Sc! Sursum corda!

Sursum corda!   Indice general   El sueño de la razón

El pensador 8




Una de las armas de todo grupo en conflicto son los creadores y difusores de formas culturales. Sin ellos, la fuerza no es suficiente y se pierde la batalla de las ideas, y el nacionalismo tiene los suyos.
En tiempos menos afortunados que los actuales, todos los reyes tenían su bufón, sus poetas, sus pintores y sus cronistas. El bufón se limitaba a divertirles aun a costa de sí mismo. Los poetas, de modo más elegante, lograban con elogios un fin parecido, al igual que los pintores de cámara. Los cronistas retocaban la historia a gusto de su patrón de manera idéntica a como el pintor retocaba las narices de sus retratos, y todos realzaban con sus artes respectivas la imagen de aquéllos a quienes servían, a veces con mucho esfuerzo. Dada cualquier estructura de poder, cada uno de los que participa en ella obtiene un cierto beneficio y aporta su propio esfuerzo, y su papel es importante y merece la recompensa del poderoso si sus bufonadas o sus poemas refuerzan la estructura. Su pago puede ser un simple salario o las esperanzas de obtener otras ventajas, pero durante siglos diversos artistas pusieron sus talentos al servicio de la glorificación y la legitimación de los poderosos y nos quedan palacios, pinturas, esculturas y obras literarias que ponen al patrocinador a gran altura por encima de sus súbditos exaltando la diferencia con respecto a ellos y exigiendo admiración y fidelidad al pueblo. Hoy las cosas han cambiado en lo político, pero sigue habiendo quienes pueden recompensar las alabanzas y las legitimaciones que reciben de partidarios desinteresados o a sueldo.

Entre nosotros tenemos de esos ejemplos y a montones. Algunas personas utilizan su presencia en el mundo de la cultura o de la comunicación como un lugar destacado desde el que hacer su pequeño servicio a la causa nacionalista. Por un lado haciendo la vida más agradable a los dirigentes, que a nadie le disgusta que le llamen padre de la patria. Por otro, llenando nuestros ojos y oídos de las grandes obras que el poder realiza en nuestro beneficio. Pero, por último y más bajo en la escala de lo infame, disimulando y encubriendo los abusos, desmanes y hasta crímenes que se comenten en nombre del nacionalismo vasco. Dicen que cuando el astrónomo señala la luna, el tonto sólo se fija en el dedo y en esta tierra y en este foro hay muchos voluntarios para este papel que cuando les señalan repetidamente los crímenes de ETA o las marrullerías del llamado nacionalismo democrático se ponen a escribir la enciclopedia universal del dedo con ilustraciones. Pero yo no creo que sean tontos en absoluto sino artistas del retoque, del perfil favorecedor, de la idea ilusionante, prestidigitadores de la opinión pública que intentan provocar que todos los demás centremos nuestra atención y nuestras discusiones en el dedo y nos olvidemos de lo importante: que los ciudadanos de un país democrático nos vemos ante el fuego cruzado de los que disparan desde ETA y presionan desde PNV-EA. La espada y la pared.

Tenemos presuntos intelectuales, abertzales con vocación artística y un par de capellanes castrenses dispuestos a distraernos de lo principal. Si hay un asesinato, se saca el fantasma de Franco o del GAL hasta que todos estemos hablado del pasado y nos distraigamos del presente. Si Arzalluz aparece sonriente junto a Otegi y firman pactos para privarnos de nuestros derechos, se nos dice que no podemos confundir nacionalismo con ETA. La cosa es sacar el balón del área aunque sea de un patadón y mandarlo al campo contrario. Son como las actividades de desinformación de los servicios de inteligencia. Una de las actividades previas al desembarco de Normandía consistió en hacer creer a los alemanes que la previsible invasión iba a tener lugar cerca del paso de Calais y, en los días previos, en arrojar desde aviones cargas de pequeñas láminas metálicas que llenasen de señales los radares alemanes. Así les hacían trabajar sobre indicios falsos, perder el tiempo y desviar parte de sus esfuerzos. Algo parecido tienen a su cargo los escritores con tinta de calamar, que sirve para ennegrecerlo todo y confundir. Pero lo que no pueden creer es que no nos hemos dado cuenta. Todos sabemos cómo funcionan la mayoría de los timos: el de la estampita, el tocomocho o los triles, por ejemplo. Siempre hay tres personajes principales: el timador, el pardillo y el cómplice que convence al pardillo de que todo esta bien y al final se reparte las ganancias con el timador. Los papeles están dados y a nosotros sólo nos queda decidir si aceptamos el de pardillos. Y ¿qué ganan estos propagandistas de la fe? Pues nada menos que una opción a subirse al carro del vencedor o hacer oposiciones para futuros héroes nacionales.

Pero hay otra función de los mercenarios de la cultura: la de crear uniformidad y espíritu de grupo. Están cada día más lejanos los tiempos de la "mili" pero aún recuerdo el constante "prrrámpan parámpan" con el que solíamos desfilar. La música podía ser de mejor o peor calidad, pero lo importante era el ritmo que permitía coordinar los pasos con el pie izquierdo. Servía para unir las acciones de numerosos individuos en un fin común. Muchas otras características culturales adquieren la misma función, y la forma de vestir, de hablar y aun de moverse clasifican al individuo dentro de grupos perfectamente conocidos. Del mismo modo que el ritmo de los tambores, parecen una cosa pero sirven para otra bien distinta. Según la primera función, la de consolidar el poder, incluso despiertan el entusiasmo de los que desfilan y les transmiten la idea de que están en un papel importante dentro de un obra importante. La "moral de la tropa" es ese estado de ánimo que cree en lo que hace y en su importancia, que convence de las posibilidades de victoria y de que se va estar entre los ganadores. Aquí leemos con frecuencia a nacionalistas diciendo eso de que "vamos a seguir ganando y gobernando". Son como los actores famosos que visitaban en el frente a las tropas norteamericanas en la Segunda Guerra Mundial. No parece que se plantean las sucesivas elecciones como procesos democráticos que unas veces darán un resultado y otras el contrario sino como batallas dentro de una guerra, y ellos se encargan de animar a la tropa. Según la segunda función, la de marcar el paso, esa culturilla de parvulario con sus accidentes geográficos y héroes históricos, forja luchadores para la causa y mantiene las filas organizadas. Sería terrible que empezasen a cuestionar las ordenes de la superioridad y la estrategia en plena batalla, que así la ven.

Otro día más.

Sursum corda!




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