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El pensador 5




Los nacionalismos no tienen una legitimidad suplementaria basada en la historia. Son simplemente una opción política más, sometida a las mismas condiciones que las otras.
Cuando abandonamos la racionalidad aparecen los monstruos y elementos como Goebbels nos quieren convencer de que una mentira repetida mil veces se convierte socialmente en verdad, pero realmente sigue siendo una mentira sólo que más aburrida o más peligrosa, según los casos. Una de las tácticas del nacionalismo vasco es repetir sus deseos hasta que se conviertan socialmente en verdad y uno de ellos es la eliminación de la España real e incluso de su concepto y de la palabra y sustituirlo por una Euzkadi/Euskadi/Euskal Herria que ni en su existencia, ni en su concepto ni siquiera en su palabra tiene más base que sus machacones deseos. Que España no es algo metafísico ya lo deberíamos tener claro a estas alturas, pero es igualmente claro que ha existido una integración de parte de los pueblos que habitaban la península que los romanos denominaron Hispania hasta llegar a la situación actual. Este proceso ha sido desigual en su forma, voluntario o involuntario, necesario o accidental, pero nunca violento. En cambio la Euzkadi de Sabino es la nación que nunca existió pues los vascos nunca formaron un estado sino pequeñas comunidades integradas en los estados existentes, y recordemos que Navarra no era un reino vasco pues ni fue la lengua en que escribieron sus leyes, ni fue la que hablaban los que repoblaron la ribera durante la reconquista, ni sus reyes eran otra cosa que padres, hijos, tíos o primos de los de León, Castilla o Aragón, o lo eran ellos mismos. Es preciso añadir que el aislamiento de unas comunidades vascoparlantes con respecto a otras fue suficiente para que cada una hablase un dialecto diferente. Ni existió en su concepto, pues los reinos de España no eran más que los dominios de los señores que tras la invasión musulmana encabezan la resistencia primero y la reconquista después, pero sólo desde una base territorial, no de naciones o etnias separadas, que habían sido disueltas en la Hispania romana y en el conjunto del Imperio. Y, por fin, ni siquiera la palabra Euzkadi es otra cosa que un invento de Sabino, que además utiliza una terminación para grupos de vegetales, y así en vez de "el conjunto de los vascos" se debería traducir por "el vascal" o "la vasqueda".

Tenemos, por lo tanto, algo real, España, con gentes de origen vasco por toda la península y América y con gentes de toda la península en el País Vasco, con representación parlamentaria, con unidad económica, cultural y social, que tiene que ser destruido para crear la soñada Euzkadi nacionalista de las siete provincias. Pero esto no es volver a algo que existió, pues ni hubo tal cosa ni de haberla habido sería posible un simple retorno. No la hubo como unidad política, que es lo relevante, porque la relativa unidad cultural no es suficiente. En Austria o Suiza se habla alemán y no austriaco o suizo; y no sólo en Francia se habla francés, pero nadie imagina al Président de la République exigiendo la unidad con los cantones francófonos suizos, con la Valonia belga y, por qué no, con el mismo Québec, ni una llamada desde Berlin a la unidad del Deutsches Volk. Esto nos sonaría a lo que nos suena, además de a Otegi o a Egibar. Pero ni en caso de haber existido tal unidad tendríamos una simple vuelta atrás. Los saltos en el tiempo vamos a dejarlos para las películas de ciencia-ficción. Todo acto es un acto nuevo que se suma a la corriente de la historia y podremos volver al pueblo de nuestra niñez, bastante cambiado ya, pero no a nuestra niñez. Cualquier acto social o político con respecto al País Vasco o a España es algo del presente con consecuencias para el futuro y por tanto con un valor propio, no una vuelta al pasado, tan imposible como volver a la niñez, que podemos asegurar que existió. Si hubiese que discutir sobre derechos históricos o fueros deberíamos enfrentar entre ellos a los políticos del siglo XIX, pero nosotros hablamos desde el presente hacia el futuro y tomamos nuestras decisiones, no somos muñecos del guiñol manejados por la nación metafísica o por el pasado omnipresente. Nada hace esto más evidente que la curiosa filiación política de la familia del mismo Arzalluz, por lo que dicen los libros, o la "conversión" de Sabino Arana, que libremente cambian de opinión en abierto choque con el pasado. Y es esa misma libertad la que nosotros tenemos para evitar sujetarnos servilmente a ideas totalitarias de pueblo o nación.

Nos queda la otra alternativa, la del vascoparlante que desea que se respete esa identidad cultural. Hasta aquí de acuerdo, pues cualquiera desea hablar, aunque sólo sea por comodidad, la lengua que domina. No olvidemos, sin embargo, que los nacionalistas presumen excesivamente de su singularidad cultural, algo así como si fueran una tribu masai transportada al Yukon. Veamos esto con un poco más de detalle. Con excepción del lenguaje no hay gran cosa de singular en la cultura vascoparlante. Podemos ver la flauta de tres agujeros acompañada con tambor hasta en la romería del Rocío, boinas por todas partes y dejando a un lado lo jocoso, todas las características que llaman la atención a un antropólogo cultural: la religión, la estructura social y familiar, la vestimenta, son afines a las de su entorno. En lo referente al lenguaje podíamos parodiar a Groucho y decir que partimos de lo que no sabemos para llegar a la más absoluta ignorancia. Hay quien defiende que la lengua vasca es de origen local, anterior a la llegada de las lenguas indoeuropeas, sean las que sean las teorías sobre éstas, otros buscan emigraciones africanas, afinidades vasco-caucásicas (hay unos libros que reúnen el conjunto de "etimologías" más chuscas que he podido encontrar para demostrar esto). Lo cierto es que nada hay seguro, pero lo que lo hace más difícil es que el estudio del euskera sólo es posible levantando capa por capa. Primero quitamos las influencias romances: nazioa, por ejemplo, luego las latinas, abendu de adventus, gela de cella. Después sería necesario levantar las influencias célticas o ibéricas, pero de lo que nos quede no es posible deducir mucho. Los primeros textos son del siglo XVII, con excepción de las glosas emilianenses, y nos resulta imposible reconstruir como no sea en arriesgadas hipótesis el estado del euskera en el pasado y sus afinidades o relaciones. Con más voluntad que acierto traen en su apoyo cosas tan peregrinas como los Rh, las medidas craneales y demás antiguallas de la antropología del siglo XIX. Quizá alguno se saltó las clases de genética de poblaciones o las de antropología donde se aclaraba que lengua, cultura o linaje no siempre van asociados. Así que las demostraciones de ser un pueblo prehistórico, que no son tales, no afectan inmediatamente a la lengua. Pero insistiré una vez más en que el peso del pasado no debe aplastar al presente y sea cual sea el origen y relaciones del euskera, el derecho de sus hablantes está por encima de todo. El estado debe garantizar esos derechos, pero igualmente los de los demás. La llamada normallización ha consistido en la imposición de filtros a favor de los vascohablantes, de imposición de un bilingüismo al que el ciudadano tiene derecho, pero no obligación (y digo que defiendo el monolingüismo vasco para quien lo desee, para evitar críticas inútiles). Pero la situación es tan absurda y tan nefasta como si los católicos de España siendo mayoría impusiesen su opción a los de otras confesiones. Esto fue la tiranía de otras épocas. Hoy que la gente es poco religiosa se trata de crear un grupo social con la lengua como aglutinante que lo invade todo y que se impone a nuestra libertad.

Otro día más

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