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Una de
las objeciones más triviales contra la concepción
estrictamente científica de la vida es que no es pura
química, que no todo en ella se reduce a materia. Pero si hay
algo claro a estas alturas de la historia de la Ciencia es que la vida
es un sistema material ordenado y dinámico basado en absorber
energía del ambiente y crear orden interno aumentando la
entropía del universo. Cualquier ser vivo es parte de un
universo, sobre todo en un sentido termodinámico, e intercambia
materia y energía con el resto de ese universo aumentando en
cada proceso la entropía total. Su orden, por lo tanto, lo
consigue y sólo puede conseguirlo a costa de crear desorden en
el resto del universo de manera que el desorden total resultante sea
mayor que el inicial.
Parece que los primeros seres vivos aparecieron en la Tierra como
sistemas capaces de mantenerse y reproducirse a partir de la
energía aportada por la luz o por reacciones químicas del
substrato, las únicas fuentes disponibles. Los vegetales son los
seres vivos actuales capaces de obtener la energía necesaria de
la luz solar y hay microorganismos capaces de obtener energía de
compuestos químicos reducidos a base de oxidarlos para reducirse
ellos mismos. Pero la existencia de esos seres vivos primitivos
significa un sustrato de materia reducida y una fuente potencial de
energía para cualquier otro ser vivo capaz de oxidarla. Los
seres vivos podrían ser destruidos accidentalmente, en un
proceso específico o bien liberar sustancias al ambiente que
serían aprovechadas por otros. En cualquier caso, se trataba de
materia oxidable y las estrategias para obtener energía de ella
irían desde el uso de los restos no vivos hasta la
destrucción del ser vivo, como presa, por parte de otro predador.
Un prejuicio finalista aplicado a la Naturaleza supondría que
los ciclos de la vida son pasos intencionados en el camino hacia un
Universo complejo. Así, los animales se alimentan de vegetales o
bien de otros animales, pero en la base están los vegetales, que
se alimentan de la energía de la luz, los restos muertos son
aprovechados también por los hongos y de esa manera se cierra el
ciclo de nutrientes que, de otra manera, se agotarían. Y todo
ello movido en último término por la energía de la
luz o, en casos muy particulares, por fuentes químicas
inorgánicas. Sin embargo, el desarrollo de sistemas complejos no
depende de un diseño de elementos nuevos sino del mero resultado
de variantes de lo existente. La naturaleza de la vida como conjunto de
sistemas que se autorreplican y que, en el proceso, sufren errores en
la transmisión de la información da lugar de tanto en
tanto a nuevas posibilidades que sobreviven y se multiplican. Y es
obvio que si en un principio los seres vivos aprovechaban sólo
la energía de fuentes inorgánicas o de la luz, la mera
disponibilidad de materia orgánica acumulada suponía una
fuente para quienes pudieran utilizarla.
Cualquier materia de la que obtener energía al oxidarla es
idéntica en su función para el ser vivo que la utiliza.
Da igual si procede de otro ser vivo o no, o si forma parte de alguno
en la actualidad, de si al utilizarla ese ser recibe algún
efecto positivo, no lo recibe o incluso es destruido. Todas las
variedades de obtención de energía forman parte de una
misma estrategia: reducirse a costa de oxidar algo de origen externo,
crear orden interno a base de usar la energía resultante de
desordenar el medio, es decir, de exportar entropía. Pero esto
no se limita a la búsqueda de alimento de los animales sino que
podemos extender el concepto para entender otros sistemas ya que todo
sistema ordenado depende de una fuente de energía y el orden es
el resultado de aplicar un trabajo que impone una, o unas pocas, de las
ordenaciones posibles dentro de cualquier sistema. Y no olvidemos que
crear ese orden en un interior definido exige que exista una fuente de
energía exterior de la que obtener trabajo a costa de
desordenarla.
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