La Ermita del Cristo

lunes, 23 agosto 2004

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      Cuando yo tenía la edad que ahora tienes tú, Rafael, recuerdo que el día de Viernes Santo iba con el abuelo Cándido, la abuela Pepa y los tíos Marilena, Cándido, José, Pili y Valvanera, a la ermita del Santo Cristo del Humilladero. Allí, todos juntos, rezábamos una estación. La vuelta a casa la hacíamos por la orilla del Ebro. Lo pasábamos muy bien: tirábamos piedras al río, que rebotan sin romper el agua; hacíamos campeonatos de salto de longitud; jugábamos a indios y vaqueros... etc. Los abuelos no nos perdían de vista, pues tenían miedo de que alguno nos cayésemos al río.

         Bien; pues en esa misma ermita nos casamos mamá y yo, y en esa ermita se casaron también, los abuelos Javier y Matilde.

          El abuelo Javier conoció a la abuela cuando esta era todavía una niña. Él era ya ingeniero y ella acababa de salir del colegio. Ni por un momento le pasó por la cabeza al abuelo —cuando conoció a la abuela— que algún día se casaría con aquella cría. Pero los años fueron pasando y un día el abuelo Javier se dio cuenta de que la colegiala se había convertido en una verdadera mujer; en una verdadera y muy guapa mujer. El abuelo Javier se enamoró como un cadete. La abuela Matilde, aunque se lo callaba, hacía años que estaba enamorada del abuelo; cosa, por otra parte nada extraña, ya que la mitad de las jóvenes casaderas de Logroño estaban enamoradas del abuelo Javier.

          Con la aprobación de la bisabuela Consuelo (cosa nada fácil, pues vuestra bisabuela mandaba más que un general de brigada y casi tanto como mamá), se casaron.

          Los recién casados hicieron un viaje de novios por toda Europa. Con el abuelo Javier como guía, aquel viaje fue, para la abuela Matilde, el más entretenido y maravilloso viaje que pudiera soñar. (Rafael, Javier y Duca: cuando veáis a la abuela sentada en su sillón, con la mirada ausente y los ojos húmedos, no la distraigáis con vuestros juegos: la abuela está recordando su viaje de novios...).

          Al volver del viaje de novios, los abuelos se instalaron en un piso de Vara de Rey, 8 (el piso desde donde veis el desfile de carrozas en las fiestas de San Mateo). Las habitaciones, ahora desmanteladas y tristes, fueron hace años, refugio de alegría y remanso de tranquila vida familiar. Allí nació el tío Javier Mari; allí nació, también, mamá. Allí entraron a formar parte de la familia la Irene y la Antonina.

          Rafael, Javier, Duca: cuando vayáis al piso de Vara de Rey, 8  a ver el desfile de las carrozas, cerrad un instante los ojos y podréis ver al abuelo Javier que os sonríe, sonríe, sonríe...

   

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