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lunes, 23 agosto 2004

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El aficionado a la lectura de la prensa diaria asocia el nombre de Hernani con el de una población en la que se cuecen atentados, terrorismo y separatismo. Cuando nació el abuelo Javier (de esto hace ya ochenta y ocho años) Hernani era un pueblo pequeño, familiar y divertido.

          A Hernani, como a las personas, le ha ocurrido que al crecer (fábricas, casas; más fábricas, más casas...) le ha entrado el comezón del protagonismo. En este caso, un muy triste protagonismo.

          Los padres del abuelo tenían una chocolatería: hacían y vendían chocolates y dulces. El abuelo era el segundo de cinco hermanos (cuatro chicos y una chica). Vuestros bisabuelos tenían, también, un caserío con praderas, invariablemente verdes y suaves. En estas praderas fue donde los hermanos Adarraga empezaron a amar a la naturaleza y al deporte.

             Aunque trabajador y agudo, vuestro abuelo era, de pequeño, muy travieso y más malo que una piedra: cristal de ventana que aparecía roto o perro que amanecía cojo, la investigación empezaba, en primer término, por el hogar de los Adarraga. El pueblo se fue acostumbrando, y cuando un pequeño desastre de estos ocurría, la explicación era siempre la misma: “Son cosas de Javier”.

 

            Hernani vio crecer a vuestro abuelo y convertirse en un muchacho alto, delgado y de penetrante mirada. Terminados los estudios de bachillerato, marchó a Bilbao para estudiar ingeniero industrial. La afición por la ingeniería se la contagió vuestro bisabuelo Marco Rezola. Nacidos ambos en Hernani, Javier admiraba la inmensa humanidad de Marco, y de esta admiración nació su deseo de ser ingeniero. Si entonces le hubieran dicho al abuelo que con el tiempo sería el hijo político de Marco, no lo hubiera creído.

            Las ciudades grandes hacen que la vida de las personas se diluyan y difuminen; por todo esto, del paso de vuestro abuelo por Bilbao tengo pocas noticias. Sólo sé que fue un buen estudiante. También, por aquel entonces, debió nacer la afición por la fiesta de los toros, pues en casa hay alguna fotografía de aquella época en la que aparece en el ruedo de la plaza de toros de Bilbao esperando que apuntillasen al novillo que acababa de estoquear. Constancia existe, eso sí, de que tanto en Bilbao, como en Hernani y como en Logroño, el apetito del abuelo Javier era extraordinario. En la fonda la Numantina, sitio donde se alojaba en Logroño cuando era soltero, ya era sabido que al ingeniero en vez de platos había que servirle fuentes.

            Estudiante en Bilbao, vuestro abuelo siempre que podía se escapaba a Hernani para ver a la familia y hacer deporte. Se pasaba horas y horas en el frontón.

            Uno se los orgullos íntimos de Javier Adarraga, tal vez el menos conocido, era el haberse quedado campeón de goitiberas. La goitibera –a pesar de su extraño nombre- no es más que una tabla con ruedas. Subes a la ladera de un monte con la goitibera, te montas encima y a bajar zumbando por toda la ladera.

            La maravillosa sensación de velocidad que vuestro abuelo experimentaba al bajar por el monte (caballero en su goitibera), sólo era equiparable a los revolcones y golpes que se pegaba cuando una piedra, no prevista, hacía que la goitibera se desmandase.

            Tal vez, la afición del abuelo Javier al esquí (¡que también la tuvo!), tenga su origen en la plena y placentera sensación de velocidad que le embargaba cuando, niño aún, descendía como una exhalación por aquellas dulces y queridas colinas de su pueblo; pueblo que ya nunca volvería a ser el mismo...


 

   

 

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