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Dedicatoria

Ante
esta inmensa desgracia los montes se doblegan
y
dejan de correr los grandes ríos,
pero
más fuertes aún son los cerrojos de la
cárcel,
que
esconden los lechos de tablas
y
la infinita tristeza.

Ya
no sopla para ti la fresca brisa,
ni
se enciende para ti el tierno ocaso.
Ya
nada sabemos, somos siempre los mismos,
solo
escuchamos el odioso rechinar de los portones
y
el retumbar de los soldados que marcan el paso.

Despertábamos
temprano, como para la misa matutina,
y
atravesábamos la capital totalmente salvaje.
Confluíamos
en un punto, mas inánimes que un muerto,
más
opacos que el sol, más brumosos que el Neva,
pero
la esperanza continuaba a lo lejos su canto.

¡La
sentencia..! Y al instante saltaron las
lágrimas
y
me hallé aislada del resto del mundo
como
si me arrancaran la vida que alberga el
corazón,
o
me hubieran lanzado de bruces contra el suelo.
Pero
ella avanza... Solitaria... Vacila...

¿Dónde
están hoy aquellas desconocidas con las
que
compartí dos años de infortunio?
¿Qué
formas adivinan en la ventisca siberiana?
¿Qué
imaginan ver en el círculo blanco de la luna?
A
todas ellas envío mi último adiós.
Anna
Ajmátova

Poetas
de Europa

Diseño
y gráficos de Trenzas
Mayo,
2002
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