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| Una nación es una
sociedad política definida por unos derechos contractuales entre
los individuos que la forman. El secesionismo pasa necesariamente por
que desaparezcan tal sociedad y los derechos que la conforman. |
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Una
de
las labores de los primeros filósofos fue despejar el camino que
habían embrollado las paradojas de algunos sofistas. Estos eran
unos maestros de retórica y, en general, de todas las
habilidades que un ciudadano de "polis" griega podía necesitar
en las reuniones públicas y en los cargos de la
administración del estado. Esta sabiduría al servicio de
cualquiera que pudiera pagársela, alardeaba de poder defender
una opinión y la contraria con la misma capacidad de
convicción y, en cualquier caso, de confundir al oponente con
palabrería. Hoy tenemos nuevos sofistas pero de menor
categoría intelectual que intentan lo mismo: disimular con
palabras las realidades que les denuncian con la tozudez de los hechos.
Y una de las sofisterías más conocidas es la de utilizar
una palabra con dos sentidos
de manera que parece que se habla de lo mismo cuando las realidades son
bien diferentes.
En este foro se pretende frecuentemente castigar nuestra inteligencia y
sentido común con debates sobre las palabras "nación",
"nacionalismo" o "pueblo" como si designasen una realidad sustantiva y
siempre en el mismo sentido. Y en una segunda sofistería de
aún peor catadura, como si todas las cuestiones importantes
estuvieran basadas en el significado y aplicación de
esos términos. Creo que mi postura ha quedado clara en estas
cuestiones
fundamentales, pero vamos a dedicarle un poco de tiempo a este intento
de engañarnos y a tratar de disolverlo en la nada, que es su
sitio. Las palabras y los razonamientos deben reflejar lo existente.
Eso
es la definición de la verdad. Y el uso consciente de lo que se
sabe no verdadero es lo que se define como mentira. Así que de
sofisterías
y mentiras es de lo que nos podemos librar aquí con un poco de
paciencia.
Empezaremos con la segunda, que es la más deleznable. Parece que
usando unas palabras mágicas, los artistas del embuste nos
quieren colar un gol de campeonato: quitarnos nuestros derechos y que
creamos que no había otra cosa posible que hacer. Como en este
foro se habla con total tranquilidad de los derechos de secesión
de un pretendido pueblo o nación a los que nadie puede oponer
nada, me parece oportuno que empecemos levantando el velo del
engaño y que dejándonos de palabras, vayamos a lo real.
Cuando se habla de los términos anteriores conviene sustituirlos
en el razonamiento por su definición, a ver qué tal nos
resulta. Así, como cuando se trata de resolver una
ecuación, nos quedamos con una variable menos y estamos
más cerca de la solución.
Los pueblos y naciones no son seres reales sino conjuntos de individuos
relacionados. Entonces, cuando digan "pueblo", pongamos "tal conjunto
de individuos con tales relaciones entre sí
y con los no pertenecientes al conjunto" y hablemos de ello. Varios
foristas, concalma (1) entre ellos,
han dejado ya más claro que
el día que cuando se habla de nación o pueblo
refiriendose
a España y sus habitantes no se habla de lo mismo que hablan los
nacionalistas vascos con relación a Euskal Herria y los suyos.
Y que las actitudes de fondo son muy diferentes. Claro que con esa
capacidad para el autoengaño que desarrollan los buenos
partidarios de todas las causas, no me extrañaría que
dentro de
poco tengamos otra intentona del mismo género.
Pero probemos a sustituir el término por su definición.
Los nacionalistas vascos dicen que los vascos forman una nación
con una identidad, lenguaje y cultura y con un territorio propio y que,
por ese motivo, no forman parte de la
nación española. Y como lo que define el nacionalismo
político es la afirmación de que los derechos
políticos corresponden a las naciones, entonces lo que sucede es
que la nación española quita derechos al pueblo vasco que
le corresponden por el mero hecho de serlo. Este "regalo envenenado"
encubre su peligro con una serie de palabras que leídas de
corrido y sin reflexión parecen razonables. Pero
leámoslas de nuevo con más cuidado. Lo primero es que la
nación no es ningún sujeto que tenga derechos o no, sino
que es el simple resultado de la acción conjunta de sus
miembros y de sus derechos y obligaciones recíprocos. O sea, que
los derechos de la nación serán los resultantes de los
derechos de los individuos miembros de ella y no al revés.
Entonces la cosa queda como que el conjunto de los vascos queda
definido en su existencia y en sus derechos políticos por la
existencia de
individuos que se definen como vascos y por los derechos que ellos
tengan.
Uno no tiene derechos por ser vasco, sino que es vasco por los derechos
que efectivamente tiene. Y uno no tiene derechos por ser
español, sino que esa nacionalidad es simplemente el
reconocimiento de un conjunto de derechos. El nombre designa la
realidad, no la crea. Así que es
un poco inútil comenzar la casa por el tejado cuando de lo que
tenemos
que ocuparnos y preocuparnos es de los derechos que son nuestros.
Cuando se dice que España quita derechos al vasco porque le
obliga a tener una nacionalidad española, el absurdo se revela
como monumental. Significa que el reconocimiento a un vasco de derechos
y obligaciones comunes con respecto a todos los ciudadanos
españoles y sobre todo el territorio nacional es presentada como
una restricción, aunque en realidad es un conjunto más
amplio de derechos. O el tamaño del absurdo es ya
faraónico si se dice que el reconocer la nacionalidad
española quita derechos como vasco, pues uno es vasco justo por
los derechos y obligaciones que comparte con otros vascos y reconocer
los derechos como español implica necesariamente reconocer esos
derechos. Sería como decir que el ser vasco impide ser
bilbaíno, o que ser esto le impide a uno ser de Abando.
Más bien sucede todo lo contrario pues las sociedades modernas
se construyen de abajo arriba, democráticamente.
La conclusión necesaria de las pretensiones nacionalistas es,
por lo tanto, que debemos perder nuestros derechos comunes como
españoles para que a cambio se nos den unos que
ya tenemos como vascos, y como premio, una insignia. Y si alguien ve en
esto una ventaja o una mejora, o es suficientemente necio para perder
lo que tiene o lo suficientemente malvado para querer que otro lo
pierda, y es lo segundo lo que me preocupa. Pero hablando de naciones y
pueblos la cosa queda mucho más disimulada y menos cruda que
decir que ya no podré elegir a mis representantes en el
parlamento o que no me podré acoger a las mismas leyes y que
perderé mis derechos sobre lo que es mi país, pero con la
insignia puede que se engañe a algún otro. Y éste
sólo es el mejor de los casos, porque el recorte de derechos al
resto de españoles no los hará más amigos de este
reducido reducto
irreductible, ni de sus habitantes. Así que todo
resultará en un pérdida, mayor o menor, pero siempre
desgraciada.
El segundo sofisma suele traer en su ayuda al primero, el de que una
nación es una unidad en cualquier sentido en que la tomemos.
Así por ejemplo, una nación suele ser, y no siempre, una
comunidad que comparte un idioma, pero no todos los que comparten un
idioma son una nación. Y si lo que se toma es la unidad cultural
para definir la nación, entonces nos debemos olvidar de la
definición de nación como conjunto de
individuos con los mismos derechos políticos. Ya no hay por
lo tanto una equivalencia engañosa entre dos realidades.
Sólo sería posible una coincidencia o establecer un paso
desde la
unidad cultural hacia la política o en el sentido contrario,
pero nunca una identidad a priori. Suiza, por ejemplo reconoce por
cantones la oficialidad del alemán, francés, italiano y
romanche,
pero sus ciudadanos tienen derechos políticos como suizos y no
como
alemanes, franceses o italianos. No existe un derecho de
ciudadanía
dado por la lengua hablada sino que cada persona se limita a ejercer
los
derechos políticos heredados por nacimiento (de ahí el
nombre
de nación, es decir, los pertenecientes a una comunidad por
nacimiento)
o reconocidos por algún procedimiento legal a quien no los tiene
por nacimiento. Imaginen si no, el caos político que se
produciría
en los países americanos de lengua española o los de
lengua
francesa o inglesa de varios continentes. Uno puede pertenecer por
nacimiento
a una comunidad política o cultural, pero ambas comunidades no
se
identifican ni de hecho ni por su definición. Basta entonces de
palabrería.
Y como el tema no se detiene en esto, mañana más.
Sursum corda!
(1)
Participante en los foros de elcorreodigital y diariovasco. Ver su página personal.
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