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| Una de las armas de todo
grupo en conflicto son los creadores y difusores de formas culturales.
Sin ellos, la fuerza no es suficiente y se pierde la batalla de las
ideas, y el nacionalismo tiene los suyos. |
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En
tiempos menos afortunados que los actuales, todos los reyes
tenían su bufón, sus poetas, sus pintores y sus
cronistas. El bufón se limitaba a divertirles aun a costa de
sí mismo. Los poetas, de modo más elegante, lograban
con elogios un fin parecido, al igual que los pintores de
cámara. Los cronistas retocaban la historia a gusto de su
patrón de manera idéntica a como el pintor retocaba las
narices de sus retratos,
y todos realzaban con sus artes respectivas la imagen de
aquéllos
a quienes servían, a veces con mucho esfuerzo. Dada cualquier
estructura de poder, cada uno de los que participa en ella obtiene un
cierto beneficio y aporta su propio esfuerzo, y su papel es importante
y merece la recompensa del poderoso si sus bufonadas o sus poemas
refuerzan la estructura. Su
pago puede ser un simple salario o las esperanzas de obtener otras
ventajas, pero durante siglos diversos artistas pusieron sus talentos
al servicio
de la glorificación y la legitimación de los poderosos y
nos quedan palacios, pinturas, esculturas y obras literarias que ponen
al patrocinador a gran altura por encima de sus súbditos
exaltando
la diferencia con respecto a ellos y exigiendo admiración y
fidelidad
al pueblo. Hoy las cosas han cambiado en lo político, pero sigue
habiendo quienes pueden recompensar las alabanzas y las legitimaciones
que reciben de partidarios desinteresados o a sueldo.
Entre nosotros tenemos de esos ejemplos y a montones. Algunas personas
utilizan su presencia en el mundo de la cultura o de la
comunicación como un lugar destacado desde el que hacer
su pequeño servicio a la causa nacionalista. Por un lado
haciendo
la vida más agradable a los dirigentes, que a nadie le disgusta
que le llamen padre de la patria. Por otro, llenando nuestros ojos
y oídos de las grandes obras que el poder realiza en nuestro
beneficio.
Pero, por último y más bajo en la escala de lo infame,
disimulando y encubriendo los abusos, desmanes y hasta crímenes
que se comenten en nombre del nacionalismo vasco. Dicen que cuando el
astrónomo señala la luna, el tonto sólo se fija en
el dedo y en esta tierra y en este foro hay muchos voluntarios para
este papel que cuando les señalan repetidamente los
crímenes de ETA o las marrullerías del llamado
nacionalismo democrático se ponen a escribir la enciclopedia
universal del dedo con ilustraciones. Pero yo no creo que sean tontos
en absoluto sino artistas del retoque, del perfil favorecedor, de la
idea ilusionante, prestidigitadores de la opinión pública
que intentan provocar que todos los demás centremos nuestra
atención y nuestras discusiones en el dedo y nos olvidemos de lo
importante: que los ciudadanos de un país democrático nos
vemos ante el fuego cruzado de los que disparan desde ETA y presionan
desde PNV-EA. La espada y la pared.
Tenemos presuntos intelectuales,
abertzales con vocación artística y un par de capellanes
castrenses dispuestos a distraernos de lo principal. Si hay un
asesinato, se saca
el fantasma de Franco o del GAL hasta que todos estemos hablado del
pasado
y nos distraigamos del presente. Si Arzalluz aparece sonriente junto a
Otegi y firman pactos para privarnos de nuestros derechos, se nos dice
que no podemos confundir nacionalismo con ETA. La cosa es sacar el
balón del área aunque sea de un patadón y mandarlo
al campo contrario. Son como las actividades de desinformación
de los servicios de
inteligencia. Una de las actividades previas al desembarco de
Normandía
consistió en hacer creer a los alemanes que la previsible
invasión
iba a tener lugar cerca del paso de Calais y, en los días
previos,
en arrojar desde aviones cargas de pequeñas láminas
metálicas que llenasen de señales los radares alemanes.
Así les hacían trabajar sobre indicios falsos, perder el
tiempo y desviar parte de
sus esfuerzos. Algo parecido tienen a su cargo los escritores con tinta
de calamar, que sirve para ennegrecerlo todo y confundir. Pero lo que
no pueden creer es que no nos hemos dado cuenta. Todos sabemos
cómo
funcionan la mayoría de los timos: el de la estampita, el
tocomocho
o los triles, por ejemplo. Siempre hay tres personajes principales: el
timador, el pardillo y el cómplice que convence al pardillo de
que todo esta bien y al final se reparte las ganancias con el timador.
Los papeles están dados y a nosotros sólo nos queda
decidir
si aceptamos el de pardillos. Y ¿qué ganan estos
propagandistas
de la fe? Pues nada menos que una opción a subirse al carro del
vencedor o hacer oposiciones para futuros héroes nacionales.
Pero hay otra función de los mercenarios de la cultura: la de
crear uniformidad y espíritu de grupo. Están cada
día más lejanos los tiempos de la "mili" pero aún
recuerdo el constante "prrrámpan parámpan" con el que
solíamos desfilar. La música podía ser de mejor o
peor calidad, pero lo importante era el ritmo que permitía
coordinar los pasos con el pie izquierdo. Servía para unir las
acciones de numerosos individuos en un fin común. Muchas otras
características culturales adquieren la misma función, y
la forma de vestir, de hablar y aun de moverse clasifican al individuo
dentro de grupos perfectamente conocidos. Del mismo modo que el ritmo
de los tambores, parecen una cosa pero sirven para otra bien distinta.
Según la primera función, la de consolidar el poder,
incluso despiertan el entusiasmo de los que desfilan y les transmiten
la idea de que están en un papel importante dentro de un obra
importante. La "moral de la tropa" es ese estado de ánimo que
cree en lo que hace y en su importancia, que convence de las
posibilidades de victoria y de que se va estar entre los ganadores.
Aquí leemos con frecuencia a nacionalistas diciendo eso de que
"vamos a seguir ganando y gobernando". Son como los actores famosos que
visitaban en el frente a las tropas norteamericanas en la Segunda
Guerra Mundial. No parece
que se plantean las sucesivas elecciones como procesos
democráticos que unas veces darán un resultado y otras el
contrario sino como batallas dentro de una guerra, y ellos se encargan
de animar a la tropa. Según la segunda función, la de
marcar el paso, esa culturilla de parvulario con sus accidentes
geográficos y héroes históricos, forja luchadores
para la causa y mantiene las filas organizadas. Sería terrible
que empezasen a cuestionar las ordenes de la superioridad y
la estrategia en plena batalla, que así la ven.
Otro día más.
Sursum corda!
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