La torre
Las sombras del atardecer comenzaban a mezclarse con los espectros de
las copas de los oscuros árboles, la tarde estaba en sus últimos visos y
en el cielo una radiante e intensa luz anaranjada se difuminaba en el
horizonte con los tonos oscuros que la noche portaba consigo. A medida
que el mortecino sol se hundía en las fauces de las altas montañas
eternamente cubiertas de un manto nevado, cimas azotadas por vientos
gélidos que a medida que descendían por sus laderas con dirección al
valle azotaban las copas de los árboles llevando consigo reminiscencias
de las frías cumbres.
En la verde inmensidad del
valle junto a una oscura, a los ojos de la noche, laguna de aguas
tranquilas, erguida orgullosa superviviente. Edificada hace siglos como
parte integral del castillo, antaño dominador de toda la región y ahora
sumido en fatalidad de la derrota y de la devastación, asperjado por la
desdicha y abandonado por sus antiguos muertos. Ahora sus salones y sus
muros eran pastos del tiempo, restos de un pasado olvidado del que solo
sobrevivía la altiva construcción de muros oscuros plagados de gris
hiedra que ascendía por su cuerpo, ultimo vestigio de la gloria pasada,
un recordatorio a los ingenuos viajantes que antaño hubo una época de
esperanza y buenaventura.
Después de cerca de una década de silencio, sus entrañas volvían a
albergar vida. En la cámara de su cima, una luz iluminaba el interior, y
una luz parpadeante amarillenta se extendía al exterior, como un faro de
luz en un mar boscoso, cada vez mas sumida en los oscuros pozos de la
noche, que con su manto se había apoderado de todo el valle.
Oculto a la tenue luz que escapaba del interior, refugiado en el frío de
la noche, sobre las almenas desgastadas por el paso del tiempo y el
incisivo ambiente gélido procedente de las cotas montañosas, la oscura
figura reflexiva observaba las estrellas que la fría noche había traído
consigo de los confines del mundo, para esparcidas por el cielo formando
constelaciones, en un tachonado manto de diminutos puntos brillando en
un parpadeo hipnótico. Al igual que el haz de una estrella fugaz surca
el cielo, en la arrepentida mente surgió un oscuro pensamiento que había
olvidado ocho años antes, pensamiento que creía olvidado en un rincón
oscuro de su mente, del que nunca volvería a emerger, y que ahora al
estar de nuevo en aquel punto de su vida pasada, volvía a porfiar sus
pensamientos.
Ocho años atrás en el tiempo, ocho años atrás en su vida delictiva,
volvía a estar en el mismo punto; irónicamente sonrío, antes de llegar a
la reunión, esperaba que quizás todo siguiese igual, obviamente se
engañaba, pero en su interior, esperaba que todo fuese como antaño, que
los viejos amigos fueran siempre los mismos, quizás que tras el paso de
los años, sus triunfos no se hubiesen perdido, que sus sueños no
hubiesen sido asesinados, ahora se veía como un grupo de fracasados,
sentía tal asco de su vida que no podía permanecer mucho tiempo cerca de
ellos, ahora siempre le acompañaba un desagradable sentimiento de
incomodidad, algo que nunca hubiese sentido ocho años atrás. Su mente
volvió a volar, recordando las viejas hazañas, las primeras luchas que
quién sabe pareciesen heroicas, pero también recordó las muertes
inútiles, de cómo él mismo, que vivía en la romántica idea del ladrón
fue degradándose, convirtiéndose en algo más oscuro, sin alma ni
sentimientos, pervirtió su nobleza simplemente por sobrevivir,
terminando por alquilar su espada como mercenario, como ladrón que
robaba a quien más lo necesitaba para darlo al que todo lo tenia, de
cómo él, del mismo modo se volvió más frío, mas duro, alguien a quien
todo el mundo temía y odiaba, quizás no se odiase por lo que era o
hacia, quizás simplemente el mundo en que vivía habíase tornado mas
duro, viejos sentimientos habían muerto, dando paso a una gélida
indiferencia que asustaba tanto al dueño de tales pensamientos que
intento apartarlos de si, expulsarlos.
Algo que resultó del todo inútil, Kurt se había tornado en un frío
guerrero que ya no perseguía la consecución de lo que por derecho le
pertenecía; el pueblo había aclamado a Liar como soberano. Ante la idea
de perder aquello por lo que había sido preparado en una vida entera,
perder sus aspiraciones le había convertido en una sombra de lo que una
vez fue, ahora simplemente vagaba por el mundo, buscando aquello por lo
que una vez luchó, con el único consuelo de Katherine, quizás su único
vinculo con la cordura, por un momento volvió a sonreír irónicamente.
Aquella cordura que hubiese hecho falta tras la muerte de Robin, que
poco a poco fue perdiendo Krhym, diluyéndose siempre en el alcohol,
buscando la muerte a cada paso, en cada taberna, tras cada palabra que
pronunciaba a cada extraño, retando a quien simplemente se cruzase en su
camino, aquel que una vez fue un legendario guerrero, maestro de las
artes de lucha, aquel amigo dispuesto a escuchar a quien se lo pidiese,
se había tornado en un vagabundo eternamente ebrio buscando el consuelo
de la bebida, aquello con lo que se topo hiciera un mes, un hediondo
borracho que se arrastraba por el fango, no aquel noble guerrero que una
vez combatiera espalda con espalda, aquella persona a la que debía su
vida incontables veces, aquel que una vez fuese su único consuelo, su
apoyo y su esperanza.
El gélido frío volvió a azotarle, moldeando a su antojo su larga melena,
por un momento, comparo a los que fuesen sus amigos con aquella torre,
había formado parte de algo glorioso, fuerte y arrogante, pero ahora
simplemente sobrevivía, no era nada malo, pero si bastante degradante.
Sus negros pensamientos, volvieron hacia el resto del grupo,
encaminadose hacia aquella trascendental encrucijada de sus vidas, la
que siempre creyeron que fue su amiga, aquella a quien más quiso Leir,
aquella por la que hubiese dado la vida, Ann, que vilmente los
traicionó, los vendió a su más odiado enemigo, Kroeguer, dejándolos
desamparados en manos de aquel hijo de puta, de los dos años que paso en
aquella sucia celda, suplicando una muerte rápida que le aliviase.
Por un solo instante sintió el frío de la oscuridad, con su mano derecha
peinó sus cabellos, sumido en sus negros pensamientos, no escuchó
repentinamente la puerta que daba acceso a las almenas, el leve sonido
que produjo pasó inadvertido para aquel que caía en el negro pozo de la
fatalidad. Instintivamente se volvió bruscamente, había escuchado unos
pequeños pasos, delicados en su concepción, la tranquila imagen, suave y
tranquila, de la que por mas de ocho años fue su ángel, aquel motivo que
todos tenemos para vivir, aquella que por dos largos años le acompañó en
sus noches, se encontraba allí, las palabras parecieron atragantarse en
su garganta, aquellos ojos azules, tan intensos como penetrantes, su
largo cabello lacio cayendo por sus hombros como un torrente dorado, su
pequeña boca rosada contrastando con la palidez de su rostro, el hermoso
talle de porcelana, que lo envolvía todo. Pero no podía hablar, tiempo
atrás, en la soledad de su sucia celda había pensado cada palabra que le
hubiese dicho, incluso en su locura, había ensayado cada moviendo,
corrigiendo cada error, ahora todo aquello no existía, solo existía el
presente, ella notó toda su dureza exterior, su arrogante frialdad, solo
bastó un pensamiento para echar por tierra todo lo que durante horas
había estado pensando, allá sola, junto a los demás. Contrariada, se
volvió, dando la espalda al guerrero, que contrariado se maldijo
interiormente por estúpido.
- Rilwen.
Aquello pronunciado por él sonaba distinto, echaba por tierra toda su
dureza, su frialdad ante todo, aquello tenia calor y humanidad. La joven
extrañada de que aun recordase su nombre se giró. Quizás confiara en
algo más, pero de momento solo aguardaba, el frío de la noche continuaba
envolviéndolos a ambos, la tormenta sonaba en la lejanía, como un
distante redoble, a los ojos de ella había cambiado, ya no era solo un
frío guerrero, un malvado mercenario ni un despreciable ladrón, había
algo en su interior, quizás un poco de esperanza.
- Por favor no te marche,... nuevamente.- aquello ultimo pareció
costarle de sobremanera.
Ella le miró, pareció clavarle la mirada, esperaba algo más, algo que
quizás él no pudiese darle. Levemente hizo un amago de marcharse.
- Por favor,... - casi susurró.
La lluvia fina y constante comenzó a castigarlos a ambos, de manera
progresiva, así tras varios minutos, ambos estaban totalmente empapados.
Las gotas resbalaban por sus rostros, el solitario guerrero se fue
acercando hasta ella, como lo haría un pequeño gatito, temeroso y a la
vez contento, Rilwen, empapada por la lluvia, sonrío, mostrando sus
perfectos pequeños dientes tan blancos como una pequeña nevada. Con
mucho cuidado, casi con torpeza, se acerco a ella.
- Desde el primer momento que... - con sus hermosos dedos, tapó la boca
del enamorado, sus ojos pretendían esconder la incipiente sonrisa que
comenzaba a dibujarse en su boca.
- Yo solo quería...
- Cállate, Melril.
Los dos se fundieron en un abrazo, ella colocó su cabeza sobre el pecho
del guerrero, él hundió su nariz en su cabello, que aunque empapado,
despedía aquel olor que nunca había podido describir, aquello que
albergó tanto tiempo en su subconsciente, más tranquilo volvió a hablar.
- Siempre me acompañaste, allá donde fuese tu recuerdo siempre me ha
acompañado, eres mi musa, mi inspiración, mi única esperanza de vida.
Nuevamente ella tapó su boca, Melril sonrío, ella, con cuidado se alzó
suavemente sobre sus talones, sus dos labios se buscaron, uniéndose en
un beso, quizás no demasiado grandioso, pero a ambos les pareció lo mas
importante en ese momento en su mundo. Tras eso, Melril, llorando la
abrazó contra sí.
La muchacha sonrío nuevamente. Melril, embargado por la alegría, le
preguntó suavemente.
-¿ Qué?
- Solamente te buscaba por que la cena esta lista. - terminó, mostrando
una vez más su alegre sonrisa.
©2005
Carlos Antonio
Carmona Peral/Abelardo Manzano Martín. ficha
Publicado el 1 de Septiembre 2005 en WormHole
CiFi.com
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