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| Diferenciar las culturas
de las del exterior suele revelar un deseo de separar las sociedades,
mientras que se busca que en el interior todos compartan las mismas
marcas. Esa voluntad entra en un ciclo de enfrentamientos y mayores
rupturas. |
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Los
seres humanos nacemos en un grupo con sus propias
características y para cuando tenemos capacidad de reflexionar y
de elegir ya tenemos unas relaciones familiares y sociales, hablamos un
lenguaje y tenemos una cultura. Pero es tan absurdo pretender que eso
es algo indiferente como pretender que es definitivo.
A lo largo de esta serie vengo defendiendo dos ideas
básicas: que el ser humano es social y que tiene libertad
para elegir. Esos son los dos límites, inferior y superior,
de toda opción democrática realista. Por debajo, caemos
en la desintegración y el caos, el reino del más fuerte
e insolidario. Por encima, las exigencias de fidelidad a la sociedad
que se imponen al individuo son tan elevadas que nadie se puede salir
del marco establecido sin ser considerado un traidor que debe ser
excluido y atacado. El caos y la tiranía del individuo o el
totalitarismo y la tiranía del grupo. La razón nos
aconseja por lo tanto, mantenernos dentro de esos límites y
respetar esas dos ideas como las mejores garantías de nuestra
libertad y nuestro bienestar.
Es absurdo pretender que sólo prime lo individual olvidando que
cada uno tenemos unas condiciones que nos sería muy penoso
eliminar. Cosas tan sencillas como nuestro propio lenguaje o nuestros
usos culturales, o tan complejas como las relaciones económicas,
sociales y políticas en las que estamos incluidos. Todo eso
forma parte de las circunstancias reales en que nos encontramos y
supone un esfuerzo desproporcionado pretender romperlas o cambiarlas
porque sí. Y en cualquier caso, supone un esfuerzo, no un cambio
sin
importancia.
Se dice con excesiva facilidad que sólo pueden tenerse en cuenta
los derechos individuales, como si el poseer una cultura o formar parte
de un grupo no fuese un derecho individual. Y lo es porque se trata de
una condición necesaria para la existencia de todo ser humano.
No podemos disolvernos en un mar de individuos que apenas se relacionan
y que no se asocian, sino que las alianzas de pequeños grupos
familiares o de ayuda mutua son la base primera de toda sociedad o
grupo de mayor alcance. Somos lo que somos, seres reales y no elementos
ideales de una teoría ultraindividualista. Pero, por otra parte,
esos derechos individuales no pueden ser transformados en exigencias
totalitarias que supriman la libertad. Cualquier persona puede cambiar
de idea, de
cultura o de relaciones sociales sin que caiga sobre ella una especie
de maldición divina o metafísica. Y a veces no
sólo
es posible cambiar sino que es la única opción razonable.
Formar grupos es por lo tanto necesario y natural, pero debemos luchar
contra lo totalitario dentro de nuestro propio grupo. En anteriores
números de la serie he dicho que a veces se crean motivos de
discordia entre grupos y que se abren dos caminos posibles: o el
diálogo y la apertura o el enfrentamiento y la agresión.
Cada grupo trata de crear más y mejores relaciones con el otro
en el primer caso, o considera al otro un enemigo que debe ser
destruido antes de que destruya, y exige a cada miembro una fidelidad
total en el segundo. Y esta última opción es violenta y
destructiva tanto hacia fuera como hacia dentro y va obviamente contra
nuestros intereses. Pero es difícil resistirse a ella si vemos o
creemos que el grupo rival la ha adoptado ya, y la formación de
grupos totalitarios de cualquier signo a lo largo de la historia lo
demuestra.
El el caso del País Vasco podemos aplicar los
mismos principios. Prescindamos por simplificación del entorno
europeo y mundial y centrémonos en España como grupo
mayor posible. Luego veremos que las conclusiones son idénticas
al ir ampliando el límite hacia ámbitos cada vez mayores.
Tomando como base agresiones reales o imaginadas, han aparecido un
ultranacionalismo español que exige la unidad a todo trance
y la eliminación de cualquier hecho o símbolo diferencial
y, por otra parte, un ultranacionalismo vasco que reclama la exclusiva
social y política dentro de un ámbito territorial que
ve como propio. Esas exigencias parten de las relaciones reales que
definen tanto el ámbito español como el vasco, pero en
cuanto que exigen la uniformidad y excluyen la pluralidad interna y la
apertura al exterior, son procesos que acaban en el conflicto.
La única solución pasa por aceptar la pluralidad y por
establecer cauces de relación y diálogo entre cualquier
área y lo que le rodea: entre las diferentes opciones sociales,
culturales y políticas hacia dentro y hacia fuera
de cada grupo. Pero esto choca con las ideas símbolo que sirven
para cerrarlos, y si es necesaria una clara definición entre lo
propio y lo ajeno se debe a que hay una rivalidad previa. Dos grupos
abiertos uno al lado del otro o uno incluido en otro mayor no necesitan
delimitar con precisión sus fronteras, pero cuando se pretende
hacerlo con conceptos como nación o pueblo, se trata en realidad
de marcar el territorio y de poner a cada persona a un lado o a otro
de una frontera. Cuando se pregunta si los vascos son una nación
no se está definiendo nada sino que se buscan criterios para
separar
un grupo de otro y homogeneizar a todos sus miembros. Lo mismo sucede
si nos referimos a los españoles. Si conocemos la historia
podemos
asegurar que somos una población bastante plural y que los
límites
para ser o no español los marca simplemente una historia
común
de relaciones y, por así decir, ser los propietarios del
terreno.
Pero no creo que sea necesario diferenciarnos demasiado de los
franceses
o portugueses, por ejemplo, ni encontrar una esencia idéntica en
cada español.
Siempre habrá quien insista en las preguntas,
pero intentar agrupar, definir, limitar, son los preliminares de
un conflicto mayor. Es como los ejércitos antiguos: unos
con penacho blanco y otros con penacho rojo, y cuidado con que uno
sólo ponga el pie al otro lado del río. Tomemos el
ejemplo
del lenguaje. Puede ser simplemente una característica cultural,
y además muy particular, pues cada uno sólo habla una
variante de ese lenguaje, es decir, un dialecto o un habla local. Pero
el imponer el castellano a todos los habitantes de España o el
euskera a todos los habitantes del País Vasco, o es una
tiranía
hacia los del mismo grupo o es un intento de enfrentarlos con los de
otro grupo, o ambas cosas a la vez.
Todas las veces que se discuten preguntas parecidas en este foro o en
cualquier ámbito se llega a una división de posturas
entre un sí y un no voluntaristas e irreconciliables. ¿No
es eso signo de que la pregunta contiene un error de partida? Y es que
la cuestión no es tanto la descripción de una realidad
social, cultural o política, sino el establecimiento o
modificación de una serie de relaciones de este tipo.
Ocupémonos entonces de mejorar nuestras relaciones y no caigamos
en el engaño de esos toques a rebato que anuncian la llegada de
un enemigo inexistente. Los nacionalismos o son la simple
constatación de nuestras culturas particulares o son una llamada
para cerrar filas en un conflicto que, como he dicho otras veces, en
vez de superarse, se agrava. Las
posturas, para poder acercarse, deben compartir algo y si se comienza
dando más énfasis a lo que separa que a lo que aproxima,
simplemente se inicia un camino que nos aleja a unos de los otros, y
a ambos de la solución de cualquier diferencia inicial. Y el
precio que pagaremos será, como antes he dicho, el constante
enfrentamiento con el vecino y el sometimiento a una tiranía
interior.
El nacionalismo vasco ha comenzado con la sencilla afirmación de
la cultura particular de unos habitantes seculares de esta parte de
España, pero al sentirse agredidos, más bien sin
causa, ha derivado hacia un ultranacionalismo: una llamada al cierre
de filas contra el exterior y a la imposición de unos rasgos
culturales uniformes en el interior. Si, por otra parte, ya
había un nacionalismo español del mismo tipo que derivaba
hacia un ultranacionalismo, sólo faltaba el ingrediente del
pequeño conflicto
para que la espiral violenta se iniciase. La imagen es muy adecuada
pues el origen o centro es pequeño, pero a cada vuelta la
espiral crece. Si la voluntad es la del acuerdo, que es el
espíritu que dio origen a la constitución y el estatuto,
las posturas pueden acercarse poco a poco. Pero si se añade cada
día un poco
más de leña al fuego, no se puede esperar que éste
se apague. Y creo que los constitucionalistas hemos dado pruebas
más que sobradas de voluntad para respetar las libertades de
todos como única forma sensata de que se respeten las nuestras.
Pero en este foro y en
el podrido ambiente que crean algunos extremistas en la calle,
escuchamos
insultos o bravuconadas que lejos de manifestar un deseo de
diálogo
evidencian unas irrefrenables ganas de bronca. Nosotros bastante
hacemos
con haber acabado con una dictadura ultranacionalista y facilitado el
entendimiento. Es responsabilidad de los nacionalistas vascos el
impedir que su ideología caiga en manos de unos extremistas que
nos impondrán a nosotros una guerra y a ellos mismos una
tiranía. Si no luchan por nosotros y nuestros derechos, que
luchen al menos por su libertad, y para ello el primer paso es no tener
miedo y, para darlo, ahí siempre estará nuestra mano.
Mañana más.
Sursum corda!
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