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| Las naciones deben
configurarse como resultado de pactos democráticos de defensa
mutua de derechos, muy al contrario de los nacionalismos que hacen de
la nación algo que determina las opciones del individuo
más allá de su elección libre. |
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La
simple observación permite diferenciar cualidades en cada
persona: la altura, el color de la piel o del pelo, y otros rasgos
físicos. Y conforme a esas cualidades y al hecho regular de que
los hijos se parecen a sus padres, se establecen diferencias de grupos,
lo mismo familias que razas. Es un hecho que los hijos de una familia
tienen cierto parecido y que los habitantes de una región
cualquiera lo tienen también, un aire de familia que se debe a
que lo son de hecho. Todos tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho
bisabuelos y, en general, dos elevado a n, (siendo n el número
de la generación que nos antecede) antepasados de una
generación (esto es una
simplificación de la que ustedes se imaginan los detalles).
Entonces,
las probabilidades de no tener antepasados comunes dentro de una
población
limitada disminuyen según aumenta n. Esto es,
por cierto, todo el significado de las razas.
Pero ninguna observación detecta a simple vista rangos sociales
ni derechos políticos por el hecho evidente de que no son
cualidades como las anteriores sino relaciones basadas en los
comportamientos recíprocos. Esto lo veíamos
con el ejemplo de la jerarquía de un grupo de gallinas. Y
parecía tan lejos del conocimiento humano que sólo
después de miles de años de historia, durante el periodo
de la Ilustración, algunos pensadores se atreven a decir que
todos los hombres son libres e iguales. La jerarquías siempre
han buscado algún tipo de legitimación en la prestancia
física, en la valentía o en la virtud, como determinantes
de unos derechos preferentes al mando o a la propiedad, pero
naturalmente se trata de un círculo vicioso. En cualquier
periodo de la historia se ve que los individuos de rango superior
tienen mayor talla y otros mejores índices de salud debido a que
sus cuidados y alimentación son también mejores, y eso es
debido a su acceso privilegiado a los alimentos y a los medios de vida.
Y algo similar sucede por la selección según la mejor
apariencia física en salud y belleza. Pero no hay nada que
predetermine un rango individual dentro de una sociedad salvo que cada
hijo puede heredar un puesto dentro de la estructura de alianzas que
constituye esa sociedad.
Sin embargo, al ir aumentando el tamaño y la complejidad de las
sociedades, esos modelos basados en el clan dejan de poder
estructurarlas y las diferencias de riqueza o de intereses pasan a
tener un papel cada vez mayor (1). Y
eso es lo que da lugar a la democracia
en las "polis" griegas, en las ciudades medievales y lo que la hace
reaparecer en el periodo moderno. El individuo adquiere una movilidad
que choca con las antiguas estructuras cerradas y deja de ser
clasificable por estamentos hereditarios. Sólo su libertad como
individuo es lo que cuenta. Se puede decir que la modernidad y la
libertad van realmente unidas.
Cuando hablamos de los derechos individuales y queremos precisarlos
resulta difícil responder a la objeción cínica del
poderoso, pero ni la mejor mentira engaña al propio mentiroso y
basta poner a cualquiera en una posición de debilidad para que
tenga claro cuáles son los derechos que quiere que le respeten y
que incluso lo grite a los cuatro vientos. ¿Desea usted que le
maten por la espalda? Como la respuesta es "no", entonces deseamos que
nos reconozcan el derecho a la vida. ¿Y que le roben? Como, con
seguridad, la respuesta sigue siendo "no", incluiremos el derecho a la
propiedad. ¿Y que le impidan defenderse y exponer sus puntos de
vista ante cualquier acusación? Incluiremos entonces la libertad
de pensamiento y de expresión por los mismo motivos que antes. Y
por ese procedimiento cada uno se saca solito la
declaración entera de los derechos humanos.
Sólo hay un pequeño pero. Se dice que el esclavo no
quiere ser libre sino que quiere ser amo. Es decir, que es fácil
no desear los inconvenientes de la falta de libertad, pero más
difícil no quedarse con las ventajas de la
falta de libertad de los otros. Pero es evidente que los derechos o
son recíprocos y universales o no existen en realidad, pues el
tirano es libre
en grado máximo y en la misma medida en que los tiranizados
carecen
de libertad. Tenemos por lo tanto dos sencillas reglas: que queremos
que se nos permita ser libres y que debemos reconocer a los
demás
lo que deseemos que se nos reconozca. Libertad y reciprocidad. Ya
sé
que esto lo han leído en Kant poco más o menos, y ya ven
que las buenas lecturas nos aprovechan a todos.
Si tenemos ya definidos los derechos en su forma, sólo falta que
apliquemos esa misma regla a cada cuestión que nos interese y la
resolveremos en beneficio de todos. En un número anterior
decía que los pasos para resolver cualquier problema en la
práctica son, en primer lugar, crear confianza y rebajar las
tensiones, y eso espero haberlo hecho a lo largo de esta serie
manifestando mi fe en la libertad y el diálogo y desenmascarando
una serie de obstáculos irracionales. En segundo lugar, poner
con claridad sobre el tapete los derechos que cada uno creemos que nos
corresponden. Y en tercer lugar procuraremos mandar a la isla desierta
a los extremistas que se opongan. Este es el lugar para el segundo paso.
La primera pregunta que hacíamos al hablar de
los derechos individuales nos llevaba a identificar el primero de
todos: el derecho a la vida, sin el cual de poco o nada nos valen
los demás. La primera labor de toda administración
política
es por lo tanto garantizar este derecho y los que le son afines, es
decir, los que afectan a la seguridad y la tranquilidad. Y
España
en general y el País Vasco en particular llevan años
padeciendo
asesinatos, violencia y acoso moral por parte de ETA y, en menor
medida,
de otros grupos terroristas. La criminalidad común es una suma
de
violaciones puntuales de este derecho y de otros, pero el terrorismo es
mucho más peligroso y culpable porque es un ataque
sistemático y organizado contra nuestros derechos y contra la
estructura política que los defiende. Un asesinato relacionado
con un robo es un delito grave, pero el objetivo del terrorismo no es
algo aislado sino que éste apunta a todos y cada uno de los
ciudadanos y sobre todo a los que deben defender los derechos
generales: políticos, miembros de las administraciones,
especialmente la de justicia, y de las fuerzas de seguridad.
Naturalmente, la administración, el estado y toda la sociedad no
pueden quedar paralizados por causa del terrorismo e ignorar el resto
de problemas, pero el desmantelamiento de los grupos terroristas debe
ser algo prioritario. Sin sensación de libertad y seguridad y
sin que estas sean posibles de hecho, todas las demás libertades
son precarias.
La lucha contra la amenaza terrorista debe ser total
e incondicionada y debe separarse de todo problema político.
Ignorar esto es o producto de una ingenuidad inapropiada para poder
ocuparse de temas serios, o una negligencia culpable. El sistema de
derechos que garantizan la vida democrática se basa en la
libertad
general y cae por su base si el político, el funcionario
público e incluso el ciudadano común tienen que medir
cada paso y cada palabra.
Pero en la actualidad algunos dirigentes nacionalistas hacen poco menos
que burla de la trágica situación
de políticos y militantes del PP o del PSOE. Naturalmente,
que nada de eso es comparable al asesinato, pero ni eso garantiza
la seguridad y la tranquilidad que son responsabilidad actual del
gobierno autonómico que apoyan sus partidos ni se aleja lo
suficiente de la injuria y la insidia. Hay por lo tanto un problema
básico, el terrorismo, que debe ser eliminado como
condición previa
a cualquier debate democrático y que no permite la indiferencia
ni la tolerancia. El que no colabora a resolverlo es parte de él
y si existe un delito de denegación de auxilio en caso de
accidente, la situación de peligro para la vida
democrática es más grave que la de cualquier accidente y
debe, como mínimo, descalificar a quien no participa activamente
en favor de las víctimas y
en la desaparición del peligro.
La primera condición para el diálogo es la confianza, que
no se refuerza con los chistes de Arzalluz sobre vinos y casas sociales
u oficinas, y
la seguridad de que todos los participantes en él puedan llegar
al menos hasta la mesa sin temor de volar por los aires. Y las palabras
no bastan. Lo que mueve la noria es la fuerza de la
mula y no los gritos del amo, y menos si son sólo a media voz
y con la boca pequeña.
Mañana más.
Sursum corda!
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