El aficionado a la lectura
de la prensa diaria asocia el nombre de Hernani con el de una población en
la que se cuecen atentados, terrorismo y separatismo. Cuando nació el abuelo
Javier (de esto hace ya ochenta y ocho años) Hernani era un pueblo pequeño,
familiar y divertido.
A Hernani, como a las personas, le ha ocurrido que al crecer (fábricas, casas;
más fábricas, más casas...) le ha entrado el comezón del protagonismo. En
este caso, un muy triste protagonismo.
Los padres del abuelo tenían una chocolatería: hacían y vendían chocolates y dulces. El
abuelo era el segundo de cinco hermanos (cuatro chicos y una chica).
Vuestros bisabuelos tenían, también, un caserío con praderas,
invariablemente verdes y suaves. En estas praderas fue donde los hermanos
Adarraga empezaron a amar a la naturaleza y al deporte.
Aunque
trabajador y agudo, vuestro abuelo era, de pequeño, muy travieso y más malo
que una piedra: cristal de ventana que aparecía roto o perro que amanecía
cojo, la investigación empezaba, en primer término, por el hogar de los
Adarraga. El pueblo se fue acostumbrando, y cuando un pequeño desastre de
estos ocurría, la explicación era siempre la misma: “Son cosas de Javier”.

Hernani vio
crecer a vuestro abuelo y convertirse en un muchacho alto, delgado y de
penetrante mirada. Terminados los estudios de bachillerato, marchó a Bilbao
para estudiar ingeniero industrial. La afición por la ingeniería se la
contagió vuestro bisabuelo Marco Rezola. Nacidos ambos en Hernani, Javier
admiraba la inmensa humanidad de Marco, y de esta admiración nació su deseo
de ser ingeniero. Si entonces le hubieran dicho al abuelo que con el tiempo
sería el hijo político de Marco, no lo hubiera creído.
Las ciudades
grandes hacen que la vida de las personas se diluyan y difuminen; por todo
esto, del paso de vuestro abuelo por Bilbao tengo pocas noticias. Sólo sé
que fue un buen estudiante. También, por aquel entonces, debió nacer la
afición por la fiesta de los toros, pues en casa hay alguna fotografía de
aquella época en la que aparece en el ruedo de la plaza de toros de Bilbao
esperando que apuntillasen al novillo que acababa de estoquear. Constancia
existe, eso sí, de que tanto en Bilbao, como en Hernani y como en Logroño,
el apetito del abuelo Javier era extraordinario. En la fonda la Numantina,
sitio donde se alojaba en Logroño cuando era soltero, ya era sabido que al
ingeniero en vez de platos había que servirle fuentes.

Estudiante en
Bilbao, vuestro abuelo siempre que podía se escapaba a Hernani para ver a la
familia y hacer deporte. Se pasaba horas y horas en el frontón.
Uno se los
orgullos íntimos de Javier Adarraga, tal vez el menos conocido, era el
haberse quedado campeón de goitiberas. La goitibera –a pesar de su extraño
nombre- no es más que una tabla con ruedas. Subes a la ladera de un monte
con la goitibera, te montas encima y a bajar zumbando por toda la ladera.
La maravillosa
sensación de velocidad que vuestro abuelo experimentaba al bajar por el
monte (caballero en su goitibera), sólo era equiparable a los revolcones y
golpes que se pegaba cuando una piedra, no prevista, hacía que la goitibera
se desmandase.
Tal vez, la afición del abuelo Javier al esquí (¡que
también la tuvo!), tenga su origen en la plena y placentera sensación de
velocidad que le embargaba cuando, niño aún, descendía como una exhalación
por aquellas dulces y queridas colinas de su pueblo; pueblo que ya nunca
volvería a ser el mismo...
