—¡Y, yo...! ¡Yo, también,
quiero ir! —decía Javier, indignado, al vernos hacer los preparativos para
ir en busca del Tesoro de la Bruja.
—Tú no puedes venir
porque eres un pequeñajo y te vas a cansar —le contestaban sus primos.
—¡No! ¡Yo soy muy grande!
—replicaba Javier, mientras se subía en una silla para que no quedase duda
alguna de la veracidad de su afirmación.
Al final, le dejamos
venir en la expedición y, Javier, con una cuerda enrollada a la cintura (siempre
es conveniente llevar una cuerda en estas expediciones), cruzó Las Talayas,
atravesó el Barranco de Las Brujas, llegó a la tenada de Achóndite, no se
asustó al ver la víbora, buscó el tesoro y regresó a El Rasillo tan campante.
Javier aguantó como un buen soldado.

De Javier —a
sus tres años recién cumplidos—, se podía decir que, verdaderamente, era muy
grande.