Vuestro abuelo Javier, a pesar de
haber nacido en Hernani y apellidarse Adarraga Gorrochategui, tenía un
corazón más español que el apóstol Santiago. Siempre pensó que era imposible
ser un buen vasco sin ser, al mismo tiempo, un buen español. Manejaba,
indistintamente, el castellano y el vascuence. Con la misma soltura le
arreaba un zurdazo a la pelota en el frontón, que se echaba el novillo a la
cintura en una airosa media verónica. Cuando estaba de buen humor, lo mismo
se arrancaba con el “Boga, boga”, que con “La rosa del azafrán”. A vuestro
abuelo, por haber nacido en Vascongadas, se le había metido España en el
alma.
Sus amigos,
separatistones, solían decir:
—¡Parece mentira,
Javier!. Tú, nacido en Hernani (cogollito de Euskalerría), que no quieras
saber nada de nuestra sagrada independencia...
—¡Pues no! No quiero
saber nada de sagradas independencias, sacrosantos separatismos y demás
bienaventuradas zarandajas— les replicaba sin querer entrar en mayores
discusiones.
A veces, sin embargo, se
ponían tan pesados que el abuelo Javier no tenía por menos que saltar:
—¡Lo que parece mentira
es que seáis tan pueblerinos! No me explico cómo se puede tener una
inteligencia tan corta y un espíritu tan pobre. Porque ¡vamos a ver!, ¿cómo
es posible que cuando la Humanidad debe tender a una fusión de naciones y a
una hermandad de personas, queráis, vosotros, hacer vuestra particular y
egoísta patria en ese rincón de España que es Vascongadas? Pues con esas
ideas tan desgraciadas —proseguía el abuelo—, cada caserío tendrá derecho,
el día que le apetezca, a proclamarse autónomo, independiente,
autosuficiente y soberano, ¿o no?
—Bueno, Javier
—le replicaban—. Es que tú eres un exagerado... Es que llevas esas cosas al
límite.
—Es que las ideas para que tengan consistencia —volvía a arremeter el abuelo—,
tienen que ser válidas en situaciones límite. Creo que esto lo dijo Jaspers;
y si no lo dijo, lo debía haber dicho.
—¿Qué...?¿Qué,
qué dices...?¿Qué, quién dices que dijo...?
—Nada, nada...
En julio de
1936, y gracias a los buenos servicios de los partidos políticos, España
estaba hecha una total y auténtica pena. El ejército tuvo que saltar, pues
la situación era insostenible. No fue posible la paz (como dijo Gil Robles),
y estalló la guerra. Una guerra que se prolongó más de lo que nadie deseaba.
El abuelo
Javier se vistió el uniforme de campaña y, en cabeza de una columna de
Infantería del General Franco, entró en Vascongadas. Muchos pueblos vascos
no olvidaron nunca la entrada de las tropas nacionales con Javier Adarraga
Gorrochategui en cabeza y levantando la bandera española. Aquel gesto, no
era un gesto de vanidad; vuestro abuelo Javier era, sencillamente, un
pararrayos que, tendiendo sus púas en todas direcciones, evitaba se
desatasen absurdas violencias entre hermanos.