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Vestida para la intensidad
Quiero que sientas lo mismo que yo: un alambre de púas rodea
mi cabeza y mi piel araña mi carne desde dentro. ¿
Cómo puedes estar cómodo a menos de un palmo a mi
izquierda ? No quiero oir mis pensamientos, ni sentir cómo
me muevo. Y no es que quiera ser insensible, quiero desligarme bajo
tu piel: escucharé lo que tú oigas, me alimentaré
de tus pensamientos, me vestiré con tu ropa.
Me he apoderado de tu actitud y has perdido tu comodidad. Haciéndolas
tuyas me has librado de mis opiniones, de mis costumbres, de mis
impulsos. Debería sentirme agradecida y, sin embargo... empiezas
a irritarme: no quiero vivir conmigo misma dentro de tu cuerpo,
y preferiría intentar una existencia nueva en alguien distinto.
Cuando vi por primera vez El vestido "I want
you to feel the way I do" (Quiero que sientas lo mismo que
yo), una flecha me atravesó visceral e intelectualmente.
Hay en él -como en muchas otras obras de Sterbak- una intensa
percepción del presente, una contundente plasmación
de la forma en que vivimos las pasiones que agitan, devoran, constituyen
y atormentan nuestra "materia". La gradual incandescencia
que lo recorre aparece como metáfora de las intensidades
del amor, de la dialéctica deseo-rechazo, de su encenderse
y apagarse. La estructura metálica que lo conforma alude
a las prisiones invisibles en que nos encierran las emociones. Los
brazos abiertos parecen tender hacia el otro, aunque en ellos se
perciben también la ambigüedad y la fatalidad des tructiva
del abrazo.
El texto que acompaña al vestido eléctrico
habla de transferencias y de tránsitos de identidad. Amar
es salir de sí para ir hacia el otro, pero en ese viaje del
deseo se esconde una "monstruosa contradicción"
(Hegel), pues en el amor sacrifico al otro para poder ser yo mismo,
a la vez que el otro me sacrifica, me convierte en objeto, me posee
e intenta imponerme su ley.
Jana Sterbak sabe que hay varios rostros del Otro:
el Otro especular, aquel en quien me reflejo, a quien amo y odio,
en quien me desdoblo y con quien me intercambio, en
quien deseo perderme para encontrarme, aquel que me transita y con
quien puedo deslizarme por los tortuosos caminos de la pasión,
cuyos placeres preludian también la insatisfacción,
el dolor y la muerte. Y el Otro que juzga, que sanciona mis juegos
de espejos, aquel a quien Lacan llama el Gran Otro, pues es el guardián
de la ley y de lo
simbólico.
Fatalmente siempre es nuestro cuerpo el campo
donde batallan el deseo y la ley, el lugar donde oscilamos entre
la tendencia a dejarnos llevar por las pulsiones y las pasiones
que nos hacen ir hacia lo otro, y la tendencia a ser sujetos, a
sujetarnos y adaptamos a las normas que configuran el yo.
En las obras de Jana Sterbak se oyen los ecos
de esas batallas, pero los contendientes no son el alma y el cuerpo;
la antítesis entre subjetividad psíquica y objetividad
fisiológica ha dejado de ser operativa y una nueva síntesis
psicosomática ocupa su lugar y se desplaza al vestido como
metáfora de "la interioridad que fluye hacia el exterior"
(Gurméndez). En Jana Sterbak, el vestido deviene desnudamiento
que hace visibles las fuerzas ocultas del yo, todo lo que es espiritual,
emotivo y pasional.
KIossowski, en "Las Leyes de la hospitalidad",
habla de la transitividad del cuerpo, de cómo la esencia
del erotismo es ser hospitalario, ser capaz de vestir o habitar
otros cuerpos como si fueran el propio. Jana Sterbak acentúa
en su trabajo esa dimensión del vestido como cuerpo; el tránsito
entre el cuerpo y aquello que lo cubre es una transubstanciación.
Por ello, una obra como "Hairshirt" (Camiseta de pelo)
se convierte en significante angustioso de las finalidades del deseo,
y Jacket (Chaqueta) condensa su antítesis: la imposibilidad
de salir de sí.
Los vestidos de Jana Sterbak son "cuerpos
sin órganos" (Deleuze-Guattari), son "campos de
inmanencia del deseo", están vivos, pero sólo
las intensidades circulan por ellos; sólo las convulsiones
del amor, del miedo a la muerte, de la frustración; sólo
las llamaradas de la belleza, de la inspiración, del dolor
y la desesperación...
"Vanitas. Vestido de carne para una albina
anoréxica" alude a la intensidad de las temporalidades
del ser humano, cuyo horizonte primero y final es la muerte. La
explicitación de este carácter efímero, relativo
al agotamiento y al desgaste, se conjuga con una mordaz crítica
a las formas que el cuerpo se ve obligado a adoptar en una cultura
cuya ansiedad es convertirlo en el paradigma de la eterna juventud.
Vanitas destruye el tabú que nos prohibe
vernos y que nos vean como lo que realmente somos: carne animal.
Y al revelar la inercia de esa carne, que se pudrirá y se
descompondrá, conjunta lo repugnante y lo siniestro de la
pavorosa sentencia de muerte que pesa sobre nosotros. Esa puesta
en escena es sin duda liberadora, pero es también obscena-
en tanto que transgrede la prohibición de visualizar ciertos
contenidos-, irracional e impúdica -en tanto que desmiente
el proceso de civilización y nos retrotrae a nuestra animalidad
constitutiva.
Sterbak establece inquietantes conexiones entre
lo representable y lo irrepresentable, a la vez que cuestiona la
evidencia de algunas nociones relativas al cuerpo, con el deseo
de replantear la forma en que habitamos nuestras identidades y con
la voluntad de ampliar las posibilidades de experiencia que permitan
al sujeto construirse a través de los otros, sabiendo que
el encuentro es más importante que la identidad de la persona
reencontrada.
En sus investigaciones estéticas, Jana
Sterbak elude la idea de estilo, se proyecta en la heterogeneidad
de múltiples materiales y se desplaza por diversos procesos
y fórmulas creativas, dando siempre preeminencia a la idea
sobre la forma e intentando descubrir y potenciar las correspondencias
secretas que existen entre las materias y sus connotaciones espirituales.
Así, crea nuevos lenguajes que se inscriben en los inicios
de una nueva historia de la subjetividad en la que la mujer proclama
el poder revolucionario de sus visiones y de sus energías,
contribuye a renovar el sentido de su condición -como persona
y como artista- y puede situarse en el contexto más amplio
de reflexión sobre la condición humana.
En la pieza Corona Laurea (Noli me tangere)
se asocian la inspiración y la locura como formas extremas
de la energía de la mente, y se ironiza sobre la inquietante
ambivalencia de los poderes del creador. Pero es en la performance
titulada Artistas combustible donde se plasma la más fascinante
interpretación del arrebato que sacude y hace arder al artista.
En esta actuación, Jana Sterbak, de pie, desnuda en una habitación
oscura, con un pequeño cuenco de pólvora sobre su
cabeza, hace surgir de sí una intensa lengua de fuego que
dura sólo algunos segundos y alude al carácter transitorio
pero convulsivo de la inspiración que ilumina las visiones
poéticas.
En tanto que posibilita la emergencia de los fluidos
más oscuros que dan vida y sentido a la materia humana, su
vigoroso, inquietante y subversivo arte tiene algo de "demoníaco",
algo maldito, que se complace en destruir para crear, algo diabólico
que hace aflorar las intensidades más recónditas y
roza las fronteras de la locura, algo incomunicable e irrepresentable,
a pesar de que comunica y se representa, algo que se sitúa
más allá del Bien y del Mal.
Rosa Martínez.
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