BAJO LAS BANDERAS DE LA LIBERTAD

Mercenarios Británicos en las Guerras Civiles Ibéricas  y en la Guerra de Independencia de Grecia
(1821-1840)


Moisés Enrique Rodríguez


    “Under the Flags of Freedom” (“Bajo las Banderas de la Libertad”), libro que se publicará en los Estados Unidos en lengua inglesa en 2009, cuenta la historia de los voluntarios británicos que lucharon en tres guerras que tuvieron lugar en el sur de Europa en el período 1821-1840: la Revolución Griega, la Guerra de Sucesión Portuguesa y la Primera Guerra Carlista en España. Este libro sitúa sus aventuras en el contexto de estos conflictos y también en el marco de la situación política europea en general y de la política extranjera británica en particular. Se muestra cómo dos ministros de relaciones exteriores del Reino Unido, Canning y Palmerston, usaron mercenarios como instrumento para avanzar los intereses nacionales de su país sin tener que comprometer al ejército británico en operaciones en el extranjero.
    La obra trata estas tres guerras como parte de una misma historia, lo cual le permite explorar las relaciones e interdependencias entre eventos que estaban ocurriendo simultáneamente en los dos extremos opuestos de Europa durante las décadas de 1820 y 1830. Cada conflicto tenía sus propias causas nacionales, pero el telón de fondo común de estas contiendas fue el titánico duelo entre el movimiento liberal (apoyado por la Gran Bretaña) y las fuerzas de la reacción (dirigidas por el Canciller austriaco Metternich).

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    En 1815, la batalla de Waterloo puso fín a las guerras de la revolución francesa y de Napoleón que habían azotado a Europa desde 1789. Las potencias  victoriosas, reunidas en el Congreso de Viena, intentaron dar una paz durable al continente mediante la creación de un sistema permanente de conferencias internacionales pero pronto se dividieron en dos campos rivales: las monarquías absolutistas de Austria, Rusia y Prusia, que deseaban restaurar el antiguo orden y se abrogaban el derecho de intervenir para aplastar revoluciones en cualquier lugar del mundo; y la Gran Bretaña, una monarquía constitucional que creía que los pueblos (o por lo menos los pueblos que no pertenecían al imperio británico) tenían derecho de manejar sus propios asuntos sin interferencia extranjera. Francia, que era también una monarquía constitucional (incluso durante la Restauración de los reaccionarios Borbones Luís XVIII y Carlos X), estaba en el medio. Inicialmente París apoyó a las potencias conservadoras (asociadas en la Santa Alianza) pero más tarde vino a alinearse con la Gran Bretaña (en particular después de la revolución de 1830 que dió el trono a Luís Felipe).
    Napoleón y la revolución francesa habían cambiado el mundo para siempre y los príncipes de Europa pronto se dieron cuenta de que, por más que lo intentaran, el reloj no volvería atrás. En 1810, durante las Guerras Napoleónicas, las colonias españolas de la América Latina se habían sublevado contra la Madre Patria y rehusaron someterse a Fernando VII cuando este regresó al trono en 1814. Finalmente alcanzaron su liberación al final de 1824. En 1822, el Brasil declaró su independencia de Portugal, que fue reconocida por Lisboa y por Londres en 1825.
    En 1820, una ola de revoluciones sacudió al sur de Europa. En Portugal, una Junta liberal derrocó a la Regencia conservadora que gobernaba el país a nombre del Rey João VI. Este monarca se había marchado al Brasil en 1807 para escapar de Napoleón y se rehusaba a regresar aunque la guerra había acabado en 1815. En España, un pronunciamiento militar dirigido por Rafael del Riego impuso la constitución ultra-liberal de 1812 al Rey Fernando VII (quien había reinado como monarca absoluto desde su regreso de Francia en 1814). Revoluciones liberales estallaron también en Italia, pero fueron aplastadas por los ejércitos austriacos, que vinieron en ayuda de los autócratas locales. En 1821, Grecia se levantó contra los otomanos, que habían conquistado el país en 1453.
    Los regimenes liberales ibéricos no lograron consolidarse. En Portugal, los revolucionarios obtuvieron el regreso de João VI en 1821, que estuvo de acuerdo en reinar como monarca constitucional. Sin embargo, pronto tuvieron que enfrentarse con la oposición determinada de los absolutistas, dirigidos por Dom Miguel (el segundo hijo de João) e inspirados por la siniestra reina, Donna Carlota Joaquina. Las conspiraciones de Miguel no tuvieron éxito y en 1823 el príncipe fue expulsado de Portugal y se fue al exilio en Austria. Tras la muerte de João, Miguel regresó al país y usurpó la corona en 1828.
    En España, Fernando VII nunca aceptó la constitución y en 1823 persuadió a la Santa Alianza de venir en su ayuda. Un ejército francés bajo el Duque de Angulema cruzó los Pirineos y, con la aprobación de las potencias conservadoras, restauró sus poderes absolutos. Tanto Fernando como Miguel tomaron medidas represivas que obligaron a centenares de liberales ibéricos a irse al exilio.

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    El fín de las Guerras Napoleónicas significó la desmobilización de millares  de soldados y marinos en la Gran Bretaña y otros países, muchos de los cuales encontraron difícil regresar a la vida civil por razones económicas o psicológicas. Para empeorar las cosas, la paz trajo consigo una depresión que dejó a muchos civiles desempleados. Las guerras extranjeras constituían una solución atractiva para estos hombres desperados, y 8.000 de ellos salieron de Inglaterra e Irlanda para los campos de batalla de América del Sur entre 1817 y 1820. La segunda ola partió para Grecia, para combatir en apoyo de los rebeldes, pero esta vez el número fue más reducido (1.000 hombres) y la composición de los  aventureros fue radicalmente diferente. Como había ocurrido en América Latina, hubo antiguos soldados, pero también civiles de todas las profesiones. Por el contrario, muchos voluntarios se engancharon por amor de la Grecia clásica y no por motivos tales como la falta de otras perspectivas, o el deseo de botín o de gloria militar. Hubo un número considerable de Bonapartistas franceses (perseguidos por los Borbones de la restauración) y de revolucionarios italianos (expulsados de su patria por las bayonetas austriacas), así como también bastantes alemanes (muchos de ellos estudiantes). Al contrario de lo que había ocurrido en América Latina, los británicos no constituían el mayor contingente, pero los Philo-helenos más conocidos provenían del Reino Unido: Lord Byron, Lord Cochrane y Sir Richard Church.
    Byron murió de fiebres en Missolonghi en 1823, después de solo unos cuantos meses en Grecia y sin haber entrado nunca en combate. Sin embargo, el poeta fue el voluntario extranjero más importante. Su muerte al servicio de los helenos fue un golpe de propaganda de primer orden y generó apoyo para la revolución en Europa Occidental y los Estados Unidos. Lord Cochrane, héroe de las Guerras Napoleónicas y de las Guerras de Independencia de América del Sur, fue el comandante naval de Grecia pero no logró nada significativo. Lo contrataron en 1825, pero solo llegó al país en 1827 y renunció al año siguiente. Sir Richard Church comandó al ejército regular griego como “Generalísimo”. Aunque sufrió una seria derrota cerca de Atenas en 1827, durante los dos años siguientes Church condujo una exitosa campaña militar en el norte de Grecia que resultó en la adquisición de una importante área de territorio al llegar la paz. Otros Philo-helenos de importancia fueron los británicos Hastings, Stanhope, Gordon y Finlay; el alemán Normann; los franceses Baleste y Fabvier; y los italianos Daria, Tarella y Gubernatis.
    La contribución de los Philo-helenos no fue importante en los campos de batalla, pero su presencia en Grecia ayudó a galvanizar la opinión pública en Europa Occidental. La opinión pública ejerció presión sobre los gobiernos nacionales y persuadió a Gran Bretaña y a Francia de unirse a Rusia en su apoyo por los rebeldes griegos. La guerra se ganó en una tarde en la batalla de Navarino (1827) cuando los escuadrones aliados destruyeron la flota turco-egipcia. Una Grecia independiente era inevitable después de esta fecha, pero las hostilidades duraron hasta 1829 y la paz solo se firmó en 1832.
    Los Philo-helenos fueron a Grecia por iniciativa propia y muchas veces por sus propios medios, pero sin saberlo estaban sirviendo los intereses de los gobiernos británico y francés, que permitieron e incluso apoyaron sus actividades mientras pretendían permanecer neutrales en la guerra. Fueron, por lo tanto, el brazo secreto de la política extranjera de sus países.

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    Los cañones apenas se habían callado en Grecia cuando la guerra volvió a estallar en la Península ibérica.
Con la muerte de João VI en 1826, la corona portuguesa había pasado a su hijo mayor Dom Pedro, pero este príncipe ya era Emperador del Brasil y por ello había abdicado en favor de su hija de 7 años Maria da Gloria (Maria II). Como mencionamos arriba, en 1828 Miguel había usurpado la corona y para 1831 su control del país era completo. Sin embargo, en ese año Pedro fue expulsado del Brasil por una revolución y regresó a Europa. Inmediatamente, dedicó su formidable energía a recobrar la corona portuguesa para su hija. Con la complicidad (y a veces el apoyo activo) de Gran Bretaña y Francia, Pedro organizó un ejército de exilados portugueses y mercenarios extranjeros (principalmente británicos, franceses y belgas), que zarpó de Belle-Isle para las Azores y de allí para el Portugal metropolitano. Esta pequeña fuera (7.500 hombres) desembarcó en el norte del país y unos cuantos días después ocupó Oporto sin oposición. Sin embargo, estos hombres pronto fueron rodeados por fuerzas superiores y la ciudad fue asediada durante casi un año. Afortunadamente, la marina de Pedro (compuesta de tripulaciones británicas y comandada primero por George Rose Sartorius y después por Charles Napier) logró alcanzar la supremacía naval desde el comienzo y pudo mantener abiertas las vías de abastecimiento y comunicación de Oporto con el exterior. En 1833, los barcos de Napier transportaron un ejército liberal desde esta ciudad hasta el Algarve, donde se abrió un segundo frente. El 5 de Julio de 1833, la armada liberal ganó la batalla decisiva del cabo San Vicente, que resultó en la captura de prácticamente todos los navíos del escuadrón miguelista. Campañas terrestres dirigidas por Saldahna, Terceira, Sa da Bandeira y Napier (que de almirante pasó a convertirse en general) finalmente pusieron fín a la guerra en 1834 y Miguel se fue al exilio, del que nunca regresó.
    Mercenarios extranjeros estuvieron presentes en todas estas operaciones e hicieron una contribución significativa a la victoria liberal. Notables entre ellos fueron los británicos Hodges, Shaw, Bacon y Cotter; los franceses Solignac, St Leger y Suarce; y los belgas Le Charlier y Dodgin. Los constitucionalistas portugueses también contaron con la ayuda de dos extranjeros que se habían establecido en el país después de haber combatido en la guerra contra Napoleón: el inglés Stubbs y el alemán Schwalbach.
 
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    En 1833, el Rey Fernando VII de España murió, dejando la corona a su hija de tres años Isabel II. Sin embargo, su hermano Don Carlos reclamó el trono, alegando que la Ley Sálica prohibía a las mujeres reinar en España. Carlos había residido en Portugal durante los últimos meses de la vida de Fernando y era huésped de su sobrino Dom Miguel.
    La Primera Guerra Carlista estalló casi inmediatamente después de la muerte del rey. Una serie de rebeliones estremecieron al país pero pronto las autoridades lograron restaurar el orden en todas partes, con excepción del País Vasco, Navarra y parte de Cataluña, Valencia y Aragón. Carlos no pudo cruzar la frontera portuguesa, protegida por un ejército liberal al mando del General Rodil, y sólo llegó al norte de España en 1834, vía Londres. En un increíble y catastrófico error, los británicos le permitieron salir de Portugal al final de la Guerra de Sucesión de ese país, convencidos de que Carlos abandonaría sus pretensiones a la corona a cambio de una generosa pensión.
    En los últimos meses de la guerra civil portuguesa, la Gran Bretaña y Francia habían firmado la “Cuádruple Alianza” con los gobiernos constitucionales de  Portugal y España, que les comprometía a ayudar a los liberales ibéricos en su lucha contra Dom Miguel y Don Carlos. La emergencia militar creada por la llegada de Carlos al País Vasco les llevó a firmar cuatro “Artículos Adicionales” al tratado de alianza original. En ellos, la Gran Bretaña se comprometió a vender armas y dar apoyo naval a los liberales españoles (conocidos como “Cristinos” por el nombre la Reina Regente, Maria Cristina). Un escuadrón naval fue enviado a aguas hispanas bajo el Comodoro Lord John Hay, que incluía un numeroso contingente de infantes de marina y destacamentos de artillería e ingenieros del ejército británico. Se bloqueó la costa española para impedir que los Carlistas recibieran abastecimientos desde del extranjero, y los soldados, marines y marineros ingleses fueron autorizados a apoyar a los cristinos no sólo en el mar sino también en áreas costeras. Sin embargo, los británicos interpretaron el término “apoyo naval” como quisieron y sus fuerzas asignadas a los ejércitos liberales muchas veces combatieron en el interior, lejos del mar.
    En 1835, Londres autorizó el reclutamiento de una unidad de 10.000 voluntarios británicos, que sería parte del ejército español. Comandados por el General De Lacy Evans, estos mercenarios combatieron en el País Vasco durante los siguientes dos años. Durante su primer invierno en España, sufrieron terribles bajas a causa de las enfermedades y las difíciles condiciones de alojamiento y alimentación. Al año siguiente experimentaron una derrota importante en Oriamendi, pero pese a estos reveses hicieron una importante contribución a la victoria de los cristinos en este teatro de operaciones. En particular, capturaron Hernani, Irún y Fuenterrabía. La Legión Auxiliar Británica fue desmobilizada en 1837, pero un pequeño grupo de voluntarios permaneció en España hasta el final de la guerra. Pocos de los legionarios tenían experiencia militar previa y muchos de ellos estaban en pobre condición física al llegar a España, pero con el pasar del tiempo la unidad se volvió más eficaz y los hombres aprendieron el oficio de soldado. Muchos veteranos se enlistaron en el ejército británico al llegar a casa.
    Para no quedarse atrás, París cedió la Legión Extranjera francesa (10.000 hombres) a España. Esta unidad se distinguió en muchas batallas contra los Carlistas y finalmente fue prácticamente aniquilada en Barbastro en 1837. Portugal contribuyó con una fuerza de 6.000-8.000 hombres de su ejército nacional, pero estos soldados tomaron parte en pocos combates y fueron utilizados principalmente para vigilar la frontera portuguesa.
    La Primera Guerra Carlista terminó en 1840, con la victoria de los liberales, pero hubo otras dos Guerras Carlistas en el siglo XIX y uno de los problemas que se planteaban (la situación de los Vascos en España) está todavía abierto.

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    “Bajo las Banderas de la Libertad” es un libro de 500 páginas organizado en 26 capítulos y 7 anexos. Contiene varios mapas, una cronología, un índice general y una bibliografía de cerca de 100 obras, muchas de ellas escritas por testigos presenciales de estas guerras. Aunque mucho se ha escrito sobre estas tres contiendas individualmente, es la primera vez que se estudian como parte de un mismo proceso.
    A diferencia de la Revolución Griega, la Guerra Civil Portuguesa y la Primera Guerra Carlista son prácticamente desconocidas fuera de la península ibérica y existen pocas obras dedicadas a ellas en lengua inglesa. Este libro, por lo tanto, da acceso al lector anglo-sajón a un período olvidado de la historia de España y Portugal.
    Estas tres contiendas de la primera mitad del siglo XIX tienen algunos paralelos con las guerras de hoy. Se ve como los gobiernos de las grandes potencias utilizaron mercenarios (en el lenguaje actual “contratistas militares”) cuando no querían emplear a sus ejércitos nacionales. Se aprecia también lo difícil que es imponer por la fuerza valores modernos a sociedades tradicionales. La Iberia y la Grecia de ayer tienen por lo tanto algún parecido con el Vietnam de los 1960s-1970s y el Irak y el Afganistán que hoy.


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