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| Parte del nacionalismo
actual se basa en una añoranza patriótica de unos
supuestos tiempos mejores, a la que se añade una buena dosis de
espíritu de grupo cerrado contra el enemigo. |
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Cuando
pensamos en cualquier época de
la historia, no nos cuesta imaginarnos como arquitectos en Egipto,
filósofos en Grecia o literatos en Roma, pero de caer un
día por allá, lo más probable es que
fuésemos campesinos mal alimentados en el caso de librarnos de
una miserable esclavitud. El hecho es que la imaginación suele
ser optimista y así les ocurre a
nuestros "nacionalistas favoritos", que miran a la época de los
fueros como si fuese la Arcadia feliz (aunque la historia de esta
región griega es suficientemente violenta como para empezar a
tomar en serio la comparación). Había fueros, pero
¡por todas partes! y no como particularidad de los vascos. No
había leyes nacionales y eso de la igualdad no se había
inventado aún. Y había aduanas, como las había por
todas partes para financiar a cada poder local y se pagaban arbitrios
municipales hasta hace poco. Y los mozos no servían en el
ejército, como en cualquier lado,
pues el rey pagaba a sus soldados y las milicias locales hacían
el
resto como buenamente podían en caso de necesidad. Y
había juntas en Guernica, pero con un exceso de
imaginación, "ellos" se ven votando en vez de ser pobres
aparceros en un caserío apartado. Naturalmente, la cosa cambiaba
si uno era un privilegiado y probablemente a cualquiera de ellos le
apetecería seguir disfrutando de sus privilegios. Pero
éste difícilmente sería el caso de la
mayoría y como en el caso de los ensueños
"históricos", es mejor despertar en nuestra moderna sociedad.
Las sociedades europeas premodernas (pongamos el límite de la
modernidad en la revolución americana, que precede
en varios años a la francesa y que un cierto eurocentrismo
nos hace olvidar frecuentemente) proceden de los reinos creados por
los señores de la guerra germánicos, que al mando de
grupos
que eran un híbrido de pueblos y masas de mercenarios
acompañados
por sus familias se apropian de lo que tenían a su alcance en
un periodo de debilitamiento del poder imperial, aunque en esto no
hacen
sino seguir la tradición de los jefes militares romanos que se
proclaman césares con el apoyo de sus legiones. Estos reinos
heredan
más el sentido político de estos grupos de guerreros que
el sentido del estado del mundo clásico y con la
excepción de algunas ciudades, especialmente en Italia, que
tienen cierta organización política, el individuo en
ellos no es
más que un súbdito
dominado por un reducido estamento militar/nobiliario.
Antes de la
revolución americana ya hay intentos de rebelión entre
campesinos o habitantes de las ciudades, pero esta es la primera
revolución
liberal que triunfa, que reconoce la igualdad de los ciudadanos y que
proclama una constitución. En Francia todo ocurre con mayor
violencia
y caen por igual cabezas coronadas y sospechosos durante el terror,
magníficas
abadías y obras de arte religioso. Pero, aunque más por
azar que por necesidad (leer en 3 de esta serie), este es el camino que
se creó para la libertad social, política e intelectual
de la que hoy disfrutamos. En España, como en muchas otras
partes
de Europa, el proceso se retrasa considerablemente, pero finalmente
triunfa
el ideal de la declaración de derechos del hombre y del
ciudadano
con la proclamación de constituciones que son fruto de la
libertad
presente y garantía de la futura, aunque su azarosa existencia
es conocida por todos. Este proceso tiene como adversarios o francos
enemigos a todo lo vinculado con el antiguo régimen, desde la
inquisición a los fueros, y el carlismo es una buena
síntesis de todo ello. No es de extrañar que el camino
hacia el estado
moderno sea el del enfrentamiento con esos poderes y que su triunfo
haya
supuesto la derrota y desaparición de las instituciones de
origen
premoderno.
Es muy fácil reprochar en el albergue de montaña al
guía el camino de cabras por el que nos trajo de vuelta,
pero quizá sin este guía o sin seguir sus consejos,
estaríamos o perdidos o despeñados en un barranco
que no vimos por causa de la niebla. Es contradictorio reprochar algo
a un procedimiento cuando se goza de sus efectos y esto es ni
más
ni menos que lo que hacen nuestros "nacionalistas favoritos", que
son de raíz carlista y que encuentran el origen de todos sus
males en haber apoyado a un rey absolutista, porque el resto de sus
agravios históricos no son más que sueños. Sin
embargo se lo reprochan a un estado constitucional que garantiza y aun
protege
su derecho a la crítica, mientras que un rey absoluto los
habría mandado exterminar. No me refiero al contenido de la
Constitución actual, sino al principio liberal de que es el
pueblo el que se da una
constitución y recupera la soberanía, y a esta
situación
hemos llegado como dije. Evidentemente podemos lamentar errores y aun
inconsecuencias en este proceso, como lamentamos que se destruyera
Cluny o que reinase el terror en Francia durante largo tiempo, pero
para que triunfase el estado liberal fue necesario abolir toda
discriminación
entre ciudadanos. Es esto y no otra cosa lo que significa la
abolición
de los fueros: el reconocimiento de la libertad y de la igualdad de
todos
los ciudadanos, y es lo que significa actualmente.
La reacción de los nacionalistas a estos hechos varía en
sus motivos desde una defensa de las libertades
individuales y del derecho a las particularidades hasta el etnicismo
más absurdo. Pero lo mismo que defendemos la libertad de
pensamiento,
de religión o de libre asociación política, el
reconocimiento y la defensa de un idioma o una cultura es parte del
ideario liberal y por eso la Constitución promueve la
descentralización
y las autonomías. El choque llega cuando los ultranacionalistas
fomentan el concepto absoluto de nación en contra de las
naciones
reales que proceden de nuestra evolución política hacia
la libertad. Eso es lo que rechazamos: que haya un ente
suprapolítico
que dirija nuestra vida, esa nación que le obliga a uno a que le
guste el txistu, pero no la guitarra y que deba imperiosamente terminar
la conversaciones con un "agur". Podemos admitir que se debata sobre
proyectos
políticos, pero no, vernos dominados por naciones imaginarias
con
derechos históricos imaginarios y, lo peor, más
allá
de la discusión. Porque un nacionalista algo leído se
reirá
de todo lo que huela a español y dirá que podemos decidir
otra cosa, pero sus mitos son intocables. ¿Podemos segregar por
un
referéndum la margen izquierda del Nervión y las
Encartaciones,
cuya cultura vasca es o dudosa o tardía? O la Rioja alavesa,
más
rioja que alavesa. Y qué decir de Navarra en todo o en parte.
Pero
eso no. Ahí chocamos con lo indiscutible, con lo
metafísico,
con lo irracional. Nadie duda de que hay un conjunto de personas que
tienen
en parte orígenes comunes y que mantienen una lengua ajena en
buena
medida a las que le rodean, pero las relaciones políticas son de
otra naturaleza y están en otro orden de cosas. Se trata de una
comunidad
de vida, de derechos y de intereses creada a lo largo de los siglos y
que
no puede ser disuelta como un azucarillo en el agua. Su ruptura es un
desgarro,
violento y traumático, que va contra el deseo de muchos y contra
los intereses de la mayoría, y que si beneficia a unos es a
costa
de otros y más bien perjudica a todos en un absurdo monumental.
Lo que está claro es que no beneficia a todos y en este proceso
la mera repetición machacona de los ensueños de Sabino
Arana no sería más que una ocasión para la risa o
la sorpresa, pero no nos habría llevado por ella misma al
dichoso "conflicto". Cómo hemos llegado hasta él
será
cuestión
para mañana.
Sursum corda!
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