El señor Emilio

lunes, 23 agosto 2004

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El señor Emilio conoce la historia de Marrodán y Rezola con pelos y señales, pues, no en vano, durante su juventud trabajo en ella un buen puñado de años. 

         Como era una persona, más bien, independiente, y estaba especialmente dotado para la mecánica, el señor Emilio se despidió de la empresa y se estableció por libre. Es posible que sea la persona que más entienda en Logroño de maquinaria agrícola. Cosechadora, tractor o trilladora que se estropeaba en la provincia, allí estaba él para hacer el diagnóstico e instaurar el oportuno tratamiento. 

         Ahora, el señor Emilio está jubilado. El negocio lo llevan los hijos. Él, sin embargo, continúa haciendo nuevos diseños y soñando máquinas ideales. 

         El señor Emilio es, fundamentalmente, una persona trabajadora, imaginativa y honrada a carta cabal. Tiene tan arraigado el sentido de la honradez, que mucha gente dice que es un “cabezota”. Por esa bendita cabezonería, es por lo que llegué a conocerle... 

Las líneas que a continuación escribo están entresacadas de una reseña que sobre Marrodán y Rezola, me hizo. Él es, pues, el autor de lo que a continuación transcribo: 

         "Dar una opinión sobre Don Javier Adarraga, a secas, no es posible, ya que fue un potente engranaje del complejo Marrodán y Rezola. Esta firma tiene sus cimientos en dos hermanos”.        

         “Salustiano y David Marrodán, que se trasladaron de Arnedillo a Logroño para fabricar prensas para el vino. David no prosperó y, en una bicicleta se mató en Ribafrecha al ir a reparar unos molinos de yeso. Ambos eran hijos de herrero. Salustiano, con más suerte, se instala en Logroño donde abre talleres y ferretería. Tiene dos hijos: Francisco y Consuelo; de la mujer de Salustiano no tengo referencias...” 

         “Todo marcha: taller, tienda y finca en Lobete. Francisco se casa y Consuelo, también. Consuelo se casa con el ingeniero guipuzcoano Marco Rezola...” 

”Marco Rezola da un gran impulso a los talleres y, creó, diseñó los locales de Gonzalo de Berceo, metiendo la vía de ferrocarril en los talleres. Trae maquinaria de posguerra, alemana; pues Salustiano la tenía inglesa. Montó la Central de Viguera; por la noche daba luz a los pueblos de la cuenca del Iregua, y por el día, movía los talleres. Dio un gran paso en el tipo de prensas y modernizó la producción creando secciones y oficinas técnicas. Se rodea de maestros de taller y personal competente. En la vida pública toma parte en la reforma del Teatro Moderno y en la construcción de la Plaza de Toros (siendo vendedor de hierro y cemento, no permitió se colocase un kilo de hierro o un saco de cemento de su casa)”.

 “En esta fase, Javier Adarraga, estudiante de ingeniero y conocido de Rezola, en las vacaciones hace prácticas en los talleres. Del matrimonio con Dª. Consuelo, D. Marco tiene tres hijos: Matilde, Marco y Consuelo. La salud le fue adversa a D. Marco y muere en sus mejores años; pena, pues Logroño perdió un gran hombre y una maravillosa persona”.

 ”La viuda no se amilanó y a los talleres trajo al conocido de su marido, y ya ingeniero, “el joven Adarraga”; y así, la mejor firma de Logroño, a la que tan gran impulso dio Rezola, continúa el camino trazado por el difunto con dos potentes pilares: Javier y Consuelo”.  

“Javier, ingeniero de los talleres, soltero, era conocidísimo en Logroño (18.000 habitantes)  por su estatura, su vestimenta (pantalón de golf) y por su destreza en manejar la moto. Iba por la mañana en la bicicleta a los talleres, para abrirlos antes de que llegase ninguno de los obreros”. 

         “Cuando estaban ampliando la Central de Viguera, cogió a un electricista en su moto y en Lardero lo perdió; no se dio cuenta hasta llegar a Viguera. Era un carromato”. 

         “Tremendo deportista, no de ver, sino de practicar pelota, pala y bicicleta. También natación: en una crecida del río Iregua se quedaron dos labradores en una isla expuestos a ser llevados por la corriente. Don Javier se hizo cargo del asunto. La corriente era tan brava que no cabía otra solución que lanzarse con una cuerda, y un palo para hacer fondo. Ante la admiración del gentío, los sacó del casi desaparecido islote con peligro de su vida. Estaba propuesto para la Cruz del Mérito pero por circunstancias políticas, no se la dieron”. 

         “Dª. Consuelo y su hermano D. Francisco se separaron, tocándole a éste la mayor parte de las instalaciones (posteriormente pasarían a pertenecer a D. Tanis López Romero). Dª. Consuelo y D. Javier improvisaron locales, y con la ayuda de los cinco maestros de taller, los peritos, los delineantes y los mejores obreros, pusieron rápidamente en marcha las instalaciones”. 

         “D. Javier fue una pieza clave para evitar que todo el complejo industrial naufragase. En la huelga del 34, D. Javier no se arrincona: con la camioneta y dos hombres de la tienda, que no fueron a la huelga, estuvo repartiendo carbón por la capital durante un mes. Aún así se hizo querer por los obreros. En una ocasión, unos húngaros convencieron a Don Javier para que les entregase más de cien herramientas para mejorarlas (según decían), pero se vio que todo era un timo, y a la salida del trabajo todos como un solo hombre, y por indicación de Don Javier, arremetieron contra los húngaros...” 

         “Estalló la guerra y Don Javier se lanzó el primero al frente... Los talleres fueron militarizados y su presencia en ellos fue necesaria (no mataron a ningún obrero de la casa; en la provincia desaparecieron 12.000)”. 

         “Como ya tengo expuesto, la natación, la pelota y la bicicleta las practicaba con frecuencia. Aquellos que practicaban varios deportes, eran amigos suyos, pues le gustaba formar personas con un aire humano. Al dedicarle el Frontón Adarraga, fue hacerle justicia como deportista y persona”.

        “Tengo la impresión de que estas personas, caen pronto en el olvido y surgen pocos como ellos o quedan nublados, para la desgracia de la sociedad, que está llena de satanases”.             

   

 

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