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El pensador 18




Una nación sólo es una sociedad basada en el contrato de defensa mutua de los derechos de sus integrantes. Las ideas de nación como algo absoluto más allá de la sociedad organizada tienden, por el contrario, a imponerse de modos antidemocráticos.
Un pueblo o una nación y, en general cualquier grupo, es sólo eso: un grupo, no algo más con cualidades especiales. Lo que decimos del grupo es sólo lo que decimos de la resultante de sus miembros y de sus relaciones. Un grupo cultural es sólo eso y un grupo político, de igual manera. Pueden incluso tener los mismos miembros, pero sólo accidentalmente, no por sus propias naturalezas, que incluyen las relaciones. Hubo un tiempo en que, al menos oficialmente, todos los súbditos de un reino eran a la vez fieles de una misma religión, pero iglesia y estado no eran idénticos, pues los individuos se organizaban y se relacionaban de manera diferente dentro de cada institución.

La teocracia consiste en reducir el estado a la iglesia, la política a la religión y las leyes a una versión ampliada de los mandamientos, en la versión judeocristiana. Pero creo que desde el periodo de la Ilustración tales cosas parecen propias sólo de integristas. Ni siquiera la versión reducida de la teocracia: la imposición de una religión oficial, tiene hoy esperanzas de ser aceptable en el mundo civilizado. Por el contrario, el estado moderno atiende sólo a las relaciones políticas y a los derechos y obligaciones que derivan de ellas, mientras que la religión es algo externo al estado y pertenece en exclusiva al ciudadano, que tiene libertad absoluta para creer y practicar lo que sus convicciones le indiquen.

Del mismo modo, la comunidad política y social no puede ser vista democráticamente como algo monolítico. Todos compartimos derechos, pero cualquier conjunto de individuos puede organizarse como partido político, defender unas ideas y pedir la confianza de otros ciudadanos mediante el voto. Los sistemas políticos totalitarios jugaban con unas reglas completamente diferentes: el pueblo o la clase obrera, por ejemplo, eran vistos como unos todos que sólo podían actuar en un sentido predeterminado y, por lo tanto, no había alternativas a lo que los grupos dirigentes, que eran conscientes de sus respectivos destinos históricos, pudieran decidir. Esto es una "versión civil" de la teocracia en la que un individuo o un grupo selecto pasa por ser el oráculo que revela la verdad a los profanos, que deben aceptarla o recibir su castigo. Esa misma tendencia totalitaria (1) es la que lamentablemente aparece aquí y allá en diversos grupos que imponen un absoluto sobre la libertad de decisión de los individuos, sea éste la comunidad social, cultural, la étnica o incluso la ecológica. Para evitar malos entendidos les diré que creo que cada uno tiene derecho a sus propios errores y que es libre de pensar o hacer lo que mejor le parezca, pero nunca es lícito imponer unas convicciones como un absoluto que los demás tengan la obligación de aceptar. No es democrático y contra ello debemos sumar todos nuestros esfuerzos.

En lo que afecta al problema del País Vasco, nos encontramos con tendencias parecidas hacia lo absoluto, que no parten de la libertad del individuo sino que sólo admiten un resultado posible: el que sea conforme a ese absoluto, y se consideran legitimadas a tomar cualquier camino que lleve hacia él. La idea de nación vasca es para algunos el reflejo de una unidad bien definida en su concepto y en su extensión, pero cuando dan esa definición o tratan de diferenciar quién pertenece a la nación y quién no, salen a la luz las arbitrariedades y los voluntarismos, como no podía ser de otra manera. No hay más seres reales que los individuos, que se agrupan de tantas formas y tan diferentes que podemos concebir los conjuntos que deseemos. Y siempre existirá algo que se parezca a nuestros deseos.

Pero no habría ningún problema si sólo estuviésemos discutiendo una cuestión filosófica sobre la correspondencia entre conceptos y realidad. El problema comienza cuando una determinada idea de nación es tomada como un absoluto que, por lo tanto, está por encima de las decisiones libres de los individuos y que es capaz de forzar toda la dinámica social. La idea no es, tomada aisladamente, la causa del problema porque con el mismo motivo podemos dudar de la validez de todas las ideas religiosas, sociales o económicas. El problema tiene que ver con su presentación como absoluto y no como opción libre, con los métodos para aplicarla y con su resultado. Un absoluto aparentemente legitima cualquier método, incluso violento, que permita llegar a instaurarlo. Si se concibe que las cosas no pueden ser de otra manera, las acciones que lleven a ese estado de cosas son en cierto modo necesarias y, por otra parte, toda opción o situación distinta puede ser presentada como una desviación, un desequilibrio o una injusticia. Y los resultados son en general antidemocráticos pues cualquier grupo de ideología diferente es visto como desviado, desequilibrante o injusto y no como una opción igualmente aceptable y queda expuesto a la represión, que también parece legítima por necesaria.

Cualquiera puede tener la opción personal más separatista y segregacionista que se conciba. Quizá sería visto como algo extravagante en una democracia, pero sería admisible. Sin embargo el peligro está no en la opción personal o en la suma de opciones personales sino en la creación de un ámbito político que condicione a los demás más allá de lo negociable entre ciudadanos o entre grupos. Porque ese ámbito desprecia y margina toda opción que no sea la suya y considera a cualquiera que no la comparta como un extraño o un enemigo. Me parece lamentable cualquier tendencia al aislamiento, pero si uno mismo es el que se aisla y no afecta a los derechos ajenos, la opción es tan democrática como cualquier otra. Lo antidemocrático es crear un grupo que aisle a los que le son ajenos y más contra los derechos que estos poseen como ciudadanos. Un católico, por ejemplo, puede negarse a contraer matrimonio con un no católico tanto por lo que afecta al rito matrimonial como por lo que afecta a la educación de los hijos, pero sería antidemocrático que la ley prohibiera los matrimonios civiles mixtos en sentido religioso. Un proceso de cualquier tipo que llevase a implantar esa ley o sería en sí mismo antidemocrático o sería un fraude y, del mismo modo, cualquier proceso que lleve a una situación en la que parte de los ciudadanos se vean privados de sus derechos será antidemocrático y fraudulento.

Los que se consideren vascos por linaje, por cultura o por elección, tienen derecho en una democracia a agruparse como mejor les parezca y a mantener y difundir su cultura. En esto sería absurdo que no recibieran el mismo trato que cualquier otro grupo social o religioso. Pero no es democrático que un grupo de esa naturaleza prive de sus derechos a quienes antes que cualquier opción son ciudadanos, como no lo es que ellos sean privados de los derechos que ya tienen. Tengamos siempre en cuenta que linaje, cultura o afinidad son ámbitos diferentes del político. E incluso sería admisible, aunque ridículo, que como individuos o como grupo se negasen a ejercitar sus derechos de ciudadanos y renunciasen de hecho a parte de sus derechos constitucionales. Pero tal cosa tendría un valor meramente simbólico porque el resto de ciudadanos no podría declararles privados de esos derechos y, realmente y de derecho, seguirían disfrutándolos.

Si todos los análisis anteriores son convincentes, las vías de solución para el actual problema del País Vasco deben tenerlos en cuenta tanto como fundamento como en la forma de límites. A eso dedicaremos los próximos números.

Sursum corda!


(1) Ver en estas páginas los artículos sobre la tentación totalitaria. (Subir)



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