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El pensador 20




Los derechos dentro de una nación democrática deben abarcar los que se refieren a las señas de identidad cultural. Pero esos derechos individuales no deben prevalecer sobre los derechos políticos de otros individuos de esa misma democracia.
En el número anterior decía que los derechos son algo muy evidente cuando se carece de ellos y sobre todo si se necesitan. Y creo que es claro que el primer derecho que deben reconocerse mutuamente los seres humanos es el derecho a la vida, es decir, que el primer requisito para la convivencia y la colaboración es el compromiso de respetar y defender la vida de cualquier otra persona relacionada con nosotros. Y por eso resulta un sarcasmo que se hagan observaciones "ingeniosas" sobre la rentabilidad política que sacan los partidos constitucionalistas a los asesinatos de ETA. En cualquier caso, salgan perjudicados o beneficiados en algún otro aspecto, el deber de todo ciudadano y más si tiene responsabilidades en la administración o en el gobierno, es garantizar la vida de todos los demás ciudadanos sin parar en otras consideraciones. O esto, o el derecho a la vida queda en precario.

Supongamos que este derecho está garantizado suficientemente, pues siempre existe el riesgo de una criminalidad común y aislada, desmontando todo el entramado de asesinatos, extorsión y amenazas que existe en torno a ETA. En esas condiciones se puede debatir en la práctica sobre otros derechos que cada cual crea que le correspondan. Y digo en la práctica porque un debate político sólo tiene sentido en un ambiente en el que todos los que participan tienen la misma libertad y seguridad. Uno de los ejemplos mejores de democracia lo dieron los gobiernos inglés y norteamericano, que en plena segunda guerra mundial, jugándose la supervivencia de sus naciones además de los valores, mantuvieron abiertos los parlamentos con total respeto a las oposiciones y sin caer en ninguna tentación dictatorial o de estado de excepción. Pero en ese estado de guerra, gobierno y oposición se hallaban igualmente seguros o igualmente amenazados. Si, por el contrario, dentro de un ámbito político unos gozan de mayores garantías que otros, la libertad será teórica, pero no práctica. Y ésta viene siendo nuestra situación hasta el presente en el País Vasco.

Ya he defendido antes que el individuo no puede considerarse como aislado de sus circunstancias familiares o culturales y que no tiene mucho sentido pensar que somos individuos sin entorno. Cualquiera se encuentra mucho más cómodo hablando su lengua materna que otra que aprenda de adulto y para todos es más fácil vestir o comer según las costumbres de su tierra. Sería negar la realidad pretender que los lenguajes o las culturas son indiferentes para el ser humano concreto, ya educado en su ambiente. Y es un derecho porque todo ser humano es un ser social: nace en algún grupo, en alguna familia y sociedad y lo necesita para vivir, y son esos vínculos culturales los que lo relacionan con su grupo y lo integran en él. Los derechos individuales deben continuar, por lo tanto, en un segundo nivel con los derechos de integración en un grupo, con el único límite de la libertad individual.

Y en mi opinión, esos son los derechos que dan lugar a todo el debate sobre el País Vasco y los que tomados como un absoluto explican las raíces de la violencia que sufrimos. Y por eso mismo es imprescindible debatir sobre ellos y sobre qué modelo social, cultural y político seguir una vez que hayamos conseguido eliminar la amenaza para la libertad que supone el terrorismo, o al menos en la medida en que lo consigamos. Lo difícil en estos casos suele ser separar lo real de lo aparente y no obsesionarse con los símbolos. Una de las dificultades en la enseñanza del español para extranjeros es la de la diferencia entre los verbos ser y estar. Las lenguas más próximas a la nuestra utilizan un solo verbo donde nosotros utilizamos dos y la forma de evitar las confusiones es pensar si se trata de un estado o cualidad permanente o transitoria. Por ejemplo, hay una diferencia muy importante entre "la hierba es verde" y "la hierba está verde". Por eso me parece preocupante cuando alguien dice "yo soy nacionalista" o "yo soy no nacionalista", pues aunque es cierto que el uso y la costumbre imponen esa construcción, parece como si por debajo hubiera la idea de que existe un compromiso de fidelidad irrevocable. Pero debería quedar siempre claro que hay un límite, que es el respeto a la libertad individual, que no debe vulnerarse exigiendo una fidelidad absoluta al grupo o a sus símbolos.

Cualquier persona tiene con su entorno social relaciones familiares, de amistad, de colaboración, económicas o culturales. Pero deben ser libres y justas, es decir, recíprocas si son concebidas como derechos, y es el ámbito en que se desarrollan el que es la base de lo que entendemos por nación, y las instituciones que las garantizan las que dan lugar al estado. Cuando se habla de la nación o del estado parece que algunos lo imaginan como algo más allá de los individuos reales y por eso lo llamábamos metafísico, pero se reduce necesariamente al conjunto de individuos y a cómo se relacionan. Una nación acaba donde acaban las relaciones que la definen y por lo tanto toda discusión sobre naciones se reduce a una discusión sobre estas relaciones y los derechos que implican.

Los ultranacionalistas vascos se obstinan en hablarnos de una nación sólo para ellos, basada o en la raza o en la lengua y la cultura y en condicionar todos los demás derechos a esas particularidades. Pero como ya hemos visto, puede existir un ámbito político independiente del origen familiar o de la cultura y siempre hay algo de interesado en el hecho de mezclarlos. La primera realidad es el origen y relaciones familiares y la vinculación al territorio, y lo que cabe pedir como derecho es esa propiedad sobre el territorio de quienes son sus naturales. Pero una cosa es resistirse a la colonización y otra romper las relaciones familiares y sociales que de hecho se tienen. Porque reclamar los derechos propios exige respetar los ajenos. Si un partido político o un grupo religioso se quisiesen apropiar de un territorio en exclusiva, se opondrían hasta los árboles, pero los que quieren adueñarse del País Vasco (lo mismo vale para cualquier otro territorio) deben de pensar que no nos damos cuenta. Su nación no existe y para crearla tienen que romper nuestras relaciones sociales, familiares, culturales o económicas con el resto de España.

Un nacionalista vasco puede elegir y ser elegido en unas elecciones españolas, pero no le parece mal que a los que rechazamos el segregacionismo étnico se nos deje sin derechos a votar en nuestra propia tierra y seguir siendo ciudadanos españoles. No se trata de palabras, de banderas y demás simbolismos: se trata de que somos "copropietarios" de España y se nos quiere privar de ese derecho para que los que se consideran amos de su finca "Euskal Herria" nos dejen seguir como aparceros, eso sí, haciendo reverencias a sus signos de identidad y a sus líderes y renegando de nosotros mismos, llamando invasores a nuestros antepasados y lengua extranjera a aquella en la que dijimos nuestras primeras palabras. Y eso cuando nosotros defendemos un sistema democrático que respeta los signos y la identidad euskaldun y un gobierno autonómico que los protege institucionalmente. Lo normal, dicho con toda la ironía, es que se hiciesen apátridas y que perdiesen sus derechos políticos si su idea es privarnos en un futuro de los nuestros. Pero es mucho más cómodo seguir el refrán de "lo mío para mí, y lo de los demás a medias". Y si su voluntad no es esa, que separen de una vez el respeto a sus derechos culturales de la cuestión de los derechos políticos. Es decir, que dejen de poner la nación, en sentido en que quieran entenderla, por encima de los derechos democráticos.

Ya sólo falta que uno de ellos responda que en democracia se puede defender todo sin violencia y que pedirle lo anterior sería pedirle que renuncie a su ideología. Esas frases son oídas a diario, no son simples suposiciones. Pues yo respondería a mi vez que lo primero no es verdad y que lo segundo es la prueba del nueve de su sentido democrático. No todo se puede defender ni aun en ausencia de violencia física, pues también hay que excluir la violencia moral. ¿Se puede defender la injuria, el escarnio a las víctimas? ¿Se puede prometer que una vez conseguido el poder, se va a impedir la libertad de los opositores? ¿Se puede crear un entramado de influencias para atacar solapadamente al que no es de la propia ideología? Sólo el cínico o el hipócrita se atreverá a pedir para sí mismo lo que  pretende negar a los demás, y eso es lo que le califica con más exactitud. Lo democrático es reconocer un derecho de libertad de expresión, pero ello no convierte automáticamente en democrático cualquier uso de esa libertad de expresión. Si la ideología a la que el ultranacionalista no piensa renunciar y para la que pide respeto no incluye un respeto recíproco para los demás, demócratas seremos nosotros pero él no, y en la medida en que no queremos ser mártires con opciones al cielo sino ciudadanos libres, trataremos de que sus ideas no se lleven a la práctica.

El tema cultural y el económico para más tarde.

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