LOS MERCENARIOS DE LA LIBERTAD:
VOLUNTARIOS BRITANICOS EN LAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA DE AMERICA LATINA


Entre 1817 y 1825, 10.000 mercenarios británicos, muchos de ellos veteranos de las Guerras Napoleónicas, cruzaron el Atlántico para enlistarse en los ejércitos de Bolívar, San Martín y otros líderes, que estaban luchando para liberar a sus países de la dominación colonial de España y Portugal. La mayoría murieron de enfermedades tropicales o cayeron en batalla y el resto (algunos centenares solamente) se establecieron en los nuevos estados que habían ayudado a crear.

“Freedom’s Mercenaries” ("Los Mercenarios de la Libertad"), obra que se publicó en Mayo de este año en los Estados Unidos en lengua inglesa, relata su historia, que es poco conocida tanto en Europa como en Latino-América. Por una parte, el libro es un estudio de individuos, tanto británicos como latinoamericanos, y una narrativa de eventos tan extraordinarios que parecen imaginados por un autor de novelas de aventuras. Por otra, la obra ubica estas acciones en el contexto general de las Guerras de Independencia de Latino-América y de la política extranjera de Gran Bretaña, Francia, los Estados Unidos, la Rusia Imperial y los Estados Alemanes.

El libro está escrito en capítulos independientes pero complementarios, cada uno de los cuales está dedicado a una unidad o voluntario principal. El autor combina el análisis académico con el aspecto humano y, siendo un colombiano educado en Inglaterra, vé los eventos que describe con imparcialidad. Evita el culto al héroe que podría tentar al historiador británico y también el nacionalismo malentendido que podría llevar al observador latino-americano a minimizar la contribución extranjera a su liberación. El libro cubre dos continentes y un cuarto de siglo y, a pesar de su subtítulo, dedica capítulos a los alemanes, franceses, norteamericanos y otros extranjeros que asistieron a la América Latina en el momento de su nacimiento. La obra es extensísima (1.000 páginas, 35 capítulos, 15 anexos, 200 libros citados en su bibliografía), pero está construída de manera modular, por lo cual el lector puede concentrarse en el voluntario o unidad que le interesa y dejar el resto para más tarde.

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Para entender por qué 10.000 británicos lucharon en los ejércitos de la independencia, es necesario hacer referencia a la situación geopolítica de Europa al comienzo del siglo XIX y a sus antecedentes.

España e Inglaterra habían sido rivales desde los tiempos de la Armada Invencible y Londres había desafiado por trescientos años la posición de Madrid en el Nuevo Mundo. A las incursiones de piratas y corsarios ingleses había seguido la ocupación por Londres de un rosario de islas en el Caribe (siendo Jamaica y Trinidad las más importantes) y de territorios en la Guayana y la Costa de los Mosquitos en América Central. Estas posesiones permitían a los ingleses comerciar con las colonias españolas tanto legalmente como mediante el contrabando y esto había frustrado el monopolio económico peninsular. Los británicos pensaban que la América Latina era un "El Dorado" y algunos de sus hombres públicos soñaban con arrebatarla a España e incorporarla a su imperio. Otros, más realistas, juzgaban que tal empresa era imposible y consideraban que el mejor curso de acción era limitarse a abrir el continente al comercio británico. Si España lo permitía, muy bien, pero esto nunca ocurrió. Por lo tanto, convenía a Londres favorecer la creación de estados independientes dispuestos a comprar sus  productos.

Por otra parte, desde el fin de la Guerra de Sucesión Española en 1713, Madrid había pasado a ser satélite de París. Como Francia era la principal rival de Inglaterra, España se vió obligada a apoyar a su aliada en una larga serie de conflictos que incluyeron la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. La amistad franco-española exacerbaba aún más la tradicional rivalidad hispano-británica.
 
La enemistad entre Londres y Madrid hacía a Inglaterra el amigo y patrocinador potencial de todo rebelde latinoamericano y desde 1743, hubo tentativas por parte de súbditos coloniales descontentos para interesar al gobierno británico en apoyar insurrecciones en el imperio español. Londres había actuado con cautela en sus tratos con estos hombres pero Francisco Miranda había recibido apoyo limitado de la parte del gobierno y de súbditos particulares británicos durante parte de su carrera y notablemente durante su fallida expedición contra Coro en 1806.

Por todas estas razones, siempre había existido una comunidad de intereses entre los patriotas latino-americanos y los ingleses. Sin embargo, las cosas se complicaron en 1808, cuando Napoleón invadió a España y el pueblo se rebeló contra él. La insurrección convirtió inmediatamente a Madrid en aliado de Londres y la fuerza expedicionaria británica que se preparaba en Cork para atacar a Venezuela en cooperación con Miranda fué enviada a la Península Ibérica. Debido a la necesidad de derrotar al enemigo común (Napoleón), la Gran Bretaña se mantuvo neutral cuando las colonias se rebelaron contra España en 1810.

Después de Waterloo (1815), la amistad española se hizo menos útil y la neutralidad británica más tolerante. Se permitió e incluso se apoyó el reclutamiento de mercenarios para Latinoamérica en Gran Bretaña y en Irlanda, actividad en la que se destacaron el venezolano Luis López Méndez, el granadino José Maria del Real, el argentino José Álvarez Condarco y más tarde el brasileño Felisberto Brandt, así como también los británicos Gregor MacGregor, James English, George Elsom y John Devereaux.

La independencia de América Latina era en el interés comercial y político inglés pero también había necesidad de hacer algo con respecto a los miles de soldados y marinos desmovilizados al final de las guerras napoleónicas. El servicio en los ejércitos patriotas fué la respuesta y el reclutamiento de mercenarios a gran escala comenzó en 1817. La última fuerza de tamaño considerable (La Legión Irlandesa) se hizo a la vela en 1820, pero el emperador del Brasil reclutó años mas tarde varios centenares de marinos para luchar tanto en la guerra de independencia contra Portugal como en el conflicto que le opuso a Buenos Aires en 1826-28.

Debe señalarse que los mercenarios británicos nunca estuvieron al servicio del gobierno de Su Majestad y que se unieron a los ejércitos patriotas por sus propias razones. Nunca se les ocurrió que haciendo esto estaban sirviendo los intereses económicos y políticos de su patria, que tras la expulsión de los españoles vino a ejercer la hegemonía comercial en la América Latina durante más de un siglo. Estos hombres cruzaron el Atlántico por iniciativa propia, en expediciones financiadas por comerciantes ingleses que esperaban poder vender armas, uniformes e incluso barcos a los rebeldes latinoamericanos, y establecer relaciones privilegiadas con las futuras naciones después de la guerra. La mayor parte de estos comerciantes habían quebrado para mediados de la década de 1820.

La sed de aventuras, de gloria y de dinero fué lo que impulsó a los mercenarios británicos. Aunque en pocos casos puede hablarse de idealismo, su contribución a nuestra independencia fué muchas veces de gran valor. No cabe duda de que la emancipación de la América Latina fué realizada por sus propios hijos y que se habría logrado sin los soldados y marinos ingleses. Sin embargo, estos hombres vertieron su sangre por nuestra libertad y su fascinante historia merece contarse.

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El voluntario extranjero de mayor importancia es, sin lugar a dudas, Thomas Lord Cochrane, más tarde conde de Dundonald, quién fué almirante de Chile y de Brasil. Cochrane se había distinguido en las Guerras Napoleónicas y era ya una leyenda cuando llegó a Sudamérica. Hoy es todavía famoso en las dos orillas del Atlántico y sus hazañas han inspirado relatos de aventuras como los del capitán Marryath, un novelista que había servido bajo sus órdenes en Europa. Cochrane no necesita presentación para el historiador chileno y por lo tanto en esta reseña solo mencionaremos que “Mercenarios de la Libertad” le dedica dos capítulos, que siguen su carrera en Chile-Peru y en Brasil respectivamente.

Cochrane fué solo el más ilustre de los varios centenares de oficiales navales y marineros británicos que participaron en las Guerras de Independencia. Brown, Guise, Illingworth, Taylor, Grenfell, Chitty y muchos otros hicieron destacadas contribuciones.

William Brown, fundador de la marina argentina, es un héroe nacional y una avenida de Buenos Aires lleva su nombre. Este irlandés, establecido en el Río de la Plata antes de 1810, comandó el escuadrón porteño en la Guerra de Independencia y en los conflictos que enfrentaron a su país con Brasil y Uruguay después de esta. Su hora de gloria fué la contienda contra el imperio brasileño de 1826-1828. Aunque inferior numéricamente, la armada argentina fué un dolor de cabeza para la escuadra de Pedro I e hizo una contribución importante al esfuerzo de guerra. El conflicto terminó en una paz de compromiso negociada por Lord Ponsonby mediante la cual se reconoció la independencia del Uruguay.

Martin Guise es el padre de la marina peruana y murió en acción durante el sitio de Guayaquil en 1828, durante la guerra fratricida entre Bogotá y Lima. John Illingworth, que combatió tanto en el mar como en la tierra, creó la armada ecuatoriana. Taylor, Grenfell y otros continuaron sirviendo en la marina brasileña después de la partida de Cochrane y la comandaron durante las guerras civiles y los conflictos con Argentina que siguieron a la independencia. Chitty comandó la flotilla ligera en la decisiva batalla del lago Maracaibo en 1823. Debe señalarse que, además de estos altos comandantes, muchos oficiales e incluso tripulaciones de las marinas sudamericanas durante la independencia eran extranjeros: británicos, norteamericanos o franceses. Se estima que hubo cerca de 4.000 de ellos.

En tierra, el voluntario inglés más importante fué el General William Miller. Este veterano de las Guerras Napoleónicas y de la Contienda de 1812 entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos llegó a la Argentina en 1817 y se unió al ejército de ese país con el grado de capitán. Entre 1818 y 1822, Miller sirvió en el escuadrón naval chileno, cuyos infantes de marina comandó en audaces incursiones a lo largo de las costas del Perú. Transferido al ejército peruano, el inglés sirvió con distinción bajo San Martín, Sucre y Bolívar en varias campañas. En 1824, Miller comandó la caballería peruana en Junín y toda la caballería aliada (colombianos, peruanos y argentinos) en Ayacucho, la batalla que selló la emancipación del continente. Murió en El Callao en 1861, a bordo de un buque británico al que había pedido ser trasladado en sus últimas horas. “Mercenarios de la Libertad” le dedica un capítulo que cubre no solo la guerra de independencia sino también su participación en los conflictos que sucedieron a esta.

Gregor MacGregor es uno de los voluntarios británicos más controvertidos. Después de haber sido expulsado de los ejércitos inglés y portugués por razones que no están claras pero que pueden tener que ver con la ebriedad, este escocés se enlistó en el ejército venezolano en 1813, se casó con una familiar de Bolívar (Josefa Lovera), alcanzó el grado de general y recibió la Orden de los Libertadores. Hasta 1817, la carrera de MacGregor fué brillante. El escocés se distinguió en la defensa de la primera república venezolana contra Monteverde, en las campañas de la Patria Boba en Nueva Granada (donde comandó a Santander), en el sitio de Cartagena contra Morillo y, sobre todo, en la primera expedición desde Les Cayes contra Venezuela, donde dirigió una retirada magistral que le valió el apodo de "El Jenofonte de América". Desafortunadamente, después de esta campaña MacGregor se disputó con Piar y decidió renunciar. A último minuto, Arismendi lo convenció de no salir para Europa sino de viajar a los Estados Unidos, a reclutar mercenarios para la causa latinoamericana.

A partir de este momento, la carrera de MacGregor fué una sucesión de catástrofes. Entre 1817 y 1819, el escocés organizó tres expediciones contra posesiones españolas en el Caribe (la isla de Amelia en la Florida, Portobelo en Panamá y Rioacha en Nueva Granada). Todas fueron desastrosas y en las tres ocasiones se ha acusado a MacGregor de haber salido corriendo y abandonado a sus hombres a su suerte cuando las cosas se pusieron difíciles. El escocés fué incapaz de mantener control sobre sus aventureros (en su mayor parte británicos o norteamericanos), que se emborracharon y se dedicaron al pillaje. Muchos de ellos pagaron con sus vidas cuando los españoles contra-atacaron y las expediciones tuvieron una influencia muy limitada en el curso de la guerra. Aunque causaron pérdidas a los españoles, el prestigio patriota sufrió a causa de la conducta de los aventureros. Bolívar terminó por expulsar a MacGregor del territorio colombiano y Santander lo quería fusilar.

De Colombia salió MacGregor para Centroamérica, donde concibió la idea de fundar una colonia de escoceses en la región de Poyais, un pedazo de selva infestado de enfermedades tropicales. De regreso en Londres en 1820, el aventurero convenció a muchos de que Poyais era un paraíso terrenal y logró contratar a varios centenares de colonos, que invirtieron los ahorros de su vida en la aventura. Dos terceras partes de ellos perecieron de hambre o enfermedad en la selva centroamericana y el resto fueron rescatados por la "Royal Navy". MacGregor, que se había quedado en Inglaterra, fué juzgado por fraude y enviado a la cárcel, donde purgó una corta pena. Vino a morir en Venezuela en 1845, viviendo de la modesta pensión militar que le correspondía como general retirado.

En 1817, Luis López Méndez (el representante de Bolívar en Londres), contrató los servicios de seis ex-oficiales subalternos del ejército británico, que fueron comisionados en las fuerzas armadas venezolanas con el rango de coronel y autorizados a formar unidades para combatir allí. El primero en salir fué Donald MacDonald, a la cabeza de 100 lanceros de los cuales solo 20 llegaron a Venezuela. El resto murieron de enfermedades en el Caribe o renunciaron durante el viaje. MacDonald pereció en el Orinoco, atravesado por una flecha tirada desde la orilla por un indio realista. Los otros coroneles (Gustavus Hippisley, Henry Wilson, Robert Skeene, Joseph Gillmore y Frederick Campbell) reclutaron regimientos que en total sumaban 700-800 hombres y se hicieron a la vela en Diciembre de 1817 y Enero de 1818. La expedición se desintegró en el Caribe, a causa de enfermedades, renuncias y deserciones, y solo 100-200 llegaron a Venezuela. Skeene murió ahogado en un naufragio y Campbell y Gillmore renunciaron, este último tras distinguidos servicios. A los dos otros (Hippisley y Wilson) se les recuerda con amargura en Colombia. Poco después de llegar a los Llanos de Venezuela, Wilson logró arrebatarle a Hippisley el comando de su regimiento y Páez lo puso a cargo de todos los voluntarios ingleses. Hippisley protestó ante Bolívar, que rehusó intervenir, y regresó a Europa donde publicó un libro muy negativo sobre los patriotas en general y el Libertador en particular. Wilson, que encontraba más fácil manipular a Páez que a Bolívar, convenció al primero de adjudicarse el título de "general en jefe" y le incitó a desconocer la autoridad del segundo. Después de una breve pero peligrosa vacilación, Páez no se dejó tentar y Bolívar expulsó al mercenario del país, diciendo que lo habría fusilado de no haber sido por el respeto que sentía por Inglaterra. Algunos creen que Wilson era no solo un ambicioso intrigante sino un espía pagado por España para introducir la confusión en el campo patriota.

Dos de los oficiales que vinieron en la "Expedición de los 5 Coroneles" fueron autorizados por Bolívar para reclutar nuevas unidades en Inglaterra: el coronel George Elsom y el General James English, a los que se prometieron estos rangos, el mando de los regimientos que formasen, y pago por cada mercenario que trajeran. Los dos hombres tuvieron mucho éxito y enviaron a varios centenares de soldados de fortuna a Sudamérica. Sus carreras, sin embargo, fueron breves. Elsom murió de fiebre amarilla en Angostura sin llegar nunca al campo de batalla. English vió perecer de enfermedades a muchos de sus hombres en la Isla Margarita y luego condujo a los supervivientes durante la desastrosa campaña contra Barcelona y Cumaná en 1819. Los que no perecieron en esta operación llegaron a Maturín después de una "marcha de la muerte" a través de ardientes costas y heladas cordilleras y luego fueron uno de los núcleos de la Legión Británica que luchó en Carabobo. English, incapacitado por la enfermedad y desacreditado, no estaba entre ellos. Después de la derrota ante Cumaná, regresó a la Isla Margarita donde pereció poco después, tal vez de fiebres pero quizás también de melancolía.

La historia de la Legión Irlandesa es la de un completo desastre. Reclutada por John Devereaux en Dublín, muchos de sus miembros murieron de fiebres tropicales en la Isla Margarita sin haber nunca enfrentado al enemigo. En 1820, lo que quedaba de la unidad fué enviado a la Guajira, a combatir contra los feroces indios realistas. Después de una caótica expedición al interior, donde trataron sin éxito de entrar en contacto con otra columna patriota que subía desde Valledupar, los irlandeses se vieron forzados a regresar a la costa, terminaron por amotinarse y saquearon a Rioacha. Para evitar mayores desastres, el alto mando patriota aceptó organizar la repatriación de los mercenarios a una colonia británica y la legión salió para Jamaica a bordo de buques mercantes fletados y pagados por sus desilusionados patrones. Fueron recibidos con frialdad y más tarde la armada británica les condujo al Canadá, donde la mayoría parecen haberse establecido.

Completamente diferente es la historia de la Legión Británica. Esta unidad de 250 hombres (el 10% del ejército patriota) participó en la liberación del centro de Nueva Granada bajo el mando del coronel James Rooke. Durante la ascensión de los Andes, la Legión perdió una cuarta parte de sus efectivos pero el resto luchó en la batalla del Pantano de Vargas, donde su ataque a la bayoneta contribuyó significativamente a la victoria. Rooke fué herido en un brazo, que tuvo que ser amputado por el doctor Foley, el médico de la unidad. El heroico coronel levantó la extremidad en el aire con el brazo que le quedaba y gritó: "Viva la patria!". Cuando el cirujano le preguntó a qué país se refería, Inglaterra o Irlanda (Rooke había nacido en Dublín de padre inglés y madre irlandesa), este le respondió: "La Patria que me dará sepultura". El coronel falleció poco después, en un convento de Boyacá. A fines de 1819, la Legión Británica fué convertida en una unidad mixta de ingleses y granadinos a la que se denominó Batallón Albión. Bajo el mando del coronel John MackIntosh, esta unidad luchó con distinción en Pichincha (1822), cuando llegó al campo de batalla en el momento crítico y convirtió la derrota en victoria.

En 1820, los patriotas crearon otra Legión Británica en Venezuela, compuesta por hombres que no habían salido para Nueva Granada con Bolívar y refuerzos recién llegados de Europa que incluían al último contingente de la Legión Irlandesa. Esta unidad de 350 hombres se cubrió de gloria en Carabobo (1821), donde murieron su comandante, el coronel Thomas Ferrier, y una tercera parte de sus efectivos. Después de la batalla, esta Legión Británica también se convirtió en una unidad mixta denominada Batallón Carabobo en honor a su contribución.

El batallón Rifles, creado por el coronel Robert Piggot en las misiones de Caroní en Venezuela en 1818 y comandado por su sucesor Arthur Sandes durante la mayor parte de la guerra, fué – en opinión de O'Leary – la mejor unidad del ejército colombiano. Dirigido por una docena de oficiales británicos (o más exactamente irlandeses), este batallón estuvo inicialmente formado por indios venezolanos pero con los años su composición cambió. Debido a deserciones y bajas, 22.000 hombres sirvieron en él durante las guerras de independencia: granadinos e indios ecuatorianos y peruanos por su mayor parte. El Rifles se distinguió en Bomboná, en las campañas contra los rebeldes realistas pastusos y en el Perú, donde fué prácticamente aniquilado en Corpaguayco, pocos días antes de Ayacucho. Sucre mismo admitió que esta victoria no hubiera sido posible sin el sacrificio del Rifles, que protegió la retirada patriota a través de un río. Esto valió al heroico Sandes el ascenso al grado de brigadier general. El Rifles luchó también en la guerra contra el Perú en 1828 y fué disuelto en 1830.

“Mercenarios de la Libertad” nos habla también de los Edecanes del Libertador: Daniel Florencio O’Leary, soldado, historiador y diplomático; William Ferguson, quién pereció defendiendo la vida de Bolívar durante la Conspiración Septembrina; y Belford Hinton Wilson, hijo del célebre liberal británico Sir Robert Wilson.

Moisés Enrique Rodríguez



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