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El pensador 22




En las naciones democráticas todos los derechos individuales son protegidos. Por lo tanto, las exigencias de segregación por parte de los nacionalistas suelen tener más que ver con un deseo de controlar un territorio en exclusiva que con la defensa de derechos.
Dos cosas son iguales si lo son en cada una de sus partes y en la forma en la que éstas se relacionan. Pero con frecuencia basta poner una etiqueta para que las cosas parezcan lo que no son. Que no les dejan ser ni decidir es la última cantinela con la que nos aburren los ultranacionalistas, pero todo es cuestión de palabras que ocultan la realidad. Un documento, el DNI, que certifica la nacionalidad, es decir, el derecho de ciudadanía en una sociedad y el territorio que le pertenece es presentado como una imposición. Pues nada, podríamos decir lo mismo del registro de la propiedad o del de notarías o del padrón municipal o del registro civil.

Pero creo que es muy cómodo recurrir al registro de la propiedad para ver si la casa que nos venden está libre de cargas o solucionar problemas de herencias utilizando los demás servicios tanto como certificar nuestros derechos como ciudadanos exhibiendo sólo un documento. Así que me temo que hay algo más que lo que se dice y que lo importante está precisamente en lo que no se dice.

Los nacionalistas pretenden crear un territorio segregado, con una ciudadanía que pierde sus derechos sobre lo que les corresponde fuera del País Vasco y que dentro debe resignarse a sufrir la subordinación política a los grupos y partidos nacionalistas. Esto sería natural o al menos inevitable, como en el caso de algunos procesos históricos de independencia, si se partiese de una situación inversa en la que los habitantes que aspiran a la independencia son marginados social y políticamente en su propio país por fuerzas extranjeras. Tenemos los casos de los Estados Unidos respecto del rey de Inglaterra, o de las colonias españolas de América respecto al rey de España o de los griegos o búlgaros respecto al sultán otomano y tantos otros. Pero en todos esos casos se trata de personas o grupos oprimidos por un poder que los condena como extraños, que no los deja participar en la vida política ni en la social o cultural y cuya única vía para ser libres es alejarse de la influencia de ese poder conquistando su independencia.

Pero el caso del País Vasco es uno muy distinto. Se ha señalado innumerables veces la diferencia entre la situación colonial y opresiva que sufrieron los católicos irlandeses de la corona inglesa y la situación de privilegio de los vascos en la corte del rey de España. O la situación de pobreza de Irlanda frente a la industrialización y pujanza económica del País Vasco. O la emigración masiva tras miles de muertos por hambre en Irlanda frente a la llegada de miles de españoles de regiones desfavorecidas a un País Vasco puntero en la industria y las finanzas. En fin, que más parece que los territorios pobres de Castilla o Andalucía o Galicia fueran los colonizados que los colonizadores, los obligados a ser un mercado cautivo y comprar los productos vascos, catalanes o madrileños exportando sus materias primas y sus masas de trabajadores sin especialización.

El caso no es por lo tanto el de una colonización de un país por otro o de una cultura por otra, sino el de una sociedad "colonizada" por unas clases superiores que sacan provecho de todo lo que tienen bajo su dominio. No es una España colonizadora la que domina un País Vasco colonizado sino un sistema económico y político que se aprovecha de las minas de aquí y de los mineros de allá y que es dirigido por individuos tanto castellanos como vascos, catalanes o de cualquier otra región. En realidad la visión nacionalista de que son las naciones las que protagonizan la historia es bastante inexacta e incompleta. Evidentemente un grupo dominante no puede gobernar mediante la violencia exclusivamente sino que necesita extender una ideología de legitimación que haga que se acepte como natural su dominio y que estructure las fuerzas de la sociedad en su propio provecho. Y una de esas ideologías es el nacionalismo.

Existen otras ideologías posibles y en la antigüedad predominó la organización por el linaje, real o supuesto. Las sociedades romana y griega tenían familias poderosas que organizaban vastas redes clientelares que reforzaban su dominio y elaboraban una ideología de la supuesta relación familiar, y fiestas o celebraciones que reforzaban esa estructura. Otras sociedades se basaron en la religión y es curioso ver cómo los grupos que dieron lugar a la monarquía davídica y a los reinos de Israel y Judá que la siguieron obtenían parte de su legitimidad de ser los ungidos por Dios, más propiamente por sus profetas o sacerdotes. Y podría verse igualmente la influencia de las religiones y sus servidores en el Egipto faraónico o en otros reinos del creciente fértil.

En el último siglo, las clases superiores o los grupos que aspiran a serlo se enfrentan al papel cada vez más importante de las clases inferiores. Al señor feudal del medioevo europeo le bastaba con que los siervos le suministraran productos primarios y servicios básicos, y que acudieran a su llamada en la guerra como peones. Pero la sociedad moderna es muy compleja y hay una gran cantidad de trabajadores especializados y de funcionarios o profesionales que son indispensables para su continuidad y que, por lo tanto, tienen una capacidad muchísimo mayor para la presión que la del siervo medieval. Y la mera violencia no es suficiente. De hecho es la rebelión de los comerciantes, artesanos y campesinos lo que precipita la caída del antiguo régimen y la fundación de las repúblicas americana y francesa y está en la raíz de las independencias de las repúblicas de la América colonial española.

El nacionalismo y su expresión extrema: los movimientos fascistas y similares, trata de encuadrar a todo un grupo social como miembros de una nación. El que esto nos parezca como no problemático es la prueba de cómo estamos aún imbuidos de esa ideología. Pero, aparte de los derechos ciudadanos, ¿qué es la nación? Y aún más importante, ¿por qué la nación se presenta como algo totalitario que subordina o anula todos los derechos ciudadanos? Por el simple hecho de que no hay tal nación sino que se crea una ideología que suprime lo real: la unión de conciudadanos con derechos iguales, para crear lo imaginario: una especie de cuerpo místico con inteligencia, voluntad y existencia propia; un ente metafísico que hace creer al ciudadano que no es en provecho de las clases superiores para lo que trabaja y se sacrifica sino para algo de lo que misteriosamente es parte.

Paralelamente aparecen movimientos totalitarios de raíz marxista que hacen una labor similar sustituyendo nación por clase obrera y apaños parecidos, pero que en último término crean una organización totalitaria dirigida por unas clases superiores en su propio provecho y que anulan el sujeto que pretenden dirigir. La clase obrera y el conjunto de la sociedad desaparece para quedar a los pies de unas organizaciones que se autodenominan partidos comunistas, del mismo modo que el conjunto social desaparecía para ser engullido por la organización fascista. Y es el mismo caso de la comunidad religiosa o del clan familiar.

El caso de España es, por lo tanto, uno más de sociedad estamental primero y clasista después que aprovecha toda la fuerza social en beneficio de las clases dirigentes. Esa organización llega a finales del siglo XIX y principios del XX a un cierto grado de evolución hacia la libertad, que es truncada por el enfrentamiento entre los movimientos más extremistas de derecha e izquierda, degenerando en una guerra civil. Y simultáneamente aparecen ideologías nacionalistas que tratan de conquistar terrenos exclusivos para su dominio. Las clases dirigentes regionales prefieren así formar sus propios cotos de caza en vez de acudir a las grandes cacerías que había sido el caciquismo durante la restauración. Y en ello tratan de encuadrar a la población vecina en un grupo fiel mediante una ideología nacionalista que haga de cada individuo no un ciudadano libre sino una pieza reemplazable dentro de un siniestro juego de ajedrez del que piensan obtener provecho.

El final de la dictadura supuso el arrumbamiento de la ideología nacionalista-fascista que había mostrado su peor cara durante el periodo del aislamiento y la autarquía y su inutilidad para el desarrollo social y económico, siendo sustituida parcialmente por una especie de remedo "tecnocrático" de la economía liberal. Pero el desarrollo que suponen las reformas económicas no pudo sino traer unas condiciones en las que todos los ciudadanos fueron capaces de exigir y conquistar su libertad. Es por lo tanto la "descolonización" de todo un pueblo lo que sucede en la transición a la democracia y es el reconocimiento de los derechos iguales de todos los ciudadanos que antes habían sido súbditos lo que recoge la Constitución.

Si la constitución y el nuevo estado reconocen los derechos y las particularidades de todos los ciudadanos ¿cómo se puede considerar eso una imposición en vez de una liberación? Y un documento administrativo que acredita ser titular de esos derechos, el DNI, ¿cómo se presenta como algo que obliga en vez de como un reconocimiento al titular de la igualdad ante la ley? La nacionalidad no es el mejunje metafísicorromántico que nos quieren vender los nacionalistas. Es algo administrativo. Y si nadie ha rechazado un billete del Banco de España, que es un documento al portador que reconoce unos derechos de pago ¿por qué hipócritamente se dice que se rechaza un DNI que reconoce los derechos ciudadanos? Y es que digo bien, hipócritamente, porque en realidad todos los nacionalistas se apresurarán a exigir esos derechos ante el menor contratiempo.

Los partidos nacionalistas, por lo tanto, no son nada más que un conjunto de ciudadanos que puede estar defendiendo sus derechos, pero que fácilmente se entregan al servicio de las clases superiores, económicas, políticas o mezcla de ambas, que usan su fuerza como grupo para beneficiarse como elite de ese grupo. Y el ciudadano paga un alto precio por la seguridad que cree obtener del grupo y por las pequeñas ventajillas caciquiles que algunos de hecho obtienen: pierde lo que son sus derechos sobre el resto de lo que es suyo y se enemista con el resto de sus conciudadanos, que recíprocamente pierden los suyos sobre la parte que los nacionalistas se quedan como exclusiva.

La sociedad se divide y se enemista, los derechos disminuyen en su extensión y con frecuencia en su intensidad. Pero esto parecerá una gran ventaja si ponemos por delante la gloria de la nación, para regocijo de los verdaderos beneficiarios y burla de los demás.

Otro día más.

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