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1- Mayo 2000:              El negro de Bañolas

2- Agosto 2000:            Ni los montes...

3- Noviembre 2000:      El Máster

4- Noviembre 2000:      Franco

5- Agosto 2001:            Talibanes de Occidente          

 

 

 

 


-1-

El Negro de Bañolas.

 

Madrid, febrero de 2000

Querida Virginia:

 

Abría yo el periódico el otro día con la esperanza de ver mis números en la lista de la lotería, cuando me llamó la atención una pequeña reseña que paso a comentarte. Se refería la misma al "Negro de Bañolas", de cuya existencia te supongo enterada. Al parecer, tras ciento setenta años de orgullosa firmeza en la vitrina del museo donde permanece disecado, quien corresponda ha decidido repatriarlo, para que al fin descanse en paz en medio de los suyos. El único problema que por lo visto se presenta es que nadie sabe quienes son los suyos, vamos, que ni dios tiene puta idea de donde coño era el mozo. No será tanto el problema ya verás, que tratándose de negros -ya se sabe, todos parecen iguales- el regidor de Bañolas o el Ministro de Asuntos Exteriores anunciarán cualquier día de estos que han hallado el país de origen, y entregarán el humilde despojo al primer gobierno títere que se preste a la pantomima.

 

La cosa cuyo desenlace parece tan próximo se remonta más o menos a un par de años: un grupo de indignados ciudadanos (algunos de raza negra y otros imagino que aspirantes a cónsul de dictaduras centroafricanas), retomaron una cruzada que evoluciona por brotes, como la gastroenteritis. El objetivo era precisamente lo que están a punto de conseguir: que se retirase del museo el relleno de paja, y que recibiese -imagino- pagana sepultura. Como este tipo de cosas vende, sumáronse no sólo los que se apuntan a un bombardeo, sino todos los grupos sociales y étnicos que se suponían minoritarios y/o marginales antes de lo políticamente correcto, el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Director General de la UNESCO, los que gustan de decir "Banyoles", y, dentro de estos últimos, el colectivo de feministas lesbianas del Bajo Llobregat.

 

Cualquier cuestionamiento de tan nobles instintos suele ser tachado de racista por el papanatismo dominante, y por ello me preparo para la tormenta. Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, mi primer impulso en aquel momento fue solicitar ser igualmente disecado a mi muerte, e inaugurar -cuanto más tarde mejor, eso sí- la sección del siglo XX del Museo Antropológico de Madrid. Al no gastar lanza como el guerrero, procedería que fuese colocado en la posición que soliere adoptar en el último puesto de trabajo que desempeñe para la Administración Pública, a la que sirvo con singular devoción.

La verdad es que hasta entonces, tenía escrito y encargado a mis futuros deudos la entrega de mi cadáver a una cátedra de Anatomía, para asombro de futuras generaciones de médicos y contribución a la ruina de las funerarias. Cambio la ciencia médica por la historia, modifico en este acto mi testamento y te hago albacea -querida Virginia- de mi nueva y penúltima voluntad. Encárgate tú de que se cumpla, que lo mismo mis hijos no entienden que su padre acabe como una vulgar zarigüeya.

Lamentablemente, un abogado catalán se me adelantó en la iniciativa y eso me arruinó la exclusiva. No lo conozco, pero espero coincidir con él dentro de un siglo o dos cuando algún ministro de cultura ilustrado organice una exposición itinerante con nosotros, el Negro, Ramsés II, Vladimir Illich y alguno más.

De hecho, tanto al leguleyo como a mí nos llamarán de todo, mas, como bien conoces, en estos tiempos de plano pensamiento único, cualquier idiota puede reivindicar las mayores barbaridades a condición de hacerlo arropado por sus iguales, y su clamor se convierte en dogma. No es nada nuevo. Ahí tienes sin ir más lejos a las descendientes de aquellas feministas que en los sesenta quemaban saldos de corsetería: sin haber entendido nada de la lucha de sus abuelas, hoy salen a la calle compartiendo pancarta con la mismísima Santa Madre Iglesia y, creyendo ver pornógrafos hasta en la sopa, exigen a golpe de spray y de declaraciones de ex-ministra la retirada de cualquier reclamo publicitario en el que se insinúe una teta. En fin, no quiero liarme por ahí, que es un tema que intuyo da para otra carta, y a ella me remito.

 

Dicho esto, Virginia, apenas si quedamos tú, yo, y cuatro más para defender la racionalidad, solidariamente con el abogado disecable. Cuando se consume la tropelía que privará a Bañolas de su principal atractivo, la cosa sentará cátedra y las fichas de dominó caerán una tras otra: si los guerreros de a pie no pueden ornar los museos, ¿por qué habrían de hacerlo los que un día fueron reyes? En el acmé de tanta locura, veremos pronto a Hosni Mubarak enterrar a la momia de Tutankamón con honores de Jefe de Estado.

No entraré desde luego en el detalle de que, a estas alturas, al negro en cuestión le importa un huevo alegrar el museo de Bañolas o pudrirse en el infierno. Me asombraré de nuevo ante la insaciable permanencia de la llamada trascendencia, que impulsa a las gentes a creer que un código genético diferente hace más importante al hombre que a la cucaracha. Si los rasgadores de vestiduras hubieran leído al Profesor Faustino Cordón tal vez no pensaran, en las postrimerías del siglo, que el alma del negro -mítico concepto- vaga en pena, privada del eterno reposo por culpa del taxidermista, y quizás se preocupasen más de los negros contemporáneos -vivos estos- pero que se mueren de hambre y de asco desde su más tierna infancia para mayor gloria de Occidente.

Es sabido que nuestros cristianos gobernantes defienden la propiedad que es otorgada por decisión divina a unos cuantos elegidos de la raza blanca. Por ello, ya que ni siquiera tienen intención de modificar los designios de su providencia, se parten el pecho a golpes defendiendo la dignidad -así lo llaman- de nuestro racial negro, cuya herramienta de trabajo, la lanza con la que cazaba, demuestra que al menos se ganaba la vida honradamente. Tal vez sus captores, antes de disecarlo, trataron de inculcarle los conceptos fundamentales de la secta del galileo, con el fin de evitarle el limbo de los justos. Si su lanza hubiera estado más ágil, tal vez no hubiese acabado en un museo. Su vida hubiese sido más larga y ahora tú y yo no tendríamos que oír el llanto de plañidera de los descendientes de los que le cazaron como a una liebre. Claro que, bien mirado, tampoco hubiese podido escribirte esta carta, ni el soneto que la sigue.

 

Soneto del Negro disecado:

Negro orgulloso cuya lanza en ristre

Defiende el territorio de tu raza

En Bañolas mereces una plaza

Y no el exilio de esta nación triste

 

Si otrora fuiste una pieza de caza

Traída a este país del esperpento

Hoy al menos yo no me arrepiento

Y en tu defensa debo meter baza

 

Déjame que proclame lo que siento

Cambiar quiero mi vida de oficina

Que mi voz inunde el firmamento

 

Lo que exijo sin duda se adivina

Que junto al abogado macilento

Compartamos un día tu vitrina.


Noticia de contraportada del diario "EL PAÍS". 1 de julio de 2000.

"El Negro de Banyoles ya tiene visado"

  

    Pasaré por alto el que el diario "EL PAÍS" escriba Banyoles cuando el nombre original catalán de esa ciudad gerundense tiene traducción al español. Por esa regla de tres, que obliga a los locutores de las emisoras de radio y televisión a realizar patéticos esfuerzos de pronunciación, también habría que decir London o Bordeaux cuando se habla de Londres o de Burdeos...Pero dejemos mi delirio jacobino y  hablemos del Negro...

    Lo que me temía está a punto de ocurrir: con nocturnidad, casi clandestinamente, el Negro de Bañolas va a ser transportado hasta el país de donde ahora nos dicen que era natural, Botsuana, aunque no están seguros, claro... Tampoco están seguros de como murió...Ahora nos dicen que, al parecer, fue desenterrado recién fallecido de muerte natural. Tiene gracia este último intento de quitarle hierro al asunto, cuando en la época en la que fue traído a España era común que los naturalistas expusieran a familias (vivas) enteras de africanos en museos al aire libre, para que los europeos se coscaran de como vivían "los buenos salvajes". También nos dicen que la pieza de museo recuperará, después de ciento setenta años, su condición humana: de nuevo el mito de la trascendencia por encima de todo. Y mientras estos paladines de la dignidad humana se desviven por la dignidad de la pieza de museo, cuya diferencia con las momias egipcias, por ejemplo, me obstino en no captar, a Botsuana le cabe el honor de ser el país con la tasa de seropositividad al VIH más alta del mundo, nada menos que el 35% de la población. Mejor harían los defensores de tan digna causa en enviar antirretrovirales: seguro que los habitantes de Botsuana lo agradecerían más y les parecería más digno que la piel de su supuesto antepasado. Pero...¡Qué cosas digo! ¿Para que quieren antirretrovirales? ¡Bastante tienen con la nueva Ley de Extranjería...!

Julio de 2000.                                    

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-2-

 

Agosto de 2000

 

Ni los montes...

 

Querida Virginia:

 

 

Ni los montes, cuando parieron, lo hicieron con tal descaro, y mira que llevaban tiempo amenazando. La Iglesia Católica, con ese afán de superación que le caracteriza, acaba de entrar en el libro divino de los records con una actuación histórica que supera con creces nuestra capacidad de asombro, y cuando digo "nuestra", me refiero obviamente a esa modesta proporción de conciudadanos a la que le cuesta creer en los mitos modificados (y momificados) de un pueblo nómada de Oriente Medio de hace unos cuatro mil años. Bien es cierto que esos mitos que constituyen el corpus de las religiones monoteístas al uso no dejarían de ser pintorescos, desde el punto de vista del observador inquieto, si no fuese por que la imposición por la fuerza del divino absurdo ha teñido de sangre y tiznado de hogueras los recovecos de la historia, y continúa haciéndolo en forma de Tierra prometida por Yaveh o de talibanes artesanos de velos a cuadritos. También lo es que los intérpretes del Gran Delirio1 que por estos lares nos han tocado en el reparto hace tiempo que están de capa caída, y no siendo ya lo que eran, han debido trocar el auto de fe y la entrega al brazo secular, que es lo que les gustaba de verdad, por la condena de los condones y de las parejas de hecho, con escaso éxito gracias a dios.

Sin embargo, la bestia es aún poderosa, y sus múltiples cabezas están lejos de ser cortadas. Recuerdo a este respecto dos referencias literarias. Una es de Bakunin, creo, y ni si siquiera puedo ya recordar exactamente donde la leí: a mi edad, Virginia, para esto de las citas se vive mucho de las rentas, y bastante tengo con recordarlas. Se preguntaba el hombre como era posible que, en pleno siglo XIX -y se asombraba- todavía hubiese quien dase por ciertas semejantes patrañas. La otra es de Zola, y se puede encontrar en La Obra (no en la "obra" de Zola, sino en la novela La Obra: no te diré el pasaje, para que no tengas otra opción que buscar el libro y leerlo, que siempre viene bien). También en pleno siglo XIX, viene a decir, vemos como lo sobrenatural rompe de nuevo las hostilidades. Bonita imagen la de Zola que, siendo francés, podía contar con el espejismo de la Ilustración, que si hubiese nacido como yo a orillas del Manzanares, y hubiese visto las consecuencias del racial grito de libertad del vivan las caenas, seguro que se habría ahorrado el comentario. Ya sabes Virginia, que para poder romper de nuevo las hostilidades éstas han primero de haber desaparecido algún tiempo, lo que en España, obviamente, no ha sido el caso.

Las cosas de la religión siempre me han fascinado, por puro interés antropológico, pero han sido los funcionarios de las religiones al uso, a golpe de púlpito y de santa intransigencia, de catecismo de Astete y de dictadores cobijados bajo palio, los que han provocado que mi ateísmo racionalista se complementara con este sano anticlericalismo que con tanto orgullo llevo, y que lamentablemente la Izquierda ya no cultiva como principio irrenunciable, por mor del proceso de domesticación en el que se haya inmersa. Es esta fascinación, fruto de la resistencia contra la opresión terrenal de los exegetas del dios bíblico, la que provoca que ahora te escriba para comentar este asunto singular, pero al paso que voy parece que no voy a empezar nunca. No divaguemos pues más, y al loro...

El Jefe del Estado de la monarquía vaticana, el Papa Rey como se decía antes de la toma de Roma por los garibaldinos, ha tenido a bien iluminar nuestras humildes cortezas cerebrales con la revelación del tercer secreto de Fátima, tan celosamente guardado durante 83 años. El misterio ocultaba, ya lo sabes, el conocimiento del advenimiento de horrorosas hecatombes en las que sin duda nosotros seríamos los bueyes. Todo eso, evidentemente, coincidiendo con el nuevo milenio cuya llegada este año celebramos por segunda vez. He de confesar que esperaba con impaciencia el acontecimiento, pues la Iglesia de Roma siempre ha sabido vestir la quimera como dios manda, y no como los protestantes esos cuyos obispos ni llevan báculo, ni mitra, ni nada de nada, y que vas a sus catedrales y no tienen estatuas, y parecen monoteístas de verdad, y así no hay manera de infundir respeto.

Los antecedentes, desde luego, prometían. El mito de la Virgen, que no es sino la creencia en la realidad de la partenogénesis en la especie humana, y cuyos orígenes se sitúan en religiones orientales muy anteriores al cristianismo, ha sido para los papistas la verdadera alma mater (que como bien sabes no quiere decir alma madre, sino madre nutricia) de su diferenciación con el resto de las sectas, y el despliegue con que se adornan sus supuestas apariciones refuerzos en la defensa de las clases dominantes, a cuyo servicio la Iglesia siempre se ha sentido cómoda. Además, la comparecencia de Fátima había sido tan sonada que, 33 años más tarde, un tal Sr. Pacelli, que por cierto se hartó de bendecir camisas de varoniles colores hasta que vio que la guerra no iba por donde a él le hubiese gustado, decretó que la asunción a los cielos de la Virgen en cuerpo y alma era un dogma de fe. En estas condiciones, Virginia, no me extraña que la Virgen se aparezca: yo también lo haría si estuviese condenado a permanecer en cuerpo y alma en lo alto de la estratosfera. Pero volvamos a lo nuestro. Los pastorcillos, de los que la historia no dice si hacían más llevaderos aquellos largos días en medio del campo consumiendo algún tipo de seta silvestre, transmitieron el mensaje de la aparición en forma de tres profecías. La primera sonaba a chufla: predecir el final de la guerra en 1917 era como si ahora yo auguro que va a subir la gasolina. Eso lo intuyen hasta los mandriles de la Casa de Fieras. La segunda, la de la conversión de Rusia, nos la tomamos a chufla, y bien que nos equivocamos: no caímos en la cuenta de que la niña Lucía afirmó que Rusia se iba a convertir, pero no dijo en qué. Y Rusia, vaya si se ha convertido: en una mierda, pero se ha convertido. El tercer arcano era el terrible, el precursor de cataclismos, la confluencia con las profecías de Malaquías sobre el fin de los Papas y del mundo de una sola tacada. La repera, en suma. A los pobres creyentes que se habían pasado 83 años temiendo la revelación no les llegaba la camisa al cuerpo desde que el Estado Vaticano anunció a la urbe y al orbe que el secreto iba a ser desvelado; es posible que hasta cierto modisto francés de origen español hubiese comprado ya su segundo billete para Alfa Centauri y yo mismo, por si acaso, me había dejado de medir compulsivamente los niveles hemáticos de colesterol de baja densidad. Y en esto van y nos dicen que el famoso secreto era, ni más ni menos, la noticia de un atentado contra el obispo de Roma, que sumiría en la tristeza y en el horror a toda la cristiandad. Vaya, dijeron los responsables del Orden Público, pongamos los medios para evitarlo...Tranquilos, comentó el cardenal portavoz: el atentado en cuestión es el de 1981. ¡Pues sí que estamos apañados! Respira aliviada la grey apacentada por sus clerizánganos y a nosotros se nos queda, y perdóname Virginia la expresión, cara de gilipollas. Porque, como se dice en mi pueblo, para ese viaje no hacían falta alforjas. Ya, es que ni se molestan. Los montes, cuando parieron, tampoco fue nada del otro mundo, pero al menos consiguieron sacar un ratoncillo.

En fin Virginia, que quieres que te diga, que para Milagros de Nuestra Señora, me quedo con Gonzalo de Berceo, y como muestra de mi devoción, ahí va un pequeño homenaje escrito -como no- en cuaderna vía, o, lo que es lo mismo, en tetrástrofo monorrimo...

 

 

 

 

El tercer secreto

 

En el fin del milenio mester de clerecía

Recupero gozoso, me embarga la alegría

El Obispo de Roma devoto de María

Nos desvela el misterio de la Cova de Iría

 

Primera profecía que sabía hasta el gato

Final de la Gran Guerra que duró un buen rato

Ante tal evidencia yo me inclino y acato

Pero el tercer misterio esconden sin recato

 

La conversión de Rusia como fruta madura

Es segundo misterio que parece locura

Mas no dice la Virgen de la nueva natura

Del país de los Soviets convertido en basura

 

Pero todo se acaba: misterio desvelado

El horrible secreto sólo fue el atentado

Contra el Papa romano. Predecir el pasado

Tiene muy poco mérito y a mí no me ha gustado

 

El parto de los montes de la Iglesia de Roma

Mi inteligencia ofende y parece una broma

Y no entiendo como hace que a tanta gente doma

Mejor venga Aldous Huxley y nos regale Soma...

 

-o0o-


 

(1): Delirio: alteración de las facultades mentales que hace que se confunda la realidad con lo imaginario, o que se tome este por aquella)


(Fuente del dibujo: Diario "EL PAÍS"- julio 2000)

Nota: Agradezco a El Roto su dibujo, que quitaría rápidamente de mi página si su utilización no fuese de su agrado

-o0o-

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-3-

 

Noviembre de 2000

 

El Máster

Querida Virginia:

    No te descubro probablemente nada si te digo que hubo un tiempo en que el aprendizaje de los oficios se hacía a pie de obra. Es decir, cuando llegaba la edad de trabajar, los jóvenes (y también los niños, claro, pero eso ya es otra historia) se enrolaban en un taller donde eran instruidos en los misterios de una profesión, y así pasaban dos o tres años, hasta que se convertían en oficiales capaces de ganarse la vida con aquella. Bien es cierto que mientras ostentaban la condición de aprendices no ganaban gran cosa, pero al menos nadie a los veinte años seguía en el meritoriaje y para entonces ya se había convertido en trabajador, situación nada boyante tampoco, pero eso también es otra historia.

    Con el paso del tiempo, todo fue cambiando: los años sesenta, tiempos oscuros de dictadura, paro, emigración y señoritos a caballo trajeron consigo el cuento de las universidades laborales, luego reconvertidas en la supuesta formación profesional que hoy todavía padecemos. Comenzaba por entonces una mayor demanda de estudios universitarios que provocaría la masificación de la siguiente década, pero la Universidad por sí sola no bastaba para retrasar la evidencia del paro hasta cifras asumibles. Además, se trataba de que el hijo del obrero no saliera demasiado de su nicho ecológico, y eso precisaba de algún remedo que diese esplendor al invento. Se mataban de aquella forma dos pájaros de un tiro, de tal guisa que el joven continuaba viviendo del exiguo salario de sus padres sin alterar los indicadores macroeconómicos (que para entonces ya estaban inventados) y cuando entraban en eso tan bonito que llaman mercado de trabajo, los empresarios se ahorraban el período de aprendizaje, pero podían pagar a mozos hechos y derechos con salarios de miseria (contratos en prácticas, creo que lo llaman ahora, puesto que se trata de una costumbre que ha sobrevivido hasta nuestros días) .

    No obstante, y a pesar de todo, la Universidad también abrió sus puertas, como te decía, y en los años setenta los estudiantes nos contábamos por miríadas. No nos planteábamos entonces las dificultades que nos esperarían a la vuelta del flamante diploma ni el Estado era capaz de una mínima planificación. Por eso, unos y otros fuimos sobreviviendo como pudimos en perfecta simbiosis: los unos estudiando lo que fuera, que más cornás daban en las cadenas de montaje, y el otro, impotente para ofrecer trabajo digno a todo el mundo, legislando de suerte que los títulos se multiplicasen hasta el infinito y que se precisase de uno hasta para limpiar letrinas. No quiero cansarte, Virginia, con la lista de licenciaturas, diplomaturas y Másters (en otra ocasión deberíamos volver sobre este barbarismo abominable), pero si algún día te quieres molestar en darte una vuelta por la Universidad más cercana a tu domicilio, verás como te sorprenderás de ver hasta donde hemos sido capaces de llegar y de las chorradas que uno puede llegar a estudiar sin atisbo de sonrojo. Muchos de los títulos que hoy día otorgan las universidades facultan únicamente para transmitir los conocimientos supuestamente adquiridos a terceros, que, a su vez, y una vez obtenido el simbólico cartoncillo, continuarán la cadena de transmisión hacia otros, que de algo hay que vivir, y así hasta el fin de los tiempos, que, como sabes, debe quedar próximo.

    Sin embargo, lo más curioso es el efecto secundario que esta situación ha provocado: como si de un virus se tratara, los programas de estudios de todo tipo se han replicado de manera que unos han dado origen a otros en una espiral diabólica cuyo fin será sin duda una sociedad perfecta de iletrados que alguien tiene que haber diseñado en el sótano más oculto de la Internacional de las multinacionales. El proceso de replicación se ha desarrollado sobre la base de mutaciones en toda regla, y ya se sabe que las mutaciones no necesariamente lo son para bien. Ya sé, Virginia, que eres mayormente de letras, pero no creo que eso sea un problema para entender lo que te voy a decir. En la naturaleza, se producen a veces anormalidades genéticas que reciben el nombre de mosaicos. Ser trata de individuos que poseen células de distintos cariotipos, de distinto número de cromosomas. Pues bien, cuando el hambre de lucro se junta con las ganas de comer en las mentes de algunos profesores universitarios de distinto pelaje, el resultado, el monstruo, el anormal mosaico puede hacer que abramos los ojos como platos y se nos queden así, tetanizados, incapaces de recuperar la elasticidad. Dentro de un momento volvemos sobre ello. Antes, céntrate y recuerda de cuántos másters de postgrado (otro barbarismo) puedes haber tenido conocimiento. Multiplícalo por el número de amigos de profesión distinta a la tuya y añádele algún cero a la derecha para acercarte a la realidad. ¿Cuántos de esos cursos, cursillos y cursetes de elevadas matrículas y utilidad real nula habrán intentado venderte con el señuelo de una vida mejor? ¿Cuántas veces te habrás sorprendido ante la desvergüenza de los organizadores? Como nuevos dinosaurios evolucionados de aquellas lagartijas de los cursos de guitarra (solfeo y cifra) o de corte y confección de CCC y de empresas y academias por el estilo, los nuevos másters alcanzan cotas sin precedentes en duración , precio y pretensiones, para mayor desgracia de los incautos en busca del sentido de la vida tras la foto de la orla.

    Y tú me preguntarás ahora: ¿A qué viene esto? Y yo voy y te cuento que ha llegado hasta mis manos algo que ni en mis más tortuosas noches de Walpurgis habría podido imaginar. La madre del invento es la autodenominada Universidad de Valencia. El padre, imagino que será el espabilado que firma la carta que por dos veces ha recibido mi mujer -que a poco le da un aire- y cuyo nombre evitaré por elemental discreción aderezada de vergüenza ajena. La criatura no tiene desperdicio: se denomina Máster Universitario en Psicología y Gestión Familiar (modalidad a distancia), y es todo un monumento a la inutilidad disfrazada de ciencia, el nuevo y definitivo traje del emperador desnudo, el vértice de la pirámide del trilerismo universitario. Pero vayamos por partes...

    La cosa comienza siendo bicéfala, toda vez que los astutos paridores del engendro se dieron cuenta sin duda de que cerrar el acceso a los miles de primos desprovistos de título universitario era tirar piedras contra tejado propio: por ello, además del máster propiamente dicho ofrecen un mastercillo comprimido -"diploma", dicen- con la mitad de horas y a mitad de precio. El primero se dirige a la elite: psicólogos, pedagogos, maestros, asistentes sociales, y otros licenciados de grado superior o medio pertenecientes al ámbito, o sea, hablando en román paladino, a todo dios. El diploma, llamado de Psicopedagogía, Medicina Preventiva y Dirección (!!) Familiar se dirige a profesionales del ámbito, y como eso no quiere decir nada, lo aclaran entre paréntesis: cabeza de familia, tutor, o poseer certificado de convivencia (sic), y como les parece poco, admiten también a estudiantes. No le demos más vueltas, que también aquí cabe todo el mundo. El precio, una bagatela: más de 180.000 pesetas el grande y la mitad el aborto, que los más de cincuenta catedráticos, profesores, doctores y demás charlatanes que figuran en el cuadro docente tienen que sacarse unas pelillas, que es de lo que se trata.

    Pero...¿Y el contenido? Nos centraremos en el curso grande, compuesto de ocho módulos ocho de indudable valor. El primero lleva por título Relaciones Familiares y Psicología Familiar y toca desde el aprendizaje de los pequeñuelos hasta las relaciones sexuales, pasando por el problema de los adolescentes psicópatas o por la historia natural de la pareja desde el nacimiento hasta los sopapos de él a ella y el matarratas de ella en la sopa de él. Busco a José Bono entre el profesorado y no le hallo, lo que explica que no haya un capítulo dedicado a las técnicas de publicación de listas de antisociales diversos.

    El segundo módulo (Deporte Familiar, manda güevos) y el quinto (Ocupación del tiempo libre y ocio), bien podían haberse fundido en uno sólo, como la Santísima Binidad: que si necesidad del deporte, que si vida sedentaria ser mala para salud, que si que de puta madre el ocio y el tiempo libre, que si cuidado con la caja tonta y que si mar, que si montaña: pues vale, eso, lo que decía mi padre sin tanto rollo, y encima gratis.

    El módulo tercero va de ciencia pura: Nutrición y Alimentos se llama, y ya te puedes imaginar: 23.000 pesetas para contarte lo cojonuda que es la dieta mediterránea y lo chungo que es el sobrepeso y que los yanquis son tan gilipollas porque se alimentan de hamburguesas y de bollicaos. ¡Pues qué bien!

    El cuarto módulo va subiendo el nivel: no podía faltar una Medicina Preventiva Familiar que iniciara los alumnos sedientos de saber en los misterios de las anginas, la dotación básica del botiquín familiar y hasta en la técnica de la traqueotomía con bolígrafo bic y navaja de Albacete, no sea que un día el abuelo se atragante con el bolo alimenticio (concepto perteneciente al módulo anterior) y la familia feliz se pueda ver privada en un instante de la pensión del ancestro. El módulo se completa con un capítulo sobre el ciclo vital familiar, que a saber que diantres es eso, otro sobre prevención de enfermedades (¿De todas?), y, como no, otro toque a las relaciones sexuales, tema singular que conviene no encorsetar en un solo módulo, por cuanto es probable que constituyan un buen banderín de enganche para los indecisos.

    Viene luego un módulo de los que podríamos denominar "de conciencia social": Familia y Medio Ambiente devuelve lo que cuesta (y seguramente no vale) en forma de hermano Sol, hermana Luna, hermana Cucaracha y hermana Capa de ozono, y de que podemos hacer cada uno de nosotros, y tu quoque Virginia, para que las deyecciones diversas de nuestras familias respectivas no perjudiquen al medio ambiente que nos ha sido legado por nuestro antepasados. El capítulo más bonito del módulo se titula Principales impactos derivados de las acciones de la familia sobre los factores del medio biótico y del medio abiótico. Sin comentarios.

    Pero la familia también es, bien lo sabes, llanto y crujir de dientes cuando se acerca el plazo de la vitrocerámica o el vencimiento de la hipoteca. Hay que saber llegar a fin de mes con dignidad, independientemente del tamaño del "sobre". A eso enseña el módulo siete (Economía General Familiar), que define al hombre y a la mujer como seres económicos. Todo un detalle, si pensamos que para el Ministro de Hacienda seguramente somos microseres microeconómicos, pero luego comienza el desvarío: Economía del Espacio, Economía del Tiempo (¡Chúpate esa, Stephen Hawkins!), Retribución del gestor familiar (¡Como el director del Máster no lo va a pagar, pues, hala, a hacer demagogia con el sueldo de las amas de casa!) y lo más emotivo: Economía del Afecto, que ahora que lo pienso lo mismo es que cuanto más afecto economice, más me queda para mí, y to another thing butterfly.

    El último módulo, que ya iba siendo hora, va de inteligencia emocional y esos rollos. Se denomina Educación Familiar y cabe de todo: el lenguaje, la autoestima, creencias, valores y demás zarandajas. La familia que reza unida permanece unida y no se cosca de nada. En fin....¡stupete gentes!.

 

    Ganas me dan, Virginia, de emular al inmortal Evaristo Acevedo y resucitar aquella Cárcel de Papel que hace tantos años acostumbrara a publicar cada semana en la Revista La Codorniz. Tendría que hacer algo parecido a esto:

"Por cuanto el acusado afirma: La Universidad de Valencia le brinda la oportunidad de completar su Formación Postgrado con un conjunto de conocimientos humanísticos...

Por cuanto más adelante añade: Creemos que en estos momentos en que hay una gran disparidad de valores y a la vez una gran pluralidad de pensamientos, creemos que puede ser útil adquirir unos conocimientos, que de una manera científica ha realizado el antes mencionado grupo interdisciplinar de trabajo...

Y no contento con ello prosigue: Según las estadísticas y las observaciones de los especialistas, los problemas y las crisis de relación (...) requieren una serie de estrategias de afrontamiento...

Y en el colmo del impudor declara: Los titulados universitarios y en general las personas calificadas para un trabajo concreto han recibido una serie de conocimientos (...). Pero para elegir pareja, para formar una familia y llevarla adelante, sólo tienen normalmente los conocimientos familiares de la tradición (...), del entorno social y de la propia observación y autoestudio.

 

    En fin, que después de los resultandos y los considerandos, que te ahorro por no hacer más larga esta carta que los discursos de mi admirado Fidel, acabaría como el maestro:

 

"Fallamos que debemos condenar y condenamos al acusado, Director del Máster Universitario en Psicología y Gestión Familiar, a la pena de siete días y una hora en la cárcel de papel, donde excepcionalmente, para poder ir al retrete durante el cumplimiento de aquella, deberá demostrar haber realizado un máster ad hoc impartido por un equipo pluridisciplinar"...

 

 

¿Qué te voy a decir, Virginia? Que dejo en paz a Acevedo y mejor te propongo unos versos que dicen así:

 


Soneto del Máster necesario.

 

 

Si quieres vivir de hacer agujeros

En las alcachofas de las regaderas

No creas amigo que sirve cualquiera

Has de aprobar un máster con esmero

 

Si quieres del mundo honra por entero

Andar por las calles la frente muy alta

Procura obtener lo que ahora te falta

Flamante diploma que allane el sendero

 

Defiende después huraño el terreno

Contra los intrusos y los ignorantes

Que un gremio potente te acoja en su seno

 

Estúpido aquel que no advirtió antes

Que las regaderas son como gigantes

De sesos de barro y pies de tungsteno.

 

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-4-

Noviembre de 2000

 

Franco

 

 

Querida Virginia:

    Han pasado 25 años y me gustaría decir eso de que parece que fue ayer, pero la verdad es que no lo parece. Está claro, Virginia, que no añoro aquellos tiempos infames y asquerosos que nos tocó vivir; deploro únicamente los estragos que estos 25 años han perpetrado en nosotros, pero deploro también que esos estragos son, en cierta manera, la consecuencia de aquello.

    Han pasado 25 años y no puedo dejar que termine este siglo sin contribuir desde la modestia de estas cartas a evitar que la memoria histórica se pierda del todo, en cumplimiento de los designios de los herederos de aquel -en palabras de Jacques Prévert- simulacro de hombre obeso y lamentable que intentó dejar todo atado y bien atado, y que consiguió, sobre la base de identificar España con su delirio de acomplejado patriotero y clerical que maldiciéramos el día en el que el azar quiso que viniéramos a nacer en ella, sometida por la huella de su bota.

    Recuerdo, digo, aquel tiempo como sórdido: una sordidez en blanco y negro, que irrumpía desde los NODOS que vomitaban su imagen antes de la película cortada por una censura de clerizánganos patológicos. Recuerdo como siendo pequeño el solo sonido de su nombre me infundía un sobrecogimiento reverencial, transmitido sin querer por los mayores, temerosos de que el niño pudiese decir alguna cosa inconveniente susceptible de ser escuchada por terceros. Recuerdo el obligado silencio que te alcanzaba hasta en las propias casas durante los días de la semana santa, de recogimiento impuesto, con la radio emitiendo música clásica (si ponías la radio y había música clásica es que se había muerto dios, como poco), los bares cerrados, en las iglesias las estatuas tapadas por un paño morado, las estatuas tomando luego la calle en procesión escoltadas por unos encapuchados que asemejaban fantasmas, escoltados a su vez por la legión que desfilaba con la prepotencia de los perturbados, mientras planeaba la imagen del calamitoso rictus de Millán Astray abrazado a su superior y caudillo, entonando ambos los acordes obscenos de su himno. Recuerdo los cines exhibiendo por enésima vez Ben-Hur o Diálogos de Carmelitas, o Quo Vadis. Recuerdo el rito de comprar la palma que había que colocar en la ventana, aunque no tuviese muy clara la causa.

    Ahora que este feliz aniversario me lleva a recorrer los pliegues de mi memoria, me doy cuenta de que durante los primeros años de mi vida la represión en la que crecimos venía envuelta en sotanas. Para un niño, ajeno a la represión política propiamente dicha, la losa que no dejaba respirar era la omnipresencia de la religión, agravada por el hecho de que en mi casa la religión era, como luego comprendí, algo extraño. Una religión descabellada que cualquier mente sana no adoctrinada en la infancia habría rechazado por respeto a la inteligencia y que sin embargo lo empapaba todo sin que se pudiese evitar. Unos ritos sin sentido que incluso en el seno de una familia laica convenía no cuestionar con demasiada profundidad, pues la propia indiferencia era peligrosa. Obligatoria en la escuela, metida en las conciencias a golpe de catecismo, en el que cada pregunta lleva encadenada la única respuesta permitida, la interpretación más absurda y literal de unos mitos arcaicos que se pierden en la noche de otros tiempos, y como piedra angular del paradigma, la condena de todo placer... Y en el vértice de todo aquello, el palio bajo el que el tirano que quiso ser cardenal entraba en la catedral de Santiago Matamoros para hablar con un busto inerte y lanzarle desatinos en nuestro nombre.

    Fue solo más tarde cuando comencé a ser consciente de lo que ocurría: había ido a nacer en un país gobernado por aquellos que habían ganado una guerra civil, una guerra que marcaría para siempre nuestra vida de perdedores, una guerra provocada por una sublevación militar contra un gobierno legítimo alentada y financiada por la reacción más negra bajo el manto del nazifacismo que asolaba Europa. Una guerra que dio lugar a una dictadura estúpida y malsana que los vencedores del fascismo no quisieron suprimir porque a los estrategas de otra naciente guerra -fría ésta- les venía muy bien ese centinela de Occidente de ridículo porte que vendía lo que quedaba de España por un plato de poder omnímodo y delirante.

    Tuve la suerte como sabes de ir un día a la Universidad. Allí, donde antes de ver al primer catedrático ya habíamos visto decenas de guardias a caballo, planté por primera vez cara a una situación que se me antojaba insoportable. Modestamente, claro, y con el retraso que derivaba del privilegio de no haberme tenido que ganar antes la vida trabajando desde la adolescencia, pero con convencimiento. Años después supe que no éramos los cientos de miles que creíamos ser, y que aquel ser cerril dejó menos herencia de la que el hubiese querido pero mucha más de la que yo, el día que murió, habría imaginado. Y murió matando, como había vivido, hasta apenas unos días antes su muerte.

    Esta carta; Virginia, no puede ir más allá. Aquellos años fueron la semilla de lo que ahora, para bien o para mal, soy y somos. Maldigo no obstante la memoria de aquel que nos hizo aborrecer nuestro propio país, que llegamos a confundir con un rasgo de su locura. Tardamos años en apreciarlo de nuevo, en reivindicar su historia y su cultura, pero muchos habremos de morir antes de que nadie recuerde que incluso el himno y la bandera oficiales, y ya sabes lo poco que me importan esos símbolos, forman parte de los estertores de su herencia. Sólo recuerdo que el día que murió fue de los más felices de mi vida, y soy consciente de es seguro que, si me pongo a pensar, he tenido momentos que merecen más esa condición. Obsesionado como estaba con la patria y su unidad cuya exclusiva ostentaba, sentó las bases de la destrucción que poco a poco se extiende como una mancha de aceite, en el renacer de las culturas tribales que asolarán España como ya han asolado parte de Europa. La pervivencia de ETA, cuya vesanía hoy seguimos padeciendo, es probablemente una consecuencia de su estúpida represión. Nuestros gobernantes de hoy, que siguen arrastrando sus pies por las sacristías y que ni siquiera han tenido la decencia de borrar la infamia de su memoria en los nombres de las calles y en las estatuas de bronce, también. Bien mirado, es mejor que, en el contexto de un sistema educativo que fomenta la ignorancia, los niños sigan creyendo que Franco era contemporáneo de Napoleón, o de Favila, aquel que fue devorado por un oso.

    Como creo que me entiendes, me despido hasta la próxima carta, y te dejo con un verso como siempre, un verso que, aun teniendo un cierto sabor amargo, celebra con alegría el aniversario de aquel suceso, de aquel buen suceso...

 

A Franco, en el 25 aniversario de su feliz tránsito.

 

-1-

Destructor de España, patriotero

Enano mental y sanguinario

De tu muerte alegres por entero

Celebramos hoy tu aniversario

 

-2-

Militares curas falangistas

España en blanco y negro de sotana

Que bien se respira sin que existas

Que descanso no sentir tu mente insana

 

En España sin tufo de incensario

Celebramos hoy tu aniversario

 

-3-

Protervo acomplejado y arrogante

Iletrado patán de cortas luces

De brazos incorruptos y de cruces

De muertos en tu infamia delirante

 

Maníaco del garrote y del rosario

Celebramos hoy tu aniversario

 

-4-

Por el mito del imperio perturbado

España vendiste con esmero

Traidor, despreciable mamporrero

Del imperio de la mar del otro lado

 

De la muerte fiel turiferario

Celebramos hoy tu aniversario

 

-5-

Nos jodiste unos años de la vida

Entre porras y confesionarios

Con el NODO y tu espada poco erguida

Con tu palio y tus escapularios

 

Devorado por las larvas a diario

Celebramos hoy tu aniversario

 

 

 

 

-6-

Hoy que en llegar a viejos nos hallamos

Y sin querer morir en el intento

Este día nos paramos un momento

Y tu ausencia alegres celebramos

 

Celebramos hoy tu aniversario

General de opereta de ideas vacuas

Con champán y este verso estrafalario

Aunque aún nos ofendan tus estatuas.

 

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-5-

 

 

Agosto de 2001

Talibanes de Occidente.

 

 

No sé si recuerdas, Virginia, el caso de Valladares. Era un supuesto poeta cubano de los tiempos en los que Marisleysis no era todavía la niña pija sin oficio ni beneficio que cobró cierta notoriedad vociferando el nombre de Eliancito en las calles de Maimi, dicho así, a lo Julio Iglesias. El tal Valladares, cuya obra poética no ha llegado hasta mis manos, a causa probablemente de mi inveterado sectarismo, había sido torturado tan salvajemente en las mazmorras de Fidel que había quedado -el pobre- paralítico de cintura para abajo. Desatóse entonces una gigantesca campaña de propaganda que finalizó con el anuncio de que el gobierno cubano, ya contra las cuerdas, había liberado al infortunado rapsoda, accediendo a que fuese trasladado al país de su elección. Escogió España el mártir de la libertad y allá que fueron a Barajas dos guardias civiles a recogerlo, provistos de una silla de ruedas y de un asilo político en bandeja, ahorrándole los trámites con los que a otros marean durante meses. ¡Qué papelón Virginia el de los beneméritos agentes, cuando vieron al tal Valladares bajar airoso y sonriente, por su propio pie por supuesto, la escalerilla del avión! De aquel ilusorio bardo nunca más se supo, y una vez que hubo cumplido su función cayó en el olvido, del que hoy le rescato para introducir el tema que hace que te escriba. No te descubro nada de la desvergüenza de esta parte del mundo en la que habitamos y que responde al nombre de "Occidente", como si la Tierra no fuese esférica, y que hace ya tiempo que no me produce sorpresa. Lo mismo sana tullidos, que arregla a golpe de misil humanitario las guerras que previamente provoca, que acoge a perseguidos de los cinco continentes siempre y cuando el perseguidor sea el imperio del mal de turno. Irak, por ejemplo, es un imperio del mal que intentó quedarse con nuestro petróleo y el Occidente benefactor acudió raudo a restablecer el avanzado sistema democrático kuwaití. Sin embargo, y no te descubro nada, cuatro días antes de aquello todavía los arsenales de Irak eran alimentados con fruición por los mismos que después los arrasaran: era el tiempo en el que era necesario que Irak sirviese de muro de contención al peligro islámico representado por su vecino. Como en el 1984 de Orwell, las alianzas son cambiantes y los libros de historia, escritos día a día en las páginas de la prensa a sueldo, nos van introduciendo suavemente que siempre ha sido como hoy, que no hay más pasado que el que hoy nos relatan, y que siempre será como es hoy. Cuando Edén Pastora, aquel Comandante Cero sandinista, entró en el Congreso Nicaragüense del sátrapa Somoza, los esbirros al servicio de la Santa Alianza del mundo libre satanizaron su proceder terrorista. Cuando años más tarde, reconvertido en líder de la Contra, sembraba el terror entre el pueblo que otrora decía defender, los mismas voces alababan su abnegada entrega a la causa de la democracia, de la fe cristiana y del libre mercado. Ahora derraman lágrimas de cocodrilo con los excesos de los kosovares que ayer mismo engordaban, mientras siguen apuntalando el mástil en el que ondean las enseñas de los antiguos ustachis algunos kilómetros al norte, en una de esas repúblicas bananeras en las que han convertido lo que fue Yugoslavia. Ahora también, sabedores de que la amnesia colectiva que cultivan es de una eficacia a prueba de cualquier razonamiento lógico, claman enardecidos contra las arcaicas barbaridades de los talibanes afganos destructores de estatuas milenarias, como si estos hubiesen surgido por generación espontánea.

Tendríamos que recordar sin embargo que hubo un tiempo en el que Afganistán pudo ser un distinto, y próspero. En los años setenta el presidente Brabak Karmal, con la ayuda de los soviéticos, intentó transformar un país tribal y arcaico en una nación moderna. Tal vez no fuese el paradigma de la libertad como la entendería nuestro ministro de Asuntos Exteriores, pero desde luego las mujeres no eran obligadas a vestirse de fantasmas e ingresaban en la Universidad, donde el sistema educativo comunista formó a miles de ellas. Son las mismas que ahora ven se ven sometidas al ejercicio de la mendicidad, prohibido el de su profesión en nombre del delirio religioso, las mismas que luchaban en el ejército afgano contra las guerrillas fundamentalistas alimentadas por Occidente, por el país sin nombre y por los regímenes árabes feudales desde Pakistán hasta Arabia Saudita. Karmal llamó en su ayuda a los soviéticos en el 79, en lo que la propaganda llamó invasión, y en lo que se convirtió en un nuevo Vietnam. Lo que sigue es conocido: las guerrillas islámicas de toda estirpe continuaron siendo jaleadas y armadas hasta los dientes por sus filántropos creadores y cuando en 1986 Mohamed Najibula asumió la presidencia tras la dimisión de un Karmal enfermo, la suerte estaba echada. Es cierto que el gobierno afgano resistió todavía media docena de años, pero las consecuencias de la venta de la URSS que iniciara Gorbachov a los corruptos del partido reconvertidos en mafia y capitalismo redentor trajeron entre otros efectos colaterales el asesinato de Najibula colgado de una grúa. Los talibanes se enzarzaron en una guerra civil que todavía dura, donde las diferencias entre facciones, a parte de ver quien manda más, dirimen sobre todo el grado de aplicación de la sharia. Los talibanes dueños de Kabul emularon con aprovechamiento al legado papal Arnaud Amaury, cuando los cruzados de Simon de Monfort asolaron en 1209 la ciudad cátara de Béziers: mataremos a todos, se ve que dijeron, que Alá reconocerá a los suyos. Occidente, mientras tanto, embriagado con la derrota del comunismo ateo, celebraba el fin de la historia, y el fin de la Historia, indiferente ante las mujeres embutidas en un ridículo velo en un país que amanecía de repente diez siglos antes sin solución de continuidad.

Cuando la cosa fue tan evidente que ya la maquinaria desinformativa se vio incapaz de ocultarla por más tiempo, comenzó la campaña de rasgamiento de vestiduras ante las atrocidades de la criatura. Primero, suavemente: la supresión del cine y de la música nunca se consideró más allá de una peculiaridad pintoresca de esos tipos con turbante. Más tarde, con algo más de intensidad, aunque tampoco mucha: al fin y al cabo, si habían cambiado los derechos de las mujeres por un disfraz, tampoco eran como esos de la ablación del clítoris, que mira que son bestias. Finalmente, Occidente no tuvo más remedio que commocionarse ante la destrucción programada de las estatuas de Bamiyan, ordenada por el reverendo padre Mohamed Omar, ataviado, soi-disant, con el manto de Mahoma.

En fin Virginia, a esto lleva el no beber alcohol ni comer gorrino, sobre todo cuando éste adopta la forma del jamón de jabugo, pero peor es que existan quienes le rían las gracias a los abstemios, y les compren juguetes de los que matan de verdad. La civilización cristiana occidental que padecemos, que al menos ha tenido la feliz ocurrencia de convertir en dios al vino, pasará a los libros de historia de un futuro lejano, si es que hay futuro, como la larga Edad Media que de hecho es. No lo veremos, aunque sí confío en llegar a ver la caída de algunas de sus excrecencias, una vez que son apartadas del cuerpo enfermo que las produjo. Los talibanes, como los jémeres rojos camboyanos, no pueden durar mucho. En cualquier caso, espero que cuando ese día llegue, conserven media docena de ejemplares, los últimos de la especie, y se los traigan a España, para que antes de su extinción definitiva nos hagan un pequeño servicio. Vamos, que si no es molestia, que si a ustedes nos les importaría volar las estatuas de Franco. Sí hombre, ese que llamaban el talibán de Occidente...¿O era centinela?...

 

Canción del talibán instrumental

 

Inefable talibán de piel curtida

Ahora el yanqui te trata con desprecio

Fingiendo ignorar que eres el precio

De la libre empresa genocida

¡No des más por saco y cuélgate del cuello

En tu guarida!

 

 

Occidente te crea y te destruye

Ya seas talibán o marielito

Un día Don José, otro Pepito

El odio te refuerza que en ti bulle

Y cuando ya no sirves devienes proscrito

¿No lo intuyes?

 

 

No bebes vino ni comes marrano

Y a tu buena mujer tapas la jeta

Siguiendo la enseñanza del profeta

Tu dios es como todos un dios vano

Mente enferma igual el yanqui que el afgano

¡Majareta!

 

 

Da pues un paso más en tu recato

Y escucha al gran pontífice de Roma

Cultivando también el celibato

No te quede un puto cromosoma

Y deja ya de joder en nombre de Mahoma

¡Mentecato!

 

--oOo--

 

 

 

 

 

 

 

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