Sc! Sursum corda!

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El pensador 12




Las naciones sólo son conjuntos de individuos unidos por relaciones de respeto y defensa mutuos de unos mismos derechos para todos. El debate sobre naciones no es sobre entes metafísicos sino sobre esos conjuntos y esos derechos.
A lo largo de los distintos números de esta serie hemos visto cómo la realidad es descrita mediante conceptos y cómo en ocasiones estos conceptos pueden convertirse en el centro de todo, apartando nuestros ojos de la propia realidad y por lo tanto, en vez de ayudarnos a comprenderla, la ocultan. Esto es muy frecuente y ha sido casi norma universal en la historia de la filosofía, que sólo ha progresado en una constante superación de la tentación especulativa. Sin embargo, hay ocasiones en las que este error se utiliza para encubrir situaciones reales en beneficio de quien engaña con los conceptos. Pero es difícil hacer juicios de intenciones y basta con que nos quedemos con lo primero: que a veces las ideas son engañosas.

Para los aficionados al tema es bastante con mencionar como ejemplo la teoría de las ideas platónicas y su crítica por la filosofía aristotélica que, a su vez, cae en las disputas sobre los universales. Hay una tendencia a dar por real lo que sólo son construcciones teóricas y a tomar lo general como si fuese otro individuo. Ciertamente, no nos vamos a lanzar a filosofar por la calle para solucionar ningún problema, pero no nos vendrá mal un poco de filosofía para evitar caer en nuestros propios errores. Y el problema y los enfoques erróneos que nos ocupan aquí son los relativos al tema de los pueblos y naciones.

Podemos decir que existen los seres humanos individuales, pero evidentemente un conjunto de seres humanos no es sino un ente de razón, algo que sólo decimos que existe en cuanto que existen los elementos que lo componen y éstos se encuentran relacionados de algún modo específico. Por ejemplo, si tenemos el conjunto de jugadores de un equipo de fútbol tenemos igualmente el conjunto de los defensas, el de los que han jugado en la selección, el de los zurdos, pero no tenemos más realidades que unos cuantos hombres contratados por un equipo para jugar. Del mismo modo, si decimos que existe un pueblo o una nación no tenemos más que personas con determinadas relaciones, pero nunca unas nuevas realidades además de los seres humanos. Sólo nos queda por lo tanto una pregunta: cuáles son esas relaciones y qué importancia tienen.

Los seres humanos dependemos en casi todos los sentidos de otros seres humanos. En primer lugar, de quienes nos dan la vida y en segundo lugar, de todos los que comparten con nosotros un sistema político, social, cultural y económico. Todas esas relaciones pueden definir conjuntos muy diversos con los mismos seres humanos como elementos, pero no involucran a todos por igual sino que unos por elección y otros por la mera distancia o cualquier obstáculo geográfico se hallan más próximos que otros en tales aspectos. Así que tenemos dos circunstancias más: el aislamiento geográfico y el voluntario.

Hay grupos, especialmente los más primitivos culturalmente que son simples grupos familiares por efecto del aislamiento. Pero cuando se desarrollan las técnicas de aprovechamiento del medio, la agricultura y la ganadería permiten soportar una mayor población en áreas más pequeñas. Este aumento de población hace posible la especialización en diversas tareas y el desarrollo de la artesanía y del comercio. Y en la medida en que aumenta la complejidad social y económica, aumenta la complejidad de la organización política.

Todos esos desarrollos tienden a formar grandes redes de relaciones que crean conjuntos cada vez más amplios en todos los aspectos, pero un conjunto homogéneo no parece ser estable espontáneamente sino que tiende a reorganizarse según las zonas de mayor debilidad en las relaciones. Así lo más económico suele ser la producción local, y lo más razonable, las familias y amistades cercanas y el gobierno próximo a los intereses. Pero eso no implica que se rompan las relaciones a mayor escala pues, si los medios de comunicación son buenos, las barreras físicas o la mera distancia pierden peso frente a la producción y la organización centralizada.

Las mismas circunstancias afectan a todas la relaciones y todas ellas interactúan progresando o retrocediendo en el mismo sentido. Un ejemplo basta. Nadie comercia a larga distancia sin una seguridad acerca de los medios de pago y de la legislación. Da igual qué sea lo primero, pero ambas relaciones deben evolucionar en el mismo sentido. Y lo mismo vale para cualquier tipo de relación que observemos. En resumen, sólo hay dos sentidos: o la apertura o el aislamiento.

Entonces, ciñéndonos a las cuestiones de este foro, podremos decir lo mismo. La producción, las relaciones sociales, culturales y políticas de ámbito local (País Vasco) son el nivel básico imprescindible, pero o nos integramos con nuestros vecinos (de España y de Europa) o tomamos el camino de regreso hacia la prehistoria. Algunos creen que pueden romper unas relaciones pero no otras, a su conveniencia, y ciertamente podemos comprar productos chinos sin vernos mezclados en otros asuntos, pero hay algo que, como el aire, parece sin importancia porque siempre está presente y es esa interconexión en lo económico, en lo jurídico y en lo político que permite que los medios de transporte viajen sin ser asaltados y que incluso en esos casos haya seguros que cubran el riesgo y autoridades encargadas de velar por la seguridad de personas y bienes. Es por lo tanto necesario un ámbito más amplio que el local para este tipo de relaciones en el que todas las partes tengan derechos equivalentes. Y es exclusivamente eso lo que significa la unidad de una nación: la universalidad de unos derechos para sus ciudadanos. Pues ya ni siquiera las naciones son ámbitos cerrados sino que son por necesidad cada vez más interdependientes y podríamos recordar que la unión europea es más un producto de la práctica que de una vocación mística. Y en esos ámbitos cada vez más amplios, todos deseamos tener los mismos derechos y poder defender nuestros intereses y, por lo tanto, será inevitable una interrelación cada vez mayor de los sistemas que siempre citamos.

Son por lo tanto las redes de relaciones las que constituyen las naciones y los pueblos, son los hechos y no los conceptos especulativos. Porque aquí lo único real son las personas y sobre esa base podemos crear conjuntos más o menos arbitrarios, pero siempre tendrá más importancia una relación práctica que dar "vida metafisica" a algo meramente pensado. No existe el universal "pueblo" (en sentido filosófico) sino que sólo es un concepto basado en un conjunto, y ese conjunto es flexible y dinámico, no estático e intemporal. Cuando alguien pregunta si el vasco es una nación, no debemos caer en la tentación especulativa como si estos conceptos fueran algo real en una especie de cielo platónico, sino devolver la pregunta como se hace con las cartas con dirección equivocada y con la nota: qué relaciones desea usted romper y cuáles mantener, qué derechos desea que se ejerciten y cuáles desea suprimir. Con la respuesta a esas preguntas tendremos algo mucho más cercano a la realidad que si nos enredamos discutiendo sobre ideas abstractas. España sólo es un conjunto de ciudadanos con los mismos derechos en todo el territorio y todo lo demás no ha sido sino un estorbo en el progreso. En el País Vasco existen unas relaciones más amplias que las locales ¿desea alguien que se rompan? Esa es la cuestión y no otras.

Y esas relaciones deben estar basadas en la confianza mutua. La acumulación de odios históricos no es sino una barrera que interrumpe la comunicación y nos pone camino de vuelta al paleolítico. Esa confianza incluye el respeto por todos los derechos existentes hasta ahora. Cualquiera aceptaría probablemente un aumento en esos derechos y es realmente agradable pasar a Francia sin más trámite que pagar el peaje de la autopista y con los mismos euros con los que compramos el periódico en el quiosco de siempre. Pero dudo mucho de que nadie quisiese perder sus derechos como ciudadano español y quedar encerrado en un ambito más pequeño y asfixiante.

Si la solución para seguir progresando es el respeto a lo individual y a lo local, es ese respeto el que es necesario reforzar, pero no parece muy sensato recortar lo que ya tenemos para ser menos que lo que somos. Quizá para el ultranacionalista sea suficiente lo que puede ver desde el monte Gorbea, pero yo tengo actualmente el derecho para decidir sobre lo que ocurre en Andalucía y nos interesa a todos y reconozco el mismo derecho al andaluz sobre el puerto de Santurce en lo que le afecte. Y estos derechos no deseo perderlos ni que nadie los pierda. Y mi familia, mis amigos y mi cultura se encuentra afortunadamente tan relacionados con el exterior que no deseo más endogamia. Actualmente soy tan dueño de mis derechos sobre el País Vasco como nunca lo sería con tres propuestas-Ibarretxe por el precio de una, y lo soy igualmente sobre España como siempre lo he sido desde que reconquistamos la democracia. ¿Y alguien quiere menos por el precio de más?

Sursum corda!

En los siguientes números veremos estas mismas cuestiones, pero desde un enfoque ligeramente diferente aunque clarificador a mi juicio, y avanzaremos un poco más. Espero que les aporte algo de su interés.




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