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| Una nación
sólo es una sociedad basada en el contrato de defensa mutua de
los derechos de sus integrantes. Las ideas de nación como algo
absoluto más allá de la sociedad organizada
tienden, por el contrario, a imponerse de modos antidemocráticos. |
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Un
pueblo o una nación y, en general cualquier
grupo, es sólo eso: un grupo, no algo más con cualidades
especiales. Lo que decimos del grupo es sólo lo que decimos de
la resultante de sus miembros y de sus relaciones. Un grupo cultural es
sólo eso y un grupo político, de igual manera. Pueden
incluso tener los mismos miembros, pero sólo accidentalmente, no
por sus propias naturalezas, que incluyen las relaciones. Hubo un
tiempo en que, al menos oficialmente, todos los súbditos de un
reino eran a la
vez fieles de una misma religión, pero iglesia y estado no eran
idénticos, pues los individuos se organizaban y se relacionaban
de manera diferente dentro de cada institución.
La teocracia consiste en reducir el estado a la
iglesia, la política a la religión y las leyes a una
versión ampliada de los mandamientos, en la versión
judeocristiana. Pero creo que desde el periodo de la Ilustración
tales cosas parecen propias sólo de integristas. Ni siquiera la
versión reducida de la teocracia: la imposición de una
religión oficial, tiene hoy esperanzas de ser aceptable en el
mundo civilizado. Por el contrario, el estado moderno atiende
sólo a las relaciones políticas y a los derechos y
obligaciones que derivan de ellas, mientras que la religión es
algo externo al estado y pertenece en exclusiva al ciudadano, que tiene
libertad absoluta para creer
y practicar lo que sus convicciones le indiquen.
Del mismo modo, la comunidad política y social no puede ser
vista democráticamente como algo monolítico. Todos
compartimos derechos, pero cualquier conjunto de individuos puede
organizarse como partido político, defender unas ideas y pedir
la confianza de otros ciudadanos mediante el voto. Los sistemas
políticos totalitarios jugaban con unas reglas completamente
diferentes: el pueblo o la clase obrera, por ejemplo, eran vistos como
unos todos que sólo podían actuar en un sentido
predeterminado y, por
lo tanto, no había alternativas a lo que los grupos dirigentes,
que eran conscientes de sus respectivos destinos históricos,
pudieran decidir. Esto es una "versión civil" de la teocracia en
la que un individuo o un grupo selecto pasa por ser el oráculo
que revela la verdad a los profanos, que deben aceptarla o recibir su
castigo. Esa misma tendencia totalitaria (1)
es la que lamentablemente
aparece aquí y allá en diversos grupos que imponen un
absoluto sobre la libertad de decisión de los individuos, sea
éste la comunidad social, cultural, la étnica o incluso
la ecológica. Para evitar malos entendidos les diré que
creo que cada uno tiene derecho
a sus propios errores y que es libre de pensar o hacer lo que mejor le
parezca, pero nunca es lícito imponer unas convicciones como un
absoluto que los demás tengan la obligación de aceptar.
No es democrático y contra ello debemos sumar todos nuestros
esfuerzos.
En lo que afecta al problema del País Vasco,
nos encontramos con tendencias parecidas hacia lo absoluto, que
no parten de la libertad del individuo sino que sólo admiten
un resultado posible: el que sea conforme a ese absoluto, y se
consideran
legitimadas a tomar cualquier camino que lleve hacia él. La idea
de nación vasca es para algunos el reflejo de una unidad bien
definida en su concepto y en su extensión, pero cuando dan esa
definición o tratan de diferenciar quién pertenece a
la nación y quién no, salen a la luz las arbitrariedades
y los voluntarismos, como no podía ser de otra manera. No hay
más seres reales que los individuos, que se agrupan de tantas
formas y tan diferentes que podemos concebir los conjuntos que
deseemos.
Y siempre existirá algo que se parezca a nuestros deseos.
Pero no habría ningún problema si sólo
estuviésemos discutiendo una cuestión filosófica
sobre la correspondencia entre conceptos y realidad. El problema
comienza cuando una determinada idea de nación es tomada como un
absoluto que, por lo tanto, está por encima de las decisiones
libres de los individuos y que es capaz de forzar toda la
dinámica social. La idea no es, tomada aisladamente, la causa
del problema porque con el mismo motivo podemos dudar de la validez de
todas las ideas religiosas, sociales o económicas. El problema
tiene que ver con su presentación como absoluto y no como
opción libre, con los métodos para aplicarla y con su
resultado. Un absoluto aparentemente legitima cualquier método,
incluso violento, que permita llegar a instaurarlo. Si se concibe que
las cosas no pueden ser de otra manera, las acciones que lleven a ese
estado de cosas son en cierto modo necesarias y, por otra parte, toda
opción o situación distinta puede ser presentada como una
desviación, un desequilibrio o una injusticia. Y los resultados
son en general antidemocráticos pues cualquier grupo de
ideología diferente es visto como desviado, desequilibrante o
injusto y no como una opción igualmente aceptable y queda
expuesto a la represión, que también parece
legítima por necesaria.
Cualquiera puede tener la opción personal más separatista
y segregacionista que se conciba. Quizá sería visto como
algo extravagante en una democracia, pero sería admisible. Sin
embargo el peligro está no en la opción personal o en la
suma de opciones personales sino en la creación de un
ámbito político que condicione a los demás
más allá de lo negociable entre ciudadanos o entre
grupos. Porque ese ámbito desprecia y margina toda opción
que no sea la suya y considera a cualquiera que no la comparta como
un extraño o un enemigo. Me parece lamentable cualquier
tendencia
al aislamiento, pero si uno mismo es el que se aisla y no afecta a
los derechos ajenos, la opción es tan democrática como
cualquier otra. Lo antidemocrático es crear un grupo que aisle a
los que
le son ajenos y más contra los derechos que estos poseen como
ciudadanos. Un católico, por ejemplo, puede negarse a contraer
matrimonio con un no católico tanto por lo que afecta al rito
matrimonial como
por lo que afecta a la educación de los hijos, pero sería
antidemocrático que la ley prohibiera los matrimonios civiles
mixtos en sentido religioso. Un proceso de cualquier tipo que llevase
a implantar esa ley o sería en sí mismo
antidemocrático
o sería un fraude y, del mismo modo, cualquier proceso que lleve
a una situación en la que parte de los ciudadanos se vean
privados
de sus derechos será antidemocrático y fraudulento.
Los que se consideren vascos por linaje, por cultura o por
elección, tienen derecho en una democracia a agruparse como
mejor les parezca y a mantener y difundir su cultura. En esto
sería absurdo que no recibieran el mismo trato que cualquier
otro grupo social o religioso. Pero no es democrático que un
grupo de esa naturaleza prive de sus derechos a quienes antes que
cualquier opción son ciudadanos, como no lo es que ellos sean
privados de los derechos que ya tienen. Tengamos siempre en cuenta
que linaje, cultura o afinidad son ámbitos diferentes del
político. E incluso sería admisible, aunque
ridículo, que como individuos o como grupo se negasen a
ejercitar sus derechos de ciudadanos y renunciasen de hecho a parte de
sus derechos constitucionales. Pero tal cosa tendría un valor
meramente simbólico porque el resto de ciudadanos no
podría declararles privados de esos derechos y, realmente y de
derecho, seguirían disfrutándolos.
Si todos los análisis anteriores son convincentes, las
vías de solución para el actual problema del
País Vasco deben tenerlos en cuenta tanto como fundamento
como en la forma de límites. A eso dedicaremos los
próximos
números.
Sursum corda!
(1) Ver
en estas páginas los artículos sobre la tentación
totalitaria. (Subir)
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