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| Cuando las marcas
culturales son las de un grupo dominante significa que la sociedad se
estructura en torno a los intereses de ese grupo. La presencia de esas
marcas revela que se comparten intereses con
ese grupo y se crean barreras con los portadores de otras marcas
culturales. |
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En el
número anterior comenzábamos viendo el ejemplo del grupo
de gallinas y su carácter jerarquizado. Este carácter
pasa inadvertido en una observación casual, pero la
identificación de cada gallina y la observación
sistemática lo revela con claridad. En el grupo humano sucede
algo similar y de hecho basta un tiempo de convivencia entre distintas
personas para que se desarrollen jerarquías de todo tipo. Puede
haber quien crea que no hay razón para ello, pero si nadie es
idéntico a otro, es natural que algo sea preferido a otra cosa:
lo más fuerte, lo más sano, lo más bello, lo
más inteligente o lo más divertido desde cada punto de
vista individual.
Como el grupo humano es un grupo de alianzas y rivalidades, la
consecuencia de todo lo anterior será que algunas alianzas
serán preferidas a otras y que su valor, llamémoslo de
intercambio, no será necesariamente el mismo. Es decir, que
J puede desear la alianza con K más de lo que K lo desea con
J. Entonces J deberá añadir algo más para
conseguir la alianza y este precio denota una jerarquía en la
que K está por encima de J, al menos en un aspecto. En grupos
animales menos complejos, la jerarquía puede ser sólo de
picotazos o empujones,
pero en el caso humano implica otras relaciones y, sobre todo,
símbolos. El tamaño de un animal o su aspecto saludable
son marcas inequívocas de superioridad para un segundo, pero en
el caso humano no es la
fuerza sino la habilidad en las alianzas la que da la superioridad, de
modo que debe marcarse simbólicamente. No son otra cosa los
galones en la guerrera de un militar o el despacho privilegiado en una
compañía industrial.
Este tema tiene dos puntos de contacto con el tema que estamos
tratando. El primero es el del papel simbólico de determinados
rasgos culturales como marca de jerarquía y
el segundo, el precio que las clases altas de esa jerarquía
hacen pagar a las bajas por los beneficios que supuestamente o de hecho
obtienen. El primer tema, por ejemplo, es el de la postergación
de un idioma en favor de otro como fue el caso del vascuence respecto
del castellano en épocas pasadas y la inversión de la
situación en la presente. Y el segundo el de la creación
de un sentimiento nacional en favor de unos intereses que no suelen ser
generales. Y a nadie se le escapa que ambos temas tienen
relación
con el mismo hecho fundamental: la jerarquización. Les
diré
de paso que si no comparto determinados principios derivados de Marx,
no es extraño que no comparta el lenguaje que describe los
hechos,
pero seguro que todo esto les suena.
Un pueblo o una nación pueden ser de hecho muchas cosas
diferentes pues su apertura a relaciones con el exterior es variable y
lo es del mismo modo el número y la importancia de los rasgos
simbólicos que los identifican. Los ciudadanos de
Alemania y Austria comparten todo lo compartible excepto la
nacionalidad. Sin embargo un suizo germanófono y uno
francófono apenas comparten otra cosa que la nacionalidad. La
nacionalidad no es por lo tanto un factor decisivo para todo lo
demás pues las relaciones sociales y familiares o las
económicas pueden ser más intensas en una región a
través de la frontera entre España y Portugal que entre
esa región y otra de cualquiera de los dos países.
Debemos partir por tanto de lo real:
las relaciones de hecho y desde ahí interpretar el papel de
lo simbólico: la nacionalidad y sus marcas culturales, como
el idioma.
Las relaciones reales, por lo tanto, se dan con naturalidad entre
vecinos con frontera o sin ella y debemos ver qué aporta o
qué quita el reconocimiento de un símbolo. Desde el punto
de vista de las relaciones de pertenencia, la nacionalidad o el idioma
marcan la inclusión en un grupo y la exclusión de otro en
grados desde el todo al nada. Y conforme a eso decía en el
número anterior que un grupo que se cierra tiende de hecho a ser
más exigente con los símbolos y que la recíproca
suele ser también verdadera, que un grupo exigente con los
símbolos tiende a cerrarse al exterior. Desde el punto de vista
de la relación jerárquica ocurre algo similar: si deseas
pertenecer al grupo del
jefe K, debes compartir sus símbolos y cerrarte a los
símbolos ajenos. En tiempos de la reforma protestante en
Alemania, el súbdito debía seguir la confesión
religiosa de su señor. Lo
terrible es que ahora se deba adoptar un idioma para agradar a los
poderosos
y esto tiene que ver con una jerarquía que tiende a lo
totalitario.
Un grupo en conflicto con otro no es lo mismo que dos individuos en
conflicto
pues la mayoría de cada grupo no está en principio
implicada en ninguna rivalidad. Pero si un grupo jerarquizado sigue
los intereses de su clase alta o de su máximo dirigente, en
general
será contra los intereses que de hecho tiene una mayoría
de los pertenecientes al grupo. Recordemos que Enrique VIII se
separó
de la iglesia de Roma sólo para poder divorciarse de su esposa
Catalina y eso, aparte de la reforma protestante, obligó a
separarse
incluso a quien no quiso, para seguir los intereses del rey. Hoy la
nacionalidad no es un interés de la población del
País Vasco, que se relaciona social y económicamente con
sus vecinos sin restricciones, pero puede ser un reconocimiento de
quién manda y quién obedece. Nadie consideraría
una ventaja romper unas relaciones
sociales y económicas establecidas y consolidadas a lo largo de
siglos. Sólo serviría para asumir ese valor
simbólico
de pertenecer a un grupo comandado por una clase que impone sus signos
de identidad y romper las relaciones anteriores. Si la nación es
eso podemos decir que si Euskadi es una nación, peor para todos,
porque significa que somos la tropa del jefe K y no podemos mezclarnos
con la población limítrofe sin ser acusados de traidores.
Los más o menos neutrales pueden responder que no hay nada de
esto. Pero dos cosas iguales en todas sus partes son simplemente
iguales y si voy a tener los mismos derechos y libertades que hasta
ahora, entonces ¿qué es eso de la nación
independiente? Porque en algún sitio debe de estar la
diferencia, aunque está claro que la vemos clarísima a
pesar de que nos la quieran tapar con un montón de
palabrería de
despiste. Los derechos sobre los asuntos propios son nuestros por
simple ejercicio de democracia. Para tranquilizar a los suspicaces,
ningún residente en Sevilla puede decidir sobre los asuntos
municipales de
San Sebastián. Pero si pretenden que haya una frontera,
ésta debe servir para algo: o para recortar lo que hasta ahora
era libre o para que debamos agachar la cabeza ante el imaginario
nacionalista.
Y simplemente, no nos gusta, no nos conviene y no queremos.
Imaginen que en vez de un grupo político se trata de uno
religioso que trata de establecer fronteras tales que se
imponga su identidad dentro de ellas. No creo que eso parezca muy
democrático, pero se trata de lo mismo que se pretende
aquí.
Y si trata de ganar este estatus mediante un referendum o unas
elecciones,
le contestaremos de igual forma porque lo que no es democrático
es el fin y objetivo aunque los medios lo parezcan. Y así ni
siquiera lo parecen pues los medios se califican por los resultados
que proporcionan, no por una intención aparentemente ingenua
y desinformada.
Si miramos unos años hacia atrás podemos contrastar lo
que es la democracia con lo que era la dictadura.
Todos recordamos la uniformidad en los símbolos políticos
y culturales y la negación y prohibición de todo lo
opuesto. El modelo de estado no dependía de lo que fuese la
sociedad
sino que se imponía sobre ella e imponía por lo tanto
sus propios símbolos y jerarquías. La aprobación
de la Constitución es el comienzo de todo lo contrario: la
creación de unas leyes y una administración basadas en
la identidad y los deseos de los ciudadanos. Por eso las
críticas
a la imposición de la nacionalidad española resultan tan
ridículas. La nacionalidad equivale al reconocimiento de un
conjunto de derechos y obligaciones recíprocas. Pero esos
derechos
y obligaciones no se pueden negar a una parte de la población y
ni el más ultranacionalista vasco desea perderlos en la
práctica. La ruptura la plantean como si nada importante
cambiase y es mucho lo que cambiaría, pues los mercados abiertos
y la supresión de controles fronterizos son una cosa de
antesdeayer. Y la libertad para mantener un modelo cultural propio no
parece compatible con la imposición de nuevas identidades
nacionales sino que debe primar lo que el ciudadano elija. La
política, la cultura, la religión, ya no se imponen de
arriba de la jerarquía hacia la masa del pueblo, sino que
salen de él, en todo y con todas las consecuencias.
Otro día más.
Sursum corda!
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