Un ford color
negro trepa cansinamente por las rampas del puerto de El Perdón en la
carretera Logroño-Pamplona. Estamos en el año 1949.
—¡Vamos,
muchachos! —anima el abuelo Javier a Cuco, Tripita, Picote y Andrés García
que, por haberse estropeado el coche, tienen que hacer de improvisado motor.
—¡Ánimo, ya
falta poco!
Y, por fin,
después de una hora de esfuerzos, empujones y sudores, el coche corona el
puerto.
—Don Javier
—dice Picote jadeando—, vamos a descansar un rato en esta fonda y, de paso,
nos atizamos una buena merienda. Mañana tenemos que jugar el campeonato de
España y vamos a estar desencuadernados...
—Descansar...,
bueno —contesta el abuelo—, pero de meriendas, nada de nada. Lo mejor para
reponer fuerzas es esto —y el abuelo saca una mochila de la que van saliendo
pasas, higos secos, queso y una bota de vino.

—¡Y ya estamos
con la dichosa mochila! —gruñe, para sí, Andrés García— ¡A comer higos se ha
dicho!
El coche y la mochila del abuelo Javier se hicieron famosos entre los
pelotaris riojanos. El tener que empujar al viejo Ford cada vez que el
equipo se desplazaba a jugar fuera de Logroño, era ya lo normal (una vez
viajando a Haro, tuvieron que parar tres veces, para arreglar otros tantos
pinchazos). El tener que echar mano de la mochila del abuelo para reponer
fuerzas, también comenzó a ser lo corriente. 
Cierto es que,
en aquellos tiempos, la Federación Riojana de Pelota estaba anémica de
dinero. El abuelo Javier era el presidente de la Federación y tenía que
mirar porque no se agotasen los fondos, y estirarlos, si llegaba el caso,
como si goma de mascar se tratara.
De todas formas,
algo debían de tener las pasas, higos secos, y queso de la mochila del
abuelo, pues en aquella época los pelotaris riojanos fueron respetados en
toda España. Es más, en el año 1947, y siendo Presidente el abuelo Javier,
quedó campeona de España la inolvidable pareja Barberito-Titín.
¡Qué mágicas y
misteriosas virtudes las de la mochila del abuelo!
¡Qué
entusiasmada pasión la de Javier Adarraga Gorrochategui por hacer resurgir
en todos los pueblos de la provincia, la afición por la Pelota a Mano!
Y los riojanos
—que son agradecidos—, hicieron un frontón en la otra margen del padre Ebro,
y al frontón le pusieron el nombre de Adarraga; y en la entrada del frontón
colocaron un busto de bronce del abuelo Javier.
Desde su
pedestal, en la entrada del frontón, el abuelo vigila, con su penetrante
mirada, la marcha de la Pelota a Mano en La Rioja; y su corazón de bronce
late entusiasmado cuando escucha como los secos trallazos de la pelota en el
frontis, rompen la incansable y monocorde cantinela de los corredores de
apuestas.
