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Sursum corda!   Indice general   El sueño de la razón

El pensador 11




Los problemas de nacionalismos requieren para ser resueltos que en su planteamiento se comprenda la naturaleza de los grupos humanos como sujetos a evolución y las fuerzas que los rigen.
El primer paso para resolver un problema es plantearlo correctamente y cuando un problema se resiste a todos nuestros esfuerzos significa que deberíamos replantearlo por si hay algo erróneo que hemos asumido sin crítica. Los filósofos griegos consideraron una difícil paradoja aquella de que el veloz Aquiles jamás adelantaría a una tortuga en una carrera pues para alcanzarla debería atravesar la mitad del camino que los separara inicialmente, y antes, la mitad de la mitad del camino y así hasta un número infinito de segmentos que, por ser infinito, haría irrealizable el intento. Cualquiera podía sobrepasar a una tortuga sin necesidad de tener la velocidad de Aquiles, pero el error del planteamiento no se revela con evidencia hasta la formulación de la teoría matemática moderna con sus conceptos de suma de series y de límites.

En el caso de nuestro País Vasco parece que repetimos sin cesar un error de planteamiento pues la situación no mejora y es evidente que el problema existe. En números anteriores de esta serie he intentado exponer cómo hay factores no racionales que nos predisponen a tomar decisiones erróneas que en vez de permitirnos avanzar nos dejan en peor situación aún. Luego solucionar el problema pasa por replantearlo y examinar qué es lo que nos lleva al fracaso. Durante milenios, la historia de la humanidad ha sido la de unos largos periodos de guerra, separados por breves periodos de relativa paz. Hoy día, prácticamente no se conserva nada en pie de numerosos monumentos de civilizaciones pasadas ni conocemos sus lenguajes, su historia ni su cultura, arrasados por las guerras. Sólo en la segunda mitad del siglo XX, las naciones de Europa se ven obligadas a colaborar y descubren que ninguna de las anteriores guerras les arrastraba fatalmente hacia una nueva. Hasta entonces, la segunda guerra mundial podía considerarse una consecuencia de la primera, ésta una revancha de la francoprusiana que, a su vez podía enlazar con las napoleónicas y así, paso a paso, hasta la división del imperio de Carlomagno, o entre imperio romano y germanos, e incluso más atrás. Pero de pronto, los franceses y alemanes descubren que el vecino no es necesariamente un enemigo y que la colaboración en el plano económico y político lleva a un mayor desarrollo y a un beneficio mutuo. Rota así la cadena de las venganzas y de las rivalidades, Europa puede progresar más que nunca.

Si analizamos el origen de las guerras, no encontramos que los miles de soldados participantes tomados de uno en uno tuviesen nada personal contra los del otro lado ni que se hubiesen planteado invadir o cañonear el territorio contrario. Pero en el plazo de pocos meses se llegan a movilizar millones de soldados y la guerra arrastra hasta a quienes no la desean. Es evidente, entonces, que hay algo superior al individuo medio y que es lo que las desencadena.

Todo conflicto tiene unas circunstancias y depende de ellas en su desarrollo. Por ejemplo, dos personas que necesitan convivir llegan con más dificultad a la pelea y perdonan antes. Sin embargo, dos desconocidos pueden matarse sin ningún remordimiento y más si, dadas las armas modernas, uno no necesita ni ver la cara del otro. Porque incluso dos desconocidos frente a frente tienen la relación humana mínima que es ver unos ojos como los nuestros y que nos miran. Antes del desembarco de Normandía, los comandos aliados fueron entrenados en degollar corderos a cuchillo, más que para perfeccionar el arte del tajo, para superar la repugnancia de cualquier persona a matar cruelmente y a traición. La guerra antigua con espadas y lanzas requería el contacto directo y obligaba a mentalizarse a los guerreros para el salvajismo: unos entraban en combate con cantos, otros se emborrachaban o drogaban y otros incluían rituales de resistencia al sufrimiento o de tortura a los enemigos. Pero siempre había un periodo anterior de creación del espíritu guerrero, que casi nunca es espontáneo.

Una guerra o cualquier conflicto entre grupos se diferencia por lo tanto de los conflictos individuales en que implica a personas que no participan directamente de ninguna rivalidad inicial sino que entran por el mecanismo de alianzas implícito en cualquier sociedad y, por lo tanto, necesitan ser incitadas a la violencia. Además, los que se ven arrastrados a la guerra no tienen objetivamente ningún interés en ella sino todo lo contrario, pues arriesgan una vida o una salud que nadie les podría devolver. Entonces, un grupo entrará más fácilmente en conflicto cuanto más cerrado sea y más participe de una cultura del enfrentamiento.

En números anteriores de esta serie he tratado de plantear cómo el espíritu de grupo llevado al extremo crea un estado de enemistad hacia fuera y un espíritu totalitario hacia dentro. Así se desencadenan las guerras y las tiranías en un perverso binomio que podemos observar con frecuencia. Los motivos que pueden dar lugar a cualquier conflicto existen siempre, pero no son condiciones suficientes para desencadenarlo. Sólo cuando la estructura social se orienta al enfrentamiento, esos motivos dan ocasión a que algo que podría haberse resuelto con el diálogo sea el inicio de una guerra. En ese mismo proceso, los individuos de cada grupo sufren unas exigencias de lealtad cada vez mayores y se llega a la tiranía. El individuo necesita una estructura social para vivir y esa circunstancia es usada para forzar a quienes no desean la guerra para participar en ella.

El conflicto no necesita ni siquiera ser abierto, sino que puede tener lugar lentamente, sin batallas multitudinarias ni enormes destrucciones, pero la situación es similar. Al cabo de un tiempo, además, la situación adquiere "vida propia" y es la propia dinámica de enfrentamiento la que se autoalimenta hasta que el alcance de la destrucción obliga a una parte o a las dos a cesar o disminuir los ataques.

Podemos encontrar por lo tanto hechos que pueden dar lugar a una guerra abierta o soterrada, pero no son las causas propiamente dichas. Podríamos decir que son meros pretextos (sería conveniente recordar aquí al historiador Polibio ya que no lo citamos) para una violencia acumulada socialmente y que se libera de golpe. Así, resulta muy poco útil limitarse a suprimir esos hechos tomados como pretextos si no eliminamos aún en mayor grado esa tensiones acumuladas en cada grupo. Eso no significa que los comienzos de cada conflicto sean siempre banales y que no deban preocuparnos sino que podemos confiar en solucionarlos siempre que no aumentemos la tensión. Por el contrario, descuidar el estado de tensión lleva a que éste aumente según aumentan las ofensas mutuas y su reutilización como forma de crear espíritu guerrero. Y, por otra parte, un estado de tensión siempre busca su pretexto. El trabajo para evitar nuestro conflicto es, por lo tanto, doble: por un lado, resolver las situaciones que puedan dar lugar a enfrentamiento y por otro, disminuir el estado de tensión y las causas que lo originan. Y, como he dicho antes, esto último me parece lo prioritario.

Empecemos por preguntarnos qué es lo que lleva a que un grupo o sociedad esté organizado de una determinada manera y cómo esa organización puede degenerar en una tiranía violenta hacia el exterior y el interior. A mi juicio ese es el primer paso: el planteamiento del problema, para acometer después la solución.

Eso será naturalmente nuestra labor para mañana.

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