La Central

lunes, 23 agosto 2004

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          Muchos atardeceres, cuando, a la vuelta de un día de pesca en el coto de Viguera, paso al lado de tres caserones de La Central, mi ánimo se siente sobrecogido y suspenso. La tremenda soledad que suscitan los semiderruídos edificios, es  imponente. Sigo mi camino y, al cruzar el río sobre el viejo puente, diviso la triste silueta de los árboles que, con sus sombras, quieren enterrar a La Central y protegerla del inexorable paso del tiempo. Vienen, entonces a mí, escenas de tiempos pasados, escenas más luminosas y alegres, escenas de cuando vivía el abuelo Javier...

          Me imagino una mañana radiante de verano. Las turbinas giran y giran vigiladas por la mirada tranquila del entrañable Toribio. De vez en cuando, Toribio se acerca a la ventana, levanta la caña de pescar, y una trucha hermosa y espejeante emerge sobre la quieta superficie del río. 

         Cierro los ojos y puedo ver a mamá y a la Toni que, unas niñas aún, metidas en el Iregua y con el agua hasta la rodilla, no paran de coger cangrejos. Mamá y la Toni son unas prodigiosas e incansables máquinas de coger cangrejos. En el pinar que está al otro lado del camino, diviso a la abuela Matilde absorta en su encaje de bolillos. A mis oídos llegan, desde el camino que baja de Viguera, las voces alegres y las risas sonoras de Irene, Antonia y Juliana. Y, en el frontón chiquito, adivino a vuestro abuelo y al tío Javier Mari que, sudorosos, inician su tercer partido de pelota a mano.

Mientras vivió el abuelo Javier, La Central fue el rincón más alegre de toda la provincia. Raro era el día en que algún familiar o algún viejo amigo, no subiese a disfrutar de aquel amable pasar de las horas...

                  —Cuando vivía Don Javier, sí que lo pasábamos bien —dice, aún hoy día, la Toni.

          —Sí —corrobora la Juliana.

 

         —Sí. Aquellos eran otros tiempos —afirma Toribio con la mirada plena de añoranzas íntimas.

—Sí —pensamos todos los demás, al mismo tiempo que sentimos nos embarga un extraño intenso respeto.

          Un primero de agosto, el abuelo Javier despierta a mamá:

          —Matildita, levantarse para que veas que regalo te he hecho.

          Mamá (¿ocho, nueve años?) se levanta, se lava y se viste como una flecha.

          —¿Papá, dónde está el regalo?

         —Mira en el jardín, hija.

          Al salir al jardín, mamá se queda extasiada: enfrente de ella, y donde el día anterior no había nada, puede ver un columpio que todos conocemos: grande, recio, seguro y —como todo lo fabricado por Marzola—, “hecho a conciencia”.

          Mamá, cuando se sentó en el columpio, se sintió casi tan importante como la bisabuela Consuelo. La bisabuela Consuelo era, por lo visto, una mujer bravía y de carácter indomable. Cómo sería vuestra bisabuela que, aún hoy, en Logroño se habla de “la huerta de la Marrodana”, “la presa de la Marrodana” ... etc... etc...

 

   

 

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