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| Las sociedades se
estructuran como sistemas de alianzas en las que algunas marcas
culturales pueden serlo de pertenencia al grupo. La presencia o
ausencia de tales marcas da información sobre con qué
grupo se comparte alianza. |
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Un
grupo más o menos estable siempre tiene una estructura. Si
observamos, por ejemplo, un grupo de gallinas que se mueven en
libertad, las veremos escarbar y picotear como si ninguna se preocupase
de las otras, pero los investigadores de la conducta han descubierto
que esto no es así. Colocando en un mismo lugar un conjunto de
gallinas tal que cada una no ha visto antes a ninguna de las
demás se produce un elevado número de peleas a picotazos
que va disminuyendo poco a poco, pero no hacia la
amistad universal o la indiferencia sino hacia una estructura ordenada.
Así podemos identificar a cada gallina y elaborar una "matriz de
picoteo" en la que vemos quién pica a quién en cada
encuentro. Suele aparecer una gallina, que los etólogos
denominan alfa, que pica a todas y no es picada por ninguna. Todas le
ceden el terreno y come donde quiere. Y, lamentablemente para la
sensibilidad ecologista, suele aparecer otra que recibe picotazos de
todos lados y que debe retirarse a donde puede. Al cabo de un tiempo,
cada gallina ha aprendido su "posición" y se limita a ceder ante
las que le ganan y a imponerse sobre las que puede dominar, sin
empeñarse en peleas inútiles. Cualquiera se pregunta por
qué someterse a esta situación si hay tanto campo donde
vivir, pero pertenecer a un grupo suele tener ventajas que compensan
esos inconvenientes o, con más claridad: porque no queda otro
remedio.
La complejidad puede ser aún mayor y de hecho existen otras
especies además de la humana en la que las interacciones no son
uno a uno sino de uno a subgrupo o de subgrupo a subgrupo. La
importancia de las alianzas es entonces tanto mayor cuanto lo sea la
capacidad de cada individuo para reconocer otros
individuos con los que establecer alianzas parciales. Un grupo de monos
tiene así una estructura más compleja que la del de
gallinas
y esa complejidad se hace mucho mayor en el grupo humano dada su
capacidad de comunicación verbal y de crear una tradición
cultural. Esta estructura es la que nos debe interesar cuando
analizamos cualquier fenómeno humano, no solamente el valor
individual
sino el papel social de cada elemento de la cultura, cómo se
establecen alianzas en su torno como elemento de unión, de
jerarquización o de simbolismo.
Quizá alguno se resista a dar importancia a
estos factores de estructuración social y crea que todo
transcurre más o menos entre iguales. Pero caería en
el mismo error que el observador accidental del grupo de gallinas.
Si, en cambio, analiza la asimetría de las relaciones no
tendrá
otro remedio que dársela. Cualquiera puede observarse a
sí
mismo y comprobar cómo prefiere a ciertos individuos sobre otros
o cómo teme a algunos más que a otros. El hecho de
aliarse con alguien poderoso es más conveniente que aliarse con
alguien
débil, y cualquiera prefiere a los triunfadores quizá
como
forma de participar de su éxito. Y nadie debería
sorprenderse de eso cuando vemos la desproporcionada atención
que despiertan algunos individuos.
La estructura social es por lo tanto un sistema de
alianzas y jerarquías en el que se establece un orden mediante
relaciones. Una primera relación es la de pertenencia al
grupo y se manifiesta por la ayuda mutua, especialmente contra
el exterior. Esta relación de pertenencia se simboliza con la
adopción de elementos culturales comunes. En los animales
sociales el grupo tiene una base genética y la protección
del familiar es evolutivamente funcional porque protege los genes
comunes. No olvidemos que lo que se suele llamar sociedades animales:
la de las abejas, por ejemplo, son propiamente familias. Una colmena
es el conjunto de una madre fértil, la llamada reina, y sus
hijas
no fértiles, las llamadas obreras, que colaboran con la madre en
su vida y reproducción a través de sus hijas
fértiles, las llamadas nuevas reinas, e hijos, los llamados
zánganos. Los primeros rasgos de pertenencia al grupo son por lo
tanto y primordialmente genéticos: formas, colores y olores
similares. En el grupo humano todos somos bastante próximos
genéticamente, pero sigue existiendo una preferencia por los que
son parecidos. No obstante, el ser humano no tiene unas formas innatas
rígidas de comportamiento sino que aprende a reconocer a los que
forman parte de su grupo y
esto hace mucho más flexible este tipo de relaciones.
La mayoría de las conductas humanas son aprendidas y por lo
tanto tienden a imitar modelos y a formar conjuntos de elementos muy
similares. Por ejemplo los acentos regionales. Pero incluso las formas
de hablar o de moverse, las preferencias por ciertos alimentos o formas
de cocinar, la forma de vestirse, de peinarse o de adornarse tienden a
imitar las del grupo al que se pertenece y son, por lo tanto, elementos
simbólicos que denotan la pertenencia. Todo lo
que es similar pudiendo variar denota la pertenencia a un grupo
común y adquiere ese valor simbólico. No es otra cosa que
información sobre grupos, aunque materialmente sea otra cosa.
Pero debemos recordar que no son las características variables
las que determinan la existencia de un grupo, sino que son tomadas
simbólicamente por éste entre el repertorio de lo que
existe. Un grupo muy exigente en cuanto a la cohesión tiende a
ser igualmente exigente en cuanto al uso de símbolos y el
ejemplo más claro es la uniformidad en el ejército. Y el
caso es el mismo con respecto a la existencia de las modas en el vestir
o en gustos musicales que caracterizan a las llamadas tribus urbanas.
De hecho aparecer con una ropa impropia o manifestar la simpatía
contraria a la de la mayoría
suele acabar en violencia.
Un grupo que tiende a cerrarse sobre sí mismo tiende como hemos
dicho a uniformar todo lo que tenga valor simbólico: el
lenguaje, la religión, la vestimenta. Todo, en fin, lo que pueda
ser una marca de pertenencia. Por el contrario, un grupo abierto ignora
una gran mayoría de esas marcas y se limita a
unas pocas. La sociedad moderna es un ejemplo de grupo abierto en el
que se incluyen multitud de subgrupos pues la complejidad de la
organización económica y social no es compatible con los
grupos cerrados. En el pasado, cada nación e incluso cada
región tenía una economía casi autárquica y
fue la apertura al comercio la que hizo posible tanto en
enriquecimiento económico debido a la especialización y a
la economía de escala como el entendimiento político. En
mi opinión, hay una misma dirección para la apertura
económica, social y política. Todas progresan o todas
retroceden conjuntamente y ese proceso se manifiesta en la
universalización de los símbolos o en su coexistencia y
compatibilidad dentro
de grupos cada vez mayores.
Sin embargo, si un grupo se considera agredido, tiende a asegurarse de
la fidelidad de sus miembros en la misma medida
en que les brinda seguridad y habitualmente da importancia
desproporcionada a alguna de esas marcas de pertenencia. En tiempos
pasados, la religión era una marca decisiva y las discusiones
teológicas se entrelazaban con cuestiones acerca de la fidelidad
al grupo. Uno no podía ser protestante en España ni
católico en Inglaterra a riesgo de acabar en la hoguera en ambos
países. Hoy día en Europa la religión ocupa un
papel muy secundario y ha dejado de ser
marca de grupo, excepto donde las rivalidades son mayores, y ser
protestante o católico en Irlanda del norte por ejemplo, puede
ser cuestión de vida o muerte. Pero el lenguaje puede tener ese
mismo fuerte carácter simbólico en la delimitación
de grupos y, por no buscar casos más cercanos, podemos tomar el
choque entre las comunidades francófona y flamenca en
Bélgica.
Es absurdo negar las relaciones de pertenencia como lo sería
negar el amor de una madre por sus hijos, y lo natural es que cada uno
nos sintamos apegados a nuestros vecinos y a nuestra tierra natal. El
problema comienza cuando estos sentimientos con su carácter
simbólico son utilizados de forma totalitaria, buscando la
uniformidad e invadiendo todos los aspectos de la vida individual y
social. Y el problema es doble pues en estos fenómenos se suelen
desarrollar en paralelo un sentimiento de aislamiento del exterior y
uno de homogeneización en el interior. El primero lleva con
facilidad al enfrentamiento y a la guerra, y con la misma
facilidad, el segundo a la tiranía totalitaria. Hubo una
época en España en la que no se podía pedir
ensaladilla "rusa"
y en la que casi por decreto había que ser amante de la copla.
Hoy luchamos por que situaciones como esa no se repitan en
ningún lado y por detectarlas a tiempo, por mantener abiertas
las relaciones de
ayuda y colaboración con nuestros vecinos en grupos cada vez
más amplios e impedir el cierre hacia el exterior y el cierre de
filas hacia el interior.
Entonces, cuando se pide el derecho a la secesión se está
pidiendo de hecho la ruptura de alguna de las relaciones que existen en
una comunidad que hasta ese momento se ha considerado abierta. Se puede
poner como pretexto las marcas culturales de carácter
simbólico, pero esto no nos debe despistar del objetivo material
que subyace: la ruptura política, social y económica
con parte de la comunidad. La diversidad cultural es posible aun dentro
de la unidad política, social y económica e incluso
dentro de la unidad de muchas otras características culturales.
Por
lo tanto, no es eso lo que se busca salvaguardar, sino imponer un nuevo
marco que afecte a lo material no simbólico.
Por eso es preocupante el propósito secesionista de los
dirigentes nacionalistas, porque si nos preocupa algo no es su uso del
euskera o su afición a la txalaparta, sino su intención
de negarnos los derechos que actualmente poseemos. Supongamos que dicen
que esto no es así. Entonces responderemos que para ese viaje
no hacían falta alforjas y que ya tenemos lo que nos prometen.
Y ellos lo tienen igualmente, pero desean imponer algo más: una
frontera desde la cual hacia dentro son los nacionalistas los que
mandan,
los que imponen sus símbolos, que los demás sólo
podemos aceptar, pero sin ninguna esperanza de que se reconozca nuestra
identidad y nuestra libertad. Secesión de España
sí,
pero dentro, todos pintados de azul, como los pitufos. Podemos recordar
la dictadura de Franco con su uniformidad política y cultural y
cómo votamos la Constitución para acabar con ella y
reconocernos los mismos derechos entre todos los ciudadanos. Eso fue un
avance desde un grupo cerrado a uno abierto con tantos subgrupos como
se desee. Y ahora estamos empeñados en abrirnos a Europa. No
sería deseable
empezar un camino de retroceso.
Pero no menos importante que la relación de
pertenencia es la que implica orden jerárquico, que será
la cuestión para mañana.
Sursum corda!
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