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Sursum corda!   Indice general   El sueño de la razón

El pensador 6




El nacionalismo, como espíritu de grupo cerrado, suele tener dos características: la confianza absoluta en sus dogmas y la obsesión de que los que le rodean son sus enemigos.
Los principios de la razón y la libertad podríamos basarlos sin mucho esfuerzo en el sofista griego: el hombre es la medida de todas las cosas. Estos principios han alumbrado la marcha del ser humano a lo largo de la historia como luces lejanas en medio de amplios espacios de oscuridad. No bastaban ni para leer un papelito, pero marcaban el camino. Frecuentemente cada individuo, cada grupo, necesita, busca y construye o adopta algo fuerte y seguro contra los peligros y la incertidumbre. Siguiendo con el ejemplo, si las luces están lejos nos dirigiremos a cualquier covacha antes que dormir al raso.

Recordando el teorema de la bicicleta, una idea cualquiera, aun la mejor, es mirada con sospecha al principio, pero si son muchos los que la comparten atrae a otros haciéndoles creer que o bien tantos no se pueden equivocar o bien es mejor tener compañeros fieles aunque sea en el error compartido. Se dice que cuando un ciego guía a otro ciego ambos acaban cayendo en el mismo agujero, pero con frecuencia el camino es largo antes de caer y ambos ciegos llegan a convencerse de que tienen un especial olfato. Sin embargo lo racional es presentar cada idea como lo que es: insegura y necesitada de revisión, y evidentemente esto no da las garantías de seguridad que busca el temeroso. En cambio, cuando las ideas se presentan como un absoluto, dadas por Dios, por el desarrollo inevitable de la historia, por la naturaleza o lo que se quiera que da prestigio, no es un pobre hombre el que habla: se trata de un profeta y sus palabras son indiscutibles. Entonces la razón se levanta para protestar y dice que una idea es una idea por más que uno se suba a un monte para proclamarla, pero muchos se vuelven contra ella. Nadie quiere volver a la incertidumbre y al miedo a lo desconocido. Y el nacionalismo es una de esas ideas absolutas que sirve para congregar a un gran número de fieles.

El ser humano es relativamente débil como cazador, lento tanto para cazar como para huir, sus sentidos no son muy agudos y no hay parte de su cuerpo que parezca especialmente adaptada a una función concreta, y la mano, que es lo más adecuado para el manejo de cosas con precisión, debe además ser fuerte para cargar o golpear. La inteligencia es su gran arma, pero aislado desde su nacimiento carecería de las capacidades más elementales para sobrevivir, e incluso, dentro de grupos pequeños su cultura no llega a ser sino elemental. Al fin y al cabo cada persona no puede poseer más que un número limitado de conocimientos. La estrategia fundamental del ser humano para triunfar ha sido la organización social. De recién nacido no necesita ser un cazador eficaz, como la serpiente, y no debe confiar sólo en sí mismo ni siquiera de adulto, sino que la colaboración le proporciona su fuerza y una inteligencia compartida, que es la cultura. Pensemos que muchas funciones que nuestra cultura social nos da hechas: fabricar un cuchillo, por ejemplo, serían algo inalcanzable para un solitario pues las técnicas de tallado de la piedra se desarrollaron a lo largo de miles de años. Y qué pensar si no, de la medicina o de la construcción. Así un ataque en grupo contra cualquier gran animal tendrá muchas más probabilidades de éxito que todos los ataques individuales que pudieran sumar sus miembros.

Pero la vida social se basa en la confianza, aún más, en una certeza suficiente de que el compañero no es un enemigo y en una valoración relativamente exacta de lo que se puede esperar de cada compañero individualmente y por grupos. En cada conjunto de individuos que tienen un conocimiento suficiente unos de otros se crean alianzas tácitas o explícitas, acuerdos en relación con asuntos determinados, que permiten saber quién es un potencial colaborador y quién un rival y se valora la certeza acerca de esa colaboración. Por lo tanto se valora con la máxima seguridad un acuerdo que se entiende como inviolable, no como meramente provisional y que ha sido puesto a prueba repetidamente con éxito. Uno siempre puede dudar de la palabra de un vecino, pero da su máxima confianza a alguien que se compromete a morir por una idea común o por unos ritos o libros que todos tienen por sagrados. La familia o el clan funcionan como redes de solidaridad donde unos miembros corren a defender a los otros y cada uno tiene una certeza razonable de que puede afrontar un peligro porque los demás acudirán en su ayuda. Pero la idea de familia o clan no se entiende entonces como una relación más o menos superficial de parentesco, sino como algo que obliga a ayudar y que desacredita a quien no lo hace y lo castiga con el aislamiento. Lo mismo sucede con las formas sociales de religión o de grupo gremial o político. Así la idea absoluta de nación, que es de este mismo género, da la certeza subjetiva de que en un conflicto se compartirán no sólo las ideas sino los riesgos y los beneficios por igual. Frente al individuo aislado, estas estrategias siempre son ganadoras. Hasta que caen en su agujero.

En una sociedad grande donde reina la seguridad, las relaciones sociales son más bien ligeras, con la excepción de un pequeño grupo de amigos y familiares. Pero cuanto mayor sea la tensión exterior, mayor es la recompensa de contar con un grupo de fieles compañeros. La fe en el grupo, que a veces implica grandes renuncias, es una especie de prima del seguro de la colaboración y, con frecuencia, a mayor peligro y mayor riesgo por cubrir, mayor es la prima, es decir, las exigencias de la ideología de grupo. A veces el peligro, como el infierno, son los otros: grupos rivales más organizados, más cohesionados, en competencia por los mismos recursos, y el grupo más organizado tiende a aventajar al menos organizado. Puede que no haya un peligro inevitable, pero una vez que comienza la competición no hay más remedio de sumarse a ella o perder. O quizá esperar pacientemente las crisis internas, si uno sobrevive.

En el caso del País Vasco son las guerras carlistas el detonante de nuestro problema. Con anterioridad, los conflictos fueron de diverso género e intensidad y casi siempre internos al país. De hecho la ideología predominante de raíz bíblica sobre la descendencia de los hijos de Noé no daba lugar al nacionalismo sino a una interpretación mucho más "religiosa" de la historia. Pero una vez formado un grupo: el de los seguidores de los pretendientes carlistas, tan lejanos de lo vasco como el Maestrazgo lo está de Estella por ejemplo, la "bicicleta" se ha puesto en marcha. Ya tenemos un grupo de fieles y ahora sólo falta buscar a quién serlo. En las guerras de la antigüedad, cada jefe se atraía a un conjunto de voluntarios por su prestigio social, por la promesa de botín, o por el más tangible sueldo. Todo iba bien con las victorias, pero con las derrotas el prestigio caía, no se veía botín y se acababa el sueldo. Así muchos de estos grupos de seguidores experimentaban súbitos cambios de fidelidad pues era más fácil y seguro continuar con el grupo y servir a otro jefe que disolverlo. Es el mismo cambio de fidelidad de Sabino: ya tenía el grupo y un jefe derrotado. Y se buscó otro, la nación vasca. Esto no tuvo por qué ser intencionado, de hecho, no creo que lo fuera, pero a veces nuestros instintos trabajan por nosotros sin que seamos conscientes de ello. Además este nuevo jefe era un absoluto, algo parecido al "no quiero servir a un señor que se me pueda morir" de S. Francisco de Borja ante el cadáver de la emperatriz, sólo que Sabino se consagró a Euzkadi. Aunque es posible que su idea integrista de Dios fuese su fin principal y Euzkadi un medio.

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