Fray Hernando de Talavera

l celo religioso de los Reyes Católicos les hizo preocuparse por la creación (en este caso restauración, tras el periodo musulmán) de las diócesis de Granada y la entrega del báculo a un hombre virtuoso y con fama de santo, Fray Hernando de Talavera. Escuchemos en apretada síntesis  el relato de Mármol:

« Habiéndose tomado posesión de la ciudad de Granada y de todas las fortalezas, y asegurándolas con gente de guerra, los católicos reyes comenzaron a dispensar su magnificencia, haciendo mercedes  y en general, y en particular a todos los que habían servídoles en aquella guerra. Repartieron la tierra que habían ganado, y proveyeron en las cosas de justicia y buena gobernación, así para la quietud de los moros, que ya eran sus vasallos, como para la población y aumento de los nuevos pobladores que de todas partes acudían; lo cual todo hacían con tanta resolución, que parecía bien ser negocio guiado por Dios para honra y gloria suya. Andaba su corte llena de ilustres y esforzados caballeros, sabios y ejercitados en las cosas de la guerra, de muchos y muy doctos letrados en las cosas de justicia y gobernación, y famosísimos teólogos de santa vida y ejemplar doctrina en las cosas de la fe; porque de tales personas como éstas se arreaban más para sus consejos, que de las pompas y ceremonias de los otros reyes; ansí acertaban en todo lo que hacían, y nada hallaban invencible contra su espada. Entre otros religiosos que traían en su consejo, había uno llamado Don Fray Hernando de Talavera, fraile profeso de la orden del glorioso padre San Jerónimo, natural de la villa de Talavera, que es en el arzobispado de Toledo, hombre de maravilloso ingenio y pronteza, grandísimo predicador, muy docto en las letras sagradas y ejercitado en la filosofía moral y, sobre todo, muy estimado de los reyes por su bondad de vida y doctrina. Este padre fue más de veinte años prior del monasterio de Santa María del Prado, cerca de Valladolid y aún lo edificó; y teniendo sus altezas noticias dél enviaron á llamarle y le hicieron su confesor y de su consejo, y después le dieron el obispado de Ávila, y trayéndole consigo á la conquista del Reino de Granada, no fue la menor parte de sus buenos sucesos la industria, consejo y oración deste santo varón, el cual, viendo que ya la ciudad comenzaba a poblarse de cristianos, y que allí tenía buena comodidad de plantar viña al Señor Celestial, acordó de dejar la corte temporal, donde era favorecido y regalado, y tomar otra vida trabajosa y de mucho peligro para el cuerpo; y suplicando á los reyes católicos proveyesen el Obispado de Ávila á quien fuesen servidos, pidió que le dejasen acabar en servicio de Dios en la nueva iglesia de Granada con aquella nueva gente. Siendo pues arzobispo de Granada, fue confirmada su elección por Papa Alejandro VI, el cual le envió el palio, insignia arzobispal, y se le dio con gran solemnidad Don Luis Osorio, Obispo de Jaen, a quien vino cometido, asistiendo á ello Don Pedro de Toledo, Obispo de Málaga y Don Fray García Quijada, Obispo de Guadix. Y porque nadie pudiese decir que codicia de más renta les movía á dejar el obispado de Avila por el Arzobispado de Granada, no quiso que se le diese más de lo que para vivir moderadamente, sin pompa era necesario; y así, le señalaron solo dos cuentos de maravedis en cada año, siendo mucho más la renta del Obispado de Avila. Bien se dejo entender la intención deste buen prelado, porque desde el día que tomó posesión se apartó de los negocios de la corte de tal manera, que jamás se pudo acabar con él que se ocupase de otra cosa sino en lo que cumplía a la salvación de las almas de los fieles y conversión de los infieles y en el edificio de las iglesias y buen regimiento dellas. Bueno fue por cierto el consejo que tomaron los católicos Reyes, como todas sus cosas eran buenas, en encomendar aquel nuevo ganado cerril, no usado al yugo suave de Dios, á pastor tan antiguo y tan ejercitado en su ley, para que por medio suyo viniesen apuntarse con su rebaño. Felice triunfo, dichosa victoria la que en tales tiempos concedió el Señor a la insigne ciudad de Granada».

«Bien pudiera ella ganarse en otro tiempo para los príncipes cristianos; más por ventura no se ganara para Jesucristo, como se ganó mediante la buena diligencia, el trabajo, la industria, las vigilias, las oraciones, el ejemplo de santa vida y dulce conversación de tan buen prelado; porque estas tales obras poniendo Dios su gracia en ellas, ocuparon de tal manera los ánimos de los moros, que ninguna cosa más estimada, más venerada ni más amada llegaba a sus oídos que el nombre del arzobispo, a quien ellos llamaban: el Alfaquí mayor de los cristianos. De donde nació que hubo muchos que se vinieron á convertir espontáneamente de su propia voluntad, por ventura con mejor celo de lo que lo hicieron después otros. Demás deste provecho tan grande que se siguió a los moros, fue también muy necesario en aquella ciudad este prelado para los cristianos, porqué como la mayor parte de la gente que acudía a poblarla eran hombres de guerra gente advenediza, había tantos tan desenfrenados en los vicios que la licencia militar traen consigo, que fue bien menester su trabajo y buena diligencia y grandísima industria para reformarlos. Comenzó cuanto á lo primero á enseñar a los moros las cosas de la fe de Dios dándoselas a entender con tan dulces y amorosas palabras, que solamente no recibían pesadumbre los mesmos alfaquis si los llamaban para que oyesen su doctrina, más aún se venían muchos dellos á oírla sin ser llamados; y para los que se querían convertir tenían casas particulares, que llamaban casa de la doctrina, donde iba de ordinario á predicarles y á enseñarles las buenas costumbres por medio de fieles intérpretes; y aún para este efecto procuró con mucho cuidado que algunos clérigos aprendiesen la lengua arábiga, y él mesmo á la vejez quiso aprenderla, á lo menos tanta parte della que bastase para poderles enseñar los mandamientos, los artículos de la fe y las oraciones, y oír sus confesiones. Tuvo el arzobispado Don Fray Hernando de Talavera quince años, y murió de 1507 de pestilencia. » .

No podía, tan piadoso pastor, faltar a la atención del rebaño y giró una interesantísima visita a Ugíjar Don Hernando de Talavera. Alojándose durante su estancia en nuestro pueblo en el barrio del «BARBOL», el barrio y el nombre aún perduran. Pero queremos llamar la atención sobre un detalle; el termino «Barbol» no es árabe, como cabría esperar, sino mozárabe. Significa: ¿que aún quedaban mozárabes en Ugíjar cuando llegó el arzobispo? ¿Sólo quedaba el topónimo? ¿No es curioso que tratándose de un barrio con nombre mozárabe sea allí donde se instala el arzobispo, a escasísimos años de la conquista de Granada?. Creo, sinceramente, que perduraba la comunidad mozárabe de Ugíjar. Comunidad que, como todo los grupos étnicos en la Edad Media, solía agruparse en el mismo barrio.

«Demás desto puedo dezir que yo serví al Santo Alçobispo por tres años y mas por paxe, y fuí con el a una vesita que visito a todas las alpujarras; y en la villa de Uxixar posava en una casa en lo más alto de la villa que se dize Albarba y hera tan lexos la yglesia tanto como del Audencia Real a la plaça de Vibarrambla, y la dicha zambra le aguardava a la puerta de su posada, y saliendo para yr a la yglesia, tañian todos sus ystrumentos y zambras que yban adelante del y toda gente que se hallava hasta entrar con el a en la yglesia; y cuando su señoria dezia la misa en persona, estava la zambra en el coro con los clérigos, en los tiempos que avian de tañer los organos porque no los avia rrespondía la zambra y estrumentos della, y dezia en la misa en algunas palabras en arábigo, en especial, quando dezia « Dominus Bobyspon «dezia» y «barafiqun». Esto me acuerdo dello como si fuese ayer, en el año de quinientos y dos, y si ay algunos de los que entonces serbian al dicho señor alçobispo lo qual pienso que no queda algunos conocidos que ayan quedado en esta tierra, acordaran de algo dello de lo que yo digo, y desta manera andava por las alpuxarras y más prencipales villas y lugares della ... »

El autor del documento se identifica a sí mismo como paje del arzobispo Don Hernando de Talavera y acompañante en su visita a Ugíjar. Se trata de un personaje de enorme protagonismo en la sublevación de los moriscos. Autor de un famoso «memorial» al Rey de España pidiendo se respeten las costumbres de éstos y tratando de presentar las diferencias moriscas (vestido, zambras, lengua) como diferencias culturales con los cristianos viejos y no como diferencias religiosas. Pretendía, con este sabio argumento, Muley mantener el «hecho diferencial morisco».