El reloj
[...el tiempo
físico no es más que,
al igual que el
resto del mundo físico,
una ficción
derivada de la realidad mental subyacente.
George Berkeley
(1685-1753)]
Todo comenzó para
mí a los trece años. Me encontraba en esa difícil edad en la que sin
darte cuenta dejas atrás la niñez para encarar la complicada etapa de la
adolescencia. Vivía con mi madre en un pequeño y lujoso chalet en la
zona residencial de la ciudad. Habían transcurrido ya cinco años desde
la muerte de mi padre, pero aún seguíamos respirando en el ambiente la
tristeza de su ausencia. En especial mi madre. Sobre todo en la tercera
planta, la buhardilla que mi padre había utilizado como despacho y como
almacén para todos los objetos que había ido atesorando con los años y
de los que siempre había sido reacio a desprenderse. Decenas de cajas se
apilaban entre todo tipo de objetos, estanterías cargadas de libros y
revistas, instrumentos musicales, enormes mesas de grabación cubiertas
ahora por el polvo, e incluso varias generaciones de ordenadores. Todos
aquellos objetos habían tenido su momento de gloria antes de acabar
finalmente apilados allí. El resultado era que apenas quedaba ya espacio
para nada más.
Aquel sábado mi
madre me pidió que subiera a echar un vistazo e intentara hacer algo de
sitio deshaciéndome de algunos viejos trastos inútiles. Quería renovar
algunos de los muebles de la casa e iba a necesitar espacio para guardar
lo que contenían hasta que llegaran los nuevos. Todavía recuerdo
perfectamente cómo aquel día subí con desgana las estrechas escaleras
que conducían a la tercera planta. Tenía mejores planes que pasarme la
tarde del sábado cargando cosas escaleras abajo.
Estaba seguro de que mi madre nunca había vuelto a subir allí desde la
muerte de mi padre. Supongo que todos aquellos objetos le traían
demasiados recuerdos dolorosos. Por eso me sorprendió encontrar una
fotografía de mi padre sobre una de las cajas. No recordaba haberla
visto allí la última vez que subí. En realidad, no había visto esa
fotografía en mi vida.
Mi padre aparecía
sonriente en el jardín, con una lata de cerveza en la mano haciendo un
gesto de brindis. En su muñeca se podía ver claramente la cadena de
acero que sujetaba su reloj.
El reloj de mi
padre.
No se trataba de
un reloj corriente, sino de uno de esos relojes de bolsillo que suelen
colgar de una larga cadena. Sólo que mi padre había sustituido esa
cadena por una más corta y más gruesa sujeta a su muñeca. Hasta donde
soy capaz de recordar, mi padre siempre había llevado aquel reloj. Lo
recuerdo especialmente porque a menudo me habló de él de una forma que,
a pesar de mi niñez, pude reconocer como inquietante. Siempre insistió
en que un día yo lo heredaría, de la misma forma que él lo había
heredado de mi abuelo. Yo le miraba sin entender qué podía tener de
especial aquella antigualla.
Mi padre
ciertamente había sido una persona singular. Para empezar, era una de
las pocas personas en el planeta que sufría el síndrome de Jackobson. Se
trata de una extraña enfermedad degenerativa que acelera el
envejecimiento hasta el punto que, cuando mi padre murió, tenía apenas
cincuenta años y aparentaba más de ochenta. Él, sin embargo, nunca
mostró la menor preocupación ni pesar por su enfermedad. Era, de hecho,
totalmente feliz, y cuando mi madre parecía abatida al verle envejecer
de aquella forma, era él quien la consolaba. Siempre decía que no
importaba lo larga o corta que pueda ser tu vida, sino como empleas el
tiempo que pasas en ella. Y mi padre nunca perdía un segundo en nada que
no fuera de su agrado. No trabajaba, y hasta donde yo sabía, no trabajó
en toda su vida. Sin embargo nuestro nivel de vida era razonablemente
alto. Vivíamos en una casa lujosa, teníamos varios coches caros, mis
padres viajaban con frecuencia a lugares exóticos, siempre alojándose en
los mejores hoteles.
Según mi padre,
una generosa herencia de mi abuelo bien invertida le permitía vivir de
aquella forma por el resto de su vida. Solo en una ocasión sucedió un
incidente que hizo a mi madre sospechar que algo no estaba del todo
bien. Un día se presentó la policía en casa y detuvo a mi padre para
interrogarle con relación al robo de un banco. Al parecer había empleado
dinero que estaba marcado y que se correspondía con el desaparecido unos
meses atrás. Sin embargo, después de retenerle varias horas tuvieron que
dejarle marchar al no poder probar nada. Mi padre era una persona
tranquila, o al menos lo fue hasta los últimos años de su vida. Se
conducía siempre con una gran serenidad, nunca se alteraba, nunca
mostraba preocupación o irritación. Su vida, aunque trágicamente
acelerada por su enfermedad, transcurría dentro de una gran calma.
Hasta que
desapareció su reloj. Recuerdo perfectamente aquel día. Es el peor
recuerdo de mi infancia. Para un niño de ocho años, ver a tu padre
completamente fuera de sí maldiciendo violentamente a todo el mundo, no
es algo que se olvide fácilmente. El día anterior mi madre y yo habíamos
viajado a casa de mis abuelos maternos. A nuestra vuelta encontramos a
mi padre totalmente enloquecido. Decía que aquella noche alguien había
entrado en la casa y le había robado su reloj, y que el ladrón era
inmune a la influencia del reloj porque poseía uno igual. Cuando mi
madre trataba de preguntarle que quería decir, mi padre se enfurecía aún
más y respondía que no lo podría entender. Lo cierto es que mi padre ya
nunca fue el mismo, hasta el punto de que pasó el último año de su vida
recluido en un hospital psiquiátrico.
Después de
contemplar la fotografía durante un rato, sentí el impulso de volver a
abrir aquella caja. No sé por qué lo hice. Supongo que la fotografía me
produjo cierto sentimiento de nostalgia. Había curioseado muchas veces
en aquellas cajas, esperando descubrir alguna maravilla oculta, aunque
lo único que había encontrado fueron decenas de viejas cintas de vídeo y
cientos de CDs de música demasiado rancia para mi incipiente gusto
adolescente. La caja estaba, efectivamente, llena a rebosar de cintas
VHS obsoletas, pero sobre uno de los montones había un reloj. El reloj
de mi padre.
Durante unos
instantes me quedé estupefacto, paralizado por la sorpresa. Luego,
sintiendo que el corazón me daba un vuelco tomé el reloj entre mis
manos. Se trataba del mismo reloj, lo recordaba lo suficientemente bien
como para estar seguro. Pero si había sido robado, ¿cómo había llegado
hasta allí? A primera vista no tenía nada de especial. La esfera era
blanca. Tres agujas marcaban la hora, minutos y segundos, y un pequeño
indicador mostraba el día del mes y el año. Tenía una ruedecilla en el
lado derecho, junto a una inscripción en la carcasa que decía push.
Probé a girarla suavemente y comprobé cómo las manecillas se desplazaban
rápidamente a la vez que cambiaba la fecha en el pequeño rectángulo
indicador. Volví a dejar la fecha y hora correcta consultando con mi
reloj. Ya eran las dos, mi madre debía estar esperándome para comer.
Casi había perdido el interés cuando, con un movimiento inconsciente
presioné la ruedecilla que se hundió con un imperceptible click.
Entonces sucedió
algo maravilloso. Al pulsar el botón, a la vez que se detenían las
manecillas que marcaban la hora, surgió una extraordinaria música que me
envolvió extasiado. Aún hoy, después de haberla escuchado miles de
veces, no podría siquiera aproximarme a describir lo que siento al
escuchar esa melodía. Aquella sinfonía desconocida acarició mi alma y la
elevó hacia el cielo. Elige el mejor orgasmo que hayas tenido en toda tu
vida, multiplícalo por diez y súmale el mayor momento de relajación y
paz que hayas experimentado. Aún estarás lejos de sentir lo que se
siente escuchando la música que emanaba del reloj. La esencia del
universo se puede condensar y reducir a sonido para ser percibida por un
ser humano.
Perdí la noción
del tiempo dejándome arrastrar hasta los remotos confines del universo.
Sólo tenía trece años pero me sentí como si tuviera mil. Sentí como si
toda mi vida, pasada y futura, se acumulara en un solo instante, como si
volara entre las estrellas, como si todas las piezas del puzzle
encajaran, cómo si toda la sabiduría del mundo se estuviera susurrando a
mis oídos. Nietzsche era un aprendiz, yo tenía todas las
respuestas.
Entonces volví a
la realidad, o al menos una parte de mí lo hizo con la suficiente fuerza
para pulsar el pequeño botón del reloj y detener aquella música. Tardé
varios minutos en reaccionar. Estaba conmocionado por la experiencia que
acababa de vivir, pero poco a poco la realidad se fue imponiendo. Mi
madre me estaría esperando, ¿cuanto tiempo había pasado? El reloj de mi
padre se había detenido y sólo había vuelto a ponerse en marcha cuando
la música se detuvo. Consulté mi reloj de muñeca y comprobé horrorizado
que había pasado casi una hora desde que había subido al trastero. Mi
madre debía de tener la comida lista hacía mucho rato, y se enfurecía
mucho cuando llegaba tarde. Eso me hizo olvidarme por un momento del
reloj, que guardé en mi bolsillo mientras bajaba las escaleras a toda
velocidad. Sin embargo, me extrañó que mi madre no me hubiera llamado a
voces cómo hacía habitualmente cuando me distraía viendo la televisión o
jugando en el jardín. O tal vez sí lo había hecho y la música del reloj
me había impedido oír su llamada. En ese caso mi madre estaría mucho más
furiosa aún.
Cual fue mi sorpresa al llegar a la cocina y ver que, no sólo mi madre
no estaba enfadada, sino que se encontraba sumida en mitad de los
preparativos de la comida.
-¿Ya has bajado? –
me dijo con su habitual tono cariñoso- ¿encontraste algo que tirar?
-Errr... si...
creo que sí. –dije balbuceante.
-Bien, entonces
bájalo hasta el patio. Y luego vete a estudiar, aún queda un rato hasta
que la comida esté lista.
-Sí mamá.
Antes de salir de
la cocina eché un vistazo al reloj de pared. Marcaba las dos y diez. Mi
reloj de muñeca daba las tres y cuarto. Saqué el reloj de mi padre y
comprobé estupefacto que también marcaba las dos y diez. ¡Rayos! Mi
reloj me había jugado una mala pasada.
Pasé el resto del
día ocupado con las tareas que mi madre me asignaba, confortado por el
agradable recuerdo de la música del reloj. Esperaba con impaciencia que
llegara el momento de ir a dormir para poder encerrarme en mi cuarto y
volver a deleitarme de nuevo con aquella música.
Descubrir lo que
el reloj era capaz de hacer era tan sólo cuestión de tiempo. El destino
quiso que fuese aquel mismo día. Aunque era sábado había madrugado para
hacer unos encargos de mi madre. Además, el haber pasado la tarde
bajando cajas del trastero hizo que estuviera terriblemente cansado.
Después de la cena me senté junto a mi madre a ver la televisión, pero
pronto me venció el sueño y me fui a mi cuarto. Me metí en la cama y
conecté de nuevo el reloj. La melodía celestial vino a mi encuentro.
Me recorrió una intensa oleada de placer y me quedé dormido. Nunca había
dormido tan profundamente. Cuando desperté la música seguía acariciando
suavemente mi alma, dándome los buenos días. O en teoría lo que deberían
ser los buenos días. De entrada me sorprendió que aún fuese de noche.
Detuve la música y el reloj continuó su marcha en el punto donde se
había quedado, las once y media. Sin embargo mi reloj de pulsera marcaba
las siete de la mañana. Ya tendría que haber amanecido. Salí del
dormitorio y me quedé atónito al ver que mi madre seguía viendo
adormilada la tele en el salón.
-¿Aún no te has
ido a dormir? –me preguntó al sentirme tras ella.
-Nnn...si...olvidé
algo... –dije mientras corría de nuevo al dormitorio presa del pánico.
¡Dios santo! No
era posible, estaba seguro de que había dormido durante horas. Comprobé
la hora en el reloj de la mesita, en el teletexto del pequeño televisor
de mi cuarto... Todos indicaban algo más de las once y media...
exactamente igual que el reloj de bolsillo de mi padre. ¡Pero yo lo
había visto detenerse! ¿Cómo era posible? Me asaltó una terrible duda.
Era una locura, una estupidez, pero tenía que comprobarlo.
Puse el reloj de
la mesita frente a mí, donde pudiera verlo claramente. La pequeña aguja
del segundero avanzaba inexorable, dejando atrás un segundo tras otro.
Tomé el reloj de mi padre y pulse el botón que activaba la música. Ésta
vino a mi encuentro tan cautivadora como en las dos ocasiones
anteriores. ¡Pero el reloj de la mesita se había detenido! Consulté mi
propio reloj de muñeca y comprobé, tal y como había supuesto, que seguía
funcionando perfectamente. Diablos, ¿acaso aquel reloj generaba algún
tipo de señal capaz de paralizar el resto de relojes a su alrededor?
Vamos, tranquilízate, no puede ser lo que estás pensando, me dije. Salí
de mi cuarto con el corazón en un puño. Había un silencio sobrecogedor
en toda la casa. En el salón, la televisión encendida no emitía ningún
sonido, la imagen estaba congelada. El corazón latía desbocado en mi
pecho. Moviéndome muy despacio rodeé el sofá para ver horrorizado a mi
madre allí sentada, inmóvil, con los ojos abiertos pero sin ver.
¡Petrificada! O mejor dicho, congelada, suspendida en el tiempo. Me
quedé un buen rato observándola, sin poder quitarle la vista de encima.
Era casi como ver una fotografía. Su boca tenía un ligero rictus, estaba
a punto de sonreír, probablemente el chiste que el showman de la tele
acababa de contar. ¡Dios mío!
No pude soportarlo
y salí corriendo del salón. Debía de estar soñando, eso es, una terrible
pesadilla, pronto despertaría y todo volvería a la normalidad. Y sin
embargo sabía que no era una pesadilla, no habría un despertar, estaba
sucediendo de verdad. Fui hasta una de las ventanas y me asomé a la
calle. Fuera todo era como una película en pausa. Había algunos coches
detenidos en mitad de la calzada. Mi vecina y su fastidioso perro, abajo
en la acera, paralizados en el siguiente paso de su paseo nocturno. Las
hojas de los árboles se encontraban totalmente inmóviles, y hasta pude
distinguir a los insectos que revoloteaban alrededor de la farola, allí
suspendidos en el aire.
El terror se
apoderó de mí. A estas alturas el lector inteligente ya habrá
comprendido que es lo que estaba sucediendo. Pero una cosa es leerlo y
otra vivirlo, sobre todo si eres un chaval inmaduro de trece años. Presa
del pánico y de la ansiedad corrí arriba y abajo por la casa,
comprobando todos los relojes, buscando algo que tuviera movimiento,
vida propia. Pero lo único que no había quedado congelado era yo mismo.
Sentí la garganta terriblemente seca. Abrí el grifo del lavabo para
ponerme un vaso de agua y comprobé con cierto alivio que el agua fluía
mojando mi mano. ¡Por fin algo de movimiento! Pero el horror volvió en
cuanto aparté mi mano del grifo para tomar un vaso. El chorro se quedó
inmóvil, a medio camino entre el grifo y la superficie del lavabo.
Observé atónito la pequeña columna de agua durante unos segundos. Cuando
acerqué de nuevo mi mano para intentar tocarla el agua volvió a fluir
como si nunca hubiese estado detenida. ¡No era posible! ¡Aquello era una
locura!
Entonces, como si
despertara realmente de una pesadilla me di cuenta de qué es lo que
había provocado todo aquello. Busqué el reloj de mi padre en el
bolsillo. Presioné la pequeña rueda lateral y a la par que la música se
detuvo, el mundo volvió a la vida.
-¡Dios mío! ¡qué
susto me has dado! ¿no te habías ido a dormir?
No me había dado
cuenta de que estaba junto a mi madre cuando el tiempo reanudó su
marcha. Para ella yo había aparecido de pronto a su lado, asustándola.
-Lo siento mamá.
No tengo sueño, déjame ver un rato más la tele... –dije mientras me
acurrucaba a su lado.
-De acuerdo, pero
no me gusta que seas tan sigiloso cuando te acercas. Tu padre solía
hacerme lo mismo a veces y no me gustaba nada...
La abracé y ella
se dejó abrazar.
****
A la mañana
siguiente, con la luz del día, mis temores se fueron disipando para
comenzar a ver las cosas de otra forma. Aquel reloj era capaz de detener
el tiempo. Y eso podría resultar tremendamente útil. No era difícil
imaginar todas las posibilidades que algo así podría tener. Y yo las fui
explotando todas, una por una, desde mis lejanos trece años hasta el día
de hoy. Para empezar, nunca más madrugué. Bueno, me levantaba muy
temprano, pero siempre después de detener el tiempo y dormir varias
horas más a placer. Tampoco volví a estudiar. Me encantaba leer, y
pasaba muchas horas de tiempo congelado, como yo lo llamaba en mi
fuero interno, devorando libros. Pero era incapaz de dedicar un segundo
a las asignaturas del colegio. Aún así pasé todos los cursos con
excelentes calificaciones... no voy a entrar en los detalles de todas
las travesuras que cometí en mi adolescencia, la mayoría de ellas
inconfesables.
Para cuando llegué a la edad adulta tenía bastante claro cómo enfocar mi
vida. Era consciente de que no iba a necesitar trabajar para vivir. Pero
necesitaba justificar mis ingresos, así que abrí una pequeña tienda de
discos que casi siempre pasaba cerrada, pero que me servía para
blanquear el dinero que robaba. Sí, me convertí en el mejor ladrón del
mundo. Cometía un robo perfecto tras otro, siempre en pequeñas
cantidades y en distintos bancos para no llamar demasiado la atención. A
veces viajaba a otras ciudades para robar cantidades mayores. Recorría
el país buscando nuevas sucursales que desplumar. Imagino que la policía
debía de estar volviéndose loca intentando resolver todos aquellos
misteriosos robos.
Oh, pero lo mejor
de todo era la gran tranquilidad que rodeaba mi vida. No me veía
sometido al estrés del tiempo. Hacía aquello que me apetecía en cada
momento. A los veintidós años me enamoré y me casé. Vivía de forma
discreta pero lujosa. A mi mujer le conté que disponía de una generosa
herencia de mi padre, y, al igual que había sucedido con mis padres,
nunca se cuestionó nuestra forma de vida.
A los veinticinco
años, resolví otro de los misterios que habían envuelto la vida de mi
padre: su rara enfermedad. Debí haberme dado cuenta antes pero fue mi
madre quien me hizo advertirlo. Su madre, mi abuela, había enfermado y
estuvo fuera varios meses cuidando de ella. Era el mayor período de
tiempo seguido que había pasado sin verme, y cuando regresó advirtió
rápidamente mi prematuro envejecimiento. Yo me eché a reír al darme
cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero ella no pudo contener su
desesperación al pensar que había heredado la enfermedad de mi padre. Y
ciertamente, había heredado algo de mi padre, pero no lo que ella
pensaba. El problema era que, aunque el tiempo estuviese detenido, mi
reloj biológico seguía avanzando. Desde que descubrí el reloj, alargaba
los días y las noches, hasta tal punto que casi pasaba más tiempo en ese
estado de tiempo congelado que en el tiempo real. Eso hacía que
se produjese un desfase entre mi edad cronológica y mi edad biológica.
Los años de más que había vivido empezaban a notarse.
Después de
recorrer innumerables hospitales y ante la perplejidad de los médicos,
mi madre por fin se resignó a que no hubiera ninguna posibilidad de
curarme. Me dolía ver la preocupación en los rostros de los demás,
especialmente de mi mujer y mi madre, pero aunque hubiera querido
decirles la verdad, sabía que no podía. Nunca podrían entenderlo. Era mi
secreto, y no podría compartirlo con nadie jamás.
En algunas
ocasiones me asaltaban dudas sobre que ocurriría si el reloj dejase de
funcionar de pronto. Nunca me había fallado, pero desconocía totalmente
en qué se basaba su funcionamiento. Podría encontrarme una desagradable
sorpresa en cualquier momento. También me preguntaba a menudo sobre cual
sería su origen. Por las averiguaciones que pude hacer, mi padre lo
había heredado de mi abuelo, pero no había encontrado ninguna pista que
me dijese de dónde lo había sacado éste. Que algo así fuese posible era
absurdo, imposible, fuera de toda lógica. Y sin embargo ahí estaba, en
mi poder, demostrando en cada ocasión lo que era capaz de hacer. Con los
años dejé de hacerme preguntas y me limité a sacarle provecho. Gracias a
él, mi existencia transcurría de forma plácida, feliz y sin ningún
contratiempo.
Entonces, un día
recibí una visita que trastocaría mi vida para siempre. Era mediodía. La
noche anterior habíamos tenido una fiesta en casa con varios amigos. Yo
había bebido algo más de la cuenta y tenía una fea resaca. Mi mujer se
acababa de levantar y entonces yo detuve el tiempo para poder dormir
tranquilo hasta que desapareciera el dolor de cabeza. La música que
emanaba en cada ocasión seguía siendo tan maravillosa como siempre. Sólo
el hecho de poder escucharla ya era un motivo por si solo para detener
el tiempo. Cuando estaba volviendo a quedarme dormido me sobresaltó el
chirriante sonido del timbre de la puerta. La sangre se heló en mis
venas. El corazón me dio un vuelco mientras me incorporaba de un salto
en la cama. No, no podía ser. La resaca debía haberme jugado una mala
pasada. Volvió a sonar, inconfundible, esta vez algo más largo, con un
toque de impaciencia. Me armé de valor y salí de la cama. ¿acaso el
reloj había dejado de funcionar? La música seguía sonando en mi cabeza.
Eché un vistazo al baño y allí seguía mi mujer, suspendida en el tiempo.
Entonces, ¿quién diablos estaba llamando al timbre?
Solo había una
forma de averiguarlo. Abrí la puerta. Delante de mí apareció un tipo de
aspecto canoso y figura rechoncha. Me miró con unos pequeños ojos
penetrantes y a la vez divertidos.
-¡Por fin le he
encontrado! –dijo con una voz algo ronca– ¡No sabe usted los quebraderos
de cabeza que nos ha dado!
Yo le observaba
con la boca abierta sin saber qué decir.
-¿No me va a
invitar a pasar? – dijo al cabo de unos segundos –tenemos que tratar...
cierto asunto usted y yo.
Le indiqué que
pasara con un gesto, incapaz de emitir un sonido. Sentía la garganta
terriblemente seca. Me dirigí mecánicamente a la cocina para beber un
vaso de agua. El tipo me siguió y se acomodó en una de las sillas junto
a la mesa sin quitarme un ojo de encima.
-Bien, -dijo- lo
primero será presentarme. Soy... bueno, puedes llamarme Héctor. Es el
nombre que suelo usar por aquí. –dijo mostrando una canina sonrisa. No
era una sonrisa amable, era una sonrisa de advertencia. El dominaba la
situación y quería dejármelo claro.
-Tienes algo que
me pertenece... –y señaló a mi brazo.
Me limité a
observarle fascinado, con la boca abierta.
–¡Oh!, verás,
conozco muy bien lo que es capaz de hacer ese reloj –continuó mientras
se metía la mano en su bolsillo y sacaba otro, prácticamente idéntico al
mío.
No pude más y me
derrumbé en la silla frente a él. Una cierta lógica se fue abriendo paso
en mi confusión. Me había preguntado muchas veces de dónde había salido
el reloj. Y fuera quien fuese aquel maldito Héctor era seguro que tenía
alguna relación con su origen.
-Te habrás
preguntado por qué yo soy inmune a la influencia de tu reloj. Ahora ya
sabes la respuesta. – dijo señalando a su propio reloj- estos aparatitos
están programados para sincronizarse entre sí cuando encuentran algún
otro funcionando en las proximidades.
-Pero... ¿cómo? ¿qui...
quién eres? –la angustia que sentía apenas me permitía hablar.
-Oh, ya te he
dicho que me hago llamar Héctor. Pero supongo que te refieres a quién
soy realmente. Bien, supongo que te mereces una explicación después de
todo –se recostó en la silla a la vez que sacaba una cajetilla de
cigarrillos y encendía uno- Intentaré exponértelo de forma sencilla...
veamos... Lo primero que debes saber es que vengo de un futuro lejano.
Me miró con
curiosidad estudiando mi expresión. Yo me limité a mirarle como un niño
que presencia un increíble número de magia.
–Vengo de una
época -prosiguió- en la que el ser humano ha avanzado en la comprensión
del universo más de lo que nadie se atrevería a soñar en esta oscura
época. El control del tiempo es sólo una de los pequeños logros que
hemos conseguido. ¿Te dice algo el concepto de multiverso?
Dije que no con un
movimiento de cabeza, incapaz de abrir la boca. Volvió a mostrar esa
expresión divertida en su rostro. Me sentí como uno de esos indios
primitivos que escuchan incrédulos las historias de los colonizadores
sobre el mundo existente más allá de su pequeño poblado.
-Lo suponía. No
entraré en detalles, tan solo te diré que explorar universos
alternativos resulta mucho más interesante que viajar en el tiempo. Por
eso no hay muchos que se interesen hoy día por la historia antigua. Unos
cuantos miles de viajeros del tiempo repartidos por toda la historia de
la humanidad no llamamos demasiado la atención. Te sorprenderías de los
atestados que pueden estar algunos mundos paralelos...
En cualquier otra
situación habría tomado a aquel tipo por un chiflado, pero aquel
chiflado tenía un reloj. Siguió hablando con su voz ronca.
-Sin embargo,
cuando uno viaja en el tiempo debe ser mucho más cuidadoso. Hay ciertas
normas... no se puede alterar el curso de la historia así como así. Para
conseguir una licencia de viaje temporal hay que cumplir una serie de
requisitos, garantías, si infringes alguna norma la sanción puede ser
muy dura...
Me miró y una
sombra de temor pasó por sus ojos. Comencé a entender lo que había
ocurrido.
-Así que... –me
atreví a decir- ¿perdiste tu reloj?
-Eso es. –dijo
asintiendo con la cabeza- Perdí el maldito reloj y no me dejarán volver
hasta que no lo recupere. –había rabia y resentimiento en su voz.
–Aquella furcia me engañó. Yo... me dejé engatusar... sucumbí a sus
encantos. Cuando desperté había desaparecido con todas mis cosas, me
dejó en calzoncillos...
Reprimió un gesto
de rabia aspirando nerviosamente el humo del cigarrillo para continuar
diciendo:
-Los detalles no
vienen al caso. Afortunadamente en aquella ocasión no vine solo y pude
regresar, pero en cuanto averiguaron que había perdido el reloj me
hicieron volver para recuperarlo. No sé como ha llegado hasta ti pero
no ha sido fácil dar con él, maldita sea. Aunque –dijo mirando a
nuestro alrededor- creo que no estamos en la misma fecha en que lo
perdí.
-No –dije- eso
debió suceder hace unos cincuenta años, mi abuelo fue la primera
persona, que yo sepa, que descubrió lo que este reloj era capaz de
hacer.
-Sí, pero ahora se
ha acabado.
Me recorrió un
escalofrío. La idea de tener que deshacerme del reloj me aterraba, tenía
que zafarme de aquel tipo, pero ¿cómo?
-Pero este reloj
solo puede parar el tiempo- me atreví a preguntar finalmente- ¿cómo te
puede servir para viajar?
Héctor soltó una
gran carcajada. No pude dejar de notar que se trataba de una risa
histérica.
-Jodido cabrón. Me
he pasado años tratando de rastrear a alguien capaz de aparecer y
desaparecer en distintas épocas. Cuando comprendí que solo lo estabas
usando para detenerte todo fue mucho más fácil.
Le miré sin
comprender. Se reclinó hacia delante y me miró de forma penetrante
mientras sostenía frente a mí su propio reloj.
-Mira –dijo
girando imperceptiblemente la ruedecilla de ajuste. Entonces
desapareció. Se esfumó sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado
allí.
Yo estaba
estupefacto. Me quedé boquiabierto mirando estúpidamente el vacío que
había dejado en la silla, y entonces, ¡volvió a aparecer ante mí!
Di un respingo
hacia atrás. Seguía mostrando la misma sonrisa que cuando se esfumó.
-¿Qué... qué ha
ocurrido? –pregunté tontamente.
-Me volví a
incorporar a la corriente temporal normal. Como tú estás aquí varado
simplemente dejaste de verme. Luego regresé hasta este mismo instante de
nuevo. Es sencillo. Esta ruedecilla ajusta el calendario a la fecha
exacta a la que quieras desplazarte. Puedes moverte minutos, años o
siglos. O también puedes detenerte. Eso es lo único que tú has estado
haciendo.
Volvió a mirarme
con una mezcla de alivio y rabia en sus ojos. Supuse que el alivio se
debía únicamente al hecho de haberme encontrado y poder regresar por fin
al improbable y remoto futuro del que provenía. Y eso significaba que yo
nunca más tendría mi reloj. La idea de vivir sin él se me hacía
insoportable. Debía de haber alguna manera de burlarle y escapar. Traté
de pensar en algo para ganar tiempo. No fue necesario, Héctor continuó
charlando tranquilamente.
-Cuando comprendí
eso todo fue mucho más sencillo. No es fácil dar con alguien que se
desplaza continuamente en el tiempo. En cambio, alguien que pasa mucho
tiempo con el reloj detenido...
-¡Mi enfermedad!
–dije intuyendo.
-Exacto. Una vez
supe lo que debía de buscar no me fue difícil dar contigo -me miró
satisfecho.
Maldita sea. Mi
historial médico debía de aparecer en decenas de hospitales. Me
arrepentí de haberme dejado arrastrar por mi madre a todas aquellas
pruebas inútiles.
-¿Y la música?
–pregunté en un último arrebato de curiosidad -¿qué tiene que ver con
desplazarse en el tiempo...?
-No es más que un
efecto secundario, aunque muy agradable por cierto. Está íntimamente
relacionada con el proceso... no es fácil de explicar. –dijo dando una
calada a su cigarrillo.
-Por favor, si he
de perder mi reloj al menos me gustaría conocer qué hace posible su
funcionamiento –dije fingiendo resignación. Tal vez había una
oportunidad para escapar, pero sólo funcionaría si Héctor se confiara lo
suficiente.
-Ah muchacho,
vuestros conocimientos científicos son tan arcaicos que necesitaría
varias horas tan solo para hacerte entender los fundamentos básicos. Hum,
veamos, lo intentaré de todas formas –pareció que recuperaba el buen
humor- Para empezar, tienes que entender que la realidad, el mundo que
percibes, es solo uno de los posibles mundos infinitos que existen. Y
cuando digo mundos, me refiero a universos completos.
No pude más que
mirarle con sincero interés.
-Esos universos
-continuó -no están muy lejos, por decirlo de alguna forma. Materia,
antimateria, energía, materia obscura, eso sólo son conceptos que tienen
sentido desde un punto de vista Humano. La Realidad no es más que un
Caos, un caos brutal del que sólo podemos apreciar una ínfima parte, lo
que llamamos el universo conocido. ¿Me sigues?
-Ligeramente
–dije- pero continúe por favor.
-Incluso el fluir
del tiempo, tal y como lo percibimos, no es más que algo puramente
subjetivo, condicionado por el funcionamiento de nuestros cerebros.
Digamos que, entre todas esas infinitas posibilidades, hay una que da
lugar a una mente humana. Una mente que es capaz de percibir e
interpretar lo que se extiende fuera de ella de una determinada forma.
Hay muchas cosas que se nos escapan, al igual que solo podemos ver una
pequeña parte del espectro de luz. Una vez comprendimos eso y
averiguamos cómo actuar sobre el cerebro, fuimos capaces de modificarlo
para conseguir ver los otros posibles mundos.
-Dicho así parece
sencillo.
-Si, pero te
aseguro que no lo es. Se tardó mucho hasta poder ajustar la mente de
forma diferente sin perder la propia coherencia física del hombre. Bien,
los detalles no importan. El hecho es que hay una zona en el cerebro,
una cierta estructura neuronal cuya función es mantenernos sincronizados
con un determinado estado, con un fluir de las distintas realidades. Esa
parte del cerebro también se encarga de... hum..., déjame buscar una
forma sencilla de decirlo..., se encarga de crear una referencia a
partir de la cual se le da un sentido a todo lo demás. Causa y efecto y
todo eso. Nos hace creer que el ahora tiene una relación con el antes.
-¿Y no es así?
-¡No! No has
entendido nada. Da igual, te dije que era demasiado complicado. Pero
respondiendo a tu pregunta sobre la música te diré que la región del
cerebro que se ocupa de sincronizarnos con el fluir del tiempo es la
misma que procesa los sonidos que captamos del exterior. Este aparatito
–dijo señalando al reloj- actúa generando un campo de éxtasis que
estimula esa región y, como efecto secundario, nos hace sentir esa
extraordinaria melodía.
-¿Entonces esa es
la causa del sentido musical? –dije creyendo comprender.
-¡Exacto! –exclamó
volviendo a acomodarse en la silla- Los sonidos, especialmente la
música, estimulan esa región de forma análoga, solo que con muchísima
menos efectividad. Pero sí, ejerce un cierto efecto de desplazamiento,
sin consecuencias prácticas claro, pero que nos puede llegar a producir
una intensa sensación de... digamos, estar sincronizados con el
universo.
-Y supongo que
cuanto más acentuado es ese efecto, mejor nos parece la melodía. –dije,
más afirmando que preguntando. Al menos aquello lo había entendido.
-Eso es. Aunque te
aseguro que nunca escucharás nada tan complejo y excitante como esto.
–hizo un gesto en el aire haciendo referencia a la sinfonía silenciosa
que flotaba en nuestras mentes.
-Y ahora, se
acabaron las explicaciones. Devuélveme mi reloj.
Su voz perdió el
tono de fingida amabilidad y se volvió dura. Introdujo la mano en el
interior de la solapa de su americana y sacó una pistola con la que me
apuntó tranquilamente.
-¿Vas a matarme?
–pregunté con voz temblorosa.
-No. Como te dije
hay ciertas normas sobre alterar el curso de los acontecimientos, pero
lo haré si no me dejas otra opción.
-De acuerdo. Te lo
devolveré. –dije con estoicismo.
Tomé el reloj con
mi mano izquierda e hice el ademán de estirar el brazo para dárselo.
Entonces, cuando noté que se relajaba levemente, con la rapidez que da
el haber realizado aquel movimiento miles de veces, tomé la ruedecilla
entre el pulgar e índice y la giré frenéticamente.
No recuerdo cuánto
tiempo estuve dando vueltas a la pequeña rueda mientras todo a mí
alrededor hizo borroso, confuso. Sentí unas tremendas nauseas y paré. La
realidad volvió a estabilizarse a mi alrededor. Pero no tenía nada que
ver con el lugar donde me encontraba segundos antes. Lo cierto es que se
trataba exactamente del mismo punto geográfico, solo que 2747 años
atrás. Comprobé horrorizado la fecha que marcaba el indicador y miré
incrédulo a mi alrededor. Me encontraba en un pequeño claro cubierto de
hierba, junto a unos peñascos detrás de los cuales comenzaba un pequeño
bosque. Respiré aliviado. ¡Había funcionado! Había conseguido
desaparecer antes de que Héctor hubiera podido hacer nada por evitarlo.
Pero no sabía de cuanto tiempo disponía hasta que volviera a
encontrarme. Por lo que me había contado, no tenía de una forma sencilla
de rastrearme. La primera vez había dado conmigo de forma indirecta, así
que no era probable que me localizara rápidamente. Aunque tal vez podría
tratar de seguirme, retrocediendo minuto a minuto, año a año hasta que
apareciera de nuevo ante él. Esa idea me hizo reaccionar. Si permanecía
en el mismo lugar tarde o temprano me encontraría.
Corrí en dirección
a los peñascos y me escondí tras ellos. Allí escondido me encontraba a
salvo de momento, razoné. Si Héctor estaba retrocediendo cuidadosamente
pasaría de largo sin verme. ¡Era imposible que pudiera rastrear los
alrededores, minuto a minuto, en los próximos 2700 años!
¿Y ahora qué?
Tranquilízate, me dije. Debes manejar la situación con calma. Tiene que
haber una salida. Ponerse nervioso no ayudaría. ¿Qué alternativas tenía?
Si huía, cosa que por otro lado ya había hecho, y me establecía en
alguna otra época, tendría que vivir el resto de mi vida con la
incertidumbre de que volviera a encontrarme. Y entonces supongo que no
se acercaría a mí de forma tan amistosa. La otra opción era mantenerme
siempre en movimiento, cambiando de una fecha a otra, de un lugar
a otro, tratando de no dejar ninguna huella. Pero, ¿qué vida era esa?
Había una tercera
alternativa: regresar y entregarle el reloj. Pero, Dios Santo, no podía
concebir el resto de mi vida sin él. Había crecido con su ayuda, había
organizado mi forma de vida sobre la base de las ventajas de poder
detener el tiempo. Hasta proporcionaba a mi mujer interminables horas de
placer en la cama. Ah, si supiera que esas noches fabulosas duraban para
mi días o incluso semanas enteras. No, debía pensar en algo que me
permitiera conservar el reloj y que, a la vez, hiciera que Héctor me
dejara tranquilo.
Se me ocurrió una
idea. Sí, la solución era devolverle su maldito reloj.
***
Regresé a aquella
fatídica noche de 1980. Al día siguiente mi madre regresaría con su hijo
de cinco años después de pasar el fin de semana en casa de los abuelos.
Después de aquella noche mi padre ya no volvería a ser el mismo. Traté
de no sentirme culpable por lo que iba a hacer. Ya había sucedido. Yo no
podía hacer nada por evitarlo. Simplemente aprovecharía la situación en
mi favor. Al menos serviría para salvar mi vida.
Antes de
encaminarme hacia mi antigua casa familiar pasé por el centro médico
para sustraer una de esas pistolas que administran somníferos.
Ingenuamente, había pensado que si lograba administrarle una dosis antes
de que despertara, ambos nos ahorraríamos el mal trago de vernos las
caras frente a frente. Pero sabía que mi padre se mantendría despierto
el tiempo suficiente como para verme. Recordaba perfectamente aquella
parte de lo que entonces me parecía una delirante historia.
Salté la verja y
fui hasta la caseta de herramientas donde escondíamos una copia de las
llaves de la casa. También cogí unas tenazas lo bastante fuertes como
para cortar la cadena de acero con la que mi padre mantenía sujeto el
reloj a su muñeca. Conteniendo el aliento abrí la puerta y subí hasta el
dormitorio. Podía escuchar sus ronquidos mientras trataba de pisar los
escalones de madera sin hacer ruido. Me acerqué a la cama, presioné la
pistola de somníferos sobre el hombro desnudo que asomaba sobre la
sábana, y disparé.
Mi padre se
incorporó de un salto sobresaltado, haciendo que yo mismo me tambaleara
hacía atrás. Me miró con sorpresa y con un gesto instintivo tomó en su
mano el reloj que pendía de su muñeca y presionó la pequeña ruedecilla.
-Tranquilo –dije-
no te voy a hacer daño.
Mi padre me miró
horrorizado, incrédulo. Antes de que el somnífero hiciera su efecto aún
tuvo tiempo de echar un vistazo al reloj, como para asegurarse de que
realmente había pulsado el botón correcto. Entonces se desplomó.
-Lo siento.
–susurré conteniendo las lágrimas.
Tomé su mano
izquierda y corté la cadena, que se quebró bajo las tenazas con un
chasquido. Toda la sangre fría que había intentado acumular debió
esfumarse de pronto de mis venas, porque me sentí terriblemente
angustiado por lo que acababa de hacer. Reprimí un impulso de vomitar y
retrocedí hasta mi pequeño refugio en el bosque, 2700 años antes.
***
Mi plan era tan
sencillo como desesperado. Le entregaría a Héctor uno de los relojes y
conservaría el otro. Si actuaba de forma lo suficientemente convincente,
no sospecharía nada y me dejaría en paz. Solo había un problema. Si, una
vez le hubiese entregado uno de los relojes mantenía el otro en mi
poder, seguiría siendo inmune a los efectos del reloj de Héctor. Si
antes de largarse se le ocurriese simplemente parar el tiempo, me
descubriría. No tenía más opción que esconder el reloj en algún lugar
donde luego pudiera recuperarlo.
Héctor me había
encontrado la mañana del 25 de julio de 2005. Desplacé la ruedecilla
hasta que el indicador marcó el día siguiente. Me encontré de pronto en
el jardín de mi casa, tal y como lo había dejado horas antes. Me invadió
la angustia por el temor de que Héctor anduviera aún por allí esperando
mi regreso. Eché un vistazo a mi alrededor para comprobar que no hubiese
nadie cerca y me dirigí a la casa de mi madre. Vivía a un par de
manzanas de la mía, y tardé apenas cinco minutos en llegar. Realicé el
recorrido con el resto del universo en pausa. El resto del universo
salvo Héctor, no dejaba de recordarme a mí mismo mientras miraba
nerviosamente a mi alrededor en busca de algún signo de movimiento. Todo
permanecía perfectamente estático. El sol brillaba tímidamente entre las
inmóviles nubes del amanecer. Las hojas otoñales, tratando de ser
arrastradas por la brisa matinal, eran mudos e inermes testigos de mi
avance por las calles. El tráfico detenido, los viandantes congelados,
los pájaros espantados por el sonido de los claxon suspendidos en el
aire. Cada detalle que confirmaba que yo era el único ser libre de
movimientos solo contribuía a aumentar mi ansiedad. Casi esperaba que de
cualquier esquina apareciera Héctor con su sonrisa mezquina gritando:
¡te tengo! Dios santo, tenía que acabar con aquello. No podría soportar
vivir con esa angustia el resto de mi vida.
Entré en la casa
de mi madre. Había decidido esconder el reloj en el mismo arcón donde lo
encontré la primera vez, cuando era niño. Luego volvería al punto donde
había burlado a Héctor y, una vez le hubiera convencido de que tenía lo
que buscaba, regresaría allí y esperaría a que el segundo reloj
apareciese al día siguiente.
Tengo que
reconocer que me encontraba en un estado tal de frenesí, casi febril,
que no fui capaz de pensar con claridad. De otra forma tal vez hubiese
podido anticipar lo que iba a encontrar al final de las escaleras. Sí
amigos míos, al otro lado de la puerta me encontré conmigo mismo. Estaba
allí de píe, con el rostro desencajado por la desesperación. Tras él se
encontraba Héctor con su pistola apoyada sobre su (mi) sien. Mi otro yo
articuló una muda palabra con los labios.
-¡Huye!
Héctor disparó. El
sonido viaja más rápido que las balas. Esa es la única explicación para
el hecho de que el sonido del segundo disparo pudiese llegar hasta mis
oídos, si bien la bala que viajaba hacia mi cabeza nunca la alcanzó.
Giré y gire la rueda retrocediendo en el tiempo desesperadamente. Llegué
más lejos que en las otras ocasiones. Mucho más lejos. Cuando por fin me
detuve el paisaje a mí alrededor era muy diferente al que había visto
anteriormente. Me encontraba en mitad de un tupido bosque de vegetación
desconocida. Me recordaba a esos decorados de películas ambientadas en
la prehistoria. Ni siquiera comprobé la fecha en el indicador. Me
recosté junto a un árbol y comencé a llorar.
-¡Maldito cabrón!
-grité entre sollozos. Me había disparado. ¡Había presenciado mi propio
asesinato! Apreté los ojos inundados de lágrimas intentando borrar la
imagen de mi cabeza estallando en un chorro de sangre. ¡Dios santo! Pero
¿cómo era posible? Yo estaba vivo, ¡seguía vivo! ¿Podía estar vivo y
muerto a la vez?
No claro. No era a
la vez. Estábamos en momentos diferentes. En cierto sentido todos
estamos muertos, allá en nuestro futuro, me dije. Pero entonces, ¿cómo
podía haber descubierto mi plan? Traté de reconstruir los hechos,
pensando a toda velocidad. Era evidente, razoné, que no me dejó marchar
después de que le hube entregado el primer reloj. Debió olerse algo y se
valió de alguna argucia, tal vez empleando algún truco de su época, para
sonsacarme mi plan. Entonces esperó pacientemente a que volviera a
aparecer al día siguiente para atraparme con el segundo reloj. Si, sin
duda le había subestimado. Pero, ¿qué hacer ahora? Las ideas se
agolpaban en mi cabeza. Estaba completamente desquiciado. Histérico. De
improviso, para colmo de males, comenzó a llover. El agua caía con tal
intensidad que las gotas me hacían daño. Miré a mi alrededor en busca de
algún cobijo, pero la extraña vegetación me intimidaba aún más que la
lluvia.
Traté de arrancar
una enorme hoja que pendía junto a mí para protegerme, pero el fino
tallo era más resistente de lo que parecía y solo conseguí herirme las
manos y caer de culo sobre el barro. Entonces, dándome cuenta de lo que
estaba haciendo, me asaltó un súbito ataque de risa. Una sonora
carcajada tras otra. Reí hasta que me dolió la barriga. Reí hasta que
las lágrimas volvieron a inundar mis ojos. Cuando pude controlarme lo
suficiente manipulé la ruedecilla de mi reloj para adelantarlo un par de
horas. La lluvia desapareció.
-¡Jodido cabrón!
¡Esta vez seré yo el que vaya a por ti! –grité, haciendo levantar una
nube de extraños pájaros de las copas de los árboles más cercanos.
Respiré
profundamente mientras comenzaba a ver las cosas con más claridad. Una
idea absurda se fue abriendo paso en mi mente. Absurda sí, pero el mismo
hecho que hacía posible viajar en el tiempo abría las puertas a todo
tipo de paradojas absurdas. Y yo iba a sacar partido de ellas.
Miré el reloj.
Marcaba las 9:54. A las 10:05 retrocedería hasta las 10 en punto, me
dije.
Cerré los ojos y
esperé. Hasta mis oídos llegaban los inquietantes sonidos del bosque que
me rodeaba.
-¡Funcionó! –dijo
una voz familiar al cabo de unos minutos.
Abrí los ojos y
allí estaba, a las diez en punto. Yo mismo. Cinco minutos más viejo.
Ambos nos miramos con curiosidad durante un rato. Éramos, en esencia, la
misma persona, aunque su rostro no era exactamente el que estaba
acostumbrado a ver en el espejo.
-Bien –dijo por
fin mi otro yo- ahora somos dos. Podemos repetir este truco hasta que
seamos un ejército.
-¡No! –dije
aterrado- sólo tú y yo.
-Tranquilo,
bromeaba. Ya me parece lo suficientemente extraño ver una sola réplica
de mi mismo como para...
-¿Réplica? Para mí
tú eres la réplica –dije con indignación.
-De acuerdo –dijo
sentándose sobre la hierba- no entremos en discusiones inútiles. Cada
uno de nosotros se siente como el original. Ya discutiremos esta curiosa
situación más adelante. Primero tenemos que librarnos de Héctor,
¿recuerdas?
-Sí, y creo que
ambos conocemos el plan. Tu irás a encontrarte con él, y mientras
simulas una rendición, yo le liquidaré por sorpresa. –dije resuelto.
-Humm... creo que
debes ser tu quien vaya a encontrarse con él y yo el que le sorprenda.
-¿Yo? ¿Por qué yo?
Creo que el plan ya estaba definido antes de que aparecieras. Tú harías
de señuelo para que yo pudiera matarle. –dije con cierta irritación. Por
algún motivo, mi otro yo comenzaba a ponerme nervioso.
-Vamos, piénsalo.
¿Por qué he de confiar en ti? ¿Qué te impide dejar que Héctor me mate y
se marche dejándote a ti en paz para siempre?
-¿Que qué me
impide...? ¿Acaso me crees capaz de hacer algo así? –me sorprendió cómo,
con una perspectiva de tan solo cinco minutos de diferencia entre
nosotros, ya pensáramos de forma tan distinta.
-Si no lo haces
por egoísmo, tal vez te lo impida el pánico. Piensa que no es tan fácil
disparar sobre una persona. Nunca has matado a nadie.
-Tampoco tú. ¿Y
por qué debo yo confiar en ti?
-Me sorprende que
no lo hayas pensado. –dijo con cierto desprecio que no se me escapó- Tú
eres anterior a mí en el tiempo. Si tu mueres yo desaparezco. Mi vida
depende de la tuya. Por eso nunca te traicionaré. Por eso tampoco
vacilaré en matar a Héctor.
-Pero... –traté de
objetar, aunque tenía razón.
Él era mi yo
futuro. Si él moría a mí no me ocurriría nada, al igual que sucedió con
mi otro yo en el desván. La idea de traicionarle no había pasado por mi
cabeza (evidentemente sí por la suya) pero no estaba seguro de ser capaz
de matar a Héctor. La idea de escapar podría tentarme en el último
segundo. En cambio él, si yo me exponía, no tendría más remedio que
hacerlo por su propia vida.
-De acuerdo –dije
con cierto abatimiento- lo haremos así entonces.
***
Regresé al jardín
de la casa de mi madre, minutos después de que Héctor me hubiese
asesinado en el desván. Dejé uno de los relojes en el suelo sobre un
trozo de papel. En la nota había escrita una fecha, año cero, y dos
palabras: me rindo. Mi doble y yo habíamos elegido aquella fecha después
de asegurarnos que en aquel momento de la historia, el lugar no era más
que una extensión de hierba deshabitada. Sincronicé mi reloj con ese
instante y la verde pradera apareció ante mis ojos. Permanecí alerta,
Héctor no tardaría en llegar.
Así fue. Apareció
ante mí súbitamente, empuñando la pistola.
-Un minuto –dije,
e hice avanzar la manecilla del reloj antes de que Héctor pudiese
pestañear siquiera.
Su rechoncha
figura despareció para volver a aparecer al instante.
-Hagamos esto de
forma pacífica... –comencé a decir.
Un minuto.
-...quiero seguir
viviendo...
Un minuto.
-...te entregaré
el reloj...
Un minuto.
-...pero por
favor, baja la pistola.
Un minuto. Hacía
avanzar el reloj minuto a minuto mientras hablaba. La imagen de Héctor
parpadeaba frente a mí. Pude distinguir cómo reprimía un gesto de rabia.
-De acuerdo –dijo,
y la siguiente vez que apareció ante mi mantenía la pistola apuntando al
suelo.
Me detuve. Traté
de parecer asustado y conciliador. No me fue difícil, realmente estaba
muerto de miedo.
-Te lo entregaré
–dije- Esto no tiene sentido. No quiero morir y tú no quieres modificar
el pasado -de lo último no estaba tan seguro, por su rostro pude ver que
estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de regresar a su época– así
que no nos queda otra salida...
¡Vamos! Pensé.
¿Donde diablos te has metido? Mi doble ya debería haber hecho acto de
presencia. Maldito estúpido, ¿a qué estaba esperando?
Entonces apareció.
Un par de metros detrás nuestro, con el brazo en alto sosteniendo una
pistola que apuntaba directamente a la cabeza de Héctor. Disparó... ¡y
falló! La bala pasó rozando la oreja izquierda de Héctor y casi me
alcanza a mí. ¡Maldito estúpido! ¡Debí haberme encargado yo de aquella
parte! Héctor se dio la vuelta sorprendido mientras apuntaba con su arma
a mi doble. No tuve más remedio que saltar sobre él, tratando de hacerle
bajar el brazo que sostenía la pistola. Caímos al suelo y rodamos
forcejeando en la hierba. Héctor, que era más ágil de lo que pudiera
parecer a primera vista, se las apañó para darme una patada en el tórax
y lanzarme hacía atrás. Entonces, cuando estaba a punto de volver a
dispararme, todo acabó. Mi doble se había acercado por detrás y le
asestó un golpe con la culata de la pistola que lo dejó inconsciente.
-¡Dios mío, lo
tenemos! –dije dejándome caer en la hierba aliviado.
-Sí. Pero solo
está inconsciente. Tenemos que acabar con él. –y apuntó la pistola a su
cabeza.
-¿Te has vuelto
loco? –grité incorporándome de un salto- No podemos matarle así, a
sangre fría.
-Apuesto a que sí.
–dijo con aplomo. Apenas podía creer que fuésemos la misma persona-
Tenemos que librarnos de él, y tu lo sabes.
-Sí –dije- Pero se
me ocurre otra forma igual de eficaz.
***
Mi réplica cinco
minutos mayor y yo regresamos a casa. Ahora teníamos dos relojes cada
uno. Héctor, desprovisto del suyo, quedó varado para siempre en el punto
donde le dejamos, y nunca volvimos a saber nada más de él. A decir
verdad, un día, hojeando un libro de historia, descubrí que en torno al
año 10 d.C, hubo un tal Héctor I, emperador de Roma, que introdujo
notables adelantos técnicos en su pueblo. Así que tal vez no le fuera
tan mal después de todo.
Tampoco volví a
ver a mi otro yo después de aquel día. Tras una breve conversación, me
hizo ver que no tenía intención de retomar su (nuestra) vida. Ahora que
sabía lo que el reloj era capaz de hacer se veía incapaz de seguir
viviendo como lo habíamos hecho hasta entonces.
-Quiero conocer
qué nos depara el futuro- me dijo. Y se esfumó.
En cuanto a mí,
volví a mi vida en el punto exacto en que la había dejado, hacía apenas
unas horas. Durante los meses siguientes apenas sentí la necesidad de
utilizar el reloj, ni siquiera para mis trucos de detener el tiempo. Tan
solo realicé un viaje varios años atrás para esconder uno de los relojes
en una de las cajas de la buhardilla de la casa de mi madre. Un chaval
de trece años me lo agradecería.
Pero, ah, la
curiosidad es un impulso más fuerte que la mayoría de las emociones, y
al cabo de un tiempo comencé a realizar pequeñas incursiones en el
futuro. Cada vez me aventuraba más y más adelante, conforme mis
conocimientos sobre la historia se iban consolidando. Con el tiempo me
convertí en un auténtico viajero del tiempo. Sí amigos, he sido testigo
de innumerables guerras y maravillosos periodos de paz y prosperidad. He
podido ver como nuestra civilización desaparecía, después de alcanzar su
máximo esplendor, para luego resurgir de sus cenizas aún con más fuerza.
He visto lo que nos depara el lejano futuro, allá entre las estrellas.
Si, he vivido
innumerables aventuras y conocido muchas maravillas, aunque son más las
que todavía me quedan por explorar...
Pero esa es otra
historia.
©2005 Rafael Avendaño.
ficha
Publicado el 1 de Noviembre de 2005 en WormHole
CiFi.com
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