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| Un elogio de la
cooperación social en forma de cuento. |
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Durante
muchos años de abordajes y saqueos, unos piratas habían
acumulado en su barco un enorme tesoro, pero como se conocían
unos a otros y
ninguno se fiaba de sus compañeros de correrías,
habían guardado todas esas riquezas dentro de enormes cofres de
hierro envueltos en fuertes cadenas y cerrados con cinco candados cada
uno. De
esa manera, ninguno se podía llevar un cofre ni pensar en
abrirlo
siquiera sin que el resto lo advirtiera.
Pero cuando se dirigían a saquear unos pueblos de la costa
empezaron a pelearse sobre el reparto del botín y unos a otros
se mataron. El último de ellos, moribundo, vio cómo el
barco encallaba entre rocas azotado por la olas y cómo algunos
vecinos del pueblo más cercano llegaban al barco. Las olas iban
rompiendo el casco y el pirata sabía que tarde o temprano el
barco se hundiría, así que animaba a los hombres del
pueblo a que lo rescataran a él y sus tesoros porque él
sabía dónde estaban las llaves de los candados.
Los vecinos, al saber las riquezas que se almacenaban en las bodegas
fueron al pueblo a pedir ayuda, pero los más malvados entre
ellos cogieron hachas y mazas y el bote más rápido para
llegar los primeros y amenazaron a los demás con matarlos si se
atrevían a coger nada antes que ellos. Asustados, los
demás vecinos dejaron marchar a los malvados, que nada
más llegar junto al barco comenzaron a pelear por quién
subiría primero. El más fuerte y agresivo saltó
desde el bote y subiendo por la escala dijo que el cofre mayor le
pertenecería y que mataría a cualquiera que intentara
quitárselo. Detrás de él subieron otros dos, que
se
negaron a que se saliera con la suya, pelearon y mataron al primero,
pero envalentonados con su victoria quisieron ser ellos los que se
apropiaran de los cofres mayores. Tras ellos subieron otros cuatro
que mataron a los dos anteriores, y luego los demás se unieron a
la pelea y torturaban al pirata moribundo para que les confesase
dónde se escondían las llaves.
Los vecinos desde el pueblo veían cómo peleaban y tiraban
los cadáveres al agua así que los más
egoístas creyeron que, una vez muertos los malvados, ellos
podrían quedarse con los cofres mayores. Cogieron herramientas y
el bote más rápido de los que quedaban y se adelantaron
hacia el barco. Los demás vecinos fueron detrás en una
barcaza más lenta. Para cuando llegaron los egoístas, los
malvados ya habían muerto unos a manos de otros y los
egoístas fueron cada uno a por un cofre y empezaron a tratar de
romper las cadenas y los candados porque el pirata había muerto
también sin revelar el escondrijo de las llaves.
Pero las olas estaban moviendo el barco y amenazaba con romperse en
cualquier momento. Por eso cada vecino egoísta se negaba a
ayudar a los demás y pretendía romper su cofre y llevarse
lo más que pudiera del botín.
Mientras tanto, llegaron los demás vecinos y vieron que los
cofres eran demasiado grandes y pesados incluso para arrastrarlos entre
diez personas y que eran demasiado fuertes para romperlos, sobre todo
porque el barco se movía bajo el empuje de las olas y
podía hundirse de pronto. Entonces fueron a por el cofre
más pequeño y entre todos lo bajaron a la barcaza.
Suponían que las riquezas del cofre eran suficientes para
hacerse
ricos todos pero fueron a por el siquiente más grande y
también consiguieron transportarlo a la barcaza. El tercero era
ya demasiado grande y pidieron a los egoístas su ayuda. Estos
seguían tratando de romper cada uno su cofre y unos
habían roto ya un candado o algún eslabón de las
cadenas. Como creían que podían conseguirlo, se negaron a
ayudar al resto de vecinos, cegados por la idea de llevarse las
riquezas
de cada
cofre para uno solo.
Los vecinos en la barcaza vieron que ya podrían tener suficiente
riqueza para vivir holgadamente el resto de sus vidas y que no
merecía la pena empeñarse en mover otro cofre sin
más ayuda, arriesgándose a morir si el barco se
partía. De manera que volvieron al pueblo.
Los egoístas seguían rompiendo candados y eslabones
cuando una gran ola partió el barco, que, arrastrado por el peso
de los cofres, se hundió rápidamente llevándose
consigo al fondo a la mayoría de los egoístas.
Sólo unos pocos que estaban cerca de las escaleras pudieron
salir a tiempo a la cubierta y lanzarse al agua de manera que
alcanzaron a llegar nadando al pueblo. Una vez allí, se quejaron
a los demás vecinos de que ellos no tendrían nada en el
reparto, pero estos veían que las riquezas eran más que
suficientes y que preferían repartirlas a tener que estar
escuchando las constantes quejas de los egoístas, y eso a pesar
de que éstos se habían negado a ayudar a sacar un tercer
cofre.
Pero quizá la mayor de las riquezas que todos obtuvieron fue el
darse cuenta de que ni las peleas ni el egoísmo los
habían hecho ricos y que sólo la colaboración y la
prudencia habían permitido sacar una parte del botín que
habría bastado incluso para que todos, hasta los malvados y los
egoístas muertos, viviesen en la opulencia el resto de sus
días.
18/11/2004
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