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El pensador Tú te oxidas y yo me reduzco




xx.
Una de las objeciones más triviales contra la concepción estrictamente científica de la vida es que no es pura química, que no todo en ella se reduce a materia. Pero si hay algo claro a estas alturas de la historia de la Ciencia es que la vida es un sistema material ordenado y dinámico basado en absorber energía del ambiente y crear orden interno aumentando la entropía del universo. Cualquier ser vivo es parte de un universo, sobre todo en un sentido termodinámico, e intercambia materia y energía con el resto de ese universo aumentando en cada proceso la entropía total. Su orden, por lo tanto, lo consigue y sólo puede conseguirlo a costa de crear desorden en el resto del universo de manera que el desorden total resultante sea mayor que el inicial.

Parece que los primeros seres vivos aparecieron en la Tierra como sistemas capaces de mantenerse y reproducirse a partir de la energía aportada por la luz o por reacciones químicas del substrato, las únicas fuentes disponibles. Los vegetales son los seres vivos actuales capaces de obtener la energía necesaria de la luz solar y hay microorganismos capaces de obtener energía de compuestos químicos reducidos a base de oxidarlos para reducirse ellos mismos. Pero la existencia de esos seres vivos primitivos significa un sustrato de materia reducida y una fuente potencial de energía para cualquier otro ser vivo capaz de oxidarla. Los seres vivos podrían ser destruidos accidentalmente, en un proceso específico o bien liberar sustancias al ambiente que serían aprovechadas por otros. En cualquier caso, se trataba de materia oxidable y las estrategias para obtener energía de ella irían desde el uso de los restos no vivos hasta la destrucción del ser vivo, como presa, por parte de otro predador.

Un prejuicio finalista aplicado a la Naturaleza supondría que los ciclos de la vida son pasos intencionados en el camino hacia un Universo complejo. Así, los animales se alimentan de vegetales o bien de otros animales, pero en la base están los vegetales, que se alimentan de la energía de la luz, los restos muertos son aprovechados también por los hongos y de esa manera se cierra el ciclo de nutrientes que, de otra manera, se agotarían. Y todo ello movido en último término por la energía de la luz o, en casos muy particulares, por fuentes químicas inorgánicas. Sin embargo, el desarrollo de sistemas complejos no depende de un diseño de elementos nuevos sino del mero resultado de variantes de lo existente. La naturaleza de la vida como conjunto de sistemas que se autorreplican y que, en el proceso, sufren errores en la transmisión de la información da lugar de tanto en tanto a nuevas posibilidades que sobreviven y se multiplican. Y es obvio que si en un principio los seres vivos aprovechaban sólo la energía de fuentes inorgánicas o de la luz, la mera disponibilidad de materia orgánica acumulada suponía una fuente para quienes pudieran utilizarla.

Cualquier materia de la que obtener energía al oxidarla es idéntica en su función para el ser vivo que la utiliza. Da igual si procede de otro ser vivo o no, o si forma parte de alguno en la actualidad, de si al utilizarla ese ser recibe algún efecto positivo, no lo recibe o incluso es destruido. Todas las variedades de obtención de energía forman parte de una misma estrategia: reducirse a costa de oxidar algo de origen externo, crear orden interno a base de usar la energía resultante de desordenar el medio, es decir, de exportar entropía. Pero esto no se limita a la búsqueda de alimento de los animales sino que podemos extender el concepto para entender otros sistemas ya que todo sistema ordenado depende de una fuente de energía y el orden es el resultado de aplicar un trabajo que impone una, o unas pocas, de las ordenaciones posibles dentro de cualquier sistema. Y no olvidemos que crear ese orden en un interior definido exige que exista una fuente de energía exterior de la que obtener trabajo a costa de desordenarla.







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