Sc! Sursum corda!

Sursum corda!   Indice general   El sueño de la razón

El pensador 4




Parte del nacionalismo actual se basa en una añoranza patriótica de unos supuestos tiempos mejores, a la que se añade una buena dosis de espíritu de grupo cerrado contra el enemigo.
Cuando pensamos en cualquier época de la historia, no nos cuesta imaginarnos como arquitectos en Egipto, filósofos en Grecia o literatos en Roma, pero de caer un día por allá, lo más probable es que fuésemos campesinos mal alimentados en el caso de librarnos de una miserable esclavitud. El hecho es que la imaginación suele ser optimista y así les ocurre a nuestros "nacionalistas favoritos", que miran a la época de los fueros como si fuese la Arcadia feliz (aunque la historia de esta región griega es suficientemente violenta como para empezar a tomar en serio la comparación). Había fueros, pero ¡por todas partes! y no como particularidad de los vascos. No había leyes nacionales y eso de la igualdad no se había inventado aún. Y había aduanas, como las había por todas partes para financiar a cada poder local y se pagaban arbitrios municipales hasta hace poco. Y los mozos no servían en el ejército, como en cualquier lado, pues el rey pagaba a sus soldados y las milicias locales hacían el resto como buenamente podían en caso de necesidad. Y había juntas en Guernica, pero con un exceso de imaginación, "ellos" se ven votando en vez de ser pobres aparceros en un caserío apartado. Naturalmente, la cosa cambiaba si uno era un privilegiado y probablemente a cualquiera de ellos le apetecería seguir disfrutando de sus privilegios. Pero éste difícilmente sería el caso de la mayoría y como en el caso de los ensueños "históricos", es mejor despertar en nuestra moderna sociedad.

Las sociedades europeas premodernas (pongamos el límite de la modernidad en la revolución americana, que precede en varios años a la francesa y que un cierto eurocentrismo nos hace olvidar frecuentemente) proceden de los reinos creados por los señores de la guerra germánicos, que al mando de grupos que eran un híbrido de pueblos y masas de mercenarios acompañados por sus familias se apropian de lo que tenían a su alcance en un periodo de debilitamiento del poder imperial, aunque en esto no hacen sino seguir la tradición de los jefes militares romanos que se proclaman césares con el apoyo de sus legiones. Estos reinos heredan más el sentido político de estos grupos de guerreros que el sentido del estado del mundo clásico y con la excepción de algunas ciudades, especialmente en Italia, que tienen cierta organización política, el individuo en ellos no es más que un súbdito dominado por un reducido estamento militar/nobiliario.

Antes de la revolución americana ya hay intentos de rebelión entre campesinos o habitantes de las ciudades, pero esta es la primera revolución liberal que triunfa, que reconoce la igualdad de los ciudadanos y que proclama una constitución. En Francia todo ocurre con mayor violencia y caen por igual cabezas coronadas y sospechosos durante el terror, magníficas abadías y obras de arte religioso. Pero, aunque más por azar que por necesidad (leer en 3 de esta serie), este es el camino que se creó para la libertad social, política e intelectual de la que hoy disfrutamos. En España, como en muchas otras partes de Europa, el proceso se retrasa considerablemente, pero finalmente triunfa el ideal de la declaración de derechos del hombre y del ciudadano con la proclamación de constituciones que son fruto de la libertad presente y garantía de la futura, aunque su azarosa existencia es conocida por todos. Este proceso tiene como adversarios o francos enemigos a todo lo vinculado con el antiguo régimen, desde la inquisición a los fueros, y el carlismo es una buena síntesis de todo ello. No es de extrañar que el camino hacia el estado moderno sea el del enfrentamiento con esos poderes y que su triunfo haya supuesto la derrota y desaparición de las instituciones de origen premoderno.

Es muy fácil reprochar en el albergue de montaña al guía el camino de cabras por el que nos trajo de vuelta, pero quizá sin este guía o sin seguir sus consejos, estaríamos o perdidos o despeñados en un barranco que no vimos por causa de la niebla. Es contradictorio reprochar algo a un procedimiento cuando se goza de sus efectos y esto es ni más ni menos que lo que hacen nuestros "nacionalistas favoritos", que son de raíz carlista y que encuentran el origen de todos sus males en haber apoyado a un rey absolutista, porque el resto de sus agravios históricos no son más que sueños. Sin embargo se lo reprochan a un estado constitucional que garantiza y aun protege su derecho a la crítica, mientras que un rey absoluto los habría mandado exterminar. No me refiero al contenido de la Constitución actual, sino al principio liberal de que es el pueblo el que se da una constitución y recupera la soberanía, y a esta situación hemos llegado como dije. Evidentemente podemos lamentar errores y aun inconsecuencias en este proceso, como lamentamos que se destruyera Cluny o que reinase el terror en Francia durante largo tiempo, pero para que triunfase el estado liberal fue necesario abolir toda discriminación entre ciudadanos. Es esto y no otra cosa lo que significa la abolición de los fueros: el reconocimiento de la libertad y de la igualdad de todos los ciudadanos, y es lo que significa actualmente.

La reacción de los nacionalistas a estos hechos varía en sus motivos desde una defensa de las libertades individuales y del derecho a las particularidades hasta el etnicismo más absurdo. Pero lo mismo que defendemos la libertad de pensamiento, de religión o de libre asociación política, el reconocimiento y la defensa de un idioma o una cultura es parte del ideario liberal y por eso la Constitución promueve la descentralización y las autonomías. El choque llega cuando los ultranacionalistas fomentan el concepto absoluto de nación en contra de las naciones reales que proceden de nuestra evolución política hacia la libertad. Eso es lo que rechazamos: que haya un ente suprapolítico que dirija nuestra vida, esa nación que le obliga a uno a que le guste el txistu, pero no la guitarra y que deba imperiosamente terminar la conversaciones con un "agur". Podemos admitir que se debata sobre proyectos políticos, pero no, vernos dominados por naciones imaginarias con derechos históricos imaginarios y, lo peor, más allá de la discusión. Porque un nacionalista algo leído se reirá de todo lo que huela a español y dirá que podemos decidir otra cosa, pero sus mitos son intocables. ¿Podemos segregar por un referéndum la margen izquierda del Nervión y las Encartaciones, cuya cultura vasca es o dudosa o tardía? O la Rioja alavesa, más rioja que alavesa. Y qué decir de Navarra en todo o en parte. Pero eso no. Ahí chocamos con lo indiscutible, con lo metafísico, con lo irracional. Nadie duda de que hay un conjunto de personas que tienen en parte orígenes comunes y que mantienen una lengua ajena en buena medida a las que le rodean, pero las relaciones políticas son de otra naturaleza y están en otro orden de cosas. Se trata de una comunidad de vida, de derechos y de intereses creada a lo largo de los siglos y que no puede ser disuelta como un azucarillo en el agua. Su ruptura es un desgarro, violento y traumático, que va contra el deseo de muchos y contra los intereses de la mayoría, y que si beneficia a unos es a costa de otros y más bien perjudica a todos en un absurdo monumental. Lo que está claro es que no beneficia a todos y en este proceso la mera repetición machacona de los ensueños de Sabino Arana no sería más que una ocasión para la risa o la sorpresa, pero no nos habría llevado por ella misma al dichoso "conflicto". Cómo hemos llegado hasta él será cuestión para mañana.
 
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