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| Las naciones sólo
son conjuntos de individuos unidos por relaciones de respeto y defensa
mutuos de unos mismos derechos para todos. El debate sobre naciones no
es sobre entes metafísicos sino sobre esos conjuntos y esos
derechos. |
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A lo
largo de los distintos números de esta serie hemos visto
cómo la realidad es descrita mediante conceptos y cómo en
ocasiones estos conceptos pueden convertirse en
el centro de todo, apartando nuestros ojos de la propia realidad y
por lo tanto, en vez de ayudarnos a comprenderla, la ocultan. Esto es
muy frecuente y ha sido casi norma universal en la historia de la
filosofía,
que sólo ha progresado en una constante superación de la
tentación especulativa. Sin embargo, hay ocasiones en las que
este error se utiliza para encubrir situaciones reales en beneficio
de quien engaña con los conceptos. Pero es difícil hacer
juicios de intenciones y basta con que nos quedemos con lo primero:
que a veces las ideas son engañosas.
Para los aficionados al tema es bastante con mencionar como ejemplo la
teoría de las ideas platónicas y
su crítica por la filosofía aristotélica que,
a su vez, cae en las disputas sobre los universales. Hay una tendencia
a dar por real lo que sólo son construcciones teóricas y
a tomar lo general como si fuese otro individuo. Ciertamente, no nos
vamos a lanzar a filosofar por la calle para solucionar ningún
problema, pero no nos vendrá mal un poco de filosofía
para evitar caer en nuestros propios errores. Y el problema y los
enfoques erróneos que nos ocupan aquí son los relativos
al tema
de los pueblos y naciones.
Podemos decir que existen los seres humanos individuales, pero
evidentemente un conjunto de seres humanos no es sino un ente de
razón, algo que sólo decimos que existe en cuanto que
existen los elementos que lo componen y éstos se encuentran
relacionados de algún modo específico. Por ejemplo,
si tenemos el conjunto de jugadores de un equipo de fútbol
tenemos igualmente el conjunto de los defensas, el de los que han
jugado
en la selección, el de los zurdos, pero no tenemos más
realidades que unos cuantos hombres contratados por un equipo para
jugar.
Del mismo modo, si decimos que existe un pueblo o una nación no
tenemos más que personas con determinadas relaciones, pero nunca
unas nuevas realidades además de los seres humanos. Sólo
nos queda por lo tanto una pregunta: cuáles son esas relaciones
y qué importancia tienen.
Los seres humanos dependemos en casi todos los sentidos de otros seres
humanos. En primer lugar, de quienes nos dan la
vida y en segundo lugar, de todos los que comparten con nosotros
un sistema político, social, cultural y económico.
Todas esas relaciones pueden definir conjuntos muy diversos con
los mismos seres humanos como elementos, pero no involucran a todos
por igual sino que unos por elección y otros por la mera
distancia
o cualquier obstáculo geográfico se hallan más
próximos que otros en tales aspectos. Así que tenemos
dos circunstancias más: el aislamiento geográfico y el
voluntario.
Hay grupos, especialmente los más primitivos
culturalmente que son simples grupos familiares por efecto del
aislamiento. Pero cuando se desarrollan las técnicas de
aprovechamiento
del medio, la agricultura y la ganadería permiten soportar
una mayor población en áreas más pequeñas.
Este aumento de población hace posible la especialización
en diversas tareas y el desarrollo de la artesanía y del
comercio.
Y en la medida en que aumenta la complejidad social y económica,
aumenta la complejidad de la organización política.
Todos esos desarrollos tienden a formar grandes redes de relaciones que
crean conjuntos cada vez más amplios en
todos los aspectos, pero un conjunto homogéneo no parece ser
estable espontáneamente sino que tiende a reorganizarse
según las zonas de mayor debilidad en las relaciones. Así
lo más económico suele ser la producción local, y
lo más razonable, las familias y amistades cercanas y el
gobierno próximo a los intereses. Pero eso no implica que se
rompan las relaciones a mayor escala pues, si los medios de
comunicación son buenos, las barreras físicas o la mera
distancia pierden peso frente a la producción y la
organización centralizada.
Las mismas circunstancias afectan a todas la relaciones y todas ellas
interactúan progresando o retrocediendo en
el mismo sentido. Un ejemplo basta. Nadie comercia a larga distancia
sin una seguridad acerca de los medios de pago y de la
legislación. Da igual qué sea lo primero, pero ambas
relaciones deben evolucionar en el mismo sentido. Y lo mismo vale para
cualquier tipo de relación que observemos. En resumen,
sólo hay dos sentidos: o la apertura o el aislamiento.
Entonces, ciñéndonos a las cuestiones de este foro,
podremos
decir lo mismo. La producción, las relaciones sociales,
culturales y políticas de ámbito local (País
Vasco) son el nivel básico imprescindible, pero o nos integramos
con nuestros vecinos (de España y de Europa) o tomamos el camino
de regreso hacia la prehistoria. Algunos creen que pueden romper unas
relaciones pero no otras, a su conveniencia, y ciertamente podemos
comprar productos chinos sin vernos mezclados en otros asuntos, pero
hay algo que, como el aire, parece sin importancia porque siempre
está presente y es esa interconexión en lo
económico, en lo jurídico y en lo político que
permite que los medios de transporte viajen sin ser asaltados y que
incluso en esos casos haya seguros que cubran el riesgo y autoridades
encargadas de velar por la seguridad de personas y bienes. Es por lo
tanto necesario un ámbito más amplio que el local para
este tipo de relaciones en el que todas las partes tengan derechos
equivalentes. Y es exclusivamente eso lo que significa la unidad de una
nación: la universalidad de unos derechos para sus ciudadanos.
Pues ya ni siquiera las naciones son ámbitos cerrados sino que
son por necesidad cada vez más interdependientes y
podríamos recordar que la unión europea es más un
producto de la práctica que de una vocación
mística. Y en esos ámbitos cada vez más amplios,
todos deseamos tener los mismos derechos y poder defender nuestros
intereses y, por lo tanto, será inevitable una
interrelación cada vez mayor de los sistemas que siempre
citamos.
Son por lo tanto las redes de relaciones las que constituyen las
naciones y los pueblos, son los hechos y no los conceptos
especulativos. Porque aquí lo único real son las personas
y sobre esa base podemos crear conjuntos más o menos
arbitrarios, pero
siempre tendrá más importancia una relación
práctica que dar "vida metafisica" a algo meramente pensado. No
existe el
universal "pueblo" (en sentido filosófico) sino que sólo
es un concepto basado en un conjunto, y ese conjunto es flexible y
dinámico, no estático e intemporal. Cuando alguien
pregunta si el vasco es una nación, no debemos caer en la
tentación especulativa como si estos conceptos fueran algo real
en una especie
de cielo platónico, sino devolver la pregunta como se hace
con las cartas con dirección equivocada y con la nota:
qué
relaciones desea usted romper y cuáles mantener, qué
derechos
desea que se ejerciten y cuáles desea suprimir. Con la respuesta
a esas preguntas tendremos algo mucho más cercano a la realidad
que si nos enredamos discutiendo sobre ideas abstractas. España
sólo es un conjunto de ciudadanos con los mismos derechos en
todo el territorio y todo lo demás no ha sido sino un estorbo en
el progreso. En el País Vasco existen unas relaciones más
amplias que las locales ¿desea alguien que se rompan? Esa es la
cuestión y no otras.
Y esas relaciones deben estar basadas en la confianza mutua. La
acumulación de odios históricos no es sino una barrera
que interrumpe la comunicación y nos pone camino de vuelta al
paleolítico. Esa confianza incluye el respeto por todos los
derechos existentes hasta ahora. Cualquiera aceptaría
probablemente un aumento en esos derechos y es realmente agradable
pasar a Francia sin más trámite que pagar el peaje de la
autopista y con los mismos euros con los que compramos el
periódico en el quiosco de siempre. Pero dudo mucho de que nadie
quisiese perder sus derechos como ciudadano español y quedar
encerrado en un ambito más pequeño y asfixiante.
Si la solución para seguir progresando es el
respeto a lo individual y a lo local, es ese respeto el que es
necesario reforzar, pero no parece muy sensato recortar lo que ya
tenemos para ser menos que lo que somos. Quizá para el
ultranacionalista
sea suficiente lo que puede ver desde el monte Gorbea, pero yo tengo
actualmente el derecho para decidir sobre lo que ocurre en
Andalucía
y nos interesa a todos y reconozco el mismo derecho al andaluz sobre
el puerto de Santurce en lo que le afecte. Y estos derechos no deseo
perderlos
ni que nadie los pierda. Y mi familia, mis amigos y mi cultura se
encuentra afortunadamente tan relacionados con el exterior que no deseo
más endogamia. Actualmente soy tan dueño de mis derechos
sobre el País Vasco como nunca lo sería con tres
propuestas-Ibarretxe por el precio de una, y lo soy igualmente sobre
España como
siempre lo he sido desde que reconquistamos la democracia. ¿Y
alguien quiere menos por el precio de más?
Sursum corda!
En los siguientes números veremos estas mismas cuestiones, pero
desde un enfoque ligeramente diferente aunque
clarificador a mi juicio, y avanzaremos un poco más. Espero
que les aporte algo de su interés.
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