Real y Barça

lunes, 23 agosto 2004

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          Real y Barça eran casi tan pequeños como gazapo de conejo montaraz. Tenían el pelaje marrón cruzado por unas franjas amarillentas. Real y Barça eran, todavía, un mínimo proyecto de jabalís.

          Cuando mamá vió aparecer al abuelo con los dos animalitos, se quedó bastante extrañada...

          —¿Qué animales son esos? —preguntó a su padre.

 

          —Son rayones, es decir: son crías de jabalí —le contestó el abuelo—. Me los ha dado un amigo de Nestares. Los pobres bichos se han quedado sin madre. Ahora tendrás que cuidar de ellos.

          Real y Barça fueron creciendo con los cuidados de mamá. Al principio, sólo tomaban leche, pero en que les salieron los colmillos comían de todo: patatas, berzas, pan, zanahorias, raíces, ...etc...etc...

          Cuando, en el verano, la familia subía a la Central, los jabatos lo pasaban en grande. Atados con una cadena, se marchaban, los dos solos, a dar paseos por el monte; se revolcaban en los charcos y se llenaban de barro desde el hocico hasta el rabo; asustaban a los conejos con sus gruñidos; perseguían mariposas, y, cuando se cansaban, se tumbaban a la sombra de algún matorral a dormir la siesta.

          Durante el invierno, por el contrario, se aburrían muchísimo, pues estaban siempre encerrados en los talleres de Marrodán y Rezola.

         Pasó el tiempo y Real y Barça se convirtieron en dos jabalís que imponían respeto. De todas formas, de feroces sólo tenían la pinta. Mamá siempre les daba de comer en la mano hasta el día que Real, al ir a comer una patata, calculó mal las distancias y le dio un “chavetazo” en la rodilla.

         Una noche se olvidaron de cerrar la puerta de los talleres y Barça se escapó y se fue a dar un paseo. El pánico cundió por las calles de Logroño. Barça no se explicaba por qué todo el mundo salía corriendo asustado en cuanto le veían. Tampoco tuvo ocasión de que se lo explicasen: dos tiros en la paletilla pusieron un fin definitivo a sus inofensivos paseos.

          Real, al quedarse solo, moría de pena al poco tiempo.

          Mamá lloró mucho; no sabía qué había pasado exactamente con sus dos queridos jabalís.

          —¿Papá, dónde están Real y Barça?

          —Se han ido, hija.

          —¿Y, a dónde se han ido?

—Se han ido al cielo. Allí hay un bosque precioso lleno de hayas, robles y pinos. Seguro que Real y Barça están allí jugando a perseguir mariposas blancas y bañándose en charcos donde el barro no mancha —le contesta el abuelo Javier, mirando hacia otro lado para que mamá no viera las lágrimas que querían escapársele de los ojos.

         Mamá se quedaba mirando fijamente las nubes, tratando de descubrir el bosque donde Real y Barça, unidos por una cadena de estrellas pequeñitas y juguetonas, proseguían sus celestiales paseos.

 

   

 

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