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| Los problemas de
nacionalismos requieren para ser resueltos que en su planteamiento se
comprenda la naturaleza de los grupos humanos como sujetos a
evolución y las fuerzas que los rigen. |
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El
primer paso para resolver un problema es plantearlo correctamente y
cuando un problema se resiste a todos nuestros esfuerzos significa que
deberíamos replantearlo por si hay algo erróneo que hemos
asumido sin crítica. Los filósofos griegos consideraron
una difícil paradoja aquella de que el veloz Aquiles
jamás adelantaría a una tortuga en una carrera pues para
alcanzarla debería atravesar la mitad del camino que los
separara inicialmente, y antes, la mitad de la mitad del camino y
así hasta un número infinito de segmentos que, por ser
infinito, haría irrealizable el intento. Cualquiera podía
sobrepasar a una tortuga sin necesidad de tener la velocidad de
Aquiles, pero el error del planteamiento no se revela con evidencia
hasta la formulación de la teoría matemática
moderna con sus conceptos de
suma de series y de límites.
En el caso de nuestro País Vasco parece que
repetimos sin cesar un error de planteamiento pues la situación
no mejora y es evidente que el problema existe. En números
anteriores de esta serie he intentado exponer cómo hay factores
no racionales que nos predisponen a tomar decisiones erróneas
que en vez de permitirnos avanzar nos dejan en peor situación
aún. Luego solucionar el problema pasa por replantearlo y
examinar
qué es lo que nos lleva al fracaso. Durante milenios, la
historia
de la humanidad ha sido la de unos largos periodos de guerra, separados
por breves periodos de relativa paz. Hoy día,
prácticamente no se conserva nada en pie de numerosos monumentos
de civilizaciones
pasadas ni conocemos sus lenguajes, su historia ni su cultura,
arrasados
por las guerras. Sólo en la segunda mitad del siglo XX, las
naciones de Europa se ven obligadas a colaborar y descubren que ninguna
de
las anteriores guerras les arrastraba fatalmente hacia una nueva.
Hasta entonces, la segunda guerra mundial podía considerarse
una consecuencia de la primera, ésta una revancha de la
francoprusiana
que, a su vez podía enlazar con las napoleónicas y
así,
paso a paso, hasta la división del imperio de Carlomagno, o
entre imperio romano y germanos, e incluso más atrás.
Pero de pronto, los franceses y alemanes descubren que el vecino no
es necesariamente un enemigo y que la colaboración en el plano
económico y político lleva a un mayor desarrollo y a
un beneficio mutuo. Rota así la cadena de las venganzas y de las
rivalidades, Europa puede progresar más que nunca.
Si analizamos el origen de las guerras, no encontramos que los miles de
soldados participantes tomados de uno en uno tuviesen nada personal
contra los del otro lado ni que se hubiesen planteado invadir o
cañonear el territorio contrario. Pero en el plazo de pocos
meses se llegan a movilizar millones de soldados y la guerra arrastra
hasta a quienes no la desean. Es evidente, entonces, que
hay algo superior al individuo medio y que es lo que las desencadena.
Todo conflicto tiene unas circunstancias y depende
de ellas en su desarrollo. Por ejemplo, dos personas que necesitan
convivir llegan con más dificultad a la pelea y perdonan antes.
Sin embargo, dos desconocidos pueden matarse sin ningún
remordimiento y más si, dadas las armas modernas, uno no
necesita ni ver la
cara del otro. Porque incluso dos desconocidos frente a frente tienen
la relación humana mínima que es ver unos ojos como
los nuestros y que nos miran. Antes del desembarco de Normandía,
los comandos aliados fueron entrenados en degollar corderos a cuchillo,
más que para perfeccionar el arte del tajo, para superar la
repugnancia de cualquier persona a matar cruelmente y a
traición. La guerra
antigua con espadas y lanzas requería el contacto directo y
obligaba
a mentalizarse a los guerreros para el salvajismo: unos entraban en
combate con cantos, otros se emborrachaban o drogaban y otros
incluían
rituales de resistencia al sufrimiento o de tortura a los enemigos.
Pero
siempre había un periodo anterior de creación del
espíritu guerrero, que casi nunca es espontáneo.
Una guerra o cualquier conflicto entre grupos se diferencia por lo
tanto de los conflictos individuales en que implica a personas que no
participan directamente de ninguna rivalidad inicial sino que entran
por el mecanismo de alianzas implícito en cualquier sociedad y,
por lo tanto, necesitan ser incitadas a la violencia. Además,
los que se ven arrastrados a la guerra no tienen objetivamente
ningún interés en ella sino todo lo contrario, pues
arriesgan una vida o una salud que nadie les podría devolver.
Entonces, un grupo entrará más fácilmente en
conflicto cuanto más cerrado sea y más participe de una
cultura del enfrentamiento.
En números anteriores de esta serie he tratado de plantear
cómo el espíritu de grupo llevado al extremo crea un
estado de enemistad hacia fuera y un espíritu totalitario hacia
dentro. Así se desencadenan las guerras y las tiranías en
un perverso binomio que podemos observar con frecuencia. Los motivos
que pueden dar lugar a cualquier conflicto existen siempre, pero no son
condiciones suficientes para desencadenarlo. Sólo cuando la
estructura social se orienta al enfrentamiento, esos motivos dan
ocasión a que algo que podría haberse resuelto con el
diálogo sea el inicio de una guerra. En ese mismo proceso, los
individuos de cada grupo sufren unas exigencias de lealtad cada vez
mayores y se llega a la tiranía. El individuo necesita una
estructura social para vivir y esa circunstancia es usada para forzar a
quienes no desean la guerra para participar en
ella.
El conflicto no necesita ni siquiera ser abierto,
sino que puede tener lugar lentamente, sin batallas multitudinarias ni
enormes destrucciones, pero la situación es similar. Al
cabo de un tiempo, además, la situación adquiere "vida
propia" y es la propia dinámica de enfrentamiento la que se
autoalimenta hasta que el alcance de la destrucción obliga
a una parte o a las dos a cesar o disminuir los ataques.
Podemos encontrar por lo tanto hechos que pueden dar lugar a una guerra
abierta o soterrada, pero no son las causas
propiamente dichas. Podríamos decir que son meros pretextos
(sería conveniente recordar aquí al historiador Polibio
ya que no lo citamos) para una violencia acumulada socialmente y
que se libera de golpe. Así, resulta muy poco útil
limitarse a suprimir esos hechos tomados como pretextos si no
eliminamos aún en mayor grado esa tensiones acumuladas en cada
grupo.
Eso no significa que los comienzos de cada conflicto sean siempre
banales y que no deban preocuparnos sino que podemos confiar en
solucionarlos
siempre que no aumentemos la tensión. Por el contrario,
descuidar
el estado de tensión lleva a que éste aumente
según aumentan las ofensas mutuas y su reutilización como
forma de crear espíritu guerrero. Y, por otra parte, un estado
de tensión siempre busca su pretexto. El trabajo para evitar
nuestro conflicto es,
por lo tanto, doble: por un lado, resolver las situaciones que puedan
dar lugar a enfrentamiento y por otro, disminuir el estado de
tensión
y las causas que lo originan. Y, como he dicho antes, esto
último
me parece lo prioritario.
Empecemos por preguntarnos qué es lo que lleva a que un grupo o
sociedad esté organizado de una determinada manera y cómo
esa organización puede degenerar en una tiranía violenta
hacia el exterior y el interior. A mi juicio ese es el primer paso: el
planteamiento del problema, para acometer después la
solución.
Eso será naturalmente nuestra labor para mañana.
Sursum corda!
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