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| El nacionalismo, como
espíritu de grupo cerrado, suele tener dos
características: la confianza absoluta en sus dogmas y la
obsesión de que los que le rodean son sus enemigos. |
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Los
principios de la razón y la libertad podríamos basarlos
sin mucho esfuerzo en el sofista griego: el hombre es la medida de
todas las cosas. Estos principios han alumbrado la marcha del ser
humano a
lo largo de la historia como luces lejanas en medio de amplios espacios
de oscuridad. No bastaban ni para leer un papelito, pero marcaban el
camino.
Frecuentemente cada individuo, cada grupo, necesita, busca y construye
o adopta algo fuerte y seguro contra los peligros y la incertidumbre.
Siguiendo con el ejemplo, si las luces están lejos nos
dirigiremos a cualquier covacha antes que dormir al raso.
Recordando el teorema de la bicicleta, una idea cualquiera, aun la
mejor, es mirada con sospecha al principio, pero si son muchos los que
la comparten atrae a otros haciéndoles creer que
o bien tantos no se pueden equivocar o bien es mejor tener
compañeros fieles aunque sea en el error compartido. Se dice que
cuando un ciego guía a otro ciego ambos acaban cayendo en el
mismo agujero, pero con frecuencia el camino es largo antes de caer y
ambos ciegos llegan a convencerse de que tienen un especial olfato. Sin
embargo lo racional es presentar cada idea como lo que es: insegura y
necesitada de revisión, y evidentemente esto no da las
garantías de seguridad que busca el temeroso. En cambio, cuando
las ideas se presentan como un absoluto, dadas por Dios, por el
desarrollo inevitable de la
historia, por la naturaleza o lo que se quiera que da prestigio, no es
un pobre hombre el que habla: se trata de un profeta y sus palabras son
indiscutibles. Entonces la razón se levanta para protestar y
dice que una idea es una idea por más que uno se suba a un monte
para proclamarla, pero muchos se vuelven contra ella. Nadie quiere
volver
a la incertidumbre y al miedo a lo desconocido. Y el nacionalismo es
una de esas ideas absolutas que sirve para congregar a un gran
número de fieles.
El ser humano es relativamente débil como cazador, lento tanto
para cazar como para huir, sus sentidos no son muy agudos y no hay
parte de su cuerpo que parezca especialmente adaptada a
una función concreta, y la mano, que es lo más adecuado
para el manejo de cosas con precisión, debe además ser
fuerte para cargar o golpear. La inteligencia es su gran arma, pero
aislado desde su nacimiento carecería de las capacidades
más elementales para sobrevivir, e incluso, dentro de grupos
pequeños su cultura no llega a ser sino elemental. Al fin y al
cabo cada persona no puede poseer más que un número
limitado de conocimientos. La estrategia fundamental del ser humano
para triunfar ha sido la organización social. De recién
nacido no necesita ser un cazador eficaz,
como la serpiente, y no debe confiar sólo en sí mismo
ni siquiera de adulto, sino que la colaboración le proporciona
su fuerza y una inteligencia compartida, que es la cultura. Pensemos
que muchas funciones que nuestra cultura social nos da hechas: fabricar
un cuchillo, por ejemplo, serían algo inalcanzable para un
solitario
pues las técnicas de tallado de la piedra se desarrollaron a lo
largo de miles de años. Y qué pensar si no, de la
medicina o de la construcción. Así un ataque en grupo
contra cualquier gran animal tendrá muchas más
probabilidades de éxito que todos los ataques individuales que
pudieran sumar sus miembros.
Pero la vida social se basa en la confianza, aún más, en
una certeza suficiente de que el compañero no es un enemigo y en
una valoración relativamente exacta de lo que se puede esperar
de cada compañero individualmente y por grupos. En cada conjunto
de individuos que tienen un conocimiento suficiente unos de otros se
crean alianzas tácitas o explícitas, acuerdos en
relación con asuntos determinados, que permiten saber
quién es un potencial colaborador y quién un rival y
se valora la certeza acerca de esa colaboración. Por lo tanto se
valora con la máxima seguridad un acuerdo que se entiende como
inviolable, no como meramente provisional y que ha sido puesto a prueba
repetidamente con éxito. Uno siempre puede dudar de la palabra
de un vecino, pero da su máxima confianza a alguien que se
compromete a morir por una idea común o por unos ritos o libros
que todos tienen por sagrados. La familia o el clan funcionan como
redes de solidaridad donde unos miembros corren a defender a los otros
y cada uno tiene una certeza razonable de que puede afrontar un peligro
porque los demás acudirán en su ayuda. Pero la idea de
familia o clan no se entiende entonces como una relación
más o menos superficial de parentesco, sino como algo que obliga
a ayudar y que desacredita a quien no lo hace y lo castiga con el
aislamiento. Lo mismo sucede con las formas sociales de religión
o de grupo gremial o político. Así la idea
absoluta de nación, que es de este mismo género, da la
certeza
subjetiva de que en un conflicto se compartirán no sólo
las
ideas sino los riesgos y los beneficios por igual. Frente al individuo
aislado,
estas estrategias siempre son ganadoras. Hasta que caen en su agujero.
En una sociedad grande donde reina la seguridad, las relaciones
sociales son más bien ligeras, con la excepción de un
pequeño grupo de amigos y familiares. Pero cuanto mayor sea la
tensión exterior, mayor es la recompensa de contar con un grupo
de fieles compañeros. La fe en el grupo, que a veces implica
grandes renuncias, es una especie de prima del seguro de la
colaboración y, con frecuencia, a mayor peligro y mayor riesgo
por cubrir, mayor es la prima, es decir, las exigencias de la
ideología de grupo. A veces el peligro, como el infierno, son
los otros: grupos rivales
más organizados, más cohesionados, en competencia por los
mismos
recursos, y el grupo más organizado tiende a aventajar al menos
organizado. Puede que no haya un peligro inevitable, pero una vez que
comienza la competición no hay más remedio de sumarse a
ella o perder. O quizá esperar pacientemente las crisis
internas, si uno sobrevive.
En el caso del País Vasco son las guerras carlistas el detonante
de nuestro problema. Con anterioridad, los conflictos fueron de diverso
género e intensidad y casi siempre internos al país. De
hecho la ideología predominante de raíz bíblica
sobre la descendencia de los hijos de Noé no
daba lugar al nacionalismo sino a una interpretación mucho
más "religiosa" de la historia. Pero una vez formado un grupo:
el de los seguidores de los pretendientes carlistas, tan lejanos de lo
vasco como el Maestrazgo lo está de Estella por ejemplo, la
"bicicleta"
se ha puesto en marcha. Ya tenemos un grupo de fieles y ahora
sólo
falta buscar a quién serlo. En las guerras de la
antigüedad,
cada jefe se atraía a un conjunto de voluntarios por su
prestigio
social, por la promesa de botín, o por el más tangible
sueldo.
Todo iba bien con las victorias, pero con las derrotas el prestigio
caía, no se veía botín y se acababa el sueldo.
Así muchos de estos grupos de seguidores experimentaban
súbitos cambios de fidelidad pues era más fácil y
seguro continuar con el grupo y servir a otro jefe que disolverlo. Es
el mismo cambio de fidelidad de
Sabino: ya tenía el grupo y un jefe derrotado. Y se buscó
otro, la nación vasca. Esto no tuvo por qué ser
intencionado,
de hecho, no creo que lo fuera, pero a veces nuestros instintos
trabajan
por nosotros sin que seamos conscientes de ello. Además este
nuevo
jefe era un absoluto, algo parecido al "no quiero servir a un
señor
que se me pueda morir" de S. Francisco de Borja ante el cadáver
de
la emperatriz, sólo que Sabino se consagró a Euzkadi.
Aunque es posible que su idea integrista de Dios fuese su fin principal
y Euzkadi un medio.
Mañana más
Sursum corda!
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