Al tío Rafael —cuando
vivía—, le gustaba mucho bajar los domingos a Logroño. Después de comer se
iba al Café Maravillas a jugar al dominó con sus amigos. El tío Rafael,
mientras jugaba la partida, se fumaba un puro habano que olía a gloria.
El tío Rafael
también fumaba puros habanos cuando iba al frontón Beti-Jay a ver jugar a
Barberito I (él le llamaba Barbero), o cuando iba a la plaza de toros a ver
a Manolete (el mejor torero de todos los tiempos).
Cuando el tío Rafael se
fue al Cielo, el Buen Dios le dio permiso para seguir fumando sus puros
habanos. Los domingos, después de echarse la siesta, le decía a su madre (vuestra
bisabuela Pepa, que también está en el Cielo):
—Madre, me voy a tomar
mi cafetito y mi copa, y a fumarme un puro, a la tenada de Achóndite.
Su madre le contestaba
siempre con las mismas palabras:
—Sí, Rafael, vete, pero
no tardes en volver; pues ya sabes, que por esos montes, en cuanto anochece,
hace mucho frío.
El tío Rafael se montaba
en una nube de algodón y, poco a poco, iba avanzando por el cielo hasta
llegar encima de la tenada. Se tomaba su café y su copa y, después, se
fumaba un puro habano, mirando aquellos montes que tanto quería.
Aquel domingo
de agosto, estaba el tío Rafael tumbado en su nube fumándose su acostumbrado
puro, cuando vio venir, a lo lejos, y por el camino que va desde la
carretera de las Vaquerizas a la tenada de Achóndite, a un grupo de gente.
Se sentó entre los algodones de la nube y miró con más detenimiento...
—¡Caramba! —exclamó el
tío Rafael— ¡pero si es mi sobrino! ¡Cuánto hace que no le veía!, y ¿quiénes
serán los demás?
El tío Rafael le dio
unas palmadas a la nube para indicarle que se acercase al grupo de gente.
—¡Vaya, vaya! —se dijo
el tío Rafael— ¡quién iba a esperar ver por aquí a Matilde, Maite, Ana,
Rodrigo, Jaime, Rafael, Diego y Javier!
El tío Rafael, aunque
nunca los había visto, adivinó quienes eran, pues había oído hablar mucho de
ellos a sus amigos los ángeles. Como estaba muy intrigado de qué es lo que
podía hacer su familia por aquellos montes, le dio otra palmadita a la nube
para que se acercase más, y poder, así, enterarse del motivo de la
expedición.

Al llegar a un pino muy
alto que hay en el Barranco de las Brujas, le dijo a la nube que parase, y
se puso a escuchar...
—¡Así que están buscando
el Tesoro de la Bruja! ¡Qué ingenuos! —-pensó el tío Rafael— ¡Con la de
veces que yo lo he buscado! ¡En fin, veamos si tienen más suerte que yo! –-y
se puso a observar...
Al llegar a la esplanada
de la tenada de Achóndite, todos los que íbamos en la expedición, nos
sentamos a descansar un poco; hacía un calor asfixiante. Después, cada uno
por un lado, empezamos a levantar piedras y a cavar. Allí no aparecía ningún
tesoro...
—¡Una culebra! –-gritó
Rodrigo, después de levantar una piedra. Todos nos acercamos con cuidado a
verla.
—Sí que es una culebra
y, además, víbora –-se dijo el tío Rafael alargando el cuello desde la nube—.
Sobrino, ten cuidado y no dejes que se acerquen los niños, pues ya sabes que
las víboras son venenosas.
En ese momento la
culebra, asustada de ver tanta gente a su alrededor, empezó a deslizarse
entre la hierba con mucha rapidez. Matilde y Maite salieron corriendo cuesta
abajo como alma que lleva el diablo.
—¡Bien
hecho, sobrino! —exclamó el tío Rafael cuando vio que de un machetazo había
cortado la cabeza a la víbora— ¡A Dios gracias, aún sabes distinguir una
víbora de un lución!
Continuamos buscando el
tesoro, pero no aparecía nada y nuestras esperanzas iban disminuyendo.
—¡Por aquí!, ¡por aquí
debe estar el tesoro! —gritó Jaime al ver aparecer un camino entre las
zarzas...
El tío Rafael, que se
estaba quedando dormido en su nube, dio un salto y volvió a estirar el
cuello para observar. Me vio a mi quitando unas losas, luego unas tejas y
cuando me oyó gritar:
“¡Aquí hay un cajón que
debe ser el Tesoro!”; el tío Rafael se dijo: “También es mala pata, en el
único sitio que yo no había mirado...”
Pusimos el cajón en
medio de la esplanada y después de abrirlo, con la ayuda de una azada,
pudimos ver que estaba repleto de collares, anillos, monedas, caballitos de
mar, caracolas...etc. Había también un libro muy viejo que parecía comido
por los ratones y unas gafas que debían ser de la bruja. En una cajita de
metal aparecieron unos polvos que usan las brujas para hacer magia.
Aunque en un principio
pensamos repartir allí las cosas, luego lo pensamos mejor y decidimos hacer
el reparto en El Rasillo, no fuera a aparecer la bruja y nos quedásemos sin
nada.
Cerramos de nuevo el
cajón, lo metimos en el morral y emprendimos el regreso por el mismo camino
que habíamos traído.
El tío Rafael nos vio
marchar con mucha tristeza, pues nos quiere mucho. Echó una mirada por el
recodo del camino y, al ver que ya habíamos desaparecido, le dio otras
palmaditas a la nube y ésta se fue elevando, hasta perderse por detrás del
pico gris y rosa de San Lorenzo. Según se alejaba, el tío Rafael iba
pensando: “¡Qué contenta se va a poner madre cuando le cuente todo lo que he
visto!”.
Una vez en El Rasillo,
repartimos el tesoro entre los que habíamos ido a la expedición. A Miguel —que
no había creído en la existencia del tesoro— le dimos, de todas formas, un
saco lleno de monedas. Yo me quedé con el viejo libro y, al ojearlo, vi que
hablaba de cosas muy interesantes y de misteriosas magias.