Cuando yo tenía la edad que ahora tienes tú, Rafael, recuerdo que el día de
Viernes Santo iba con el abuelo Cándido, la abuela Pepa y los tíos Marilena,
Cándido, José, Pili y Valvanera, a la ermita del Santo Cristo del
Humilladero. Allí, todos juntos, rezábamos una estación. La vuelta a casa la
hacíamos por la orilla del Ebro. Lo pasábamos muy bien: tirábamos piedras al
río, que rebotan sin romper el agua; hacíamos campeonatos de salto de
longitud; jugábamos a indios y vaqueros... etc. Los abuelos no nos perdían
de vista, pues tenían miedo de que alguno nos cayésemos al río.
Bien; pues en esa misma ermita nos casamos mamá y yo, y en esa ermita se
casaron también, los abuelos Javier y Matilde.
El abuelo
Javier conoció a la abuela cuando esta era todavía una niña. Él era ya
ingeniero y ella acababa de salir del colegio. Ni por un momento le pasó por
la cabeza al abuelo —cuando conoció a la abuela— que algún día se casaría
con aquella cría. Pero los años fueron pasando y un día el abuelo Javier se
dio cuenta de que la colegiala se había convertido en una verdadera mujer;
en una verdadera y muy guapa mujer. El abuelo Javier se enamoró como un
cadete. La abuela Matilde, aunque se lo callaba, hacía años que estaba
enamorada del abuelo; cosa, por otra parte nada extraña, ya que la mitad de
las jóvenes casaderas de Logroño estaban enamoradas del abuelo Javier.
Con la
aprobación de la bisabuela Consuelo (cosa nada fácil, pues vuestra bisabuela
mandaba más que un general de brigada y casi tanto como mamá), se casaron.
Los recién
casados hicieron un viaje de novios por toda Europa. Con el abuelo Javier
como guía, aquel viaje fue, para la abuela Matilde, el más entretenido y
maravilloso viaje que pudiera soñar. (Rafael, Javier y Duca: cuando veáis a
la abuela sentada en su sillón, con la mirada ausente y los ojos húmedos, no
la distraigáis con vuestros juegos: la abuela está recordando su viaje de
novios...).
Al volver del
viaje de novios, los abuelos se instalaron en un piso de Vara de Rey, 8 (el
piso desde donde veis el desfile de carrozas en las fiestas de San Mateo).
Las habitaciones, ahora desmanteladas y tristes, fueron hace años, refugio
de alegría y remanso de tranquila vida familiar. Allí nació el tío Javier
Mari; allí nació, también, mamá. Allí entraron a formar parte de la familia
la Irene y la Antonina.
Rafael,
Javier, Duca: cuando vayáis al piso de Vara de Rey, 8 a ver el desfile de
las carrozas, cerrad un instante los ojos y podréis ver al abuelo Javier que
os sonríe, sonríe, sonríe...