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El pensador 13




Las sociedades se estructuran como sistemas de alianzas en las que algunas marcas culturales pueden serlo de pertenencia al grupo. La presencia o ausencia de tales marcas da información sobre con qué grupo se comparte alianza.
Un grupo más o menos estable siempre tiene una estructura. Si observamos, por ejemplo, un grupo de gallinas que se mueven en libertad, las veremos escarbar y picotear como si ninguna se preocupase de las otras, pero los investigadores de la conducta han descubierto que esto no es así. Colocando en un mismo lugar un conjunto de gallinas tal que cada una no ha visto antes a ninguna de las demás se produce un elevado número de peleas a picotazos que va disminuyendo poco a poco, pero no hacia la amistad universal o la indiferencia sino hacia una estructura ordenada. Así podemos identificar a cada gallina y elaborar una "matriz de picoteo" en la que vemos quién pica a quién en cada encuentro. Suele aparecer una gallina, que los etólogos denominan alfa, que pica a todas y no es picada por ninguna. Todas le ceden el terreno y come donde quiere. Y, lamentablemente para la sensibilidad ecologista, suele aparecer otra que recibe picotazos de todos lados y que debe retirarse a donde puede. Al cabo de un tiempo, cada gallina ha aprendido su "posición" y se limita a ceder ante las que le ganan y a imponerse sobre las que puede dominar, sin empeñarse en peleas inútiles. Cualquiera se pregunta por qué someterse a esta situación si hay tanto campo donde vivir, pero pertenecer a un grupo suele tener ventajas que compensan esos inconvenientes o, con más claridad: porque no queda otro remedio.

La complejidad puede ser aún mayor y de hecho existen otras especies además de la humana en la que las interacciones no son uno a uno sino de uno a subgrupo o de subgrupo a subgrupo. La importancia de las alianzas es entonces tanto mayor cuanto lo sea la capacidad de cada individuo para reconocer otros individuos con los que establecer alianzas parciales. Un grupo de monos tiene así una estructura más compleja que la del de gallinas y esa complejidad se hace mucho mayor en el grupo humano dada su capacidad de comunicación verbal y de crear una tradición cultural. Esta estructura es la que nos debe interesar cuando analizamos cualquier fenómeno humano, no solamente el valor individual sino el papel social de cada elemento de la cultura, cómo se establecen alianzas en su torno como elemento de unión, de jerarquización o de simbolismo.

Quizá alguno se resista a dar importancia a estos factores de estructuración social y crea que todo transcurre más o menos entre iguales. Pero caería en el mismo error que el observador accidental del grupo de gallinas. Si, en cambio, analiza la asimetría de las relaciones no tendrá otro remedio que dársela. Cualquiera puede observarse a sí mismo y comprobar cómo prefiere a ciertos individuos sobre otros o cómo teme a algunos más que a otros. El hecho de aliarse con alguien poderoso es más conveniente que aliarse con alguien débil, y cualquiera prefiere a los triunfadores quizá como forma de participar de su éxito. Y nadie debería sorprenderse de eso cuando vemos la desproporcionada atención que despiertan algunos individuos.

La estructura social es por lo tanto un sistema de alianzas y jerarquías en el que se establece un orden mediante relaciones. Una primera relación es la de pertenencia al grupo y se manifiesta por la ayuda mutua, especialmente contra el exterior. Esta relación de pertenencia se simboliza con la adopción de elementos culturales comunes. En los animales sociales el grupo tiene una base genética y la protección del familiar es evolutivamente funcional porque protege los genes comunes. No olvidemos que lo que se suele llamar sociedades animales: la de las abejas, por ejemplo, son propiamente familias. Una colmena es el conjunto de una madre fértil, la llamada reina, y sus hijas no fértiles, las llamadas obreras, que colaboran con la madre en su vida y reproducción a través de sus hijas fértiles, las llamadas nuevas reinas, e hijos, los llamados zánganos. Los primeros rasgos de pertenencia al grupo son por lo tanto y primordialmente genéticos: formas, colores y olores similares. En el grupo humano todos somos bastante próximos genéticamente, pero sigue existiendo una preferencia por los que son parecidos. No obstante, el ser humano no tiene unas formas innatas rígidas de comportamiento sino que aprende a reconocer a los que forman parte de su grupo y esto hace mucho más flexible este tipo de relaciones.

La mayoría de las conductas humanas son aprendidas y por lo tanto tienden a imitar modelos y a formar conjuntos de elementos muy similares. Por ejemplo los acentos regionales. Pero incluso las formas de hablar o de moverse, las preferencias por ciertos alimentos o formas de cocinar, la forma de vestirse, de peinarse o de adornarse tienden a imitar las del grupo al que se pertenece y son, por lo tanto, elementos simbólicos que denotan la pertenencia. Todo lo que es similar pudiendo variar denota la pertenencia a un grupo común y adquiere ese valor simbólico. No es otra cosa que información sobre grupos, aunque materialmente sea otra cosa. Pero debemos recordar que no son las características variables las que determinan la existencia de un grupo, sino que son tomadas simbólicamente por éste entre el repertorio de lo que existe. Un grupo muy exigente en cuanto a la cohesión tiende a ser igualmente exigente en cuanto al uso de símbolos y el ejemplo más claro es la uniformidad en el ejército. Y el caso es el mismo con respecto a la existencia de las modas en el vestir o en gustos musicales que caracterizan a las llamadas tribus urbanas. De hecho aparecer con una ropa impropia o manifestar la simpatía contraria a la de la mayoría suele acabar en violencia.

Un grupo que tiende a cerrarse sobre sí mismo tiende como hemos dicho a uniformar todo lo que tenga valor simbólico: el lenguaje, la religión, la vestimenta. Todo, en fin, lo que pueda ser una marca de pertenencia. Por el contrario, un grupo abierto ignora una gran mayoría de esas marcas y se limita a unas pocas. La sociedad moderna es un ejemplo de grupo abierto en el que se incluyen multitud de subgrupos pues la complejidad de la organización económica y social no es compatible con los grupos cerrados. En el pasado, cada nación e incluso cada región tenía una economía casi autárquica y fue la apertura al comercio la que hizo posible tanto en enriquecimiento económico debido a la especialización y a la economía de escala como el entendimiento político. En mi opinión, hay una misma dirección para la apertura económica, social y política. Todas progresan o todas retroceden conjuntamente y ese proceso se manifiesta en la universalización de los símbolos o en su coexistencia y compatibilidad dentro de grupos cada vez mayores.

Sin embargo, si un grupo se considera agredido, tiende a asegurarse de la fidelidad de sus miembros en la misma medida en que les brinda seguridad y habitualmente da importancia desproporcionada a alguna de esas marcas de pertenencia. En tiempos pasados, la religión era una marca decisiva y las discusiones teológicas se entrelazaban con cuestiones acerca de la fidelidad al grupo. Uno no podía ser protestante en España ni católico en Inglaterra a riesgo de acabar en la hoguera en ambos países. Hoy día en Europa la religión ocupa un papel muy secundario y ha dejado de ser marca de grupo, excepto donde las rivalidades son mayores, y ser protestante o católico en Irlanda del norte por ejemplo, puede ser cuestión de vida o muerte. Pero el lenguaje puede tener ese mismo fuerte carácter simbólico en la delimitación de grupos y, por no buscar casos más cercanos, podemos tomar el choque entre las comunidades francófona y flamenca en Bélgica.

Es absurdo negar las relaciones de pertenencia como lo sería negar el amor de una madre por sus hijos, y lo natural es que cada uno nos sintamos apegados a nuestros vecinos y a nuestra tierra natal. El problema comienza cuando estos sentimientos con su carácter simbólico son utilizados de forma totalitaria, buscando la uniformidad e invadiendo todos los aspectos de la vida individual y social. Y el problema es doble pues en estos fenómenos se suelen desarrollar en paralelo un sentimiento de aislamiento del exterior y uno de homogeneización en el interior. El primero lleva con facilidad al enfrentamiento y a la guerra, y con la misma facilidad, el segundo a la tiranía totalitaria. Hubo una época en España en la que no se podía pedir ensaladilla "rusa" y en la que casi por decreto había que ser amante de la copla. Hoy luchamos por que situaciones como esa no se repitan en ningún lado y por detectarlas a tiempo, por mantener abiertas las relaciones de ayuda y colaboración con nuestros vecinos en grupos cada vez más amplios e impedir el cierre hacia el exterior y el cierre de filas hacia el interior.

Entonces, cuando se pide el derecho a la secesión se está pidiendo de hecho la ruptura de alguna de las relaciones que existen en una comunidad que hasta ese momento se ha considerado abierta. Se puede poner como pretexto las marcas culturales de carácter simbólico, pero esto no nos debe despistar del objetivo material que subyace: la ruptura política, social y económica con parte de la comunidad. La diversidad cultural es posible aun dentro de la unidad política, social y económica e incluso dentro de la unidad de muchas otras características culturales. Por lo tanto, no es eso lo que se busca salvaguardar, sino imponer un nuevo marco que afecte a lo material no simbólico.

Por eso es preocupante el propósito secesionista de los dirigentes nacionalistas, porque si nos preocupa algo no es su uso del euskera o su afición a la txalaparta, sino su intención de negarnos los derechos que actualmente poseemos. Supongamos que dicen que esto no es así. Entonces responderemos que para ese viaje no hacían falta alforjas y que ya tenemos lo que nos prometen. Y ellos lo tienen igualmente, pero desean imponer algo más: una frontera desde la cual hacia dentro son los nacionalistas los que mandan, los que imponen sus símbolos, que los demás sólo podemos aceptar, pero sin ninguna esperanza de que se reconozca nuestra identidad y nuestra libertad. Secesión de España sí, pero dentro, todos pintados de azul, como los pitufos. Podemos recordar la dictadura de Franco con su uniformidad política y cultural y cómo votamos la Constitución para acabar con ella y reconocernos los mismos derechos entre todos los ciudadanos. Eso fue un avance desde un grupo cerrado a uno abierto con tantos subgrupos como se desee. Y ahora estamos empeñados en abrirnos a Europa. No sería deseable empezar un camino de retroceso.

Pero no menos importante que la relación de pertenencia es la que implica orden jerárquico, que será la cuestión para mañana.

Sursum corda!




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