|
| Las democracias deben
velar por el respeto a los derechos de todos, pero mientras los
nacionalistas partidarios de la segregación tienen garantizados
los suyos por las instituciones nacionales, pretenden suprimir o
restringir los derechos de los demás sobre todo el ámbito
de la nación española y quedar como dueños
absolutos de sus territorios. |
|
El
el
número anterior comenzaba diciendo que dos cosas son iguales si
lo son por
partes y como un todo. Hoy vamos a imaginar que en España y
el País Vasco estamos en una situación en la que cada uno
puede pedir lo que desea sin ninguna restricción salvo lo que la
realidad va a imponer y a ver si lo que resulta se diferencia de lo que
tenemos o si lo mejora o empeora.
A lo largo de la serie tienen que haber quedado claras dos cosas: que
hay un conjunto de derechos que son iguales para todos y que la
democracia es el sistema basado en el respeto y la protección de
esos derechos. Los derechos no proceden de otra cosa que de la
reciprocidad en lo que vemos bueno y conveniente para nosotros y por
eso, o son recíprocos y universales o son un fraude. Y la
democracia, si se basa en el respeto de esos derechos, ha de
garantizarlos activamente pues una mera declaración de
principios o de intenciones choca con la dura realidad del delito: un
ataque puntual contra esos derechos, y del terrorismo o los intentos de
tiranizar a un grupo o a la sociedad entera: un ataque general y
sistemático sobre ellos.
Ni el sistema democrático en España ni ningún otro
pueden ser considerados nunca como perfectos, pero tienen en su base
ese principio de respeto y defensa activa de los derechos humanos y del
ciudadano, de modo que podremos y deberemos criticar muchas
formulaciones concretas de leyes e instituciones, pero es necesario
reconocer al menos que se está de acuerdo con lo básico.
Porque si no, se trata de un problema muy distinto. El que exige
derechos pero no los reconoce, o pide que se defiendan los suyos y no
participa en la defensa de los generales, no deja de intentar un delito
o tiranía por mucho que nos intente despistar con sus discursos.
He dicho varias veces que los derechos del individuo incluyen todos lo
que le hacen posible ser y vivir, pero no de una manera
abstracta sino de la forma concreta en que es y vive. Supongamos que se
trata de imponer el esperanto como única lengua oficial de la
Unión europea y que todos los ciudadanos deben utilizarla en el
sistema educativo y en sus relaciones con el estado. Como es una lengua
artificial, no está asociada a ningún estado concreto y
como
tiene pocos hablantes puede considerarse que esa acción no
favorece
a nadie. En cierto modo se podría decir que es una medida justa
porque no es discriminatoria, pero dudo mucho de que haya alguien que
crea
justo que se pueda imponer. Porque todos nos sentiríamos
incómodos y muchas personas con dificultades de aprendizaje por
la edad o cualquier otro motivo saldrían perjudicadas gravemente.
Pues ese caso es el mismo si se trata del esperanto, del español
o del euskera y parece increíble cómo se trata de hacer
que las cosas parezcan lo que no son y diferentes cuando el caso nos
conviene o cuando nos perjudica. Es necesario reconocer que en tiempos
pasados el estado no era sino un conjunto de funcionarios al servicio
del rey o del poderoso que fuese y por lo tanto, su relación con
el súbdito era casi inexistente y casi siempre opresiva. Y
así es fácil entender que se impusiese una lengua para
tratar
con el estado lo mismo que había una religión obligatoria
o se censuraba cualquier manifestación de cultura disidente.
Por eso los poderes del estado democrático actual sólo
pueden defender lo que el ciudadano posee, coincida
o no con las mayorías o los intereses de cada cual y nunca
pueden imponer nada con el marchamo de oficial. Lo oficial es lo
de uso administrativo y por lo tanto será lo necesario para
relacionarse
con el ciudadano, pero la obligación no puede ir en sentido
inverso, es decir que el ciudadano tenga que hablar una lengua para
tratar con la administración. Y esto abarca a la lengua y la
cultura del mismo modo que a cualquier opción política,
económica o social.
Los poderes locales tienen un origen evidente pues no es necesario
consultar hasta al último municipio de Andalucía para
decidir la renovación de las aceras de Bilbao, pongamos por
caso. Y cuando los ámbitos de intereses son locales deben
existir poderes públicos locales que velen por los derechos
y la mejor realización de obras y demás políticas,
poderes cuya autonomía alcanza hasta lo que ya entra en
relación o posible colisión de intereses con otros
ámbitos locales. Por eso existen ayuntamientos, diputaciones y
gobiernos autonómicos. Pero hay intereses y derechos de
ámbito mayor, como se puede ver en los temas de transvases entre
distintas cuencas hidrológicas, o de carreteras y otras
vías de comunicación, o de política
económica y de gasto público. En eso, las decisiones
afectan a comunidades muy amplias y debe haber instituciones que
protejan
los derechos de todas ellas y que puedan ser controladas electoralmente
por los ciudadanos. Eso es el Estado y no otra cosa.
En los últimos años España se ha
ido integrando en la Unión Europea más por conveniencia
que por vocación espiritual, aunque algo de eso también
hay. Y existen unas leyes y una serie de instituciones que regulan
nuestros derechos y protegen nuestros intereses, e incluso hay un
pasaporte europeo. ¿Sería razonable protestar ahora
contra
esos derechos, esas instituciones y ese documento y renegar de nuestra
condición de europeos? Pues eso es algo idéntico al
comportamiento
autolesivo de algunos ultranacionalistas. Pero si no vamos a sufrir
sus dolores podemos ofrecerles una solución.
Los constitucionalistas deseamos ser ciudadanos españoles y
europeos y regirnos por leyes acordadas por todos y elegir y controlar
nuestro gobiernos y parlamentos locales y nacionales. Los nacionalistas
que quieran respetar eso e incluso votar en las mismas elecciones y ver
reconocidos los mismos derechos pueden hacerlo si lo desean. Si lo que
prefieren es no ejercitar sus derechos como españoles, que no lo
hagan. Que no voten en elecciones generales ni presenten candidatos a
diputados al parlamento o senadores. Que voten al parlamento vasco como
si fuera lo único que les interesa. Pero la cuestión es
muy diferente si pretenden negarnos a los demás el derecho a
hacerlo o restringir nuestro derecho a participar en nuestros gobiernos
locales hasta de nivel autonómico. Entonces se está
atacando nuestro derecho democrático y nuestra respuesta no
puede ser pasiva sino de oposición frontal y activa en nuestra
propia defensa y obligados por ellos.
Porque además hay una falta de simetría
en el problema que revela una profunda falta de honestidad. Los
nacionalistas no arriesgan nada porque en el caso de no salir adelante
sus deseos tienen reconocidos sus derechos como ciudadanos
españoles, pero si consiguen la independencia, los ciudadanos
españoles nos
veríamos forzados a renunciar a nuestra ciudadanía para
poder conservar nuestros derechos como vascos. Es decir: sale cara
ganan los nacionalistas; sale cruz, volvemos a tirar. Pueden decir
lo que se les ocurra pero en el derecho a la ciudadanía
española
para todos los vascos no hay restricción alguna. Esa
restricción
se la reservan los ultranacionalistas para aplicársela a los
españoles, que serían extranjeros en sus propias casas.
Toda esa palabrería de ser para decidir se suele traducir
más bien por no dejarnos ser a los demás
ni dejarnos decidir, por implantar sus estructuras políticas
y sociales de manera que no podamos hacer libremente lo que hasta ahora
hemos hecho. Y eso es simplemente una imposición
antidemocrática. Que se imaginen que el lehendakari es una
figura internacional, o que las euskal etxea son sus embajadas. Que se
imaginen en su país aislado desde la época del
paleolítico, pero que no nos mezclen a los demás en sus
delirios históricos. Porque
lo contrario no es ejercitar completamente sus derechos y ver
reconocidas sus particularidades culturales sino empeñarse en
restringir y negar los nuestros.
Imaginemos que alguien hace la siguiente propuesta. Para ser justos, si
se hace un referéndum a favor de la independencia y a los
constitucionalistas sólo nos queda aceptar o irnos si lo
perdemos, que los nacionalistas acepten que si lo pierden, pierden la
nacionalidad española y se van o dejan de poder votar en
elecciones y referéndums, o se quedan como españoles y
sin más derecho a la secesión. Porque esto es lo que nos
quieren aplicar a nosotros sin perder nada a cambio. Toda apuesta tiene
un precio porque si no, la ganancia es segura por pequeña que
sea la probabilidad de ganar. Y algún precio habrá de
tener esa apuesta
por la segregación. Y si no quieren pagar precio, no hay juego.
Sursum corda!
|
|