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| Las fronteras delimitan
ámbitos diferentes de derechos y crear
nuevas fronteras dentro de una nación implica recortes de
derechos preexistentes. Pero dividir crea conflictos y choques en los
temas y ámbitos que superan lo local, y debilita a las
sociedades tanto en su funcionamiento interno como en los conflictos
internacionales. |
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Una
frontera siempre
implica algún tipo de conflicto o, al menos, de
limitación. Las leyes implican limitaciones de derechos en el
sentido de que para salvaguardar los mínimos y esenciales de los
perjudicados es
necesario limitar los de quienes desean llevar su voluntad hasta
el infinito. Es absurdo que haya leyes contra lo que no es posible
y por lo tanto no da lugar a conflictos o contra lo que siempre resulta
beneficioso. Así es absurdo legislar en España sobre
la propiedad de terrenos en la Luna, al menos por el momento, o para
regular
los favores entre familiares. Pero una ley es necesaria donde uno puede
abusar de otro y para evitarlo, queda determinado un límite
más
allá del cual el estado procede contra el agresor.
Las fronteras protegen los derechos de los naturales
de un país contra los abusos de sus vecinos y tienen sentido
contra tales agresiones. A veces es cuestión de simple
protección de intereses y es cierto que el nivel de vida es
menor en España que en Francia de manera que los ciudadanos
franceses impiden a los españoles beneficiarse de sus ventajas
mientras que los españoles protegen la propiedad de su estado.
Pero
como hemos visto en el número anterior, un estado
democrático protege por igual los derechos de los ciudadanos a
ambos lados de cualquier línea posible y
por lo tanto, una frontera no tiene sentido dentro de un estado
democrático salvo para obtener algún privilegio de la
secesión.
La creación de una frontera nueva que divida un estado
democrático es por lo tanto una limitación
injusta contra parte de los ciudadanos, que salen perjudicados,
y en cualquier caso es una fuente de enemistades y conflictos. Porque
si se supone que hay un derecho de autodeterminación de todo
territorio que lo desee, también debe existir un derecho de
expulsión o de abandono de cualquier territorio. Y si los
ciudadanos de un grupo tienen derecho a romper sus relaciones con los
demás ciudadanos de su nación, todos los ciudadanos no
pertenecientes a un grupo podrían ejercer un derecho correlativo
de repudio.
De esa manera, España o los españoles podría
declarar que determinado territorio no le interesa y que queda
expulsado del estado, o que tal grupo pierde sus derechos como
españoles. Pero es evidente que todo esto lleva inevitablemente
al enfrentamiento y a la violencia.
Todo lo que no es lógicamente o físicamente imposible
puede ser realizado. Pero nada que vaya contra la universalidad y
reciprocidad de los derechos puede ser considerado un derecho. Por lo
tanto, la secesión es posible, pero implica necesariamente la
injusticia y la violencia a menos que se realice por un pacto justo
entre partes libres. Lo que se dice de los derechos de los pueblos o de
los derechos históricos no es más que un intento de
disimular la realidad y de presentar como inevitable lo que sólo
es el
deseo de una parte. De ese modo se quiere convencer al perjudicado de
que no hay otro remedio que atender a los deseos del beneficiado. Sin
embargo muy dura debe ser una cabeza para no notar un golpe y para no
creer que le hace daño, y muy torpe debe ser el que no vea como
injusto el deseo de un territorio privilegiado de quedarse con las
ventajas
acumuladas en tiempos de colaboración y negar las contrapartidas
a las que tales ventajas han dado derecho a los demás. Esto ya
lo
vimos en otro número y aquí sólo me queda insistir
en que tal cosa es fuente de conflictos y de violencia.
Pero estamos en un mundo abierto en el que las ventajas vienen de la
colaboración y no del enfrentamiento. Y si las cosas son
así, no hay nada de positivo en el conflicto entre vecinos sino
mayor pobreza y debilidad. En ese otro número decía que
la integración de España en marcos europeos más
amplios requiere unas leyes y unas instituciones que garanticen los
derechos de todas las partes y tiende a una dilución de las
fronteras de manera que los gobiernos sólo legislan hacia dentro
en los temas que les son privativos. La misma tendencia es la que
debemos promover y apoyar con respecto a la organización interna
del estado, es decir: que las cuestiones que afecten a la totalidad de
España se decidan en instituciones centrales que velen por los
derechos de todos los españoles y que se apliquen leyes iguales
para todos, pero en lo privativo de cada comunidad, que sean las
instituciones locales las que protejan los intereses y derechos de su
competencia.
De este modo nunca se pueden producir conflictos sin
que existan unas leyes que protejan los derechos de todas las partes
y unas instituciones encargadas de aplicarlas. Pero el sentido de
todo esto es precisamente contrario a las fronteras internas, de modo
que no haya diferencias en los ámbitos de derechos e intereses
comunes sino que los locales se decidan y defiendan localmente, pero
los generales no se vean restringidos por límites arbitrarios
y creadores de más conflictos.
Los nacionalistas, dando a este concepto su sentido más amplio y
básico, son los defensores de las particularidades y los
derechos de su ámbito de nacimiento. Pero una nación se
entiende como un ámbito más o menos cerrado y aislado del
exterior no por mayor o menor apego a lo propio sino por enfrentamiento
con lo ajeno. Por eso distingo con frecuencia entre el nacionalista y
el ultranacionalista, que desea aplicar la diferencia nacional al
ámbito cultural y político no como afirmación
de lo que es propio sino como negación de lo ajeno y como un
aislamiento frente a ello.
Es evidente que de los problemas de cada casa no es oportuno que se
ocupe un ministro o el parlamento y que poco o nada importa la lista de
la compra o la decisión de tomar vacaciones enteras o partidas a
nadie que no sea la propia familia. Algo parecido es
natural que suceda en los temas municipales, provinciales o de
ámbito autonómico y por lo tanto no es probable que se
presenten conflictos de intereses entre dos municipios acerca del
cartel de las fiestas.
Pero la voluntad del nacionalista que busca el aislamiento es la de
negar a los vecinos la facultad de decidir sobre temas que les afecten.
Porque el gobierno nacional o central de España no tiene por
qué mezclarse en asuntos locales. Sin embargo, cuando el tema es
de interés general y afecta a comunidades más amplias, el
deseo del nacionalista separatista es negar el diálogo y la
defensa conjunta de los
intereses a través de leyes e instituciones comunes.
No hay nada de particular en amar y defender lo propio: todo el mundo
lo hace. Pero lo que caracteriza a los separatistas es el deseo de
aislamiento y de enfrentamiento. Sin esa tendencia
a cerrarse al exterior ¿qué diferencia hay entre una
organización descentralizada y una serie de territorios con
fronteras difusas y autonomía en lo local pero coordinados en
los intereses generales? Como decía al principio de esta parte
de la serie, si dos cosas son iguales en
sus partes y en su organización, son iguales entre sí,
y la organización política que potencia la
participación de los individuos y de las instituciones
territoriales y su coordinación es la única forma de ser
libres y colaborar con los vecinos
para provecho de todos, entonces ¿qué más da que
lo llamemos unión de naciones, naciones descentralizadas o
lo que sea? Lo importante son los hechos, no las palabras y los hechos
serían que cada uno es dueño de lo suyo y llega a
acuerdos con los demás.
Frente a esto, o mejor contra esto, existe una tendencia a la
separación, a la formación de grupos cerrados
que por una división continua llegan a la miniatura
política y que se afirman negando lo exterior. Su destino, es
por lo tanto,
el conflicto con el vecino y la homogeneidad en el interior, sin la
cual comienzan tarde o temprano un nuevo proceso de divisiones y de
rivalidades entre subgrupos que hacen imposible la cooperacción,
el entendimiento y la paz.
La cuestión es si ese camino hacia las infinitas rivalidades
locales y el desastre pasa inadvertido a la mayoría o si se
está a tiempo de invertir la tendencia y volver al camino de la
colaboración. Porque la realidad es un juez riguroso y
despiadado que acaba con los proyectos absurdos al precio de la
ruina y la muerte de miles o millones de seres humanos.
Mañana más.
Sursum corda!
Al llegar a este punto, y
coincidiendo con una pausa veraniega, creí que la
situación a la que se enfrentaba España y los
demás países democraticos tras los ataques terroristas
del 11 de Septiembre de 2001 en Nueva York merecía tomarse un
tiempo de reflexión. No pensé que la fractura en la
sociedad española y aparentemente en otras fuera tan profunda
que la debilidad en ellas no depende sólo de las tensiones
secesionistas sino de una polarización de la llamada izquierda
hacia posturas irresponsablemente extremistas. Esto, que quedó
claro tras los ataques terroristas del 11 de Marzo de 2004 en Madrid y
de los sucesos que rodearon el proceso de elecciones generales del 14
de Marzo, me hace replantear el alcance de mis observaciones y
extenderlas a los grupos que, bajo la simbología de la
izquierda, son capaces de romper el consenso social mínimo
en una democracia.
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