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Sursum corda!   Indice general   El sueño de la razón

El pensador 15




Diferenciar las culturas de las del exterior suele revelar un deseo de separar las sociedades, mientras que se busca que en el interior todos compartan las mismas marcas. Esa voluntad entra en un ciclo de enfrentamientos y mayores rupturas.
Los seres humanos nacemos en un grupo con sus propias características y para cuando tenemos capacidad de reflexionar y de elegir ya tenemos unas relaciones familiares y sociales, hablamos un lenguaje y tenemos una cultura. Pero es tan absurdo pretender que eso es algo indiferente como pretender que es definitivo.

A lo largo de esta serie vengo defendiendo dos ideas básicas: que el ser humano es social y que tiene libertad para elegir. Esos son los dos límites, inferior y superior, de toda opción democrática realista. Por debajo, caemos en la desintegración y el caos, el reino del más fuerte e insolidario. Por encima, las exigencias de fidelidad a la sociedad que se imponen al individuo son tan elevadas que nadie se puede salir del marco establecido sin ser considerado un traidor que debe ser excluido y atacado. El caos y la tiranía del individuo o el totalitarismo y la tiranía del grupo. La razón nos aconseja por lo tanto, mantenernos dentro de esos límites y respetar esas dos ideas como las mejores garantías de nuestra libertad y nuestro bienestar.

Es absurdo pretender que sólo prime lo individual olvidando que cada uno tenemos unas condiciones que nos sería muy penoso eliminar. Cosas tan sencillas como nuestro propio lenguaje o nuestros usos culturales, o tan complejas como las relaciones económicas, sociales y políticas en las que estamos incluidos. Todo eso forma parte de las circunstancias reales en que nos encontramos y supone un esfuerzo desproporcionado pretender romperlas o cambiarlas porque sí. Y en cualquier caso, supone un esfuerzo, no un cambio sin importancia.

Se dice con excesiva facilidad que sólo pueden tenerse en cuenta los derechos individuales, como si el poseer una cultura o formar parte de un grupo no fuese un derecho individual. Y lo es porque se trata de una condición necesaria para la existencia de todo ser humano. No podemos disolvernos en un mar de individuos que apenas se relacionan y que no se asocian, sino que las alianzas de pequeños grupos familiares o de ayuda mutua son la base primera de toda sociedad o grupo de mayor alcance. Somos lo que somos, seres reales y no elementos ideales de una teoría ultraindividualista. Pero, por otra parte, esos derechos individuales no pueden ser transformados en exigencias totalitarias que supriman la libertad. Cualquier persona puede cambiar de idea, de cultura o de relaciones sociales sin que caiga sobre ella una especie de maldición divina o metafísica. Y a veces no sólo es posible cambiar sino que es la única opción razonable.

Formar grupos es por lo tanto necesario y natural, pero debemos luchar contra lo totalitario dentro de nuestro propio grupo. En anteriores números de la serie he dicho que a veces se crean motivos de discordia entre grupos y que se abren dos caminos posibles: o el diálogo y la apertura o el enfrentamiento y la agresión. Cada grupo trata de crear más y mejores relaciones con el otro en el primer caso, o considera al otro un enemigo que debe ser destruido antes de que destruya, y exige a cada miembro una fidelidad total en el segundo. Y esta última opción es violenta y destructiva tanto hacia fuera como hacia dentro y va obviamente contra nuestros intereses. Pero es difícil resistirse a ella si vemos o creemos que el grupo rival la ha adoptado ya, y la formación de grupos totalitarios de cualquier signo a lo largo de la historia lo demuestra.

El el caso del País Vasco podemos aplicar los mismos principios. Prescindamos por simplificación del entorno europeo y mundial y centrémonos en España como grupo mayor posible. Luego veremos que las conclusiones son idénticas al ir ampliando el límite hacia ámbitos cada vez mayores. Tomando como base agresiones reales o imaginadas, han aparecido un ultranacionalismo español que exige la unidad a todo trance y la eliminación de cualquier hecho o símbolo diferencial y, por otra parte, un ultranacionalismo vasco que reclama la exclusiva social y política dentro de un ámbito territorial que ve como propio. Esas exigencias parten de las relaciones reales que definen tanto el ámbito español como el vasco, pero en cuanto que exigen la uniformidad y excluyen la pluralidad interna y la apertura al exterior, son procesos que acaban en el conflicto.

La única solución pasa por aceptar la pluralidad y por establecer cauces de relación y diálogo entre cualquier área y lo que le rodea: entre las diferentes opciones sociales, culturales y políticas hacia dentro y hacia fuera de cada grupo. Pero esto choca con las ideas símbolo que sirven para cerrarlos, y si es necesaria una clara definición entre lo propio y lo ajeno se debe a que hay una rivalidad previa. Dos grupos abiertos uno al lado del otro o uno incluido en otro mayor no necesitan delimitar con precisión sus fronteras, pero cuando se pretende hacerlo con conceptos como nación o pueblo, se trata en realidad de marcar el territorio y de poner a cada persona a un lado o a otro de una frontera. Cuando se pregunta si los vascos son una nación no se está definiendo nada sino que se buscan criterios para separar un grupo de otro y homogeneizar a todos sus miembros. Lo mismo sucede si nos referimos a los españoles. Si conocemos la historia podemos asegurar que somos una población bastante plural y que los límites para ser o no español los marca simplemente una historia común de relaciones y, por así decir, ser los propietarios del terreno. Pero no creo que sea necesario diferenciarnos demasiado de los franceses o portugueses, por ejemplo, ni encontrar una esencia idéntica en cada español.

Siempre habrá quien insista en las preguntas, pero intentar agrupar, definir, limitar, son los preliminares de un conflicto mayor. Es como los ejércitos antiguos: unos con penacho blanco y otros con penacho rojo, y cuidado con que uno sólo ponga el pie al otro lado del río. Tomemos el ejemplo del lenguaje. Puede ser simplemente una característica cultural, y además muy particular, pues cada uno sólo habla una variante de ese lenguaje, es decir, un dialecto o un habla local. Pero el imponer el castellano a todos los habitantes de España o el euskera a todos los habitantes del País Vasco, o es una tiranía hacia los del mismo grupo o es un intento de enfrentarlos con los de otro grupo, o ambas cosas a la vez.

Todas las veces que se discuten preguntas parecidas en este foro o en cualquier ámbito se llega a una división de posturas entre un sí y un no voluntaristas e irreconciliables. ¿No es eso signo de que la pregunta contiene un error de partida? Y es que la cuestión no es tanto la descripción de una realidad social, cultural o política, sino el establecimiento o modificación de una serie de relaciones de este tipo. Ocupémonos entonces de mejorar nuestras relaciones y no caigamos en el engaño de esos toques a rebato que anuncian la llegada de un enemigo inexistente. Los nacionalismos o son la simple constatación de nuestras culturas particulares o son una llamada para cerrar filas en un conflicto que, como he dicho otras veces, en vez de superarse, se agrava. Las posturas, para poder acercarse, deben compartir algo y si se comienza dando más énfasis a lo que separa que a lo que aproxima, simplemente se inicia un camino que nos aleja a unos de los otros, y a ambos de la solución de cualquier diferencia inicial. Y el precio que pagaremos será, como antes he dicho, el constante enfrentamiento con el vecino y el sometimiento a una tiranía interior.

El nacionalismo vasco ha comenzado con la sencilla afirmación de la cultura particular de unos habitantes seculares de esta parte de España, pero al sentirse agredidos, más bien sin causa, ha derivado hacia un ultranacionalismo: una llamada al cierre de filas contra el exterior y a la imposición de unos rasgos culturales uniformes en el interior. Si, por otra parte, ya había un nacionalismo español del mismo tipo que derivaba hacia un ultranacionalismo, sólo faltaba el ingrediente del pequeño conflicto para que la espiral violenta se iniciase. La imagen es muy adecuada pues el origen o centro es pequeño, pero a cada vuelta la espiral crece. Si la voluntad es la del acuerdo, que es el espíritu que dio origen a la constitución y el estatuto, las posturas pueden acercarse poco a poco. Pero si se añade cada día un poco más de leña al fuego, no se puede esperar que éste se apague. Y creo que los constitucionalistas hemos dado pruebas más que sobradas de voluntad para respetar las libertades de todos como única forma sensata de que se respeten las nuestras. Pero en este foro y en el podrido ambiente que crean algunos extremistas en la calle, escuchamos insultos o bravuconadas que lejos de manifestar un deseo de diálogo evidencian unas irrefrenables ganas de bronca. Nosotros bastante hacemos con haber acabado con una dictadura ultranacionalista y facilitado el entendimiento. Es responsabilidad de los nacionalistas vascos el impedir que su ideología caiga en manos de unos extremistas que nos impondrán a nosotros una guerra y a ellos mismos una tiranía. Si no luchan por nosotros y nuestros derechos, que luchen al menos por su libertad, y para ello el primer paso es no tener miedo y, para darlo, ahí siempre estará nuestra mano.

Mañana más.

Sursum corda!




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