El rescate

lunes, 23 agosto 2004

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El rescate
Fe de erratas, a guisa de prólogo

 

        El estruendo fue histórico. Los ortigosanos —imaginativos— pensaron: “Un avión se ha estrellado en Peñahincada”. Los neveros —cucos, ellos— opinaron: “Mejor disimular; como si no hubiésemos oído nada”. Los rasillanos —siempre indolentes— concluyeron: “Ya lo arreglarán”. 

          Los Mosqueteros, por su parte, permanecían pegados al suelo rocoso de Orillalejo, a unos cien metros de la cueva del Fantasma. El que esto relata, permanecía acurrucado detrás de una roca, después de haber arrojado a la cueva todos los cohetes, bombas y petardos que en Logroño había logrado encontrar. El cerro aguantó bien, y no se produjeron grietas que nos tragasen, ni corrientes de lava que nos achicharrasen. La cantidad de pólvora empleada, aunque fuese en salvas, fue tan considerable como importante la misión que había llevado hasta Orillalejo a los Mosqueteros: LIBERAR A LA BRUJA.

          Muy de mañana habían comenzado los preparativos. El espíritu del comando era auténticamente espartano: volver con el escudo o sobre el escudo.

          La expedición se puso en marcha. Hasta el río de las Vaquerizas, fuimos en coches. La moral de victoria se mantenía intacta:

          —Yo, al Fantasma, le pegaré un puñetazo.

          —Pues, yo, le tiraré una piedra.

          —Y, yo, le clavaré este puñal.

          Por la vereda que asciende entre las hayas de Vaquerizas, los Mosqueteros trotaban en cabeza, con un entusiasmo y decisión, dignos de la más fanática guerrilla.

          Durante la subida al collado de Cerrauco, la algarabía fue cediendo. No había señales de miedo, pero empezaron a surgir preguntas, que hacían suponer que la seguridad empezaba a disminuir:

          —Tío, ¿le puedes al Fantasma?

         —Papá, ¿cuántas manos tendrá el fantasma?

 Por el camino que bordea la fuente de La Mata y se dirige a Orillalejo —ahora a campo raso y por terreno desconocido—, el silencio es sepulcral. Los Mosqueteros pasan a retaguardia y, además, bien apiñaditos.

 En la fuente de El Pino hicimos un alto para comer. Estaba previsto que, a continuación, emprenderíamos el definitivo asalto a la cueva de Orillalejo. Se abrieron las mochilas e hicieron su aparición las meriendas. Pero allí, nadie tenía apetito. Allí, todo eran preguntas y sugerencias:

 —A lo mejor no encontramos la cueva...

 —Y si se hace de noche y nos perdemos...

 —Un niño de mi colegio, me ha dicho que los fantasmas no existen...

 El miedo que empezaba a enseñorearse del grupo, aparecía, a veces, claro, nítido y sin tapujos:

 —Yo tengo miedo ¡Vámonos a casa!

 —Yo no le he hecho nada al Fantasma ¡Vámonos a casa!

 —Yo no quiero ir a la cueva ¡Vámonos a casa!

 Bien que mal, habíamos acabado de comer, pero la aprensión también se fue apoderando de mí:

 —Mira que si salimos todos volando por los aires...

 La duda sobre la conveniencia de volver grupas, empezó a tomar fuerza de convicción en mi cabeza. En estas meditaciones andaba yo, cuando uno de los Mosqueteros exclamó:

 —¡El Aguila Blanca de Tres Marías! ¡Está ahí!

 

Efectivamente, encima de nosotros y como suspendida del cielo, majestuosa e inmóvil, el Águila nos contemplaba. Su presencia tuvo el mismo efecto que el de la corneta llamando a “generala”. Un movimiento frenético se apoderó del campamento.

—¡Tío, corre, que no llegamos!

 —¡Papá, no te olvides de los petardos!

—¡Ni las bombas!

—¿Dónde está mi espada?

—¡Papá, átame la zapatilla!

          Los Mosqueteros, rápidos como centellas, y ágiles como cabras, trepan por las rocas. Sólo mi grito autoritario de “¡quietos!”, hace que se detengan, y no entren de cabeza en la cueva.

—Así que, autoritario ¿Eh?

—Si, señor. Me salió un grito muy autoritario.

—Ya.

          A unos cien metros de la entrada de la cueva, ordeno a los Mosqueteros que se tumben en el suelo. Preparo los explosivos; los arrojo a la cueva; y salgo corriendo a esconderme detrás de una roca que ya tenía ojeada de antemano.

          Como decía al principio, el estruendo fue histórico. El estruendo dejó sin siesta a toda la sierra de Cameros y parte del valle del Ebro.

          Cuando se disipó el humo de la pólvora, nos acercamos a la entrada de la cueva. Parecía que tenía que pasar algo, pero allí ni se veía, ni se oía nada fuera de lo corriente. Estábamos perplejos. No sabíamos que decisión tomar. Por fin optamos por lo único que podíamos hacer: regresar a El Rasillo...

          Los sentimientos que predominaban en el comando, cuando regresábamos a los coches, eran los de sorpresa y desilusión: ¡No había pasado nada!

         A hurtadillas, los Mosqueteros me dirigían miradas desconfiadas y discretamente asesinas. Yo, ni a hurtadillas, me atrevía a mirar a los Mosqueteros.

          Un grito de ¡¡Viva la Bruja!!, rompió la tranquila soledad de los pinares de Urquiza, cuando, dentro del coche de mamá, apareció una muñequita muy guapa, que representaba a una bruja, con un letrero que decía:

          Mis queridos Mosqueteros: ¡Muchas gracias! 

          LA BRUJA  DEL BARRANCO DE ACHÓNDITE

   

 

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