Sc! Sursum corda!

Sursum corda!   Indice general   El sueño de la razón

El pensador 7




Los nacionalismos, como los populismos y otros grupos que basan su estructura en el victimismo, tienden a exigir una férrea disciplina interna para luchar contra un enemigo que imaginan como causa de sus males.
Las masas humanas, como las materiales, tienen una especie de ley de inercia propia: tienden a seguir siendo lo que son si una causa no lo altera y esta resistencia inercial es mayor cuanto mayor es la masa. A masa más pequeña, más fácil se la lleva el viento (estas son observaciones con humor, para que el ambiente sea distendido y no un intento de crear ciencia sociológica). El nombre de inercia viene de una analogía con la incapacidad de hacer algo (in-, ars, artis, la Física se refiere a otra cosa), pero también puede ser una analogía con la pereza mental y con el miedo de los grupos a perder esos referentes absolutos que les dan cohesión, y que forzosamente resulta en un efecto anticrítico o antidisidente. El grupo da la fuerza de la colaboración y los factores que dan cohesión son vistos como muy valiosos (ver 6 de esta serie) de modo que quien los pone en duda se sitúa fuera del pacto de alianza incondicional y, por así decir, deja de pagar la prima del seguro de ayuda mutua. Ya no se sabe si vendrá a socorrernos en caso de peligro y por lo tanto es mejor no invertir nuestros esfuerzos en él. ¿Nos abandona? pues le abandonamos.

En el 6 de la serie ya teníamos formado el grupo nacionalista en torno a una idea absoluta: la Euzkadi intemporal e inmortal de Sabino y los demás factores de cohesión: la lengua, la religión, los apellidos. A partir de aquí el ajeno es más ajeno cada vez: un rival, un enemigo, y el compañero más un conmilitón, un camarada en la lucha. Y las relaciones entre ambos irán necesariamente degenerando hacia la pelea y la guerra. Pero evidentemente, la legitimación ideológica presentará siempre el conflicto como resultado de una agresión exterior, ya no vivimos en épocas heroicas y es mejor explotar el victimismo. El problema ha dejado de ser algo sentido o pensado, algo intelectual o moral, para pasar a ser un enfrentamiento social, no muy diferente a como se producen las guerras de religión o las trifulcas entre aficionados de equipos de fútbol rivales. En principio, Dios pide el amor y el deporte es cambiar del trabajo a la actividad libre, de diversión, pero inexplicablemente el amor acaba en miles de muertos y la diversión en lamentables escenas de violencia. Inexplicable, salvo porque las ideas fundamentales han adquirido un nuevo papel: no se trata ya de religión o de actividad física sino de la contraseña para pertenecer a un grupo cerrado que tiende a la violencia. Hay una historieta sobre un individuo en Belfast al que en plena noche encañonan y preguntan: "¿protestante o católico?" Por si eran unos u otros el individuo contesta: "ateo", a lo que los de las pistolas le responden: "pero ¿ateo protestante o ateo católico?".

Es claro que los intereses humanos más diversos se defienden mejor en coaliciones y el nacionalismo vasco ha formado una tanto para el ataque como para la defensa. El papel de la dictadura de Franco y de la desmotivación política y las rivalidades entre derecha e izquierda han sido muy importantes en el ascenso de esta ideología, pero lo preocupante no es sólo la base ideológica o su desarrollo histórico sino el carácter de grupo en guerra contra el "enemigo exterior" que ha tenido en distintos momentos y que desarrolla en la actualidad. Puede contraargumentarse que el nacionalismo vasco ha sufrido ataques. Cierto. Pero la finalidad de muchos de sus militantes no es el acuerdo y las renuncias mutuas, sino el maximalismo en las exigencias y la contundencia en los actos. De ese modo es difícil ganar amigos y más bien se va agravando la situación. Y si a la ilegitimidad de ejercicio añadimos la de origen, como es diseñarse un paraíso ideal sólo para abertzales del que quedamos excluidos todos los que no renegamos de nuestra idea política ni de nuestro país, nuestras raíces, cultura o lenguaje, convendremos en que su voluntad para "llevarnos bien" es ciertamente escasa. Además tiene un aspecto, digamos, feo, utilizar un marco político de libertades para destruirlo y crear otro en el que parte de los ciudadanos pasamos a ser extranjeros en nuestro propio país, los mismos ciudadanos que votamos las leyes que les permiten gobernar.

Evidentemente, no nos gusta, no nos conviene y nos negamos, pero hasta ahora nuestras respuestas son individuales y poco organizadas, más todavía cuando hay quienes prestan oídos a los cantos de sirena (con bellos cantos las sirenas atraían a los marinos hasta las rocas, donde naufragaban) contra la colaboración constitucional PP-PSE-EB. A EB ya la han llevado a las rocas con un personaje de cuidado al mando del barco. Con respecto a los otros dos partidos, dan palos al PSE ("hemos gobernado tapándonos la nariz") y zanahorias (colaboración contra la derecha española) y abundantes palos al PP, del que no esperan colaboración. Pero la historia la conocemos todos. Aun así, la fuerza de los hechos reúne muchos de los esfuerzos de estos dos partidos, que no tienen la desvergüenza de PNV-EA para presentarse a las últimas elecciones autonómicas como ¡tres! grupos, uno por provincia, aplicarse la ley D'Hont, que beneficia a las mayorías, como ¡uno! solo y formar ¡dos! grupos parlamentarios. Y después de obtener esta singular mayoría que no les permite ni gobernar ni aprobar presupuestos, dicen que los demás no aceptan los resultados. Deben de creer que los votos son para siempre y que nunca van a perder unas elecciones.

Esto no sería muy sorprendente si se tratase sólo de palabras, pero el nacionalismo ha creado una fractura social, de la que tienen la desfachatez de acusar a los demás, con la que sitúan a todos los "españoles" en el objetivo de sus programas de ingeniería social. Es verdad que a ETA no es necesario marcarle los objetivos, pero el nacionalismo tiene los mismos enemigos y por su parte les atiza con lo que tiene, incluso acusándoles de beneficiarse de los muertos. Todo un alarde de estilo y saber estar ¡sí señor! Y añadamos los sindicatos afines, los chanchullos empresariales y demás caciquismos que este foro denuncia sin cesar. Pero quien no se calla, quien expone la situación, es acusado de dividir la sociedad. En fin, estamos como la señora con un ojo morado que recibe a una amiga. Ésta le pregunta por cómo la trata su marido a lo que la primera responde bajando la voz: "no puedo quejarme" . La amiga insiste: "o sea, que ¿te va bien?", a lo que la del moratón responde bajando aún más la voz: "digo que no ¡puedo! quejarme". Y en esta zurra participan voluntarios como el particular que señala a "esos del PP", el que sabiendo calla, el que arma ruido para distraer la atención y por último, los maestros del disimulo, catedráticos del engaño, embaucadores de charleta, repartidores de indulgencias sin arrepentimiento, escritores con tinta de calamar, bufones de su señor, trileros de la noticia, equilibristas de la moral, duermeconciencias, tapavergüenzas, y banda de música. ¡Culpables también todos ellos!

Mañana más.

Sursum corda!




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