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| Los nacionalistas hacen
del concepto de nación algo real más allá de la
existencia y la voluntad de los individuos, a lo que sólo cabe
subordinarse. El concepto moderno de nación como sociedad
política choca con todo eso. |
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El
sueño de la razón produce monstruos como esos conceptos
medio metafísicos, medio religiosos de nación o pueblo,
que parece que estuvieran por encima y al margen de la voluntad humana
y de la realidad histórica y social. El ser humano es social por
naturaleza y depende del grupo
en el que nace, pero permanece en él por conveniencia, o cambia
de grupo o cambia sus relaciones con los otros miembros. El concepto
metafísico de nación es lo que identifica al
nacionalista,
y es una forma consciente o inconsciente de sacar la
organización
social del ámbito de lo que podemos decidir. Desde un punto de
vista
positivo podemos hablar de los Estados Unidos de América, o de
Francia
o Alemania como naciones, pero para el nacionalista no pueden serlo.
Pero esos errores son los mismos que hacen de las lenguas, o las
culturas
entes no históricos, que ni evolucionan ni podemos modificar.
Es lógico que los grupos que tienen el poder o lo buscan y
están en conflicto con otros grupos traten de organizar a su
alrededor al mayor número posible de partidarios y de unirlos
con lazos indisolubles. Así aparecen ideologías como las
que hablan de los españoles antes de los romanos o del euskera
como lengua que se remonta al paleolítico. Pues
¡qué bien! como si las demás lenguas no hubieran
evolucionado desde la prehistoria más remota o como si el
euskera no hubiera experimentado cambios, recibido préstamos y
demás. O como si los individuos no se relacionasen más
que según
los deseos de estos nacionalistas.
Existe una nación como esas anteriores, España, que
existe no porque haya una esencia inmutable de lo español, sino
como resultado presente de un proceso histórico y porque todos
los ciudadanos nos reconocemos unos mismos derechos válidos para
todos, que es lo que expresa el espíritu de la
Constitución.
Es esa realidad histórica y jurídica lo que existe y no
las
llamadas nacionalidades, que hace siglos que no crean ningún
límite
interno. Y es esa nación que depende de nuestra libertad y que
la defiende lo que está siendo atacado por unas patrañas
políticas e históricas que se basan en conceptos que
prescinden
de lo que hemos llegado a ser y de lo que queremos ser. Es el
nacionalismo más rancio contra el concepto moderno de
nación, el concepto
absoluto contra nuestra libertad, el panfleto sabiniano contra la
realidad,
la destrucción de lo real para construir lo imaginario. Porque,
por
mucho que nos aburran con sus llamadas a la "voluntad de los vascos",
los nacionalistas ya conocen el final inevitable y que no puede ser
decidido:
las siete provincias del Ebro al Adour, el idioma y lo demás. O
eso o el "conflicto" y la libertad al paro. Más que la
existencia
de España, debemos defender contra esos ataques nuestra libertad
y nuestra convivencia, que son sus fundamentos, porque por mucho que
repitan
una falsedad, siempre lo será y siempre diremos que el
nacionalismo
trata de destruir lo que de hecho es nuestro hogar.
La reacción de los votantes o militantes de los partidos
nacionalistas a
estas afirmaciones suele ser bastante agria: les estamos insultando
y recortando la libertad. Empecemos por lo segundo. La libertad nunca
es
absoluta porque tiene por límite la de los demás y los
derechos o son recíprocos o no existen, porque el derecho de
cada
uno equivale a una obligación para todos los demás.
Así que necesariamente debemos recortar su libertad para que
quede sitio para
la de otros, y esa es la esencia de la democracia: la igualdad de
derechos y, por tanto, de obligaciones (1).
Y que les insultamos es un
argumento tan
repetido como falso. Vamos a poner por delante nuestra fe en la buena
voluntad
e intención de gran parte del electorado nacionalista y a
diferenciarlos del entorno mafioso de ETA. Pero es que los asesinatos
existen y se cometen
en nombre del nacionalismo, sin que éste haga muchos esfuerzos
para distanciarse de la trama civil del terrorismo. Más bien les
vemos juntitos y sonriendo en manifestaciones y festejos varios. O
respondiendo
como la madre en defensa de las crías cada vez que ven en
peligro
a un miembro de la comunión nacionalista, mientras PP y PSOE se
pelean
como ciervos en celo que no ven llegar al lobo. Y su sensibilidad al
insulto
no les impide llamar fascistas a toda España y sacarnos los
espantajos
de Franco o el GAL para luego poner caritas de bueno y lamentar que se
confunde
nacionalismo y terrorismo. O sacar esas bonitas pegatinas del planeta
de
los simios (que fueron los que ganaron al final por culpa de los
errores
de los humanos) o las caretas de Aznar con la cruz gamada (2).
Además
deberían conocer (y en este foro se ha dicho mil veces) que
existe
un entramado caciquil de intereses, de enchufes, de privilegios, de
presión contra el "español" que, al menos por principio,
deberían
prevenir. Pero los asesinados, los amenazados, los acosados pertenecen
al
PP o PSOE y a los nacionalistas esto ni les suena. No a Arzalluz o a
Egibar
sólo, sino a esa vecina tan buena y de misa diaria que se
derrite
en cada "alderdi eguna" y que luego habla de insultos. Se parece a la
historieta
del nazi que vivía junto a un campo de exterminio y que vio
durante
años entrar camiones llenos de judíos y salir otros
cargados
de jabón, pero no sospechaba que hubiera ninguna relación
entre ambas cosas.
Cuando pienso en Alemania, recuerdo a Leibniz, a Bach, a Goethe, a
Schumann, a Planck, a Heisenberg y no puedo creer que todos los
ciudadanos
de la Alemania nazi fueran verdugos ni voluntarios ni involuntarios;
pero
junto a nosotros se desarrolla un drama similar, aunque a mucha menor
escala, que nos hace comprender lo que produce una idea como el
nacionalismo y cómo los buenos patriotas siguen siéndolo
hasta un segundo antes de reconocer que algunos de ellos eran unos
criminales.
Sursum corda!
(1) Ver
en este sitio la serie de artículos sobre la democracia. (Subir)
(2) Tales cosas aparecieron en
mítines del PNV. (Subir)
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