Sc! Sursum corda!

Sursum corda!   Indice general   El sueño de la razón

El pensador 14




Cuando las marcas culturales son las de un grupo dominante significa que la sociedad se estructura en torno a los intereses de ese grupo. La presencia de esas marcas revela que se comparten intereses con ese grupo y se crean barreras con los portadores de otras marcas culturales.
En el número anterior comenzábamos viendo el ejemplo del grupo de gallinas y su carácter jerarquizado. Este carácter pasa inadvertido en una observación casual, pero la identificación de cada gallina y la observación sistemática lo revela con claridad. En el grupo humano sucede algo similar y de hecho basta un tiempo de convivencia entre distintas personas para que se desarrollen jerarquías de todo tipo. Puede haber quien crea que no hay razón para ello, pero si nadie es idéntico a otro, es natural que algo sea preferido a otra cosa: lo más fuerte, lo más sano, lo más bello, lo más inteligente o lo más divertido desde cada punto de vista individual.

Como el grupo humano es un grupo de alianzas y rivalidades, la consecuencia de todo lo anterior será que algunas alianzas serán preferidas a otras y que su valor, llamémoslo de intercambio, no será necesariamente el mismo. Es decir, que J puede desear la alianza con K más de lo que K lo desea con J. Entonces J deberá añadir algo más para conseguir la alianza y este precio denota una jerarquía en la que K está por encima de J, al menos en un aspecto. En grupos animales menos complejos, la jerarquía puede ser sólo de picotazos o empujones, pero en el caso humano implica otras relaciones y, sobre todo, símbolos. El tamaño de un animal o su aspecto saludable son marcas inequívocas de superioridad para un segundo, pero en el caso humano no es la fuerza sino la habilidad en las alianzas la que da la superioridad, de modo que debe marcarse simbólicamente. No son otra cosa los galones en la guerrera de un militar o el despacho privilegiado en una compañía industrial.

Este tema tiene dos puntos de contacto con el tema que estamos tratando. El primero es el del papel simbólico de determinados rasgos culturales como marca de jerarquía y el segundo, el precio que las clases altas de esa jerarquía hacen pagar a las bajas por los beneficios que supuestamente o de hecho obtienen. El primer tema, por ejemplo, es el de la postergación de un idioma en favor de otro como fue el caso del vascuence respecto del castellano en épocas pasadas y la inversión de la situación en la presente. Y el segundo el de la creación de un sentimiento nacional en favor de unos intereses que no suelen ser generales. Y a nadie se le escapa que ambos temas tienen relación con el mismo hecho fundamental: la jerarquización. Les diré de paso que si no comparto determinados principios derivados de Marx, no es extraño que no comparta el lenguaje que describe los hechos, pero seguro que todo esto les suena.

Un pueblo o una nación pueden ser de hecho muchas cosas diferentes pues su apertura a relaciones con el exterior es variable y lo es del mismo modo el número y la importancia de los rasgos simbólicos que los identifican. Los ciudadanos de Alemania y Austria comparten todo lo compartible excepto la nacionalidad. Sin embargo un suizo germanófono y uno francófono apenas comparten otra cosa que la nacionalidad. La nacionalidad no es por lo tanto un factor decisivo para todo lo demás pues las relaciones sociales y familiares o las económicas pueden ser más intensas en una región a través de la frontera entre España y Portugal que entre esa región y otra de cualquiera de los dos países. Debemos partir por tanto de lo real: las relaciones de hecho y desde ahí interpretar el papel de lo simbólico: la nacionalidad y sus marcas culturales, como el idioma.

Las relaciones reales, por lo tanto, se dan con naturalidad entre vecinos con frontera o sin ella y debemos ver qué aporta o qué quita el reconocimiento de un símbolo. Desde el punto de vista de las relaciones de pertenencia, la nacionalidad o el idioma marcan la inclusión en un grupo y la exclusión de otro en grados desde el todo al nada. Y conforme a eso decía en el número anterior que un grupo que se cierra tiende de hecho a ser más exigente con los símbolos y que la recíproca suele ser también verdadera, que un grupo exigente con los símbolos tiende a cerrarse al exterior. Desde el punto de vista de la relación jerárquica ocurre algo similar: si deseas pertenecer al grupo del jefe K, debes compartir sus símbolos y cerrarte a los símbolos ajenos. En tiempos de la reforma protestante en Alemania, el súbdito debía seguir la confesión religiosa de su señor. Lo terrible es que ahora se deba adoptar un idioma para agradar a los poderosos y esto tiene que ver con una jerarquía que tiende a lo totalitario.

Un grupo en conflicto con otro no es lo mismo que dos individuos en conflicto pues la mayoría de cada grupo no está en principio implicada en ninguna rivalidad. Pero si un grupo jerarquizado sigue los intereses de su clase alta o de su máximo dirigente, en general será contra los intereses que de hecho tiene una mayoría de los pertenecientes al grupo. Recordemos que Enrique VIII se separó de la iglesia de Roma sólo para poder divorciarse de su esposa Catalina y eso, aparte de la reforma protestante, obligó a separarse incluso a quien no quiso, para seguir los intereses del rey. Hoy la nacionalidad no es un interés de la población del País Vasco, que se relaciona social y económicamente con sus vecinos sin restricciones, pero puede ser un reconocimiento de quién manda y quién obedece. Nadie consideraría una ventaja romper unas relaciones sociales y económicas establecidas y consolidadas a lo largo de siglos. Sólo serviría para asumir ese valor simbólico de pertenecer a un grupo comandado por una clase que impone sus signos de identidad y romper las relaciones anteriores. Si la nación es eso podemos decir que si Euskadi es una nación, peor para todos, porque significa que somos la tropa del jefe K y no podemos mezclarnos con la población limítrofe sin ser acusados de traidores.

Los más o menos neutrales pueden responder que no hay nada de esto. Pero dos cosas iguales en todas sus partes son simplemente iguales y si voy a tener los mismos derechos y libertades que hasta ahora, entonces ¿qué es eso de la nación independiente? Porque en algún sitio debe de estar la diferencia, aunque está claro que la vemos clarísima a pesar de que nos la quieran tapar con un montón de palabrería de despiste. Los derechos sobre los asuntos propios son nuestros por simple ejercicio de democracia. Para tranquilizar a los suspicaces, ningún residente en Sevilla puede decidir sobre los asuntos municipales de San Sebastián. Pero si pretenden que haya una frontera, ésta debe servir para algo: o para recortar lo que hasta ahora era libre o para que debamos agachar la cabeza ante el imaginario nacionalista. Y simplemente, no nos gusta, no nos conviene y no queremos.

Imaginen que en vez de un grupo político se trata de uno religioso que trata de establecer fronteras tales que se imponga su identidad dentro de ellas. No creo que eso parezca muy democrático, pero se trata de lo mismo que se pretende aquí. Y si trata de ganar este estatus mediante un referendum o unas elecciones, le contestaremos de igual forma porque lo que no es democrático es el fin y objetivo aunque los medios lo parezcan. Y así ni siquiera lo parecen pues los medios se califican por los resultados que proporcionan, no por una intención aparentemente ingenua y desinformada.

Si miramos unos años hacia atrás podemos contrastar lo que es la democracia con lo que era la dictadura. Todos recordamos la uniformidad en los símbolos políticos y culturales y la negación y prohibición de todo lo opuesto. El modelo de estado no dependía de lo que fuese la sociedad sino que se imponía sobre ella e imponía por lo tanto sus propios símbolos y jerarquías. La aprobación de la Constitución es el comienzo de todo lo contrario: la creación de unas leyes y una administración basadas en la identidad y los deseos de los ciudadanos. Por eso las críticas a la imposición de la nacionalidad española resultan tan ridículas. La nacionalidad equivale al reconocimiento de un conjunto de derechos y obligaciones recíprocas. Pero esos derechos y obligaciones no se pueden negar a una parte de la población y ni el más ultranacionalista vasco desea perderlos en la práctica. La ruptura la plantean como si nada importante cambiase y es mucho lo que cambiaría, pues los mercados abiertos y la supresión de controles fronterizos son una cosa de antesdeayer. Y la libertad para mantener un modelo cultural propio no parece compatible con la imposición de nuevas identidades nacionales sino que debe primar lo que el ciudadano elija. La política, la cultura, la religión, ya no se imponen de arriba de la jerarquía hacia la masa del pueblo, sino que salen de él, en todo y con todas las consecuencias.

Otro día más.

Sursum corda!




Arriba
Anterior Siguiente


Sursum corda!