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Los derechos dentro de
una nación democrática deben abarcar los que se refieren
a las señas de identidad cultural. Pero esos derechos
individuales no deben prevalecer sobre los derechos políticos de
otros individuos de esa misma democracia.
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En
el
número anterior decía que los derechos son algo muy
evidente cuando
se carece de ellos y sobre todo si se necesitan. Y creo que es claro
que el primer derecho que deben reconocerse mutuamente los seres
humanos
es el derecho a la vida, es decir, que el primer requisito para la
convivencia
y la colaboración es el compromiso de respetar y defender la
vida
de cualquier otra persona relacionada con nosotros. Y por eso resulta
un sarcasmo que se hagan observaciones "ingeniosas" sobre la
rentabilidad
política que sacan los partidos constitucionalistas a los
asesinatos
de ETA. En cualquier caso, salgan perjudicados o beneficiados en
algún
otro aspecto, el deber de todo ciudadano y más si tiene
responsabilidades
en la administración o en el gobierno, es garantizar la vida de
todos los demás ciudadanos sin parar en otras consideraciones.
O esto, o el derecho a la vida queda en precario.
Supongamos que este derecho está garantizado suficientemente,
pues siempre existe el riesgo de una criminalidad común y
aislada, desmontando todo el entramado de asesinatos, extorsión
y amenazas que existe en torno a ETA. En esas condiciones se puede
debatir en la práctica sobre otros derechos que cada cual crea
que le correspondan. Y digo en la práctica porque un debate
político sólo tiene sentido en un ambiente en el que
todos los que participan tienen la misma libertad y seguridad. Uno de
los ejemplos mejores de democracia lo dieron los gobiernos
inglés y norteamericano, que
en plena segunda guerra mundial, jugándose la supervivencia de
sus naciones además de los valores, mantuvieron abiertos los
parlamentos
con total respeto a las oposiciones y sin caer en ninguna
tentación dictatorial o de estado de excepción. Pero en
ese estado de guerra, gobierno y oposición se hallaban
igualmente seguros o igualmente amenazados. Si, por el contrario,
dentro de un ámbito político unos gozan de mayores
garantías que otros, la libertad será
teórica, pero no práctica. Y ésta viene siendo
nuestra situación hasta el presente en el País Vasco.
Ya he defendido antes que el individuo no puede considerarse como
aislado de sus circunstancias familiares o culturales y que no tiene
mucho sentido pensar que somos individuos sin entorno. Cualquiera se
encuentra mucho más cómodo hablando su lengua materna que
otra que aprenda de adulto y para todos es más fácil
vestir o comer según las costumbres de su tierra. Sería
negar
la realidad pretender que los lenguajes o las culturas son indiferentes
para el ser humano concreto, ya educado en su ambiente. Y es un derecho
porque todo ser humano es un ser social: nace en algún grupo, en
alguna
familia y sociedad y lo necesita para vivir, y son esos vínculos
culturales los que lo relacionan con su grupo y lo integran en
él. Los derechos individuales deben continuar, por lo tanto, en
un segundo
nivel con los derechos de integración en un grupo, con el
único límite de la libertad individual.
Y en mi opinión, esos son los derechos que dan lugar a todo el
debate sobre el País Vasco y los que tomados como un absoluto
explican las raíces de la violencia que sufrimos. Y por eso
mismo es imprescindible debatir sobre ellos y sobre qué modelo
social, cultural y político seguir una vez que hayamos
conseguido eliminar la amenaza para la libertad que supone el
terrorismo, o al menos en la medida en que lo consigamos. Lo
difícil en
estos casos suele ser separar lo real de lo aparente y no obsesionarse
con los símbolos. Una de las dificultades en la enseñanza
del español para extranjeros es la de la diferencia entre los
verbos ser y estar. Las lenguas más próximas a la nuestra
utilizan un solo verbo donde nosotros utilizamos dos y la forma de
evitar
las confusiones es pensar si se trata de un estado o cualidad
permanente
o transitoria. Por ejemplo, hay una diferencia muy importante entre "la
hierba es verde" y "la hierba está verde". Por eso me parece
preocupante cuando alguien dice "yo soy nacionalista" o "yo soy no
nacionalista", pues aunque es cierto que el uso y la costumbre imponen
esa construcción, parece como si por debajo hubiera la idea de
que existe un compromiso de
fidelidad irrevocable. Pero debería quedar siempre claro que hay
un límite, que es el respeto a la libertad individual, que no
debe
vulnerarse exigiendo una fidelidad absoluta al grupo o a sus
símbolos.
Cualquier persona tiene con su entorno social relaciones familiares, de
amistad, de colaboración, económicas o culturales. Pero
deben ser libres y justas, es decir, recíprocas si son
concebidas como derechos, y es el ámbito en que se desarrollan
el que es la base de lo que entendemos por nación, y las
instituciones que las garantizan las que dan lugar al estado. Cuando se
habla de
la nación o del estado parece que algunos lo imaginan como
algo más allá de los individuos reales y por eso lo
llamábamos metafísico, pero se reduce necesariamente al
conjunto de individuos y a cómo se relacionan. Una nación
acaba donde acaban
las relaciones que la definen y por lo tanto toda discusión
sobre
naciones se reduce a una discusión sobre estas relaciones y los
derechos que implican.
Los ultranacionalistas vascos se obstinan en hablarnos de una
nación sólo para ellos, basada o en la raza o
en la lengua y la cultura y en condicionar todos los demás
derechos a esas particularidades. Pero como ya hemos visto, puede
existir un
ámbito político independiente del origen familiar o de
la cultura y siempre hay algo de interesado en el hecho de mezclarlos.
La primera realidad es el origen y relaciones familiares y la
vinculación al territorio, y lo que cabe pedir como derecho es
esa propiedad sobre el territorio de quienes son sus naturales. Pero
una cosa es resistirse a la colonización y otra romper las
relaciones familiares y sociales que de hecho se tienen. Porque
reclamar los derechos propios exige respetar los ajenos. Si un partido
político o un grupo religioso se quisiesen apropiar de un
territorio en exclusiva, se opondrían hasta los árboles,
pero los que quieren adueñarse del País Vasco (lo mismo
vale para cualquier otro territorio) deben de pensar
que no nos damos cuenta. Su nación no existe y para crearla
tienen
que romper nuestras relaciones sociales, familiares, culturales o
económicas con el resto de España.
Un nacionalista vasco puede elegir y ser elegido en unas elecciones
españolas, pero no le parece mal que a los que
rechazamos el segregacionismo étnico se nos deje sin derechos
a votar en nuestra propia tierra y seguir siendo ciudadanos
españoles. No se trata de palabras, de banderas y demás
simbolismos:
se trata de que somos "copropietarios" de España y se nos quiere
privar de ese derecho para que los que se consideran amos de su finca
"Euskal Herria" nos dejen seguir como aparceros, eso sí,
haciendo reverencias a sus signos de identidad y a sus líderes y
renegando de nosotros mismos, llamando invasores a nuestros antepasados
y lengua
extranjera a aquella en la que dijimos nuestras primeras palabras. Y
eso
cuando nosotros defendemos un sistema democrático que respeta
los
signos y la identidad euskaldun y un gobierno autonómico que los
protege institucionalmente. Lo normal, dicho con toda la ironía,
es que se hiciesen apátridas y que perdiesen sus derechos
políticos si su idea es privarnos en un futuro de los nuestros.
Pero es mucho
más cómodo seguir el refrán de "lo mío para
mí, y lo de los demás a medias". Y si su voluntad no es
esa, que separen de una vez el respeto a sus derechos culturales de
la cuestión de los derechos políticos. Es decir, que
dejen
de poner la nación, en sentido en que quieran entenderla, por
encima de los derechos democráticos.
Ya sólo falta que uno de ellos responda que en
democracia se puede defender todo sin violencia y que pedirle lo
anterior sería pedirle que renuncie a su ideología.
Esas frases son oídas a diario, no son simples suposiciones.
Pues yo respondería a mi vez que lo primero no es verdad y que
lo segundo es la prueba del nueve de su sentido democrático. No
todo se puede defender ni aun en ausencia de violencia física,
pues también hay que excluir la violencia moral. ¿Se
puede
defender la injuria, el escarnio a las víctimas? ¿Se
puede
prometer que una vez conseguido el poder, se va a impedir la libertad
de los opositores? ¿Se puede crear un entramado de influencias
para atacar solapadamente al que no es de la propia ideología?
Sólo el cínico o el hipócrita se atreverá a
pedir para
sí mismo lo que pretende negar a los demás, y eso
es
lo que le califica con más exactitud. Lo democrático es
reconocer
un derecho de libertad de expresión, pero ello no convierte
automáticamente en democrático cualquier uso de esa
libertad de expresión. Si la ideología a la que el
ultranacionalista no piensa renunciar y para la que pide respeto no
incluye un respeto recíproco para
los demás, demócratas seremos nosotros pero él no,
y en la medida en que no queremos ser mártires con opciones al
cielo sino ciudadanos libres, trataremos de que sus ideas no se lleven
a la práctica.
El tema cultural y el económico para más tarde.
Sursum corda!
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