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El pensador 17




Una nación es una sociedad política definida por unos derechos contractuales entre los individuos que la forman. El secesionismo pasa necesariamente por que desaparezcan tal sociedad y los derechos que la conforman.
Una de las labores de los primeros filósofos fue despejar el camino que habían embrollado las paradojas de algunos sofistas. Estos eran unos maestros de retórica y, en general, de todas las habilidades que un ciudadano de "polis" griega podía necesitar en las reuniones públicas y en los cargos de la administración del estado. Esta sabiduría al servicio de cualquiera que pudiera pagársela, alardeaba de poder defender una opinión y la contraria con la misma capacidad de convicción y, en cualquier caso, de confundir al oponente con palabrería. Hoy tenemos nuevos sofistas pero de menor categoría intelectual que intentan lo mismo: disimular con palabras las realidades que les denuncian con la tozudez de los hechos. Y una de las sofisterías más conocidas es la de utilizar una palabra con dos sentidos de manera que parece que se habla de lo mismo cuando las realidades son bien diferentes.

En este foro se pretende frecuentemente castigar nuestra inteligencia y sentido común con debates sobre las palabras "nación", "nacionalismo" o "pueblo" como si designasen una realidad sustantiva y siempre en el mismo sentido. Y en una segunda sofistería de aún peor catadura, como si todas las cuestiones importantes estuvieran basadas en el significado y aplicación de esos términos. Creo que mi postura ha quedado clara en estas cuestiones fundamentales, pero vamos a dedicarle un poco de tiempo a este intento de engañarnos y a tratar de disolverlo en la nada, que es su sitio. Las palabras y los razonamientos deben reflejar lo existente. Eso es la definición de la verdad. Y el uso consciente de lo que se sabe no verdadero es lo que se define como mentira. Así que de sofisterías y mentiras es de lo que nos podemos librar aquí con un poco de paciencia.

Empezaremos con la segunda, que es la más deleznable. Parece que usando unas palabras mágicas, los artistas del embuste nos quieren colar un gol de campeonato: quitarnos nuestros derechos y que creamos que no había otra cosa posible que hacer. Como en este foro se habla con total tranquilidad de los derechos de secesión de un pretendido pueblo o nación a los que nadie puede oponer nada, me parece oportuno que empecemos levantando el velo del engaño y que dejándonos de palabras, vayamos a lo real. Cuando se habla de los términos anteriores conviene sustituirlos en el razonamiento por su definición, a ver qué tal nos resulta. Así, como cuando se trata de resolver una ecuación, nos quedamos con una variable menos y estamos más cerca de la solución.

Los pueblos y naciones no son seres reales sino conjuntos de individuos relacionados. Entonces, cuando digan "pueblo", pongamos "tal conjunto de individuos con tales relaciones entre sí y con los no pertenecientes al conjunto" y hablemos de ello. Varios foristas, concalma (1) entre ellos, han dejado ya más claro que el día que cuando se habla de nación o pueblo refiriendose a España y sus habitantes no se habla de lo mismo que hablan los nacionalistas vascos con relación a Euskal Herria y los suyos. Y que las actitudes de fondo son muy diferentes. Claro que con esa capacidad para el autoengaño que desarrollan los buenos partidarios de todas las causas, no me extrañaría que dentro de poco tengamos otra intentona del mismo género.

Pero probemos a sustituir el término por su definición. Los nacionalistas vascos dicen que los vascos forman una nación con una identidad, lenguaje y cultura y con un territorio propio y que, por ese motivo, no forman parte de la nación española. Y como lo que define el nacionalismo político es la afirmación de que los derechos políticos corresponden a las naciones, entonces lo que sucede es que la nación española quita derechos al pueblo vasco que le corresponden por el mero hecho de serlo. Este "regalo envenenado" encubre su peligro con una serie de palabras que leídas de corrido y sin reflexión parecen razonables. Pero leámoslas de nuevo con más cuidado. Lo primero es que la nación no es ningún sujeto que tenga derechos o no, sino que es el simple resultado de la acción conjunta de sus miembros y de sus derechos y obligaciones recíprocos. O sea, que los derechos de la nación serán los resultantes de los derechos de los individuos miembros de ella y no al revés. Entonces la cosa queda como que el conjunto de los vascos queda definido en su existencia y en sus derechos políticos por la existencia de individuos que se definen como vascos y por los derechos que ellos tengan. Uno no tiene derechos por ser vasco, sino que es vasco por los derechos que efectivamente tiene. Y uno no tiene derechos por ser español, sino que esa nacionalidad es simplemente el reconocimiento de un conjunto de derechos. El nombre designa la realidad, no la crea. Así que es un poco inútil comenzar la casa por el tejado cuando de lo que tenemos que ocuparnos y preocuparnos es de los derechos que son nuestros.

Cuando se dice que España quita derechos al vasco porque le obliga a tener una nacionalidad española, el absurdo se revela como monumental. Significa que el reconocimiento a un vasco de derechos y obligaciones comunes con respecto a todos los ciudadanos españoles y sobre todo el territorio nacional es presentada como una restricción, aunque en realidad es un conjunto más amplio de derechos. O el tamaño del absurdo es ya faraónico si se dice que el reconocer la nacionalidad española quita derechos como vasco, pues uno es vasco justo por los derechos y obligaciones que comparte con otros vascos y reconocer los derechos como español implica necesariamente reconocer esos derechos. Sería como decir que el ser vasco impide ser bilbaíno, o que ser esto le impide a uno ser de Abando. Más bien sucede todo lo contrario pues las sociedades modernas se construyen de abajo arriba, democráticamente.

La conclusión necesaria de las pretensiones nacionalistas es, por lo tanto, que debemos perder nuestros derechos comunes como españoles para que a cambio se nos den unos que ya tenemos como vascos, y como premio, una insignia. Y si alguien ve en esto una ventaja o una mejora, o es suficientemente necio para perder lo que tiene o lo suficientemente malvado para querer que otro lo pierda, y es lo segundo lo que me preocupa. Pero hablando de naciones y pueblos la cosa queda mucho más disimulada y menos cruda que decir que ya no podré elegir a mis representantes en el parlamento o que no me podré acoger a las mismas leyes y que perderé mis derechos sobre lo que es mi país, pero con la insignia puede que se engañe a algún otro. Y éste sólo es el mejor de los casos, porque el recorte de derechos al resto de españoles no los hará más amigos de este reducido reducto irreductible, ni de sus habitantes. Así que todo resultará en un pérdida, mayor o menor, pero siempre desgraciada.

El segundo sofisma suele traer en su ayuda al primero, el de que una nación es una unidad en cualquier sentido en que la tomemos. Así por ejemplo, una nación suele ser, y no siempre, una comunidad que comparte un idioma, pero no todos los que comparten un idioma son una nación. Y si lo que se toma es la unidad cultural para definir la nación, entonces nos debemos olvidar de la definición de nación como conjunto de individuos con los mismos derechos políticos. Ya no hay por lo tanto una equivalencia engañosa entre dos realidades. Sólo sería posible una coincidencia o establecer un paso desde la unidad cultural hacia la política o en el sentido contrario, pero nunca una identidad a priori. Suiza, por ejemplo reconoce por cantones la oficialidad del alemán, francés, italiano y romanche, pero sus ciudadanos tienen derechos políticos como suizos y no como alemanes, franceses o italianos. No existe un derecho de ciudadanía dado por la lengua hablada sino que cada persona se limita a ejercer los derechos políticos heredados por nacimiento (de ahí el nombre de nación, es decir, los pertenecientes a una comunidad por nacimiento) o reconocidos por algún procedimiento legal a quien no los tiene por nacimiento. Imaginen si no, el caos político que se produciría en los países americanos de lengua española o los de lengua francesa o inglesa de varios continentes. Uno puede pertenecer por nacimiento a una comunidad política o cultural, pero ambas comunidades no se identifican ni de hecho ni por su definición. Basta entonces de palabrería.

Y como el tema no se detiene en esto, mañana más.

Sursum corda!


(1) Participante en los foros de elcorreodigital y diariovasco. Ver su página personal. (Subir)



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