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El pensador 9




Dos de los conceptos en juego en la guerra de ideas con los nacionalismos son los de pueblo y nación. Los nacionalismos los pretenden reflejo de realidades eternas, pero su definición ha variado a lo largo de la historia.
Los nacionalistas de este foro y los del mundo real tienen una táctica infalible para "ganar" en el debate y en la política. Si cogemos el balón con la mano nos dicen que el partido es de fútbol, pero en cuanto lo dejamos en el suelo, las reglas cambian y nos encontramos de nuevo jugando al balonmano. El caso más evidente es el del concepto de nación. Supongo que ustedes han leído ya el artículo que José María Ruiz Soroa publicaba en El País y que tan amablemente nos aporta Carlos López (1) y, si no, les recomiendo que lo hagan porque ese aburrido sonsonete de: "los vascos tenemos derecho a decidir" lo desmonta con la sencillez de lo verdadero y de lo evidente. Pero hoy vamos a profundizar algo más en el tema y a ponerles del revés a los nacionalismos unos conceptos tan queridos para ellos como los de pueblo prehistórico y lengua prehistórica. Para lo que haga falta, imagino que contaremos con la colaboración de Bruno (2) en temas de biología molecular y aun de historia.

Como resulta sabido ya para cualquiera con un mínimo interés por la filosofía, nuestras ideas sobre la realidad contienen una buena dosis de teoría y nada es tan evidente y tan inmediato como suponemos en nuestra ingenuidad. No es extraño por lo tanto que para explicarnos el mundo tengamos que recurrir a lo generalmente aceptado. Hoy los estudiantes se ríen de que en la antigüedad algunos pueblos creyeran que el mundo estaba rodeado por arriba y por abajo de agua. Pero es que llueve de arriba y si cavamos un pozo llegamos al nivel freático y aparece agua. Y esto era tan evidente entonces como ahora, sólo que sus teorías no eran suficientemente refinadas.

El concepto de nación ha tenido igualmente diversos desarrollos y aplicaciones a lo largo de la historia. Los griegos lucharon casi unánimemente contra los persas como una especie de deber nacional y la traición de Tebas no se pasó por alto. Los celtas continentales, que no formaron estados hasta la influencia mediterránea, tenían un concepto de etnicidad superior al del pueblo al que pertenecían (helvetii, arverni, boii) y los egipcios lucharon con especial energía contra las diversas dominaciones extranjeras hasta que asirios, babilonios y persas comenzaran una destrucción que se completó bajo griegos, romanos y árabes. Pero sería necesario saber en cada caso qué factores eran los que se tenían en cuenta en cada caso para ser incluido o no dentro de esos grupos. Podía tratarse del linaje, la lengua, la religión o cualquier otra forma cultural. De hecho, el mito celta tiene mucho de romántico y es muy dudoso que los primitivos irlandeses o británicos tuviesen una conciencia de pertenecer a un mismo grupo. Ese concepto romántico de nación o pueblo es una nueva teoría que viene a racionalizar las evidentes similitudes y disimilitudes entre grupos humanos y no tiene por qué haber sido de aplicación antes de que se formulara. Cuando nos hablan de los hunos o de los ostrogodos, tendemos a pensar en pueblos que llegaron de Asia central o de la actual Suecia tan puros y definidos como en la estampa de un libro, pero la realidad es muy diferente. A grupos de un linaje común se sumaban otros procedentes de pueblos derrotados o aliados, o mercenarios individuales, o mujeres y niños raptados. El concepto de nación era quizá muy elástico y reunía a todo el que quisiese colaborar o se sometiese a un jefe. Y es verosímil que el concepto moderno de pueblo comience al ser derrotado el antiguo régimen y verse la necesidad de un sujeto que posea la soberanía y que concite la fidelidad de los ciudadanos y sustituya al señor. Termina así en Europa un ciclo monárquico y feudal y se retorna al concepto más clásico de estado y ciudadano.

Pero si los conceptos de nación o pueblo han variado a lo largo de la historia, es absurdo identificar un sujeto más allá de la historia que haya permanecido inmutable a lo largo de los siglos. En el siglo XIX con los progresos de la biología, se introducen en la teoría sobre pueblos y naciones conceptos como raza pura o caracteres de clasificación. Ponemos cráneo braquicéfalo donde poníamos planta dicotiledónea y ya tenemos una nueva clasificación taxonómica. Añadimos los Rh o algunas características antropométricas y un poco de entusiasmo linneano y aparecen razas y pueblos por todos lados. Y eso se añade y se remueve sobre los conceptos metafísicos románticos. Para redondear la obra se observa también en el siglo XIX que lenguas tan lejanas geográficamente como el latín, el griego o el sánscrito tienen muchas afinidades en léxico y gramática, lo que sugiere una relación, una evolución y un nuevo modo de clasificación. El resultado de añadir una buena dosis de extremismo político convirtió la mezcla en explosiva. Pero antes de que el extremismo nazi floreciera, se había creado y abonado un campo de ideología en el que pueblos indoeuropeos guerreros dominaban a pueblos inferiores en técnica militar o en el uso del carro o del caballo. Quizá los amantes de lo simple lo acortaron un poco y lo dejaron en pueblos inferiores, a secas, pero sin concepto de pueblo netamente diferenciado no sería concebible el de pueblo inferior o superior.

Todo esto no significa que no existan pueblos y naciones sino que la realidad se parece más a una amalgama que a un elemento aislado. Si tenemos en cuenta los avances de las ciencias en biología, lingüística o historia, un montón de conceptos caducos caen por los suelos. Da penita oír como se saca a colación el Rh sin haberse puesto al día en genética de poblaciones y naturalmente el resultado es también irrisorio. O cómo se nos habla de la lengua de los habitantes prehistóricos y pastoriles a los que alguno ya casi imagina con txapela. Un pueblo no es una realidad cerrada y definida sino que es algo parecido a una población en términos genéticos: un conjunto de seres vivos de una especie, es decir, que pueden dar híbridos fértiles por cruzamiento, que están aislados de otras poblaciones por algún tipo de barrera. El cruzamiento dentro una población es, en principio, al azar y, por lo tanto, en ausencia de barreras, toda la especie sería una única población. Pero si existe cualquier tipo de barrera que impida la mezcla de dos poblaciones, los procesos de selección o deriva genética implicados en la evolución, tienden a alterar la frecuencia con la que diferentes cualidades heredables aparecen en cada una de ellas. Como esas cualidades son las que se tienen en cuenta para clasificar taxonómicamente, podremos tener dos variedades, subespecies o llegado el caso dos especies.

Tomemos el caso del Rh. Sin entrar en las intimidades del genotipo, todo ser humano es clasificable como Rh+ o Rh-. Lo que varía en cada población es el porcentaje de cada tipo, No hay un Rh típicamente vasco o no vasco sino una mayor frecuencia de Rh- en la población autóctona. Usted puede encontrar Rh- en Turquía y una buena cantidad de individuos Rh+ en cualquier batzoki. Pero que haya características diferentes en diferentes poblaciones es lo esperable dado un tiempo de aislamiento, por lo cual es necesario precisar que no son las cualidades diferentes las que originan el aislamiento, sino que todo comienza con el aislamiento. Es decir, primero tiene que haber una causa externa que aísle a cada población y después lo esperable es que se vayan diferenciando.

Como el tema da para mucho más, dejamos el resto para mañana.

Sursum corda!


(1) Carlos Lopez y (2) Bruno son otros dos apodos de participantes en el foro. Ver la página personal de Bruno Zabala. (Subir)



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