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 WormHole CiFi

Revista Literaria Digital Bimensual       

Edición  1 de Noviembre 2005

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El Sueño de la Patera (Inmigrantes) PVP 6€  Secuencia Ediciones

 "El Sueño de la Patera(Inmigrantes)" poemario a cargo de Martín Cintrano.

Editado por Secuencia Ediciones

 

 

Diseño por:

WormHole Pro.

 

 

 No perturbe a los muertos

 

Los tipos recogieron el cadáver de la camilla y lo metieron en la urna número cuatro de la morgue. Iban vestidos de negro.

 

Ox Sheeska no se perdió detalle. Observaba desde la esquina de la habitación. El muerto era una mujer muy alta y rubia. Estaba desnuda.

 

Las piernas de la gachí eran largas y estilizadas; su cintura estrecha; sus glúteos eran exageradamente bellos; sus pechos prominentes, y su cara era angelical.

Ox se quedó alucinado de la escultural figura del óbito, y esperó ansioso que los del servicio funerario se marcharan para contemplarla más de cerca.

 

— Vendremos mañana — dijo uno de los hombres, que tenía una mancha de vino desde la oreja derecha hasta la barbilla.

 

— Como queráis — habló Ox.

 

Los hombres se fueron y el vigilante se quedó solo.

 

Sheeska se acercó a la urna cuatro; abrió el cajón y este se deslizó por los raíles con suavidad. Dos patas salieron automáticamente haciendo la sujeción. Allí estaba la chica. Era muy atractiva. Estuvo un largo rato mirándola de arriba a abajo con la boca abierta.

 

—Buenas pectorales — dijo Ox babeando asquerosamente, y con la sonrisa de un demente.

 

Sin contemplaciones comenzó a acariciarle las tetas. Estas permanecían duras y firmes, como le gustaban a Ox, pero se mantenían terriblemente frías lo que le molestó bastante.

 

— ¡Joder! ¡Ahora que empezaba a ponerme cachondo! — exclamó el vigilante retirando su peluda mano del pecho de la muerta.

 

De mala gana cerró el cajón. El sonido retumbó en las paredes de la habitación.

 

Sheeska se sentó en una silla. El vigilante se aflojó el cinto que llevaba su pesado colt. La barriga humedecida por el sudor se deslizó por el pantalón, como la mantequilla derretida. Ox era más que gordo, y puede que más que obeso.

 

En frente de donde estaba sentado había un escritorio con el parte de incidencias puesto encima. Permanecía vacío. No había nada que contar.

 

Sheeska sacó de uno de los cajones de la mesa un gran bocadillo de atún grasiento y un paquete de seis botes de cerveza negra.

 

Devoró el bocata con gran avidez mientras pensaba en la chica quitándose las bragas, y el sostén. Las prendas caían al suelo sin producir ningún ruido. Muy suavemente.

 

— La tía debía haber tenido un buen polvo — se le entendió decir a Ox empalmado bajo el pantalón del uniforme.

 

Era medianoche. El vigilante comía sus últimos restos de bocadillo, y se bebía ya el tercer bote de cerveza.

 

Sheeska comenzó a leer una revista que había sacado del bolsillo interior de su cazadora. Era una revista porno: tías con tíos, tías con tías, tortilleras y julais juntos... y los posters de las misses del año.

 

Ox ojeaba las posturas y los sugerentes cuerpos de las misses. Todas eran tías buenas. Buen culo; buenas tetas; buenas piernas: buen tiro; pero todas tenían las mismas caras de puta viciosa. Todas menos una. Era abril: el mes de las lluvias.

 

Tenía medio cuerpo echado sobre el maletero de un Porsche rojo. El trasero desnudo y suave se aplastaba contra la chapa del vehículo, y las piernas abiertas mostraban sus sensuales labios: desarrollados y húmedos. La caja torácica estaba en su máxima extensión. El ombligo estirado tenía forma de almendra. Sus tetas eran firmes con los pezones erguidos.

 

El vigilante quedó sorprendidísimo, cuando contempló su rostro salido con media lengua fuera. La larga melena rubia; la cara de colegiala quinceañera. ¡Era la misma que yacía en la urna!.

Sheeska parecía no creérselo. Tenía en la Morgue a la señorita abril de una famosa revista pornográfica.

 

Fue a abrir el cajón que albergaba al cadáver para comprobar que lo que ideaba era cierto. Puso el rostro del póster al lado del de la muerta, y aunque no estaban en la misma posición no había duda de que era la misma persona.

 

— ¡Joder! es Tania Dupress — dijo Ox, haciendo un signo de triunfo.

 

Saltó una y cien veces por la habitación como un loco, después se sentó en la silla, y extasiado se bebió en poco tiempo las cuatro cervezas que le quedaban.

Con el paso de los minutos la cabeza de Sheeska comenzó a dar vueltas...

 

Jodía y jodía con Tania en la mesa de la que era ahora abogada Dupress, cuyo cartel se había caído al suelo con los movimientos placenteros de la letrada. Tania tenía la toga subida hasta la mitad de su pecho. Justo debajo quedaban sus pezones-roca.

 

El eco de una extraña voz devolvió los pies de Ox a un suelo no muy firme.

En la mirada del vigilante los ángulos de la habitación se deformaban arbitrariamente, como la imagen reflejada en un lago.

 

Notó el bulto que le hacía su polla dura sujetada estimuladamente por su calzoncillo.

Tambaleándose, se acercó a la cara de Tania, y comenzó a lamerla asquerosamente. La cara estaba helada, pero al borracho ya parecía darle igual. Fue bajando sus lamidos por el cuerpo de la señorita muy despacio: por el cuello, por las piernas...

 

El dedo índice de la mano derecha tenía una uña bastante más desarrollada que las demás, y con aspecto metálico; pero esto no sorprendió al vigilante. Sheeska estaba ya extremadamente excitado, y sólo imaginaba el cuerpo de Tania agitándose como un látigo.

 

Con la respiración acelerada y el corazón a mil, Ox se metió en el cajón con el cadáver. Las aspiraciones de Sheeska iban más allá de tocar o lamer el cuerpo de Tania. Quería penetrarla.

 

El vigilante lanzó al aire un estruendoso eructo, que daba la salida a su repugnante acción. Se desabrochó los pantalones y se bajó los calzoncillos. El pene erecto quedó al descubierto, y sin preámbulos se la introdujo. No tardó en eyacular.

 

Para el vigilante aquello fue placentero, y se relajó súbitamente. Todas sus desgracias parecían haberse ido con aquel nauseabundo polvo. Siempre que estaba agobiado o tenso, aprovechaba a encontrarse solo en el trabajo para practicar su deporte favorito: joder con las muertas. No muertas cualquiera, sino aquellas que destacaban por su exuberancia corporal, aunque debía reconocer que lo de Tania se había salido de lo normal.

 

Las muertas no se quejaban de la bestialidad con la que Sheeska fornicaba.

Sheeska bajó del cajón; se subió los calzoncillos; y se abrochó los pantalones.

 

Cansado, se sentó en la silla, y puso los pies encima de la mesa. Cerró los ojos, y se durmió.

Cuando llevaba quince minutos de sueño, sonó un rumor parecido al silbido del viento en un solitario páramo.

 

Poco después sintió que la zona del cuello se le había erizado al tocarle algo terriblemente frío. A los pocos segundos notó un escozor, que se iba acentuando cada vez más hasta que llegó a un dolor insoportable.

 

Sheeska abrió los ojos y vio que del cuello manaba un torrente de sangre caliente. Tenía una raja que le cubría toda la parte delantera del cuello. En uno de los extremos había hincado algo: la uña de aspecto metálico.

 

Con cara de horror y pánico percibió que la vista se le nublaba progresivamente. Vislumbró una sombra que observaba desde la urna sus últimos segundos de vida. Oyó una infernal risa; el último sonido que oiría en su vida. Era Tania Dupress con su angelical rostro, y un cuerpo diabólico. La muerta le había rajado el gaznate.

 

Al día siguiente los hombres de la funeraria se presentaron en el depósito de cadáveres.

Sus caras no mostraron ninguna sorpresa, cuando se encontraron el cuerpo de Sheeska al lado de un gran charco de sangre reseca.

 

— Ves, no me equivocaba — dijo el que tenía la mancha de vino sobre parte de su cara.

 

— Sí, tenías razón; el Jefe estará muy contento con nosotros por esto; ¿No crees?

 

El último en hablar se acercó al interruptor de la luz y la apagó. Los ojos de los tipos se encendieron de rojo, y dos extrañas figuras amorfas salieron de las entrañas de los hombres.

Entre berridos infernales, y sonidos incalificables se dejó oír en la habitación del vigilante, que la tentación había podido una vez más a la razón.

 ©2005 Gustavo Adolfo Bautista. ficha                                          Publicado el 1 de Noviembrede 2005 en WormHole CiFi.com

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Creada 16 de enero de 2004  Última actualización: 14 de septiembre de 2005.