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| Los nacionalismos, como
los populismos y otros grupos que basan su estructura en el victimismo,
tienden a exigir una férrea disciplina interna para luchar
contra un enemigo que imaginan como causa de sus males. |
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Las
masas humanas, como las materiales, tienen una especie de ley de
inercia propia: tienden a seguir siendo lo que son si una causa no lo
altera y esta resistencia inercial es mayor cuanto mayor es la masa. A
masa más pequeña, más fácil se la lleva el
viento (estas son observaciones con humor, para que el ambiente sea
distendido y no un intento de crear ciencia sociológica). El
nombre de inercia viene de una analogía con la incapacidad de
hacer algo (in-, ars, artis, la Física se refiere a otra cosa),
pero también puede ser una analogía con la pereza mental
y con el miedo de los grupos a perder esos referentes absolutos que les
dan cohesión, y que forzosamente resulta en un efecto
anticrítico o antidisidente. El grupo da la fuerza de la
colaboración
y los factores que dan cohesión son vistos como muy valiosos
(ver 6 de esta serie) de modo que quien los pone en duda se
sitúa
fuera del pacto de alianza incondicional y, por así decir, deja
de pagar la prima del seguro de ayuda mutua. Ya no se sabe si
vendrá a socorrernos en caso de peligro y por lo tanto es mejor
no invertir nuestros esfuerzos en él. ¿Nos abandona? pues
le abandonamos.
En el 6 de la serie ya teníamos formado el grupo nacionalista en
torno a una idea absoluta: la Euzkadi intemporal e inmortal de Sabino y
los demás factores de cohesión: la lengua, la
religión, los apellidos. A partir de aquí el ajeno es
más ajeno cada vez: un rival, un enemigo, y el compañero
más un conmilitón, un camarada en la lucha. Y las
relaciones entre ambos irán necesariamente degenerando hacia
la pelea y la guerra. Pero evidentemente, la legitimación
ideológica presentará siempre el conflicto como resultado
de una agresión exterior, ya no vivimos en épocas
heroicas y es mejor explotar el victimismo. El problema ha dejado de
ser algo sentido o pensado, algo intelectual o moral, para pasar a ser
un
enfrentamiento social, no muy diferente a como se producen las guerras
de religión o las trifulcas entre aficionados de equipos de
fútbol
rivales. En principio, Dios pide el amor y el deporte es cambiar del
trabajo a la actividad libre, de diversión, pero
inexplicablemente
el amor acaba en miles de muertos y la diversión en lamentables
escenas de violencia. Inexplicable, salvo porque las ideas
fundamentales
han adquirido un nuevo papel: no se trata ya de religión o de
actividad física sino de la contraseña para pertenecer
a un grupo cerrado que tiende a la violencia. Hay una historieta sobre
un individuo en Belfast al que en plena noche encañonan y
preguntan: "¿protestante o católico?" Por si eran unos u
otros el
individuo contesta: "ateo", a lo que los de las pistolas le responden:
"pero ¿ateo protestante o ateo católico?".
Es claro que los intereses humanos más diversos se defienden
mejor en coaliciones y el nacionalismo vasco ha formado una tanto para
el ataque como para la defensa. El papel de la dictadura de Franco y de
la desmotivación política y las rivalidades entre derecha
e izquierda han sido muy importantes en el ascenso de esta
ideología, pero lo preocupante no es sólo la base
ideológica o su desarrollo histórico sino el
carácter de grupo en guerra contra el "enemigo exterior" que ha
tenido en distintos momentos y que desarrolla en la actualidad. Puede
contraargumentarse que el nacionalismo vasco ha sufrido ataques.
Cierto. Pero la finalidad de muchos de sus militantes no es el acuerdo
y las renuncias mutuas, sino el maximalismo en las exigencias y la
contundencia en los actos. De
ese modo es difícil ganar amigos y más bien se va
agravando la situación. Y si a la ilegitimidad de ejercicio
añadimos la de origen, como es diseñarse un
paraíso ideal sólo para abertzales del que quedamos
excluidos todos los que no renegamos de nuestra idea política ni
de nuestro país, nuestras raíces, cultura o lenguaje,
convendremos en que su voluntad para "llevarnos bien" es
ciertamente escasa. Además tiene un aspecto, digamos, feo,
utilizar un marco político de libertades para destruirlo y crear
otro en el que parte de los ciudadanos pasamos a ser extranjeros en
nuestro propio país, los mismos ciudadanos que votamos las leyes
que les permiten gobernar.
Evidentemente, no nos gusta, no nos conviene
y nos negamos, pero hasta ahora nuestras respuestas son individuales y
poco organizadas, más todavía cuando hay quienes prestan
oídos a los cantos de
sirena (con bellos cantos las sirenas atraían a los marinos
hasta
las rocas, donde naufragaban) contra la colaboración
constitucional PP-PSE-EB. A EB ya la han llevado a las rocas con un
personaje de cuidado al mando del barco. Con respecto a los otros dos
partidos, dan palos al PSE
("hemos gobernado tapándonos la nariz") y zanahorias
(colaboración contra la derecha española) y abundantes
palos al PP, del que no esperan colaboración. Pero la historia
la conocemos todos. Aun así, la fuerza de los hechos
reúne muchos de los esfuerzos de estos dos partidos, que no
tienen la desvergüenza de PNV-EA para presentarse a las
últimas elecciones autonómicas como ¡tres! grupos,
uno por provincia, aplicarse la ley D'Hont, que beneficia a las
mayorías, como ¡uno! solo y formar ¡dos! grupos
parlamentarios. Y después de obtener esta singular
mayoría que no les permite ni gobernar ni aprobar presupuestos,
dicen que los demás no aceptan los resultados. Deben de creer
que los votos son para siempre y que nunca van a perder unas elecciones.
Esto no sería muy sorprendente si se tratase sólo de
palabras, pero el nacionalismo ha creado una fractura social, de la que
tienen la desfachatez de acusar a los demás, con la que
sitúan a todos los "españoles" en el objetivo de sus
programas de ingeniería social. Es verdad que a ETA no es
necesario
marcarle los objetivos, pero el nacionalismo tiene los mismos enemigos
y por su parte les atiza con lo que tiene, incluso acusándoles
de beneficiarse de los muertos. Todo un alarde de estilo y saber estar
¡sí señor! Y añadamos los sindicatos afines,
los chanchullos empresariales y demás caciquismos que este foro
denuncia sin cesar. Pero quien no se calla, quien expone la
situación, es acusado de dividir la sociedad. En fin, estamos
como la señora con un ojo morado que recibe a una amiga.
Ésta le pregunta por cómo la trata su marido a lo que la
primera responde bajando la voz: "no puedo quejarme" . La amiga
insiste: "o sea, que ¿te va bien?", a lo que la del
moratón responde bajando aún más la voz:
"digo que no ¡puedo! quejarme". Y en esta zurra participan
voluntarios como el particular que señala a "esos del PP", el
que sabiendo
calla, el que arma ruido para distraer la atención y por
último,
los maestros del disimulo, catedráticos del engaño,
embaucadores de charleta, repartidores de indulgencias sin
arrepentimiento, escritores con tinta de calamar, bufones de su
señor, trileros de la noticia, equilibristas de la moral,
duermeconciencias, tapavergüenzas, y
banda de música. ¡Culpables también todos ellos!
Mañana más.
Sursum corda!
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