No perturbe a los muertos
Los tipos recogieron el cadáver
de la camilla y lo metieron en la urna número cuatro de la morgue. Iban
vestidos de negro.
Ox Sheeska no se perdió detalle.
Observaba desde la esquina de la habitación. El muerto era una mujer muy
alta y rubia. Estaba desnuda.
Las piernas de la gachí eran
largas y estilizadas; su cintura estrecha; sus glúteos eran
exageradamente bellos; sus pechos prominentes, y su cara era angelical.
Ox se quedó alucinado de la
escultural figura del óbito, y esperó ansioso que los del servicio
funerario se marcharan para contemplarla más de cerca.
— Vendremos mañana — dijo uno de
los hombres, que tenía una mancha de vino desde la oreja derecha hasta
la barbilla.
— Como queráis — habló Ox.
Los hombres se fueron y el
vigilante se quedó solo.
Sheeska se acercó a la urna
cuatro; abrió el cajón y este se deslizó por los raíles con suavidad.
Dos patas salieron automáticamente haciendo la sujeción. Allí estaba la
chica. Era muy atractiva. Estuvo un largo rato mirándola de arriba a
abajo con la boca abierta.
—Buenas pectorales — dijo Ox
babeando asquerosamente, y con la sonrisa de un demente.
Sin contemplaciones comenzó a
acariciarle las tetas. Estas permanecían duras y firmes, como le
gustaban a Ox, pero se mantenían terriblemente frías lo que le molestó
bastante.
— ¡Joder! ¡Ahora que empezaba a
ponerme cachondo! — exclamó el vigilante retirando su peluda mano del
pecho de la muerta.
De mala gana cerró el cajón. El
sonido retumbó en las paredes de la habitación.
Sheeska se sentó en una silla.
El vigilante se aflojó el cinto que llevaba su pesado colt. La barriga
humedecida por el sudor se deslizó por el pantalón, como la mantequilla
derretida. Ox era más que gordo, y puede que más que obeso.
En frente de donde estaba
sentado había un escritorio con el parte de incidencias puesto encima.
Permanecía vacío. No había nada que contar.
Sheeska sacó de uno de los
cajones de la mesa un gran bocadillo de atún grasiento y un paquete de
seis botes de cerveza negra.
Devoró el bocata con gran avidez
mientras pensaba en la chica quitándose las bragas, y el sostén. Las
prendas caían al suelo sin producir ningún ruido. Muy suavemente.
— La tía debía haber tenido un
buen polvo — se le entendió decir a Ox empalmado bajo el pantalón del
uniforme.
Era medianoche. El vigilante
comía sus últimos restos de bocadillo, y se bebía ya el tercer bote de
cerveza.
Sheeska comenzó a leer una
revista que había sacado del bolsillo interior de su cazadora. Era una
revista porno: tías con tíos, tías con tías, tortilleras y julais
juntos... y los posters de las misses del año.
Ox ojeaba las posturas y los
sugerentes cuerpos de las misses. Todas eran tías buenas. Buen culo;
buenas tetas; buenas piernas: buen tiro; pero todas tenían las mismas
caras de puta viciosa. Todas menos una. Era abril: el mes de las
lluvias.
Tenía medio cuerpo echado sobre
el maletero de un Porsche rojo. El trasero desnudo y suave se aplastaba
contra la chapa del vehículo, y las piernas abiertas mostraban sus
sensuales labios: desarrollados y húmedos. La caja torácica estaba en su
máxima extensión. El ombligo estirado tenía forma de almendra. Sus tetas
eran firmes con los pezones erguidos.
El vigilante quedó
sorprendidísimo, cuando contempló su rostro salido con media lengua
fuera. La larga melena rubia; la cara de colegiala quinceañera. ¡Era la
misma que yacía en la urna!.
Sheeska parecía no creérselo.
Tenía en la Morgue a la señorita abril de una famosa revista
pornográfica.
Fue a abrir el cajón que
albergaba al cadáver para comprobar que lo que ideaba era cierto. Puso
el rostro del póster al lado del de la muerta, y aunque no estaban en la
misma posición no había duda de que era la misma persona.
— ¡Joder! es Tania Dupress —
dijo Ox, haciendo un signo de triunfo.
Saltó una y cien veces por la
habitación como un loco, después se sentó en la silla, y extasiado se
bebió en poco tiempo las cuatro cervezas que le quedaban.
Con el paso de los minutos la
cabeza de Sheeska comenzó a dar vueltas...
Jodía y jodía con Tania en la
mesa de la que era ahora abogada Dupress, cuyo cartel se había caído al
suelo con los movimientos placenteros de la letrada. Tania tenía la toga
subida hasta la mitad de su pecho. Justo debajo quedaban sus
pezones-roca.
El eco de una extraña voz
devolvió los pies de Ox a un suelo no muy firme.
En la mirada del vigilante los
ángulos de la habitación se deformaban arbitrariamente, como la imagen
reflejada en un lago.
Notó el bulto que le hacía su
polla dura sujetada estimuladamente por su calzoncillo.
Tambaleándose, se acercó a la
cara de Tania, y comenzó a lamerla asquerosamente. La cara estaba
helada, pero al borracho ya parecía darle igual. Fue bajando sus lamidos
por el cuerpo de la señorita muy despacio: por el cuello, por las
piernas...
El dedo índice de la mano
derecha tenía una uña bastante más desarrollada que las demás, y con
aspecto metálico; pero esto no sorprendió al vigilante. Sheeska estaba
ya extremadamente excitado, y sólo imaginaba el cuerpo de Tania
agitándose como un látigo.
Con la respiración acelerada y
el corazón a mil, Ox se metió en el cajón con el cadáver. Las
aspiraciones de Sheeska iban más allá de tocar o lamer el cuerpo de
Tania. Quería penetrarla.
El vigilante lanzó al aire un
estruendoso eructo, que daba la salida a su repugnante acción. Se
desabrochó los pantalones y se bajó los calzoncillos. El pene erecto
quedó al descubierto, y sin preámbulos se la introdujo. No tardó en
eyacular.
Para el vigilante aquello fue
placentero, y se relajó súbitamente. Todas sus desgracias parecían
haberse ido con aquel nauseabundo polvo. Siempre que estaba agobiado o
tenso, aprovechaba a encontrarse solo en el trabajo para practicar su
deporte favorito: joder con las muertas. No muertas cualquiera, sino
aquellas que destacaban por su exuberancia corporal, aunque debía
reconocer que lo de Tania se había salido de lo normal.
Las muertas no se quejaban de
la bestialidad con la que Sheeska fornicaba.
Sheeska bajó del cajón; se subió
los calzoncillos; y se abrochó los pantalones.
Cansado, se sentó en la silla, y
puso los pies encima de la mesa. Cerró los ojos, y se durmió.
Cuando llevaba quince minutos de
sueño, sonó un rumor parecido al silbido del viento en un solitario
páramo.
Poco después sintió que la zona
del cuello se le había erizado al tocarle algo terriblemente frío. A los
pocos segundos notó un escozor, que se iba acentuando cada vez más hasta
que llegó a un dolor insoportable.
Sheeska abrió los ojos y vio que
del cuello manaba un torrente de sangre caliente. Tenía una raja que le
cubría toda la parte delantera del cuello. En uno de los extremos había
hincado algo: la uña de aspecto metálico.
Con cara de horror y pánico
percibió que la vista se le nublaba progresivamente. Vislumbró una
sombra que observaba desde la urna sus últimos segundos de vida. Oyó una
infernal risa; el último sonido que oiría en su vida. Era Tania Dupress
con su angelical rostro, y un cuerpo diabólico. La muerta le había
rajado el gaznate.
Al día siguiente los hombres de
la funeraria se presentaron en el depósito de cadáveres.
Sus caras no mostraron ninguna
sorpresa, cuando se encontraron el cuerpo de Sheeska al lado de un gran
charco de sangre reseca.
— Ves, no me equivocaba — dijo
el que tenía la mancha de vino sobre parte de su cara.
— Sí, tenías razón; el Jefe
estará muy contento con nosotros por esto; ¿No crees?
El último en hablar se acercó al
interruptor de la luz y la apagó. Los ojos de los tipos se encendieron
de rojo, y dos extrañas figuras amorfas salieron de las entrañas de los
hombres.
Entre berridos infernales, y
sonidos incalificables se dejó oír en la habitación del vigilante, que
la tentación había podido una vez más a la razón.
©2005
Gustavo Adolfo Bautista.
ficha
Publicado el 1 de Noviembrede 2005 en WormHole CiFi.com
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