Cibernética del animal humano: el Cybersapiens

 

Una característica peculiar del hardware del sistema de tratamiento de información neuronal biológico es que no es fijo en su organización física, ni en las conexiones que producen la estructura formal básica. La red neuronal animal (incluida la nuestra) se configura en gran parte conforme a las entradas del sistema, y también según cómo se actúa. Tiene lo que se suele denominar plasticidad, propiedad que varía en los diferentes animales. La plasticidad del espacioso neoencéfalo del animal humano es especialmente grande. Esta propiedad merece ser resaltada, pues tiene grandes consecuencias y supone una diferencia fundamental con los sistemas artificiales de tratamiento de información que ahora somos capaces de hacer, incluidas las redes neuronales artificiales.

 

Los ordenadores electrónicos habituales tienen unos chips cuya circuitería es inmutable. El hardware es fijo y está patentado por el fabricante de los procesadores. El mismo procesador puede hacer tareas lógicas distintas porque almacena en su memoria unos datos y una instrucciones diferentes. Aquí la plasticidad no es física, sino lógica, y corresponde al software. Normalmente el software (el conjunto de instrucciones que se llama programa) también es fijo, y asimismo está patentado. En muy pocas ocasiones el software es variable, de forma que se automodifique y se reconfigure según las salidas del sistema. Cuando digo "software variable" no me refiero a los programas de aprendizaje, que son programas para incorporar conocimientos cuya estructura básica permanece, sino a los que son capaces de «reescribirse» como tales programas. Este campo de la informática es aún tierra casi virgen. Se ha comenzado a vislumbrar un poco con el desarrollo de cierto tipo de máquinas simbólicas (las máquinas LISP, diseñadas con una circuitería adaptada para funcionar con ese lenguaje) que tienen la curiosa y, por ahora, desconcertante y casi inmanejable propiedad de modificar su software continuamente, pues las mismas salidas simbólicas pueden ser utilizadas como entradas de software del sistema. El software cambia así continuamente según el sistema realiza las operaciones, por lo que la misma lógica del sistema es variable, sin la rigidez de los sistemas de tratamiento de información más extendidos. Esta es una primera aproximación a lo que hace el sistema nervioso, pero ni siquiera las máquinas LISP son capaces de modificar el hardware según el software que van produciendo y automodificando al trabajar, cosa que si hace el sistema nervioso de los animales.

 

Dejemos a las máquinas simbólicas y vayamos a las conexionistas (las redes neuronales artificiales) que han dado pruebas de parecerse más al cerebro animal. En una red neuronal artificial las conexiones entre las neuronas son fijas, por lo que también lo es la estructura de la red. Lo único que se hace es variar el "peso" de esas conexiones de manera que resulten neutras, positivas o negativas (igualen, refuercen o disminuyan la salida en función de la entrada en relación con la intensidad de las otras conexiones). Mediante procedimientos de ensayo y error toda la red adapta así el "peso" de las conexiones hasta alcanzar una intensidad óptima en función de los resultados que se quieren conseguir como salidas ante un tipo de entradas. Con esa adaptación de la intensidad de las conexiones la red "aprende" a resolver una determinada clase de problemas. Aquí la plasticidad queda reducida al mayor o menor valor que se atribuya a la intensidad de una conexión entre dos neuronas electrónicas. En las redes neuronales artificiales las neuronas no se multiplican, no lanzan axones para conectarse en zonas remotas, ni modifican el número de sus dendritas (conexiones próximas con otras neuronas); tampoco varían el tipo y cantidad de neurotransmisores en las sinapsis; las neuronas artificiales nunca enferman ni mueren. Si se quiere estudiar la plasticidad neuronal, la situación es aún peor para la mayor parte de las redes neuronales que estudian los investigadores; porque no las construyen físicamente, sino que las simulan mediante un programa que funciona en el procesador lógico del ordenador tipo von Neumann con el que trabajan.

 

Nuestra red neuronal biológica goza de una plasticidad bien distinta. Las neuronas son células vivas en permanente cambio, que es particularmente intenso en los primeros años del desarrollo. Cada neurona establece conexiones lejanas mediante el axón, y también desarrolla una abundante y tupida red de contactos con las neuronas cercanas mediante las dendritas. Tienen así miles de conexiones cambiantes en los puntos de contacto interneuronal que se denominan sinapsis. En estas zonas de contacto se intercambian neurotransmisores, cuyo número es también abundante y varían entre unas sinapsis y otras. Toda la red neuronal se configura con el uso que se hace de ella. La estructura "física" de nuestro cerebro (en la que hardware y software van juntos en la configuración misma de la red) la vamos haciendo con lo que pensamos, hacemos, hablamos, leemos, imaginamos, procuramos recordar, escuchamos, vemos, etc. Nuestra cabeza es nuestra, y la tenemos puesta las veinticuatro horas del día: conforme la utilizamos se va configurando y reconfigurando constantemente. Según nos entrenemos a utilizarla, así podremos pensar, recordar, imaginar, e incluso sentir. En nuestra red neuronal el saber si ocupa lugar, porque no es la etérea res cogitans que imaginó Descartes. Por ahora carecemos de herramientas conceptuales aptas para hacernos cargo de los que tal plasticidad significa.

 

En el campo de estudio de los sistemas que ajustan su comportamiento y se hacen más hábiles en función de lo acertado de sus logros, las mejores herramientas conceptuales que tenemos proceden de la cibernética. El nacimiento de la cibernética está ligado al intento por resolver un problema preciso: la regulación automática de la dirección de tiro en los cañones antiaéreos. Durante la Segunda Guerra mundial el gobierno americano encargó a un profesor del Instituto Tecnológico de Massachussets, Wiener, que intentase resolverlo. Al enfrentar el problema, y dar con algunas soluciones, Wiener intentó una conceptualización general de las cuestiones con las que se enfrentaba. En contacto con otros científicos, como el fisiólogo Cannon, pudo comprobar que, aparte de la automática, ese tipo de problemas de control y comunicación se planteaban en muchos otros ámbitos. Por ello amplió paulatinamente su teoría de forma que abarcase a los seres vivos y a las máquinas, o, más en general, a todo cuerpo con dinámica organizada mediante información. Finalmente publicó en 1948 la que llegaría a ser una obra famosa: Cybernetics[1]. El nombre de cibernética fue escogido a partir de la palabra griega kybernetike, que significa timonel.

 

Con la cibernética surge una disciplina que estudia la evolución temporal dinámica de los sistemas con capacidad de autorregulación y automantenimiento al interactuar con el medio que los rodea. O, con la definición de Wiener: la ciencia del control y de la comunicación en el animal y en la máquina. De manera breve cabe afirmar que "las aportaciones de Wiener pueden resumirse en dos puntos:

 

1. Resaltó la importancia de los estudios interdisciplinarios, mostrando el gran interés que presentan para cada una de las disciplinas consideradas.

 

2. Advirtió la presencia de procesos realimentados de control en una amplia clase de sistemas, tanto naturales como sociales"[2].

 

La cibernética no ha conseguido establecerse con un objeto y método unificados en la tradición académica, por lo que el término cada vez se ha utilizado menos, siendo sus hallazgos integrados dentro de la Teoría General de Sistemas[3], en lo que se refiere a los aspectos más teóricos. Las facetas más prácticas y utilitarias, por su parte, han sido asumidas dentro de la automática y control, o en la robótica.  Tan sólo en los países del Este europeo se ha constituido como una ciencia amplísima que engloba aspectos tan diversos como la teoría de la información, la comunicación, computadoras, sistemas de control, robótica, modelización de la economía, sociología, etc. Independientemente de la evolución académica que tenga la cibernética como disciplina, es necesario referirse a una serie de conceptos que con ella se pusieron en marcha y son de uso común en muchos ámbitos.

 

La primera noción que populariza la cibernética es la de realimentación negativa o feed‑back. Con ella se designa el primer mecanismo que se estudió por el que un sistema consigue autorregularse. Consiste, fundamentalmente, en un proceso por el que un sistema, en función de los resultados de las acciones, modifica esas mismas acciones para que alcancen un objetivo determinado. Se llama realimentación negativa porque lo que se considera son las desviaciones que se producen alrededor de una situación dinámica considerada óptima: esta es la que hay que alcanzar y mantener. Un mecanismo de feed‑back sólo tiene en cuenta «lo negativo», es decir, la desviación del resultado óptimo; por lo mismo sólo es capaz de corregir «lo negativo» para aproximarse al óptimo que se pretende. Los mecanismos de regulación por realimentación negativa se ordenan únicamente a corregir los errores. Lo que se «realimenta» es información sobre lo que se ha conseguido en tanto que se desvía del óptimo, para corregir y alterar el comportamiento del sistema en orden a que lo realizado se acerque más a una valor que asegure mejor la estabilidad dinámica del sistema.

 

La realimentación procesa, por cualquier medio, información sobre las acciones pasadas de forma que las acciones futuras se ajusten mejor a la actividad óptima del sistema. El concepto de feed‑back está estrechamente unido al de homeostasis: permanecer semejante o igual a sí mismo. Esta noción tiene una procedencia biológica y se utiliza para designar la cualidad que tienen los seres vivos ‑incluido el hombre‑ de regular determinadas magnitudes fisiológicas dentro de unos límites que aseguren la supervivencia del organismo. Esta regulación se suele hacer también con mecanismos de feed‑back negativo.

 

Los conceptos de realimentación negativa y de homeostasis son aptos para entender procesos que tienden a mantener la estabilidad y el equilibrio de un orden dinámico, pero no sirven para aquellos procesos en los que no se tiende a un equilibrio, o a la perpetuación del status quo. Así resultan muy convenientes para hacer inteligible la dinámica de  muchos procesos físicos, químicos y biológicos en los que resulta clave el mantenimiento del mismo proceso. Sin embargo, no son adecuados para tratar aquellos casos en los que se dan modificaciones que aumentan el orden, como puede ser el crecimiento; o si se presentan acciones que tienden no a perpetuarse, sino a conseguir un cierto objetivo para luego cesar. Es evidente que en los seres vivos ambos tipos de acciones son frecuentes, por ello la cibernética ha tenido que desarrollar otro tipo de conceptos que tengan más capacidad para hacer inteligible el actuar de los seres vivos y de los sistemas con evolución predictiva.

 

Al estudiar los procesos con regulación anticipatoria o por predicción, la cibernética ha desarrollado los conceptos de feed‑before ‑también se suele denominar feed‑forward‑ y de mando[4] como distinto de la simple regulación para el automantenimiento u homeostasis. El «mando» es un tipo particular de control en el que se proyecta el futuro, y según ese proyecto se actúa en el presente. El mando es el control de la acciones con metas, objetivos o fines. Aquí la realimentación no es negativa, sino anticipatoria y teleológica. El sistema ha de tener en cuenta cuál será el futuro más probable para el entorno en el que se mueve y, a la vez, ha de decidir cuál es la mejor estrategia para alcanzar una determinada meta en esa situación futura. De acuerdo con las circunstancias cambiantes, que se ajustan más o menos a lo proyectado, y teniendo también en cuenta distintas metas, se modifican las acciones y se hacen nuevos proyectos.

 

Para este tipo de control de «mando» no basta con que exista un patrón de equilibrio al que se ajuste el sistema. De hecho tampoco hay un patrón de actividad al que ajustarse, sino diversos caminos y estrategias de entre los que se elige el que parece óptimo para un fin particular propuesto; otros fines distintos se alcanzarían de otras formas y darían lugar a otras estrategias. Para este tipo de control, más que un patrón al que ajustarse, el sistema lo que necesita en primer lugar es una buena representación del entorno y de su posible evolución y modificaciones, teniendo en cuenta también las acciones propias; en segundo lugar es preciso un sistema de motivaciones. Los sistemas de motivaciones que estudia la cibernética se consideran de la forma más general posible, de manera que con ellos se abarque no sólo lo aplicable a los seres vivos (instintos, apetencias, afectos, pulsiones, necesidades, etc.), sino también a las «motivaciones» de los constructos cibernéticos. Se está desarrollando, de esta manera, una teoría general de la motivación que sea válida en todos los casos en los que éstas aparecen. Es evidente que todas estas conceptualizaciones tienen gran interés para la antropología y la psicología.

 

Este orden de ideas se ha visto considerablemente potenciado por el estudio, el desarrollo y la introducción de procedimientos cada vez más potentes de adquisición y procesamiento de información. "La posibilidad de incorporar mecanismos de procesamiento de la información en la máquinas permite obtener de ellas formas de comportamiento que ponen de manifiesto enormes dosis de habilidad e ingeniosidad, y que están claramente separadas de los comportamientos de tipo mecanicista, de carácter esencialmente repetitivo, de los juguetes mecánicos y de los relojes. La introducción de la información en la concepción de las máquinas conlleva la incorporación en su estructura de mecanismos de realimentación, que están en los orígenes de la cibernética. Gracias a estos mecanismos las máquinas muestran formas de comportamiento en las que ponen de manifiesto aspectos adaptativos y aparentemente teleológicos, sensiblemente diferentes a los mecanicistas"[5].

 

La cibernética, por consiguiente, ha suministrado una panoplia de instrumentos conceptuales aptos para comprender en parte la peculiar organización y actividad de los cuerpos que no son simples autómatas mecánicos, en particular de aquel tipo de cuerpos que denominamos «vivientes». Estas ideas, unidas a las que provienen de la teoría de la información e informática, han culminado en la teoría general de los cuerpos organizados que es la teoría de sistemas. Sin embargo, esta teoría está poco desarrollada para suministrar ideas que permitan entender a los sistemas que incluso lleguen a modificar sus componentes físicos a medida que evolucionan, como sucede en un ser vivo que crece. Para tratar la información se sirven de los sistemas ya conocidos, como los simbólicos y los conexionistas electrónicos.

 

Para entender los seres vivos hemos de aprender a pensar más allá de sistemas que parten de unos determinados componentes y sólo ajustan su funcionamiento. Hemos de llegar a entender a unos sistemas que modifican las mismas "condiciones iniciales" a medida que se desarrollan. En el sistema nervioso de los animales la situación es diferente a los sistemas artificiales que ahora hacemos: durante el desarrollo ni el número de neuronas, ni las conexiones neuronales son totalmente fijas. Neuronas se producen muchísimas más de las que luego permanecerán en el sistema nervioso maduro: hay un proceso constante de poda en las primeras etapas. "La capa de células que rodea al tubo neural origina muchas más neuronas de las necesarias. De hecho, las neuronas producidas han de competir por su supervivencia. Los axones de aproximadamente el 50 por ciento de esas neuronas no encuentran células postsinápticas vacantes del tipo adecuado con las que formar conexiones sinápticas, y, por consiguiente, mueren"[6]. El proceso selectivo continua después del nacimiento hasta que, paulatinamente, el sistema nervioso estabiliza su estructura básica.

 

Además, las neuronas biológicas no sólo adaptan el "peso", o intensidad positiva o negativa, de las conexiones sinápticas según las entradas (problema) hasta dar con una salida eficaz (solución); sino que establecen conexiones sinápticas nuevas y eliminan otras existentes según la eficacia de la relación entre salidas y entradas del sistema nervioso. Aquí la plasticidad afecta al hardware, que modifica su estructura; por ello mismo, al ser una red neuronal, modifica el software, que no es otra cosa que la misma estructura de la red. La modificación del hardware es muy grande en los primeros estadios de la vida, cuando el sistema nervioso tiene un intenso metabolismo y crecimiento rápido: la capacidad de aprendizaje es máxima. Posteriormente continua su crecimiento y adaptación hasta la madurez; luego decrece y se produce una paulatina rigidificación y empobrecimiento del hardware y del software, que es mutua porque también es recíproca su plasticidad.

 

En los animales superiores la plasticidad del sistema nervioso, mediante el aprendizaje, permite adquirir habilidades que no vienen establecidas en la información genética. Los genes determinan la plasticidad neuronal, no lo que luego se consigue con ella. El aprendizaje consiste en la adquisición de habilidades de comportamiento individual y social encaminados a adquirir una conducta eficaz para la perpetuación de la especie. Mediante el aprendizaje se configura el sistema de tratamiento de información de forma que realice espontáneamente determinadas operaciones útiles, adquiridas por la experiencia del individuo por procedimientos de ensayo y error; o con la experiencia acumulada por la especie que le es transmitida mediante imitación de la conducta del adulto, reforzada con premios y castigos. El comportamiento inicial de la mayoría de los mamíferos superiores difiere en gran parte del comportamiento adulto, no sólo por la paulatina maduración biológica, sino por las conductas que se adquirirán mediante aprendizaje.

 

El proceso de doma y domesticación de los animales aprovecha esa capacidad de adquisición de destrezas para introducir conductas nuevas. Sin embargo, es evidente que sólo se pueden adquirir aquellas habilidades para las que efectivamente existe plasticidad neuronal y capacidad de creación de automatismos neuromotores. Así, por ejemplo, adiestrando mediante premios y castigos ha sido posible enseñar a un bonobo a producir ruidos semejantes a unas escasas y sencillas palabras bisilábicas, con las que ajusta su conducta y la ajena. Sin embargo, no parece que la estructura y plasticidad neuronal de los primates dé lo suficiente de sí como para adquirir habilidades lingüísticas verdaderamente diferenciadas del habla animal, y que se acerquen a las del sapiens (que cuenta con las muy plásticas áreas corticales de Brocca y de Wernicke para realizar esa tarea).

 

En el animal humano se produce también ese proceso de desarrollo y maduración del sistema nervioso. De manera semejante a los animales, y especialmente en las zonas más primitivas del cerebro, se establecen las distintas partes, con neuronas especializadas, vías de comunicación, conexiones, etc. Igualmente aprenden por imitación y si son motivados. Sólo recientemente se está estudiando el proceso educativo en relación con el crecimiento y maduración neuronales. Hasta hace bien poco se acudía, bien a la experiencia acumulada sobre lo que es más eficaz, bien a dudosas razones muy hipotéticas y pretendidamente filosóficas que daban lugar a teorías educativas con escasa base empírica. En este campo, sin embargo, la base de  partida han de darla la neurofisiología y la psicobiología del desarrollo y maduración humanas; sólo así se puede establecer con claridad las posibilidades y límites de la plasticidad del sistema nervioso, y cuáles sean los mejores modos de explotarla y dirigirla.

 

Corresponde a las ciencias neurológicas establecer las diversas fases de crecimiento y plasticidad del sistema nervioso en los animales y en el animal humano. También deberán averiguar en qué momentos la plasticidad se debe al crecimiento (fase en la que se multiplican las neuronas, y los axones y dendritas están creciendo y estableciendo las conexiones); o se debe a la modificación de la intensidad de las conexiones (porque ya casi ha cesado el crecimiento de los axones, y las dendritas también varían poco, por lo que sólo se modifican las sinapsis entre neuronas que ya están conectadas); es evidente que las posibilidades de variaciones mutuas de hardware y software serán distintas según las diferencias de plasticidad. Los que cultivan las ciencias neurológicas, unidos a los de las ciencias cognitivas y la informática, deberán estudiar las características y propiedades de sistemas de tratamiento de información que pueden modificar el mismo hardware en función del software y de las salidas que ellos mismos producen. En este campo tengo poco que decir, salvo hacer preguntas a los que cultivan esas apasionantes ciencias, y esperar a que vayan adquiriendo conocimientos y me los cuenten.

 

Aparte de la plasticidad común con los animales dotados de un sistema nervioso desarrollado, el comportamiento del animal humano muestra otra peculiar maleabilidad. Se pone de manifiesto en una curiosa actividad, sobre la que deseo llamar la atención de los etólogos del animal humano. La observaciones de campo indican que esa especie dedica muchos recursos y cada vez más años a la educación de sus cachorros. Incluso llega a suceder que, en algunas grandes manadas con territorio propio a las que llaman "países desarrollados", los individuos dominantes imponen ese comportamiento por la fuerza a todos los miembros jóvenes del grupo, y exigen lo que denominan "escolarización obligatoria". En la época en la que los cachorros deberían dedicar su vida a corretear, olisquear, explorar el terreno, jugar, pelearse, etc., son estabulados en recintos que llaman "aulas". En ellas, con extrema crueldad ritualizada, reciben durante muchas horas, muchos días y muchos años, riadas inmensas de ciertos sonidos, a los que la especie llama "leguaje". Allí su «espontaneidad» es reprimida constantemente por otros miembros adultos de la manada. Por ejemplo, se les enseña a repetir que dos y dos son cuatro, sin dejarles desplegar una idea más creativa y variada de la propiedad aditiva. También son forzados a hacer manchas de determinadas formas; a esas manchas las llaman "letras", y al proceso de emborronar superficies limpias con esas manchas siguiendo ciertas reglas lo denominan "escribir". Se ignora el motivo por el que dominar tal actividad les proporciona luego preeminencia en la manada.

 

Pero basta de ironías. Lo que quiero poner de manifiesto es lo siguiente: en el animal humano la situación es aún más interesante que en los demás animales, porque su red neuronal admite entradas simbólicas del mismo tipo que las que produce como salidas. En el caso del hombre, el software lingüístico y simbólico modifica y reconfigura el hardware, es decir, la estructura de la red neuronal. De salida, en el animal humano se encuentran procesos equivalentes a los que descubrimos en el aprendizaje animal. Como, además, el hombre puede dirigir su propia operación cognoscitiva, es posible adquirir nuevas destrezas, de forma consciente y dirigida.

 

Por ejemplo: puedo plantearme los mejores movimientos que facilitan un mayor rendimiento en un determinado deporte. Después de haber considerado cuáles son los más idóneos, puedo hacer que la corteza cerebral dirija los movimientos de mi cuerpo. Esa dirección será torpe e insegura, porque el cortex no tiene control directo sobre los subsistemas neuromotores, sino indirecto a través de la dirección que le permite el proceso de telenfalización. No obstante, de manera paulatina los órganos del sistema nervioso con mando "directo" se irán haciendo cargo del control de las operaciones que me obligo a realizar. A la larga, si he acertado diseñando movimientos adecuados y factibles, la orden de la corteza cerebral produce una cascada de automatismos ‑o de subrutinas de control directo‑ que se realizan de manera fácil e inconsciente. Cuesta aprender un deporte técnico, como esquiar, mediante la instrucción y tomándose el trabajo de pensar detenidamente los movimientos, pero es el mejor procedimiento para adquirirlo sin vicios y practicarlo a la larga con facilidad.

 

De la misma manera se pueden conseguir destrezas sobre otros tipos de comportamiento. Además también es posible conseguir habilidades sobre estados corporales (pasiones y sentimientos) de forma que a las "querencias" básicas que tiene el hombre como animal (lugares conocidos ‑entornos familiares‑, cosas agradables o dolorosas, sabores, etc.) se añadan otras introducidas voluntariamente. Así es posible que surjan pasiones de agrado o de odio ante músicas (himnos); colores y formas (de banderas, obras de arte); incluso ante abstracciones, tengan a no semántica (como libertad, democracia, humanidad); etc., etc.

 

Con el lenguaje y la enseñanza el nivel del aprendizaje alcanza un nivel superior al que ostentan los demás animales. Cuando adquiero una habilidad corporal las modificaciones no son tan cualitativamente distintas. Así por ejemplo, si procuro correr para adquirir "fondo" físico de manera paulatina, consigo un mejor funcionamiento de los pulmones, del corazón y del hígado. Además varío el tono y rendimiento muscular, junto con algunos parámetros sanguíneos, etc.. Pero no consigo dotar al organismo de un orden sistémico formal nuevo: sólo modifico los elementos y hago que el mismo orden sistémico realice mejor una operación que ya podía hacer. En el caso del sistema nervioso y del lenguaje, es el mismo orden formal físico de las conexiones neuronales el que resulta modificado, sus operaciones resultan así absolutamente nuevas e impredecibles desde el orden formal anterior.

 

Si me entreno, no sólo puedo aprender a jugar al tenis; puedo también expresarme en otro idioma; o saber leer y escribir; o resolver ecuaciones de segundo grado; o aprender a fabricar aviones, retroexcavadoras y máquinas racionales. También está en mi mano interesarme por la medicina, y curar; o por la filología, y acabar sabiendo algo de ese estupendo invento que es el lenguaje, que estudio mientras lo uso. Puedo, asimismo, estudiar aquel magnífico artificio romano que es el derecho, y acabar con habilidad para ejercitarme en algunas de sus variantes: civil, legal, administrativo... También me puedo dotar de conocimientos y habilidades que, por ejemplo, me hagan ser considerado útil en el mercado laboral. O hacerme diestro en refrescar manzanilla, actividad que no producirá ingresos, pero me permitirá disfrutar de ratos agradables con los amigos.

 

Las novedades que se pueden producir como hábitos en el sistema de tratamiento de información son así absolutas; los resultados que produce aquí el feed‑back son ciertamente nuevos. En el hombre surgen una "propiedades emergentes" de carácter nuevo, mucho más potentes.  Aquí conviene no olvidar que el sistema de tratamiento de información humano está totalmente integrado en el orden sistémico corporal; en especial, es estrecha la unión entre los sistemas nervioso, motor y endocrino. Por ello, esa posibilidad de modificación y de adquisición de hábitos tiene, de manera casi inmediata en muchos casos, consecuencias conductuales e incluso orgánicas. El pensar no está desconectado del organismo, como bien ponen de manifiesto todos los fenómenos psicosomáticos. Un cambio de pensar no dominado, supone un cambio de conducta y de pasiones no dominado, y al revés.

 

Podemos decidir lo que miramos (unas horas de televisión o salir al campo) y escuchamos (Brahms o rock duro); aquello por lo que nos interesamos y aprendemos (astrofísica, la liga de fútbol o la cotización de la bolsa); lo que leemos; lo que recordamos, evocamos e imaginamos; lo que procuramos pensar y cómo lo pensamos; aquello a lo que damos importancia (y nos enfadamos o indignamos) y lo que consideramos irrelevante (y "pasamos")... Con todas esas actividades dirigidas no es que configuremos nuestro pensamiento: conformamos también nuestro cerebro. Con él modificamos asimismo nuestra capacidad de sentir. Así un catador de vinos o de aceite de oliva se entrena a apreciar más sabores. Un oído adiestrado es capaz de distinguir los distintos instrumentos de una orquesta sinfónica en pleno tutto orquestal. Un tenor se hace capaz de emitir y modular los sonidos con gran precisión y potencia. Un microscopista avezado sabe ver lo que otros ni distinguen. También podemos variar los estados de ánimo, que serán distintos si ocupamos nuestras neuronas en repasar desgracias o las alimentamos con el Quijote.

 

La capacidad de moldear la plasticidad biológica de la que venimos dotados es una realidad en la que cada vez caemos más en la cuenta; estamos a punto de enterrar de una vez por todas la fantasmal res cogitans, para sustituirla por un órgano cerebral que admite ejercicio. También se observan curiosas exageraciones en esta nueva forma de pensar. En la sección de Libros de Autoayuda de unos grandes almacenes pude hojear un libro[7] en el que, con un arrebato de optimismo, casi se afirmaba que con el paso del tiempo y el ejercicio se puede tener el cerebro que se desee. Me temo que no da para tanto nuestra plasticidad cerebral. Sin embargo, son muy útiles los ejercicios de gimnasia cerebral que ese tipo de libros proponen para mejorar y mantener en forma las facultades cognoscitivas: aprender a percibir, entrenar la vivacidad mental, la habilidad verbal, los distintos tipos de memoria (inmediata y diferida, visioespacial, de estructuración, perceptiva, lógica...). Buena cosa es que se divulguen este tipo de ideas, y ojalá se haga de manera que nos ayude efectivamente a hacernos más inteligentes y más humanos.

 

Los hábitos mentales, por otra parte, producen verdaderas hiperformalizaciones que capacitan al sistema de tratamiento de información para operaciones inéditas. "El hábito es una forma con un rasgo sumamente peculiar, es una forma variable. El ver, aunque capte nuevas diferencias, sigue siendo ver. Sin embargo el hábito va modificándose él mismo, según se realizan nuevas operaciones. Es decir, la ciencia poseída en un comienzo es otra ciencia que la ciencia poseída después de aprender determinados conocimientos. Ninguna ciencia es una formalidad subsistente o acabada. La ciencia es un hábito del intelecto: es la forma de una vida. Los principios mismos de la ciencia se modifican según se conoce. La ciencia se transforma"[8].

 

La capacidad de formalizar y objetivar mentalmente introduce un cambio cualitativo en la evolución de la especie humana, que la diferencia esencialmente de la evolución de las demás especies. "Lo que se llama progreso técnico nada tiene que ver con el proceso biológico de la evolución, pues se funda en situaciones objetivadas y no en mutaciones del organismo. Si el hombre ha progresado técnicamente, no es porque su soma se haya ido perfeccionando, sino porque se ha apoyado en la dinámica especial de la técnica que marcha a partir de objetivaciones. El hombre es un ser que integra objetos en su conducta y actúa a partir de esos objetos. El animal recibe un estímulo del exterior; lo asocia en su sistema nervioso, y lo transforma en una representación que a su vez determina una reacción del animal: una respuesta. El hombre es así en determinados moldes de su ser; pero lo decisivo del hombre no es esto; la conducta del hombre no se desencadena desde su constitución biológica: no es instintiva. La conducta del hombre se desencadena en la medida en que asimila el espíritu objetivado"[9]. Es decir, en la medida en que se hace capaz de manejar ideas y luego modificar la realidad según ellas.

 

 Hasta aquí estoy dando vueltas para introducir sin demasiados sobresaltos un viejo tema: los hábitos. He querido acercarme a la cuestión paulatinamente, sin alejarme mucho de las bases empíricas de lo que ahora vamos conociendo sobre el sistema nervioso. Lo he hecho así de intento, porque esa palabra ‑hábito‑, y más en su forma ética ‑virtud‑, tiene ahora difícil venta. Ese descubrimiento clásico está en gran parte olvidado, cuando no se le mira con suspicacia. Sin embargo, ese hallazgo aristotélico, que sistematiza una intuición de Sócrates, introduce una forma de pensar sobre el animal humano que aporta mucha comprensión. Siempre, pero especialmente ahora, necesitamos echar mano del mejor utillaje mental disponible que permita comprendernos. No expondré la historia de cómo hemos llegado a olvidar o desprestigiar aquella magnífica manera de discurrir[10], sólo intento exponer por qué compensa redescubrirla.

 

Aristóteles desarrolló una forma de pensar al hombre que, con una terminología que nos puede resultar más cercana, cabe calificar de cibernética. "El hombre es un ser cibernético (...) La interpretación clásica de los hábitos como perfeccionamiento de la potencia intelectual queda justificada desde un planteamiento de origen antiguo, pero que está en plena marcha al final del siglo XX. La última palabra de la investigación teórica de nuestro siglo repone la noción de hábito intelectual de Aristóteles. No se trata de tomar una pieza teórica del pasado e intentar traerla al presente, sino que tal como se desarrollan las disciplinas teóricas de hoy es necesario recuperarla. El estudio de los sistemas en función de su propio funcionamiento repone la noción de hábito, bien formulada en Aristóteles y en la tradición aristotélica hasta Tomás de Aquino. En Escoto, esta noción se tambalea, porque Escoto es demasiado objetivista. Los modernos son una continuación de esta línea objetivista inaugurada por él. Se puede decir inaugurada, porque Escoto es suficientemente importante e influyente: de escotistas están llenos los siglos XV y XVI; también bastantes tomistas modernos son escotistas sin saberlo"[11].

 

La noción cibernética de hábito puede exponerse así: el sistema humano, mediante el poderoso feed‑back de que es capaz, se puede dotar de nuevas habilidades por el procedimiento de inventarlas y practicarlas. Así lo describe Aristóteles: "En todo aquello que tenemos por naturaleza, adquirimos primero la capacidad y después hacemos la operación. Esto es evidente en el caso de los sentidos: no adquirimos los sentidos por ver u oír muchas veces, sino a la inversa: los usamos porque los tenemos, no los tenemos por haberlos usado. En cambio, adquirimos las virtudes mediante el ejercicio previo, como en el caso de las demás artes: pues lo que hay que hacer tras el aprendizaje previo lo aprendemos haciéndolo; por ejemplo, nos hacemos constructores construyendo casas y citaristas tocando la cítara"[12]. Este proceso sucede también con los hábitos intelectuales que nos hacen capaces de conocer más, de comprender mejor. "Tal como es formulado por la filosofía aristotélica, el hábito intelectual se puede entender como una realimentación, es decir, como una especie de feed back, porque la inteligencia no se limita a ejercer operaciones, sino que al ejercerlas, el haberlas ejercido comporta para ella algo intrínsecamente perfectivo. Si se compara esto con la cibernética mecánica, la salida sería la operación y la entrada el hábito. Bien entendido que esa entrada es la salida convertida en entrada, es decir, la salida en tanto que el haber ejercido la operación modifica la estructura del sistema"[13]

 

Con la adquisición de hábitos se dota el hombre de una segunda naturaleza. Porque, para los clásicos, la naturaleza no era algo fijo sometido a unas pocas leyes rígidas, como pensaron los mecanicistas. Era también el lugar del crecimiento y de la vida; de la multiplicidad y diversidad; del orden y el perfeccionamiento. Más importante aún: esa segunda naturaleza de la que podemos dotarnos es justamente el ámbito de la libertad. "La libertad es un trascendental del ser humano que conecta con la naturaleza a través de los hábitos"[14]. La naturaleza biológica, nuestra información genética, nos provee de la plasticidad; lo que hagamos con ella depende luego de nuestra libertad.

 

Conquistamos terreno para la libertad y ampliamos el ámbito de nuestras posibilidades cuando nos hacemos Homo habilis, y adquirimos habilidades técnicas. Más aún avanzamos si conseguimos hacernos Sapiens, y acumulamos información junto con las muchas teorías ‑software mental‑ necesarias para manejarla con sentido. Y nos hacemos todavía mucho más libres si conseguimos forjarnos Cybersapiens. Es decir, si nos paramos a pensar, y procuramos pensar en serio. Si nos dotamos de hábitos cognoscitivos que nos permitan conocer a fondo y comprender de veras; sin quedar aturdidos por la avalancha de información, y desconcertados por la multitud de métodos mentales para tratarla. Pero el paso de Habilis a Sapiens y a Cybersapiens hemos de hacerlo nosotros, cada persona, porque corresponde a cada uno conquistar su libertad. Podemos conformarnos con poco, y limitarnos a saber hacer, valorando nuestra vida por la utilidad, como se mide la de una máquina. O quedarnos en acumular y tratar información, cosa que también hacen con ventaja las máquinas racionales. Pero podemos también aspirar a una existencia más plenamente humana, más profundamente humana, y embarcarnos en el empeño de no conformarnos con medianías mentales, para aspirar a pensar con plenitud y comprender.

 

Llevamos toda la Edad Moderna oponiendo conceptualmente naturaleza y libertad. Es un necio enfrentamiento: la libertad no es «liberarse de» las imposiciones una naturaleza mostrenca, sino capacidad de crecer y perfeccionarse dotándonos de una segunda naturaleza que se expande mediante los hábitos. "Tomás de Aquino observa que hablar de naturaleza libre es una contradicción: la libertad sólo llega a tomar contacto con una naturaleza en la medida en que esa naturaleza ha adquirido hábitos. Los hábitos son la vehiculación, la conexión, de la libertad con la acción. Esta tesis abre una gran perspectiva. Los hábitos no sólo cumplen la función de modificar un sistema en virtud de una realimentación, de transformar la salida en entrada al captar el valor significativo de la salida (consideración del autocontrol de un sistema por realimentación); los hábitos no solamente perfeccionan la facultad (lo cual es común a la inteligencia y a la voluntad), sino que son el paso de la libertad a la naturaleza: sin hábitos, una naturaleza no es libre"[15]. Somos naturaleza perfeccionable intrínsecamente, como se perfecciona un ser vivo que crece: se hace distinto porque va a más. Con la ventaja de que el ir a más que nos provee el crecimiento mediante los hábitos no tiene techo.

 

Por eso la libertad no es una cualidad etérea de la res cogitans descorporeizada que diseñó la modernidad. Es algo más sencillo y, para empezar, mucho más «físico». "Es tan sólo un modo diferente de realizar los mismos quehaceres y operaciones que ejecutan nuestros parientes los animales. Sólo añade un nuevo carácter, un nuevo modo que acabará distanciándonos irremisiblemente, espléndidamente, del animal. El hombre se posee a sí mismo: se autodetermina. No es éste un concepto metafísico, sino descriptivo. No soy libre, sino que realizo algunas actividades libremente. Es en el terreno de la percepción o la memoria donde puedo descubrir lo que llamo libertad, y no en las discusiones morales ni en las logomaquias metafísicas. Libertad es poder dirigir la mirada, para captar la información que necesito y deseo. Y también aprender lo que quiero (...) Cuando un niño aprende a suscitar una imagen mental y a operar con ella, está poniendo los cimientos de su libertad. Cada vez que dirige su atención, y no sólo es dirigido por los estímulos externos, ejecuta un minúsculo/grandioso acto de libertad. Al evocar voluntariamente un recuerdo, sin esperar a que sea suscitado por otro suceso, es libre"[16]. Sólo puedo tocar la guitarra libremente si me he ejercitado mucho y bien; sólo puedo escribir como me da la gana y deseo si he aprendido a escribir bien; si no me entreno estudiando física y dotándome para comprenderla, cualquier libro de esa ciencia me parecerá un galimatías indescifrable. Aquí no hay espontaneidad que valga: sólo puedo hacer libremente aquello para lo que me doto de los hábitos oportunos. La libertad no es algo que se tiene, sino que se conquista.

 

Esa libertad tiene consecuencias radicales para el animal humano. "De la libertad se desprende esta descripción: el hombre es un sistema abierto; no un sistema en equilibrio, sino un sistema que en el tiempo no alcanza nunca su equilibrio. En la terminología actual, un sistema en equilibrio se llama «homeostático», y esto significa que si pierde su equilibrio en virtud de un estímulo, intenta restablecerlo con una respuesta. Aunque también en el animal hay una fase de crecimiento, como el crecimiento animal es limitado, llega a una situación que para él es la mejor. Si esta situación es alterada, la conducta del animal tiende a restablecerla. Por lo común, el ecosistema, es decir, la concurrencia armónica entre las formas de vida y el medio ambiente, se piensa como un sistema homeostático. Se sostiene, y es cierto, que el hombre altera el equilibrio natural; se añade que lo destruye hasta el punto de hacer inhabitable el planeta. Pero esto último es una alternativa (de la libertad). Desde luego, como sistema abierto que es, el hombre tiende a más, está embarcado en el proyecto de sí mismo, de acuerdo con el cual llegará a un óptimo. Pero este óptimo no está dado en el tiempo y, en rigor, no es homeostático. Es una profunda equivocación, que a veces nos ronda la cabeza, que el hombre debe contentarse con aspirar a la homeostasis. Esto es recortar el carácter sistémico del hombre. El hombre es intrínsecamente perfectible y el único equilibrio que le conviene es dinámico, tendencial, no estático. Las tendencias humanas no se armonizan si no se fortalecen"[17].

 

El carácter abierto, perfectivo, del sistema humano permite que nos embarquemos en la tarea de hacer reales diversos proyectos de nosotros mismos. De niños nos bosquejamos siguiendo el modelo de padres, héroes, campeones, cabecillas, o líderes. Luego nos soñamos triunfadores, sabios, encantadores, útiles, innovadores, afamados, capaces; y nos ponemos a la tarea de hacer reales esas ilusiones. "Hay que afirmar que la invención y elección de los fi­nes es un comportamiento intrínsecamente inteligente, y que la inteligencia debe ser evaluada atendiendo a los fines que se pro­pone"[18]. Lugo nos sentimos bien si los proyectos van cuajando; y fatal si quedan en la cuneta todas las expectativas que habíamos depositado en la biografía que nos creíamos capaces de escribir. Nos dicen entonces que nos conformemos, que nos ciñamos a la elemental homeostasis del que se limita a permanecer vivo. Pero no nos basta: frustrados y desesperanzados nos seguimos soñando de otra forma.

 

No somos capaces de conformarnos. "El poder de la inteligencia para sobre‑ponerse a sí misma, ascendiendo a un nivel más alto desde donde superar las contradicciones, es, literalmente, fantástico, es decir, estupendo e irreal. La inteligencia, que es el modo de vivir nuestra libertad encarnada, crea continuamente irrealidades con las que hacerse cargo de la realidad, teorías para conocerla o proyectos para transformarla. Forzado está el hombre a habitar poéticamente la tierra, porque su inteligencia es poética, poiética, creadora"[19].

 

También esbozamos aspiraciones que encandilan a muchos y se convierten en esfuerzos colectivos. Así planeamos hacernos demócratas, instruidos, abiertos, modernos, tolerantes, ecologistas, plurales. Son muchos los proyectos colectivos que el animal humano se ha propuesto. Algunos de ellos nefastos (en el siglo XX, el de los totalitarismos, hemos tenido algunas muestras) y otros muchos magníficos, que han hecho crecer en estatura al animal humano.

 

Los proyectos ideales que nos proponemos, en los que embarcamos nuestra vida y orientamos nuestros actos, son ámbitos de posibilidades que abre nuestra libertad. Porque "la autodeterminación actúa por medio de proyectos. Gracias a ellos la facticidad del hombre es horadada por la presencia, el poder y la acción de la irrealidad, que no es un añadido fantástico, sino la suma de trayectos posibles dibujados en la realidad. La inteligencia no es un ingenioso sistema de respuestas, sino un incansable sistema de preguntas. No vive a la espera del estímulo, sino anticipándolos y creándolos sin parar. Todas las operaciones mentales se reorganizan al integrarse en proyectos. La realidad entera se amplía, dando de sí nuevas posibilidades, y en esta expansión universal también resulta transformada nuestra inteligencia computacional, cuyas capacidades estaban pendientes de una última determinación. Embarcada en proyectos rutinarios, se convertirá en inteligencia rutinaria; embarcada en proyectos artísticos, se hará inteligencia artística; embarcada en proyectos racionales, se convertirá en razón "[20].

 

En ese último tipo de proyectos, los racionales, es por el que aquí me intereso. Porque efectivamente una de las aspiraciones que el animal humano se ha propuesto a lo largo de su historia fue la de hacerse racional. Habré de retroceder ahora unos cuantos siglos para acercarme a la época y a los hombres que fraguaron ese proyecto, que nos ha tenido encandilados más de dos mil quinientos años.

 



[1] WIENER, N., Cybernetics or control and communication in the animal and the machine,  M.I.T. Press, Cambrigde, Mass., 1948. Sobre la cibernética ver también: WIENER, N., Cibernética y sociedad, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1969; ASHBY, Introducción a la cibernética, Nueva Visión, Madrid, 1960; Proyecto para un cerebro, Tecnos, Madrid, 1965; PASK, G., An approach to Cybernetics, Londres, 1968; ROSE, J., La revolución cibernética, México, 1977.

[2] ARACIL, J., Introducción a la dinámica de sistemas, Alianza, Madrid, 1978, p. 28.

[3] La Teoría General de Sistemas es un completo paradigma, una forma de pensar muy fecunda para entender la complejidad, que engloba multitud de campos como la teoría de conjuntos (Mesarovic), teoría de las redes (Rapoport), cibernética (Wiener), teoría de la información (Shannon y Weaver), dinámica de sistemas (Forrester), teoría de los autómatas (Turing), teoría de los juegos (von Neumann), etc. Cfr. BERTALANFFY, L. von, General Systems Theory; Foundations, Development, Applications, George Braziller, New York, 1968 (Teoría General de los Sistemas, Fondo de Cultura Económica, México, 1976.); BERTALANFFY, L. von, Perspectives on General Systems Theory. Scientific-Philosophical Studies, Georges Braziller, New York, 1975 (Perspectiva en la Teoría General de Sistemas, Alianza Universidad, Madrid,1982.); KLIR, G.J. (ed.), Trends in General Systems Theory, John Wiley & Sons, New York, 1972.

[4] En la terminología cibernética elaborada por Wiener y su escuela, la simple regulación por mecanismos de feed–back se denomina regelung, mientras que el «mando», que incluye comportamiento predictivo y por estrategias, se denomina steuerung.

[5] ARACIL, J., Máquinas, Sistemas y Modelos, Tecnos, Madrid, 1986, p. 67.

[6] CARLSON, N. R., Fisiología de la conducta, Ariel, Barcelona, 1998, p. 99.

[7] PONCIN, M. le, Nueva gimnasia cerebral, Temas de Hoy, Madrid, 1997.

[8] DE GARAY, J., Los sentidos de la forma en Aristóteles, Pamplona, 1987, p. 400 s.

[9] POLO, L., Presente y futuro del hombre, Rialp, Madrid, 1993, p. 134.

[10] Quien esté interesado puede ver una breve exposición histórica en: SELLÉS, J. F., Hábitos y virtud (I), en Cuadernos del Anuario Filosófico, nº 65, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona, 1998.

[11] POLO, L., Conocimiento habitual de los primeros principios, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona, 1993, p. 56 y 58.

[12] ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, II–1, 1103a 26–34.

[13] POLO, L., Nominalismo, idealismo y realismo, Eunsa, Pamplona, 1997, p. 228.

[14] POLO, L., Curso de teoría del conocimiento III, Eunsa, Pamplona, 1988, p.31.

[15] POLO, L., Conocimiento habitual de los primeros principios, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona, 1993, p. 59.

[16] MARINA, J. A., Elogio y refutación del ingenio, Anagrama, Barcelona, 1992, p. 225.

[17] POLO, L., Quién es el hombre, Rialp, Madrid, 1991, p. 115–116.

[18] MARINA, J. A., Teoría de la inteligencia creadora, Anagrama, Barcelona, 1993, p. 227.

[19] MARINA, J. A., Elogio y refutación del ingenio, Anagrama, Barcelona, 1992, p. 242.

[20] MARINA, J. A., Teoría de la inteligencia creadora, Anagrama, Barcelona, 1993, p. 149.