En Dima (Vizcaya), nació Domingo el 11 de mayo de 1901. Sus padres eran labradores en el caserío de Biteriño. Era el primero de una familia numerosa de 11 hijos e hijas.

    La educación cristiana y su inclinación a los actos de piedad le conduje ron a pedir al párroco que le admitiera como monaguillo. Aunque su caserío distaba bastante de la parroquia, no faltaba ni un solo día a su cita con el Señor.

  Sintiéndose llamado por Dios para una vida de seguimiento radical de Jesús, pide ser admitido en el seminario Trinitario de Algorta (Vizcaya). El maestro da  de él este testimonio sobre su vida de seminarista: “Vi en él un adolescente humilde, devoto, obediente, recogido, equilibrado, alegre, sensato. Es hermoso decirlo, pero le costó mucho a Domingo adquirir estas virtudes.

  Contaba ya 16 años cumplidos, cuando, el 11 de diciembre de 1917, es admitido al noviciado, que lo hizo en el santuario de la Virgen de la Bien Aparecida (Marrón-Cantabria). Un paraje de incomparable belleza natural. Un gran mirador que se asoma sobre la vega del Asón.

  Su santidad se iba descubriendo. Algunos le comienzan a llamar "el santito”. Sobresale, de un modo especial, por su piedad, modestia, amor a la pobreza y a la obediencia. Jesús Sacramentado es su nuevo nombre en la Orden. La Santísima Virgen es la confidente de sus penas y alegrías.

  Por testimonio personal suyo, se sabe que durante el noviciado “sintió sequedad de espíritu, sensación de ser réprobo, oscuridad. amargura". Todo esto desapareció el día de su profesión.

  Fue enviado a San Carlino (Roma), para cursar sus estudios de filosofía y teología.

  En la Universidad Gregoriana dio muestras de aplicación y talento. Las máximas calificaciones y una medalla de honor dan testimonio de su aprovechamiento. Quería prepararse bien para ser “un apto instrumento en les manos de Dios".

  En la comunidad destacaba por su piedad y su espíritu de servicio: la sacristía, la cocina. sobre todo los enfermos, eran sus preferidos’.

  Por sus cualidades y su ‘ascendencia’ ante los compañeros. antes de ser ordenado sacerdote, ya es nombrado Maestro de estudiantes. Tenía algo de práctica en el oficio, pues durante algunos años, había ejercido ‘de celador'. Un maestro suyo afirmaba: “Tan alto concepto tenía yo del siervo de Dios que me consideraba más discípulo suyo que maestro. Me guiaba por él más que por mi propia iniciativa".

Fr. Domingo afirmaba: “He sufrido mucho cada vez que me veía obligado a llamar la atención a alguno de mis subordinados. Tenía que vencerme interiormente. Me consta que no todos estaban satisfechos de mi actuación. Me duele pensarlo, pero poseo la satisfacción de haber cumplido con mi deber. No me eligieron para que agradase a los religiosos, sino para que los llevase a Dios".

Llegó el día tan esperado de su ordenación sacerdotal. La recibió el 9 de agosto de 1925. Era el Año Santo de la Redención. Escribe a sus Padres: “He sido  constituido mediador entre Dios y los hombres. Sean felices y mil veces felices las familias que entre sus miembros tienen un sacerdote que interceda por ellos. ¡felices los padres que en su vejez, cuando vean cercana la muerte, puedan decir: Tengo un hijo sacerdote que ofrece sacrificios por mí“.

  Se había preparado concienzudamente para ser un buen sacerdote, un misionero. Sin embargo, los designios de Dios eran otros. El P. Domingo del Santísimo Sacramento estaba gravemente enfermo. ¡Con sus 25 años y su sacerdocio recién estrenado!

  Unos días antes de su ordenación sacerdotal, tenía que pasar el examen de Doctorado en Teología. Su enfermedad se le había yo declarado. Los profesores que lo examinaban se dieron cuenta de la  palidez de su rostro. La tuberculosis lo estaba destruyendo. Ya sacerdote y con la prueba que el Señor le enviaba, redoblaba su oración ante el Sagrario.

Su P. Provincial decía: "Celebró misa mientras pudo y sufría lo indecible cuando, por su desesperado estado de salud, no podía hacerlo". En una ocasión, dentro de la gravedad. Me pidió febrilmente que se lo concediera; podría celebrar aunque con mucho esfuerzo. Se lo permití y escuché de él estas palabras: "Padre Provincial, es increíble el tesoro de gracias que se obtiene con la celebración de una sola Misa".

  En aquel verano de 1925. los médicos le recomendaron su vuelta a España.

  Su primer destino fue la cosa de Algorta. "Llegó maltrecho, muy cansado. Toda la noche lo posó tosiendo CI causa de la pleuritis. Por la mañana se levantó para celebrar Misa".

  No pudiendo dedicarse al apostolado directo. procuró escribir algunos artículos para la revista El Santo Trisagio. Afirmaba. “Es consolador que se pueda llegar a las almas por muy diversas maneras".

  Deseaba ser misionero. "He hablado con el P. Provincial sobre la conveniencia de que la Provincia se haga cargo de una Misión. No pierdo mis esperanzas de que se me permita marchar a Canadá o a Madagascar". Sin embargo, la enfermedad le hacía estar inmóvil y encerrado en su habitciónn. "cuando entraba en su habitación, dice el P. Provincial, le sorprendía como inmerso en alta   contemplación, a juzgar por el gran esfuerzo que tenía que hacer para conversar conmigo.

  Los especialistas no sabían qué hacer con su organismo tan debilitado. Como último recurso, sugieren que sea enviado a una casa que tenía la Orden en Belmonte (Cuenca).Iba allí a un clima más seco. para realizar una cura de se reposo absoluto. Era el 28 de diciembre de 1926.Al entrar por la portería de aquel convento, dijo. “Hic dormiam et requiescam’.

Al principio se notó una mejoría. Pero ya había  dicho él al entrar en aquella casa: "Aquí dormiré y descansaré”. aludiendo a su cercana muerte. 

  El 5 de enero de 1927, escribe a su compañero P. Félix de la Virgen "En la casa de Dios hay muchas moradas. Importa que cumplamos la voluntad de Dios. A algunos Dios los llama en la flor de la edad, antes de que se engolfen en negocios y responsabilidades. A otros les reserva grandes trabajos y luchas. Todo puede ser ocasión de mérito y ninguno se pierde sino por su negligencia".

  Este es el testimonio del enfermero en Belmonte. "Le atendí como enfermero, durante los cuatro meses que permaneció en este convento de Belmonte. Es cierto que observé en él una santa paciencia en sus duros sufrimientos, una alegría inalterable, una prudencia exquisita y una resignación sin límites en la voluntad de Dios”.

  Al final de su vida revisaba sus propósitos: 1. El voto de hacer lo que creyera ser más perfecto. 2. No negar nada a Dios nuestro Señor; seguir en todo sus santas inspiraciones con generosidad y alegría.

  Podía tener la satisfacción de que había sido fiel a estos compromisos.

  El cinco de abril de 1927 comienza su agonía. Los días 5 y 6 los pasó delirando. Se  le administraron los sacramentos que recibe con gran fervor y serenidad. El día 7 de abril de 1927, cuando la luz del día iluminaba la tierra, él se fue o gozar de la luz inaccesible e imperecedera del cielo.

  En la cruz de su tumba escribieron:    

"TODO LO HIZO BIEN".

José Hernández Sánchez