Muchos atardeceres, cuando, a la vuelta de un día
de pesca en el coto de Viguera, paso al lado de tres caserones de La
Central, mi ánimo se siente sobrecogido y suspenso. La tremenda soledad que
suscitan los semiderruídos edificios, es imponente. Sigo mi camino y, al
cruzar el río sobre el viejo puente, diviso la triste silueta de los árboles
que, con sus sombras, quieren enterrar a La Central y protegerla del
inexorable paso del tiempo. Vienen, entonces a mí, escenas de tiempos
pasados, escenas más luminosas y alegres, escenas de cuando vivía el abuelo
Javier...
Me imagino una mañana radiante de verano. Las
turbinas giran y giran vigiladas por la mirada tranquila del entrañable
Toribio. De vez en cuando, Toribio se acerca a la ventana, levanta la caña
de pescar, y una trucha hermosa y espejeante emerge sobre la quieta
superficie del río.

Cierro los ojos y puedo ver a mamá y a la Toni que, unas niñas aún,
metidas en el Iregua y con el agua hasta la rodilla, no paran de coger
cangrejos. Mamá y la Toni son unas prodigiosas e incansables máquinas de
coger cangrejos. En el pinar que está al otro lado del camino, diviso a la
abuela Matilde absorta en su encaje de bolillos. A mis oídos llegan, desde
el camino que baja de Viguera, las voces alegres y las risas sonoras de
Irene, Antonia y Juliana. Y, en el frontón chiquito, adivino a vuestro
abuelo y al tío Javier Mari que, sudorosos, inician su tercer partido de
pelota a mano.
Mientras vivió el abuelo Javier, La Central fue el rincón más
alegre de toda la provincia. Raro era el día en que algún familiar o algún
viejo amigo, no subiese a disfrutar de aquel amable pasar de las horas...
—Cuando vivía Don Javier, sí que lo
pasábamos bien —dice, aún hoy día, la Toni.
—Sí —corrobora
la Juliana.

—Sí. Aquellos
eran otros tiempos —afirma Toribio con la mirada plena de añoranzas íntimas.
—Sí —pensamos todos los
demás, al mismo tiempo que sentimos nos embarga un extraño intenso respeto.
Un primero de
agosto, el abuelo Javier despierta a mamá:
—Matildita,
levantarse para que veas que regalo te he hecho.
Mamá (¿ocho,
nueve años?) se levanta, se lava y se viste como una flecha.
—¿Papá, dónde
está el regalo?
—Mira en el
jardín, hija.
Al salir al
jardín, mamá se queda extasiada: enfrente de ella, y donde el día anterior
no había nada, puede ver un columpio que todos conocemos: grande, recio,
seguro y —como todo lo fabricado por Marzola—, “hecho a conciencia”.
Mamá, cuando
se sentó en el columpio, se sintió casi tan importante como la bisabuela
Consuelo. La bisabuela Consuelo era, por lo visto, una mujer bravía y de
carácter indomable. Cómo sería vuestra bisabuela que, aún hoy, en Logroño se
habla de “la huerta de la Marrodana”, “la presa de la Marrodana” ... etc...
etc...
