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lunes, 23 agosto 2004

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         El reloj de la Plaza del Ayuntamiento de Pamplona marcaba las siete menos cuarto de la mañana. La plaza, estaba repleta de mozos vestidos con los más variopintos atuendos. El encierro iba a comenzar. 

         El abuelo Javier, con un periódico en la mano, contemplaba aquel bello espectáculo. Apoyado en los tablones que cerraban la plaza, miraba, con aire que quería ser indiferente, el lento avanzar de las manecillas del viejo reloj. Sus oídos permanecían atentos en espera del “chupinazo” que anunciaría se habían abierto las puertas de los corrales donde estaban los toros.

          El cohete dibujó su trayectoria en el cielo azul y su explosión rompió el silencio que durante unos minutos había cubierto la ciudad.

 

         El abuelo Javier emprendió la carrera acelerando al máximo; quería entrar en la plaza al mismo tiempo que los toros, y el trayecto era largo. Por Mercaderes y Estafeta fue adelantando corredores que habían iniciado la carrera antes que él. Enfilaba ya la entrada de la plaza de toros, cuando oyó las pezuñas de los toros golpear las piedras del final de la calle Estafeta. Aceleró, aún más. En los riñones podía sentir el tibio, pero helador aliento de los morlacos. Volvió la cabeza para orientarse sobre la trayectoria que debía seguir; tropezó con un corredor tendido en el suelo y vino a caer sobre un montón de personas que taponaban la puerta de entrada a la plaza.

         El abuelo Javier notó que otras personas caían sobre sus espaldas. Sintió que le clavaban un hierro al rojo vivo entre las piernas, y perdió el conocimiento: uno de los toros le acababa de atravesar con tremenda cornada.

         Aquellos sanfermines fueron los primeros en los que se organizó el célebre, y posteriormente temido, “tapón” de la entrada a la plaza de toros.

         Todo el mundo pensó que vuestro abuelo no saldría con vida. Estuvo dos días totalmente inconsciente, pero, poco a poco, se fue reponiendo. Su naturaleza —fuerte como un roble—, había ganado la partida a la muerte.

         El abuelo Javier guardó los ensangrentados pantalones durante el resto de su vida. Estaba orgulloso de ellos y tenía razón, pues como dice la jota navarra:

                   El que quiera ver valientes,

                   Jugarse la vida en broma,

                   Que venga por sanfermines

                   Al encierro de Pamplona. 

   

 

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