Mientras tanto, yo
seguía estudiando el Libro de la Bruja. De esta forma pude saber que existía
una magia fácil de hacer y que, además, nos podía proporcionar sorpresas
bien agradables.
Primero encendimos la
chimenea y esperamos hasta que la leña se hizo ascuas. Después, y siguiendo
las instrucciones del libro, os sentasteis todos delante de la chimenea. El
tío Álvaro lo hizo en el tresillo, y la tía Marilena y la Antonina, como
debían tener miedo, se pusieron cerca de la puerta.
La
tía Matilde preparaba, mientras tanto, la máquina de fotografías para sacar
alguna fotografía de magia.
Yo preparé unas bengalas
en forma salomónica (enrollándolas por su parte de metal), y entonces vino
lo más emocionante... ¿os acodáis?: apagamos la luz, eché las bengalas
salomónicas al fuego y, cuando éstas se apagaron, de la chimenea salió un
gran fogonazo que iluminó toda la habitación. 
Encendimos la luz para
ver si la magia había salido bien; al principio no vimos ninguna sorpresa,
pero enseguida vimos que la mesa se había llenado, como por encantamiento,
de cantidad de regalos. Allí había cuentos, flautas, serpentinas, piruletas,
bigotes... y no sé cuántas cosas más.
La
bruja del Barranco se había portado bien con nosotros una vez más; incluso
con Juan y Miguel que decían que no creían en ella.