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| La democracia se basa en
la aceptación de que todos somos iguales en lo que nos hace
seres humanos y en lo que nos hace ciudadanos. En que todas las
personas estamos a un mismo nivel en lo esencial. |
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Con
frecuencia los hechos desmienten las
palabras y lo que se proclama como principios no son sino meras marcas
que identifican al que dice defenderlos, pero que no le comprometen ni
a su defensa ni a su realización completa y efectiva. Los
miembros
de las más diferentes religiones proclaman que les mueve el amor
universal, pero a lo largo de la historia muchos grupos se han lanzado,
tal como se lanzan ahora, a las más feroces degollinas en nombre
de esos principios y contra sus vecinos, teóricos receptores de
ese amor. Del mismo modo, un autodenominado demócrata puede
llegar a proclamar su deseo de asar a fuego lento a "todos esos X",
donde X vale para cualquier adjetivo denigratorio que ustedes quieran
poner. Por
lo tanto, creo que podemos afirmar que casos como esos son de los que
niegan el carácter de verdad objetiva a las palabras
aparentemente más solemnes, pues no son las palabras las que
crean la realidad sino las que la designan o la describen en
términos de otras palabras que designen realidades. A la hora de
mostrar algo, sólo son los
hechos y no las palabras los que tienen el papel decisivo y es en los
hechos en los que debemos poner nuestra atención.
Todo esto viene a cuento del uso "arrojadizo" de las palabras en la
realidad y en los foros de discusión, donde con los
peores modos y con los talantes más agrios se truena contra
los "fascistas" o "antidemócratas" preferidos de cada uno y se
está a punto de exigir que sean borrados de la faz de la tierra,
eso sí, para bien de la democracia y de la humanidad entera.
Parece que esto no choca al que lo dice ni a muchos de quienes lo leen,
pero debería rechinar a los oídos de cualquier persona
con la mínima sensibilidad y amor por la verdad y el
diálogo.
La democracia es un sistema político que se basa en la libertad
y la igualdad de derechos de todos y cada uno de los ciudadanos. La
libertad implica la igualdad en cuanto que las desigualdades que no
sean las naturales y obvias sólo son posibles si unos son
capaces de imponer la desigualdad a otros que no pueden defender sus
derechos. Del mismo modo, la igualdad implica la libertad pues
si los deseos de cada uno tienen a priori el mismo valor y merecen el
mismo respeto que los de cualquier otro, nada puede limitar para una
persona la capacidad ni del pensamiento ni de su expresión ni de
su realización más allá de lo que limite los de
cualquier otra. Los revolucionarios franceses incluyeron la fraternidad
en su lema junto a libertad e igualdad porque el
reconocimiento de los otros ciudadanos como "hermanos" equivale a
reconocer en ellos
esa igualdad y libertad dentro de una comunidad de individuos que
colaboran.
La democracia nace en Grecia en las ciudades-estado después de
que las rivalidades entre las grandes familias de nobles y sus
seguidores llevaran a conflictos civiles violentos y a la
aparición de tiranías en las que un individuo se
hacía con el poder absoluto en contra de las normas
tradicionales. En las tiranías era obvio que no se podía
tratar de un individuo contra una sociedad sino que el tirano contaba
con el apoyo de un número suficiente de personas que le
permitiera una dominación real y efectiva.
Y para evitar esos permanentes conflictos entre grupos de fidelidad
o de intereses, que desembocaban con frecuencia en muertes y
destrucción, la solución consistió en desarraigar
esas fidelidades de la vida política y en crear un marco en el
que cada individuo
pudiera valer lo mismo. El nombre de isonomía precedió al
de democracia y mostraba el deseo de una ley igual para todos.
El diálogo y la democracia están en relación
inseparable pues si se reconoce la libertad e igualdad de cada
individuo, la única vía para el acuerdo es la
presentación objetiva de fines y medios frente a los
demás. Es natural que cada uno tengamos nuestros deseos y
preferencias, pero su carácter personal no puede ser buena base
para un acuerdo general. El diálogo parte de la base de que toda
idea tiene el mismo valor como propuesta y que sólo debe ser
juzgada por su verdad y por su conveniencia. Es decir, parte de que
para el interés y bien de la sociedad
sólo importa lo objetivo mientras que lo subjetivo debe quedar
en el ámbito personal.
Sin embargo, todo esto se lo lleva el viento un buen
número de veces. La importancia de las formas que garantizan
la objetividad, la igualdad o la libertad cae ante la subjetividad,
y las palabras "arrojadizas" sustituyen al diálogo racional y
razonable. Pero si lo mismo que los antiguos griegos deseamos evitar
los conflictos violentos, debemos tratar de que los elementos
básicos
de la democracia estén presentes en la mente de todos los
ciudadanos. Es decir: que es una regla necesaria que se respete todo lo
que otro individuo pueda pensar, decir o realizar, con el único
límite de la libertad general y de los demás individuos
uno por uno. Carece de interés para el diálogo y el buen
funcionamiento de una sociedad que unos se manifiesten satisfechos o
indignados por lo que otros hacen o piensan, que se identifiquen con
ellos o que se opongan. Son sólo las formas que garantizan la
libertad y la igualdad las que deben importarnos y, del mismo modo, en
el diálogo, es sólo la objetividad lo que cuenta.
Cuando un debate se desvía de eso y degenera en lo mal que le
parecen a una parte las propuestas de la otra y en cómo de
reprobable le parece la opinión contraria, hemos llegado
al no-debate, a la negación del respeto a toda opinión.
Igualmente, si en la vida política se llega a la
descalificación del otro por lo que a su contrario le parezca
sentir, hemos llegado a
la no-democracia, al simple choque de cabezas que no razonan y que
pretenden derribar al contrario a testarazos.
Una democracia no consiste en la eliminación de las diferencias
sino en un conjunto de normas para gestionar esas diferencias partiendo
de la base de que cada opinión o deseo es tan válido a
priori como cualquier otro y que cualquier persona es tan libre e igual
socialmente como cualquier otra. Una acusación de tipo personal
o de otros tan gastados como llamar "fascista" a aquel que no agrada es
tan inútil como que nos hable de su color de pelo o sus
aficiones gastronómicas. Sólo nos vale lo que
afecte a nuestros derechos como personas y ciudadanos. Lo demás
es como mínimo, sobrante, y en el peor de los casos lleva a un
enfrentamiento
destructivo. Eso sí: debemos reconocer que hay quienes desean el
enfrentamiento y la destrucción de los demás, pero eso ya
poco tiene que ver con el diálogo y la democracia.
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