El
estruendo fue histórico. Los ortigosanos —imaginativos— pensaron: “Un avión
se ha estrellado en Peñahincada”. Los neveros —cucos, ellos— opinaron:
“Mejor disimular; como si no hubiésemos oído nada”. Los rasillanos —siempre
indolentes— concluyeron: “Ya lo arreglarán”.

Los
Mosqueteros, por su parte, permanecían pegados al suelo rocoso de Orillalejo,
a unos cien metros de la cueva del Fantasma. El que esto relata, permanecía
acurrucado detrás de una roca, después de haber arrojado a la cueva todos
los cohetes, bombas y petardos que en Logroño había logrado encontrar. El
cerro aguantó bien, y no se produjeron grietas que nos tragasen, ni
corrientes de lava que nos achicharrasen. La cantidad de pólvora empleada,
aunque fuese en salvas, fue tan considerable como importante la misión que
había llevado hasta Orillalejo a los Mosqueteros: LIBERAR A LA BRUJA.
Muy de mañana
habían comenzado los preparativos. El espíritu del comando era
auténticamente espartano: volver con el escudo o sobre el escudo.
La expedición
se puso en marcha. Hasta el río de las Vaquerizas, fuimos en coches. La
moral de victoria se mantenía intacta:
—Yo, al
Fantasma, le pegaré un puñetazo.
—Pues, yo, le
tiraré una piedra.
—Y, yo, le
clavaré este puñal.
Por la vereda
que asciende entre las hayas de Vaquerizas, los Mosqueteros trotaban en
cabeza, con un entusiasmo y decisión, dignos de la más fanática guerrilla.
Durante la
subida al collado de Cerrauco, la algarabía fue cediendo. No había señales
de miedo, pero empezaron a surgir preguntas, que hacían suponer que la
seguridad empezaba a disminuir:
—Tío, ¿le
puedes al Fantasma?
—Papá, ¿cuántas
manos tendrá el fantasma?
Por el camino que
bordea la fuente de La Mata y se dirige a Orillalejo —ahora a campo raso y
por terreno desconocido—, el silencio es sepulcral. Los Mosqueteros pasan a
retaguardia y, además, bien apiñaditos.
En la fuente de El Pino
hicimos un alto para comer. Estaba previsto que, a continuación,
emprenderíamos el definitivo asalto a la cueva de Orillalejo. Se abrieron
las mochilas e hicieron su aparición las meriendas. Pero allí, nadie tenía
apetito. Allí, todo eran preguntas y sugerencias:
—A lo mejor no
encontramos la cueva...
—Y si se hace de noche
y nos perdemos...
—Un niño de mi colegio,
me ha dicho que los fantasmas no existen...
El miedo que empezaba a
enseñorearse del grupo, aparecía, a veces, claro, nítido y sin tapujos:
—Yo tengo miedo ¡Vámonos
a casa!
—Yo no le he hecho nada
al Fantasma ¡Vámonos a casa!
—Yo no quiero ir a la
cueva ¡Vámonos a casa!
Bien que mal, habíamos
acabado de comer, pero la aprensión también se fue apoderando de mí:
—Mira que si salimos
todos volando por los aires...
La duda sobre la
conveniencia de volver grupas, empezó a tomar fuerza de convicción en mi
cabeza. En estas meditaciones andaba yo, cuando uno de los Mosqueteros
exclamó:
—¡El Aguila Blanca de
Tres Marías! ¡Está ahí!

Efectivamente, encima de
nosotros y como suspendida del cielo, majestuosa e inmóvil, el Águila nos
contemplaba. Su presencia tuvo el mismo efecto que el de la corneta llamando
a “generala”. Un movimiento frenético se apoderó del campamento.
—¡Tío, corre, que no
llegamos!
—¡Papá, no te olvides
de los petardos!
—¡Ni las bombas!
—¿Dónde está mi espada?
—¡Papá, átame la
zapatilla!
Los
Mosqueteros, rápidos como centellas, y ágiles como cabras, trepan por las
rocas. Sólo mi grito autoritario de “¡quietos!”, hace que se detengan, y no
entren de cabeza en la cueva.
—Así que, autoritario
¿Eh?
—Si, señor. Me salió un
grito muy autoritario.
—Ya.
A unos cien
metros de la entrada de la cueva, ordeno a los Mosqueteros que se tumben en
el suelo. Preparo los explosivos; los arrojo a la cueva; y salgo corriendo a
esconderme detrás de una roca que ya tenía ojeada de antemano.
Como decía al
principio, el estruendo fue histórico. El estruendo dejó sin siesta a toda
la sierra de Cameros y parte del valle del Ebro.
Cuando se
disipó el humo de la pólvora, nos acercamos a la entrada de la cueva.
Parecía que tenía que pasar algo, pero allí ni se veía, ni se oía nada fuera
de lo corriente. Estábamos perplejos. No sabíamos que decisión tomar. Por
fin optamos por lo único que podíamos hacer: regresar a El Rasillo...
Los
sentimientos que predominaban en el comando, cuando regresábamos a los
coches, eran los de sorpresa y desilusión: ¡No había pasado nada!
A hurtadillas,
los Mosqueteros me dirigían miradas desconfiadas y discretamente asesinas.
Yo, ni a hurtadillas, me atrevía a mirar a los Mosqueteros.
Un grito de
¡¡Viva la Bruja!!, rompió la tranquila soledad de los pinares de Urquiza,
cuando, dentro del coche de mamá, apareció una muñequita muy guapa, que
representaba a una bruja, con un letrero que decía:
Mis queridos
Mosqueteros: ¡Muchas gracias!
LA
BRUJA DEL BARRANCO DE ACHÓNDITE
