Sc! Sursum corda!

Sursum corda!   Indice general   El sueño de la razón

El pensador 19




Las naciones deben configurarse como resultado de pactos democráticos de defensa mutua de derechos, muy al contrario de los nacionalismos que hacen de la nación algo que determina las opciones del individuo más allá de su elección libre.
La simple observación permite diferenciar cualidades en cada persona: la altura, el color de la piel o del pelo, y otros rasgos físicos. Y conforme a esas cualidades y al hecho regular de que los hijos se parecen a sus padres, se establecen diferencias de grupos, lo mismo familias que razas. Es un hecho que los hijos de una familia tienen cierto parecido y que los habitantes de una región cualquiera lo tienen también, un aire de familia que se debe a que lo son de hecho. Todos tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos y, en general, dos elevado a n, (siendo n el número de la generación que nos antecede) antepasados de una generación (esto es una simplificación de la que ustedes se imaginan los detalles). Entonces, las probabilidades de no tener antepasados comunes dentro de una población limitada disminuyen según aumenta n. Esto es, por cierto, todo el significado de las razas.

Pero ninguna observación detecta a simple vista rangos sociales ni derechos políticos por el hecho evidente de que no son cualidades como las anteriores sino relaciones basadas en los comportamientos recíprocos. Esto lo veíamos con el ejemplo de la jerarquía de un grupo de gallinas. Y parecía tan lejos del conocimiento humano que sólo después de miles de años de historia, durante el periodo de la Ilustración, algunos pensadores se atreven a decir que todos los hombres son libres e iguales. La jerarquías siempre han buscado algún tipo de legitimación en la prestancia física, en la valentía o en la virtud, como determinantes de unos derechos preferentes al mando o a la propiedad, pero naturalmente se trata de un círculo vicioso. En cualquier periodo de la historia se ve que los individuos de rango superior tienen mayor talla y otros mejores índices de salud debido a que sus cuidados y alimentación son también mejores, y eso es debido a su acceso privilegiado a los alimentos y a los medios de vida. Y algo similar sucede por la selección según la mejor apariencia física en salud y belleza. Pero no hay nada que predetermine un rango individual dentro de una sociedad salvo que cada hijo puede heredar un puesto dentro de la estructura de alianzas que constituye esa sociedad.

Sin embargo, al ir aumentando el tamaño y la complejidad de las sociedades, esos modelos basados en el clan dejan de poder estructurarlas y las diferencias de riqueza o de intereses pasan a tener un papel cada vez mayor (1). Y eso es lo que da lugar a la democracia en las "polis" griegas, en las ciudades medievales y lo que la hace reaparecer en el periodo moderno. El individuo adquiere una movilidad que choca con las antiguas estructuras cerradas y deja de ser clasificable por estamentos hereditarios. Sólo su libertad como individuo es lo que cuenta. Se puede decir que la modernidad y la libertad van realmente unidas.

Cuando hablamos de los derechos individuales y queremos precisarlos resulta difícil responder a la objeción cínica del poderoso, pero ni la mejor mentira engaña al propio mentiroso y basta poner a cualquiera en una posición de debilidad para que tenga claro cuáles son los derechos que quiere que le respeten y que incluso lo grite a los cuatro vientos. ¿Desea usted que le maten por la espalda? Como la respuesta es "no", entonces deseamos que nos reconozcan el derecho a la vida. ¿Y que le roben? Como, con seguridad, la respuesta sigue siendo "no", incluiremos el derecho a la propiedad. ¿Y que le impidan defenderse y exponer sus puntos de vista ante cualquier acusación? Incluiremos entonces la libertad de pensamiento y de expresión por los mismo motivos que antes. Y por ese procedimiento cada uno se saca solito la declaración  entera de los derechos humanos.

Sólo hay un pequeño pero. Se dice que el esclavo no quiere ser libre sino que quiere ser amo. Es decir, que es fácil no desear los inconvenientes de la falta de libertad, pero más difícil no quedarse con las ventajas de la falta de libertad de los otros. Pero es evidente que los derechos o son recíprocos y universales o no existen en realidad, pues el tirano es libre en grado máximo y en la misma medida en que los tiranizados carecen de libertad. Tenemos por lo tanto dos sencillas reglas: que queremos que se nos permita ser libres y que debemos reconocer a los demás lo que deseemos que se nos reconozca. Libertad y reciprocidad. Ya sé que esto lo han leído en Kant poco más o menos, y ya ven que las buenas lecturas nos aprovechan a todos.

Si tenemos ya definidos los derechos en su forma, sólo falta que apliquemos esa misma regla a cada cuestión que nos interese y la resolveremos en beneficio de todos. En un número anterior decía que los pasos para resolver cualquier problema en la práctica son, en primer lugar, crear confianza y rebajar las tensiones, y eso espero haberlo hecho a lo largo de esta serie manifestando mi fe en la libertad y el diálogo y desenmascarando una serie de obstáculos irracionales. En segundo lugar, poner con claridad sobre el tapete los derechos que cada uno creemos que nos corresponden. Y en tercer lugar procuraremos mandar a la isla desierta a los extremistas que se opongan. Este es el lugar para el segundo paso.

La primera pregunta que hacíamos al hablar de los derechos individuales nos llevaba a identificar el primero de todos: el derecho a la vida, sin el cual de poco o nada nos valen los demás. La primera labor de toda administración política es por lo tanto garantizar este derecho y los que le son afines, es decir, los que afectan a la seguridad y la tranquilidad. Y España en general y el País Vasco en particular llevan años padeciendo asesinatos, violencia y acoso moral por parte de ETA y, en menor medida, de otros grupos terroristas. La criminalidad común es una suma de violaciones puntuales de este derecho y de otros, pero el terrorismo es mucho más peligroso y culpable porque es un ataque sistemático y organizado contra nuestros derechos y contra la estructura política que los defiende. Un asesinato relacionado con un robo es un delito grave, pero el objetivo del terrorismo no es algo aislado sino que éste apunta a todos y cada uno de los ciudadanos y sobre todo a los que deben defender los derechos generales: políticos, miembros de las administraciones, especialmente la de justicia, y de las fuerzas de seguridad. Naturalmente, la administración, el estado y toda la sociedad no pueden quedar paralizados por causa del terrorismo e ignorar el resto de problemas, pero el desmantelamiento de los grupos terroristas debe ser algo prioritario. Sin sensación de libertad y seguridad y sin que estas sean posibles de hecho, todas las demás libertades son precarias.

La lucha contra la amenaza terrorista debe ser total e incondicionada y debe separarse de todo problema político. Ignorar esto es o producto de una ingenuidad inapropiada para poder ocuparse de temas serios, o una negligencia culpable. El sistema de derechos que garantizan la vida democrática se basa en la libertad general y cae por su base si el político, el funcionario público e incluso el ciudadano común tienen que medir cada paso y cada palabra.

Pero en la actualidad algunos dirigentes nacionalistas hacen poco menos que burla de la trágica situación de políticos y militantes del PP o del PSOE. Naturalmente, que nada de eso es comparable al asesinato, pero ni eso garantiza la seguridad y la tranquilidad que son responsabilidad actual del gobierno autonómico que apoyan sus partidos ni se aleja lo suficiente de la injuria y la insidia. Hay por lo tanto un problema básico, el terrorismo, que debe ser eliminado como condición previa a cualquier debate democrático y que no permite la indiferencia ni la tolerancia. El que no colabora a resolverlo es parte de él y si existe un delito de denegación de auxilio en caso de accidente, la situación de peligro para la vida democrática es más grave que la de cualquier accidente y debe, como mínimo, descalificar a quien no participa activamente en favor de las víctimas y en la desaparición del peligro.

La primera condición para el diálogo es la confianza, que no se refuerza con los chistes de Arzalluz sobre vinos y casas sociales u oficinas, y la seguridad de que todos los participantes en él puedan llegar al menos hasta la mesa sin temor de volar por los aires. Y las palabras no bastan. Lo que mueve la noria es la fuerza de la mula y no los gritos del amo, y menos si son sólo a media voz y con la boca pequeña.

Mañana más.

Sursum corda!


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