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Lo
esencial de la democracia es que
reduce los conflictos humanos a una gestión de diferencias
dentro de un marco en el que todos los individuos son idénticos
en derechos, es decir, que a la hora de decidir sobre una opción
vale lo mismo la opinión de cualquiera, sean cuales sean sus
condiciones personales. Esto es así por varios motivos: el
primero, que en la democracia no se decide la verdad de las opiniones
sino que los asuntos sobre qué cosas sean verdaderas son previos
y ajenos al método de gestionar los conflictos; el segundo, que
una democracia es indisoluble de unos medios de información
veraces al alcance del ciudadano ya que para decidir sobre algo es
oportuno saber qué es y qué consecuencias tiene; y el
tercero, que no todo es decidible en democracia pues los derechos
básicos que la configuran no pueden ser modificados o anulados
sin riesgo de caer en una contradicción autodestructiva.
Por el contrario,
cuando una opinión no sólo se considera verdadera y
apoyada por los hechos y la investigación científica sino
más allá de lo que los seres humanos puedan decidir,
está claro que .
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