pendía de su muñeca y presionó la pequeña ruedecilla.

 

-Tranquilo –dije- no te voy a hacer daño.

 

Mi padre me miró horrorizado, incrédulo. Antes de que el somnífero hiciera su efecto aún tuvo tiempo de echar un vistazo al reloj, como para asegurarse de que realmente había pulsado el botón correcto. Entonces se desplomó. [1]

 

-Lo siento. –susurré conteniendo las lágrimas.

 

Tomé su mano izquierda y corté la cadena, que se quebró bajo las tenazas con un chasquido. Toda la sangre fría que había intentado acumular debió esfumarse de pronto de mis venas, porque me sentí terriblemente angustiado por lo que acababa de hacer. Reprimí un impulso de vomitar y retrocedí hasta mi pequeño refugio en el bosque, 2700 años antes.

 

                                           ***

 

Mi plan era tan sencillo como desesperado. Le entregaría a Héctor uno de los relojes y conservaría el otro. Si actuaba de forma lo suficientemente convincente, no sospecharía nada y me dejaría en paz. Solo había un problema. Si, una vez le hubiese entregado uno de los relojes mantenía el otro en mi poder, seguiría siendo inmune a los efectos del reloj de Héctor. Si antes de largarse se le ocurriese simplemente parar el tiempo, me descubriría. No tenía más opción que esconder el reloj en algún lugar donde luego pudiera recuperarlo.

 

Héctor me había encontrado la mañana del 25 de julio de 2005. Desplacé la ruedecilla hasta que el indicador marcó el día siguiente. Me encontré de pronto en el jardín de mi casa, tal y como lo había dejado horas antes. Me invadió la angustia por el temor de que Héctor anduviera aún por allí esperando mi regreso. Eché un vistazo a mi alrededor para comprobar que no hubiese nadie cerca y me dirigí a la casa de mi madre. Vivía a un par de manzanas de la mía, y tardé apenas cinco minutos en llegar. Realicé el recorrido con el resto del universo en pausa. El resto del universo salvo Héctor, no dejaba de recordarme a mí mismo mientras miraba nerviosamente a mi alrededor en busca de algún signo de movimiento. Todo permanecía perfectamente estático. El sol brillaba tímidamente entre las inmóviles nubes del amanecer. Las hojas otoñales, tratando de ser arrastradas por la brisa matinal, eran mudos e inermes testigos de mi avance por las calles.  El tráfico detenido, los viandantes congelados, los pájaros espantados por el sonido de los claxon suspendidos en el aire. Cada detalle que confirmaba que yo era el único ser libre de movimientos solo contribuía a aumentar mi ansiedad. Casi esperaba que de cualquier esquina apareciera Héctor con su sonrisa mezquina gritando: ¡te tengo! Dios santo, tenía que acabar con aquello. No podría soportar vivir con esa angustia el resto de mi vida.

 

Entré en la casa de mi madre. Había decidido esconder el reloj en el mismo arcón donde lo encontré la primera vez, cuando era niño. Luego volvería al punto donde había burlado a Héctor y, una vez le hubiera convencido de que tenía lo que buscaba, regresaría allí y esperaría a que el segundo reloj apareciese al día siguiente.

 

Tengo que reconocer que me encontraba en un estado tal de frenesí, casi febril, que no fui capaz de pensar con claridad. De otra forma tal vez hubiese podido anticipar lo que iba a encontrar al final de las escaleras. Sí amigos míos, al otro lado de la puerta me encontré conmigo mismo. Estaba allí de píe, con el rostro desencajado por la desesperación. Tras él se encontraba Héctor con su pistola apoyada sobre su (mi) sien.  Mi otro yo articuló una muda palabra con los labios.

 

-¡Huye!

 

Héctor disparó. El sonido viaja más rápido que las balas. Esa es la única explicación para el hecho de que el sonido del segundo disparo pudiese llegar hasta mis oídos, si bien la bala que viajaba hacia mi cabeza nunca la alcanzó. Giré y gire la rueda retrocediendo en el tiempo desesperadamente. Llegué más lejos que en las otras ocasiones. Mucho más lejos. Cuando por fin me detuve el paisaje a mí alrededor era muy diferente al que había visto anteriormente. Me encontraba en mitad de un tupido bosque de vegetación desconocida. Me recordaba a esos decorados de películas ambientadas en la prehistoria. Ni siquiera comprobé la fecha en el indicador. Me recosté junto a un árbol y comencé a llorar.

 

-¡Maldito cabrón! -grité entre sollozos. Me había disparado. ¡Había presenciado mi propio asesinato! Apreté los ojos inundados de lágrimas intentando borrar la imagen de mi cabeza estallando en un chorro de sangre. ¡Dios santo! Pero ¿cómo era posible? Yo estaba vivo, ¡seguía vivo! ¿Podía estar vivo y muerto a la vez?

 

No claro. No era a la vez. Estábamos en momentos diferentes. En cierto sentido todos estamos muertos, allá en nuestro futuro, me dije. Pero entonces, ¿cómo podía haber descubierto mi plan? Traté de reconstruir los hechos, pensando a toda velocidad. Era evidente, razoné, que no me dejó marchar después de que le hube entregado el primer reloj. Debió olerse algo y se valió de alguna argucia, tal vez empleando algún truco de su época, para sonsacarme mi plan. Entonces esperó pacientemente a que volviera a aparecer al día siguiente para atraparme con el segundo reloj. Si, sin duda le había subestimado. Pero, ¿qué hacer ahora? Las ideas se agolpaban en mi cabeza. Estaba completamente desquiciado. Histérico. De improviso, para colmo de males, comenzó a llover. El agua caía con tal intensidad que las gotas me hacían daño. Miré a mi alrededor en busca de algún cobijo, pero la extraña vegetación me intimidaba aún más que la lluvia.

 

Traté de arrancar una enorme hoja que pendía junto a mí para protegerme, pero el fino tallo era más resistente de lo que parecía y solo conseguí herirme las manos y caer de culo sobre el barro. Entonces, dándome cuenta de lo que estaba haciendo, me asaltó un súbito ataque de risa. Una sonora carcajada tras otra. Reí hasta que me dolió la barriga. Reí hasta que las lágrimas volvieron a inundar mis ojos. Cuando pude controlarme lo suficiente manipulé la ruedecilla de mi reloj para adelantarlo un par de horas. La lluvia desapareció.

 

-¡Jodido cabrón! ¡Esta vez seré yo el que vaya a por ti! –grité, haciendo levantar una nube de extraños pájaros de las copas de los árboles más cercanos.

 

Respiré profundamente mientras comenzaba a ver las cosas con más claridad. Una idea absurda se fue abriendo paso en mi mente. Absurda sí, pero el mismo hecho que hacía posible viajar en el tiempo abría las puertas a todo tipo de paradojas absurdas. Y yo iba a sacar partido de ellas.

 

Miré el reloj. Marcaba las 9:54. A las 10:05 retrocedería hasta las 10 en punto, me dije.

 

Cerré los ojos y esperé. Hasta mis oídos llegaban los inquietantes sonidos del bosque que me rodeaba.

 

-¡Funcionó! –dijo una voz familiar al cabo de unos minutos.

 

Abrí los ojos y allí estaba, a las diez en punto. Yo mismo. Cinco minutos más viejo. Ambos nos miramos con curiosidad durante un rato. Éramos, en esencia, la misma persona, aunque su rostro no era exactamente el que estaba acostumbrado a ver en el espejo.

 

-Bien –dijo por fin mi otro yo- ahora somos dos. Podemos repetir este truco hasta que seamos un ejército.

-¡No! –dije aterrado- sólo tú y yo.

-Tranquilo, bromeaba. Ya me parece lo suficientemente extraño ver una sola réplica de mi mismo como para...

-¿Réplica? Para mí tú eres la réplica –dije con indignación.

-De acuerdo –dijo sentándose sobre la hierba- no entremos en discusiones inútiles. Cada uno de nosotros se siente como el original. Ya discutiremos esta curiosa situación más adelante. Primero tenemos que librarnos de Héctor, ¿recuerdas?

-Sí, y creo que ambos conocemos el plan. Tu irás a encontrarte con él, y mientras simulas una rendición, yo le liquidaré por sorpresa. –dije resuelto.

-Humm... creo que debes ser tu quien vaya a encontrarse con él y yo el que le sorprenda.

-¿Yo? ¿Por qué yo? Creo que el plan ya estaba definido antes de que aparecieras. Tú harías de señuelo para que yo pudiera matarle. –dije con cierta irritación. Por algún motivo, mi otro yo comenzaba a ponerme nervioso.

-Vamos, piénsalo. ¿Por qué he de confiar en ti? ¿Qué te impide dejar que Héctor me mate y se marche dejándote a ti en paz para siempre?

-¿Que qué me impide...? ¿Acaso me crees capaz de hacer algo así? –me sorprendió cómo, con una perspectiva de tan solo cinco minutos de diferencia entre nosotros, ya pensáramos de forma tan distinta.

-Si no lo haces por egoísmo, tal vez te lo impida el pánico. Piensa que no es tan fácil disparar sobre una persona. Nunca has matado a nadie.

-Tampoco tú. ¿Y por qué debo yo confiar en ti?

-Me sorprende que no lo hayas pensado. –dijo con cierto desprecio que no se me escapó- Tú eres anterior a mí en el tiempo. Si tu mueres yo desaparezco. Mi vida depende de la tuya. Por eso nunca te traicionaré. Por eso tampoco vacilaré en matar a Héctor.

-Pero... –traté de objetar, aunque tenía razón.

 

Él era mi yo futuro. Si él moría a mí no me ocurriría nada, al igual que sucedió con mi otro yo en el desván. La idea de traicionarle no había pasado por mi cabeza (evidentemente sí por la suya) pero no estaba seguro de ser capaz de matar a Héctor. La idea de escapar podría tentarme en el último segundo. En cambio él, si yo me exponía, no tendría más remedio que hacerlo por su propia vida.

 

-De acuerdo –dije con cierto abatimiento- lo haremos así entonces.

 

                                        ***

 

Regresé al jardín de la casa de mi madre, minutos después de que Héctor me hubiese asesinado en el desván. Dejé uno de los relojes en el suelo sobre un trozo de papel. En la nota había escrita una fecha, año cero, y dos palabras: me rindo. Mi doble y yo habíamos elegido aquella fecha después de asegurarnos que en aquel momento de la historia, el lugar no era más que una extensión de hierba deshabitada. Sincronicé mi reloj con ese instante y la verde pradera apareció ante mis ojos. Permanecí alerta, Héctor no tardaría en llegar.

 

Así fue. Apareció ante mí súbitamente, empuñando la pistola.

 

-Un minuto –dije, e hice avanzar la manecilla del reloj antes de que Héctor pudiese pestañear siquiera.

 

Su rechoncha figura despareció para volver a aparecer al instante.

-Hagamos esto de forma pacífica... –comencé a decir.

Un minuto.

-...quiero seguir viviendo...

Un minuto.

-...te entregaré el reloj...

Un minuto.

-...pero por favor, baja la pistola.

Un minuto. Hacía avanzar el reloj minuto a minuto mientras hablaba. La imagen de Héctor parpadeaba frente a mí. Pude distinguir cómo reprimía un gesto de rabia.

-De acuerdo –dijo, y la siguiente vez que apareció ante mi mantenía la pistola apuntando al suelo.

Me detuve. Traté de parecer asustado y conciliador. No me fue difícil, realmente estaba muerto de miedo.

-Te lo entregaré –dije-  Esto no tiene sentido. No quiero morir y tú no quieres modificar el pasado -de lo último no estaba tan seguro, por su rostro pude ver que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de regresar a su época– así que no nos queda otra salida...

¡Vamos! Pensé. ¿Donde diablos te has metido? Mi doble ya debería haber hecho acto de presencia. Maldito estúpido, ¿a qué estaba esperando?

 

Entonces apareció. Un par de metros detrás nuestro, con el brazo en alto sosteniendo una pistola que apuntaba directamente a la cabeza de Héctor. Disparó... ¡y falló! La bala pasó rozando la oreja izquierda de Héctor y casi me alcanza a mí. ¡Maldito estúpido! ¡Debí haberme encargado yo de aquella parte! Héctor se dio la vuelta sorprendido mientras apuntaba con su arma a mi doble. No tuve más remedio que saltar sobre él, tratando de hacerle bajar el brazo que sostenía la pistola. Caímos al suelo y rodamos forcejeando en la hierba. Héctor, que era más ágil de lo que pudiera parecer a primera vista, se las apañó para darme una patada en el tórax y lanzarme hacía atrás. Entonces, cuando estaba a punto de volver a dispararme, todo acabó. Mi doble se había acercado por detrás y le asestó un golpe con la culata de la pistola que lo dejó inconsciente.

-¡Dios mío, lo tenemos! –dije dejándome caer en la hierba aliviado.

-Sí. Pero solo está inconsciente. Tenemos que acabar con él. –y apuntó la pistola a su cabeza.

-¿Te has vuelto loco? –grité incorporándome de un salto- No podemos matarle así, a sangre fría.

-Apuesto a que sí. –dijo con aplomo. Apenas podía creer que fuésemos la misma persona- Tenemos que librarnos de él, y tu lo sabes.

-Sí –dije- Pero se me ocurre otra forma igual de eficaz.

 

                                                    ***

 

Mi réplica cinco minutos mayor y yo regresamos a casa. Ahora teníamos dos relojes cada uno. Héctor, desprovisto del suyo, quedó varado para siempre en el punto donde le dejamos, y nunca volvimos a saber nada más de él. A decir verdad, un día, hojeando un libro de historia, descubrí que en torno al año 10 d.C, hubo un tal Héctor I, emperador de Roma, que introdujo notables adelantos técnicos en su pueblo. Así que tal vez no le fuera tan mal después de todo.

 

Tampoco volví a ver a mi otro yo después de aquel día. Tras una breve conversación, me hizo ver que no tenía intención de retomar su (nuestra) vida. Ahora que sabía lo que el reloj era capaz de hacer se veía incapaz de seguir viviendo como lo habíamos hecho hasta entonces.

 

-Quiero conocer qué nos depara el futuro- me dijo. Y se esfumó.

 

En cuanto a mí, volví a mi vida en el punto exacto en que la había dejado, hacía apenas unas horas. Durante los meses siguientes apenas sentí la necesidad de utilizar el reloj, ni siquiera para mis trucos de detener el tiempo. Tan solo realicé un viaje varios años atrás para esconder uno de los relojes en una de las cajas de la buhardilla de la casa de mi madre. Un chaval de trece años me lo agradecería.[2]

 

Pero, ah, la curiosidad es un impulso más fuerte que la mayoría de las emociones, y al cabo de un tiempo comencé a realizar pequeñas incursiones en el futuro. Cada vez me aventuraba más y más adelante, conforme mis conocimientos sobre la historia se iban consolidando. Con el tiempo me convertí en un auténtico viajero del tiempo. Sí amigos, he sido testigo de innumerables guerras y maravillosos periodos de paz y prosperidad. He podido ver como nuestra civilización desaparecía, después de alcanzar su máximo esplendor, para luego resurgir de sus cenizas aún con más fuerza. He visto lo que nos depara el lejano futuro, allá entre las estrellas.

 

Si, he vivido innumerables aventuras y conocido muchas maravillas, aunque son más las que todavía me quedan por explorar...

 

Pero esa es otra historia. 

[1] Acá me perdí, él (no tiene nombre) está rodeado del campo de éxtasis (no es un campo temporal así que no hagas caso de lo que puse por ahí arriba) por lo tanto el padre también debería estarlo…ah!... ya entendí, el padre creyó que no había activado el reloj y que al hacerlo –al tocar el botón- se salvaría del ladrón… ajajajá… ya está, no dije nada… (perdón por ser pesado con esta notas)

[2] Acá podés poner que se vio a si mismo de trece encontrar el reloj y bla bla bla…

©2005 Rafael Avendaño. ficha                                   Publicado el 1 de Noviembre de 2005 en WormHole CiFi.com

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Creada 16 de enero de 2004  Última actualización: 14 de septiembre de 2005.