Real y Barça eran casi tan pequeños como gazapo de conejo montaraz.
Tenían el pelaje marrón cruzado por unas franjas amarillentas. Real y Barça
eran, todavía, un mínimo proyecto de jabalís.
Cuando mamá
vió aparecer al abuelo con los dos animalitos, se quedó bastante extrañada...
—¿Qué animales
son esos? —preguntó a su padre.

—Son rayones,
es decir: son crías de jabalí —le contestó el abuelo—. Me los ha dado un
amigo de Nestares. Los pobres bichos se han quedado sin madre. Ahora tendrás
que cuidar de ellos.
Real y Barça
fueron creciendo con los cuidados de mamá. Al principio, sólo tomaban leche,
pero en que les salieron los colmillos comían de todo: patatas, berzas, pan,
zanahorias, raíces, ...etc...etc...
Cuando, en el
verano, la familia subía a la Central, los jabatos lo pasaban en grande.
Atados con una cadena, se marchaban, los dos solos, a dar paseos por el
monte; se revolcaban en los charcos y se llenaban de barro desde el hocico
hasta el rabo; asustaban a los conejos con sus gruñidos; perseguían
mariposas, y, cuando se cansaban, se tumbaban a la sombra de algún matorral
a dormir la siesta.
Durante el
invierno, por el contrario, se aburrían muchísimo, pues estaban siempre
encerrados en los talleres de Marrodán y Rezola.

Pasó el tiempo
y Real y Barça se convirtieron en dos jabalís que imponían respeto. De todas
formas, de feroces sólo tenían la pinta. Mamá siempre les daba de comer en
la mano hasta el día que Real, al ir a comer una patata, calculó mal las
distancias y le dio un “chavetazo” en la rodilla.
Una noche se
olvidaron de cerrar la puerta de los talleres y Barça se escapó y se fue a
dar un paseo. El pánico cundió por las calles de Logroño. Barça no se
explicaba por qué todo el mundo salía corriendo asustado en cuanto le veían.
Tampoco tuvo ocasión de que se lo explicasen: dos tiros en la paletilla
pusieron un fin definitivo a sus inofensivos paseos.
Real, al
quedarse solo, moría de pena al poco tiempo.
Mamá lloró
mucho; no sabía qué había pasado exactamente con sus dos queridos jabalís.
—¿Papá, dónde
están Real y Barça?
—Se han ido,
hija.
—¿Y, a dónde
se han ido?
—Se han ido al cielo.
Allí hay un bosque precioso lleno de hayas, robles y pinos. Seguro que Real
y Barça están allí jugando a perseguir mariposas blancas y bañándose en
charcos donde el barro no mancha —le contesta el abuelo Javier, mirando
hacia otro lado para que mamá no viera las lágrimas que querían escapársele
de los ojos.
Mamá se quedaba
mirando fijamente las nubes, tratando de descubrir el bosque donde Real y
Barça, unidos por una cadena de estrellas pequeñitas y juguetonas,
proseguían sus celestiales paseos.
