HISTORIAS
DE AMOR
- o sobre cómo se pueden vivir, construir y
olvidar los viajes, las exposiciones y las historias de amor-
La línea recta no siempre es el camino más
corto -ni el más seguro- entre dos puntos. Por lo
menos no en los viajes espaciales, en las aventuras amorosas
o en la realización de exposiciones. La nave de un
astronauta ha de seguir trayectorias matemáticamente
curvas para llegar a su punto de destino y si un avión
ascendiera o prosiguiera su vuelo en línea recta
se desintegraría en las últimas capas de la
atmósfera. Las estrategias de seducción requieren
sinuosidades, intermitencias, juegos irónicos, aproximaciones
contundentes, marcas en el territorio, e incluso dibujar,
a veces, líneas con forma de corazones. Las exposiciones
suelen experimentar fugas por los vértices que pretenden
encuadrarlas, se resisten a adoptar la forma del esquema
previo con que se las había definido y sus contenidos
se deslizan por espacios tangenciales que perfilan panoramas
sorprendentes -o decepcionantes- dependiendo del espectador
que las visita.
Lo que los viajes, las historias de amor y las exposiciones
tienen en común es que son fenómenos susceptibles
de ser narrados. Tienen un comienzo -a veces imaginario-,
un desarrollo -a veces abrupto- y un final -a veces feliz-.
Tienen también en común el hecho de formar
parte de otros tránsitos existenciales, de no darse
prácticamente nunca en estado puro e incluso a veces
de mezclarse y confundirse, con lo cual una exposición
puede ser una historia de amor o un viaje convertirse en
una experiencia estética.
De todos estos fenómenos, las vivencias asociadas
al viaje son las que permiten más amplias transposiciones
metafóricas. ¿Quién no ha sentido alguna
vez, en los aeropuertos, un ligero escalofrío al
asociar los carteles de "pasajeros en tránsito"
con el carácter efímero de nuestra condición
humana? ¿ Y quién no se ha fijado en que salimos
y llegamos a lugares denominados "terminales"?
Cuando hablamos de viajes podemos referirnos, obviamente,
al desplazamiento geográfico utilitario, pero también
al tránsito entre la razón y la locura, a
los movimientos de la conciencia por los territorios del
conocimiento, o a las intensas trayectorias del deseo. Hay
viajes reales y viajes imaginarios. Hay viajes de guerra
y viajes de amor. Desde la cuidadosa planificación
de las rutas o la decisión de librarse al azar de
los encuentros, hasta el enfrentamiento con el poder desestabilizador
de las turbulencias inesperadas o la excitante satisfación
de descubrir nuevos territorios, se perfila una ética
y una estética del viaje, a la vez que poderosas
alegorías de iniciación, de exploración
o de retorno al origen aparecen como susceptibles de ser
aplicadas al campo simbólico de la experiencia, ya
sea ésta amorosa, de traslados físicos o de
creación de exposiciones.
El comisario es como un viajero infatigable que recorre
estudios, visita galerías, transita por ciudades,
recorre terrenos conceptuales y plásticos. Su trabajo
es el de un explorador que no sólo ha de describir
los paisajes que ha visto sino que, a través de la
exposición, ha de dibujar, él mismo, las líneas
sutiles que descubren las efímeras determinaciones
de nuevas orografías, porque su labor no es sólo
reflejar el sentido de lo que producen otros, sino crearlo,
descomponerlo en múltiples facetas que permitan codificarlo
temporalmente para transitar luego hacia otras verdades,
hacia otras lecturas, hacia otros paisajes. Mientras el
comisario es un oteador y un cartógrafo de los recorridos
creativos de los artistas, el artista es un viajero que
atraviesa las geografías de esa "teología
de lo impensable" a la que alude Julia Kristeva como
ineludible camino para la producción de nuevas maneras
de ver la realidad. El artista intenta siempre descubrir
nuevos lugares en los que lo real no está totalmente
determinado y en los que, por ello, aún se pueden
crear nuevas configuraciones y respirar átomos de
posibilidad y de libertad. Porque, como dice Jordi Terré,
el sentido de la creación no es otro que el de afrontar
el caos para perfilar nuevos perceptos y afectos -es decir,
nuevas maneras de ver y oir-, de la misma manera que el
de la filosofía es crear nuevos conceptos, es decir,
nuevas formas de pensar, y el de la ciencia es crear funciones
y prospectos, es decir, nuevas maneras de conocer.
En el terreno de la experiencia amorosa, el viaje se produce
entre personas que, momentáneamente, quieren volverse
mutuamente habitables. Amar es salir de uno mismo para ir
hacia el otro y este viaje, a la vez que conlleva la transgresión
del espacio ajeno, es la única posibilidad de perder
la propia identidad para generar un espacio común,
el único camino para vivir la pasión, el placer
y la decepción que nos harán desear "vivir
en otro cuerpo" y seguir buscando lo que no son sino
otros fantasmas que nos permitirán articular discursos
y experiencias de transformación y redefinición
de nuestra propia identidad. El carácter fulgurante
e irracional del deseo y las ansias de satisfación
inmediata deben completarse con la voluntad que quiere lo
posible y entiende que son necesarios medios y espacios
de transición para conseguirlo. Por eso es significativa
la figura del piloto, que conjunta el método para
dominar la técnica con la espontaneidad y la capacidad
de reacción ante lo imprevisible, ya que sabe que
cada día se enfrenta a la muerte y que la decisión
de cómo abrir un instante puede ser definitiva para
desafiar al destino y encontrar otros rumbos de vida. El
buzo, por su parte, puede ser también protagonista
de un descenso a profundidades insondables, de las que a
veces sale con los ojos rojos por el impacto de visiones
de las que vuelve con la fuerza de haber sobrevivido a una
experiencia insoportable que no es otra que la de "los
abrazos de la vida con aquello que la amenaza" (Deleuze-Guattari).
La tragedia fundamental del ser humano, la tensión
entre el eros y el tánatos, entre la pulsión
que nos lleva a la satisfacción inmediata del deseo
y el sentido de realidad que nos evidencia su postergación
y su desaparición, se repite circularmente, eternamente,
tal como la representó Duchamp en la metáfora
mecánica del Grand Verre: La mariée mise
à nu par ses célibataires, meme -(m'aime)-,
mostrando, paralelamente, cómo la ironía es
capaz de tendernos puentes de salvación momentáneos.
La ironía es una forma de pensamiento complejo que
asume y reconoce la complementareidad de verdades en apariencia
contradictorias. La ironía busca establecer conexiones
que ayuden a superar el sentido de gravedad de las cosas,
a desacralizarlas. La ironía, como dice Jankelevitch,
se relaciona también con el pathos del viaje, pero
desde otra perspectiva. El ironista, con su gusto por las
contradicciones y los juegos del sentido, habla siempre
desde otro lugar, llega con retraso, a través de
un desvío. Como en la seducción, la ironía
necesita de vías oblicuas, fingimientos, y crea a
veces obstáculos artificiales para incrementar el
placer del juego.
No hay otro destino final del viaje, del amor y de las
exposiciones que la melancolía. Melancolía
porque algo fue y ya pasó; melancolía porque
algo pudo ser de un cierto modo y no fue; melancolía
porque la pérdida fue inevitable y porque el fantasma
con el que tanto tiempo estuvimos soñando habitaba
finalmente un cuerpo diferente del que construimos en nuestra
imaginación. Y sin embargo, hay que volver, con Schelling,
a hacer una lectura optimista de las inagotables posibilidades
de renovación de la naturaleza y de las renovadas
capacidades de creación y de experimentación
del ser humano. Hay que saber que el amor está siempre
germinando en las profundidades de la decepción,
del tedio y del hastío. Hay que creer que otros viajes
y otras exposiciones volverán a convertirse en historias
de amor en las que seguiremos debatiéndonos entre
la satisfacción alucinatoria del deseo y las construcciones
de la realidad.
© Rosa Martínez. 1996