El reloj del tío Julián Martínez

lunes, 23 agosto 2004

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         La esplendorosa calva cubierta con negra boina de paño, indolentemente apoyado en su bastón, y con patricia indiferencia en el semblante; todos los años, el día 16 de julio —festividad de Nuestra Señora del Carmen—, te encontrabas al tío Julián, sentado en los escalerones que rodean al olmo de la iglesia, esperando que comenzase la misa mayor. Dicho así, la cosa no parece excesivamente extraordinaria, pero, en realidad, lo era: se puede decir que ese día, era el único del año en que el tío Julián abandonaba su retiro doméstico y se lanzaba a la calle. Era el día de la patrona de Ortigosa, y el tío no podía faltar a la cita con la Virgen del Carmen.

          De cuando en cuando, y mientras esperaba el comienzo de la misa, sacaba su reloj del bolsillo, lo miraba, echaba a continuación una mirada al reloj de la torre de la iglesia, y en su rostro, invariablemente, se dibujaba una mueca de desagrado: al tío Julián no le entraba en la cabeza que el tiempo pudiera ser medido por otro ritmo que el que su reloj marcara. Era un reloj precioso, que había heredado de sus abuelos. Sobre la esfera destacaban, en unos círculos azul turquesa, las doce horas del día. En la parte inferior se podía leer: 8 JOURS HEBDOMAS.

          El tío Julián salió muy joven de Ortigosa para hacer las Américas. Como equipaje llevaba lo puesto, su reloj y poco más. En Chile, trabajando mucho y ahorrando todo, consiguió hacer un capital curiosito. Volvió a España, conoció a la tía Martina —hermana de mi madre—, se casaron y otra vez cruzó el charco —ahora ya, acompañado de su mujer—. En Chile permanecieron varios años, pero como la tía Martina añoraba mucho su tierra, pronto regresaron a España.

          El tío Julián tomó una trascendental decisión: en adelante, no volvería a trabajar. Y la cumplió: ya no dio ni golpe el resto de sus días... ¡Qué tío!

          Los inviernos los pasaba en Logroño y los veranos, en El Rasillo. En Logroño se pasaba el día asomado en la ventana que da sobre el patio de los hermanos Maristas. En El Rasillo, se lo pasaba apoyado en la baranda del balcón de su casa. Desde sus dos atalayas, se dedicaba a hacer una crítica continuada, minuciosa y simpática, de los acontecimientos que sorprendía.

          Siempre que íbamos a visitarle, cogía un porroncillo de vino que tenía encima de la mesa,  y nos ofrecía un trago. Con mi hermano mayor, Cándido, hablaba de geografía, historia y de enterrados cotilleos familiares.

          Algunos días, el tío, cuando asomaba por la puerta de su casa, te anunciaba con voz victoriosa y feliz semblante: “¡Ha habido paridera! ¡Han parido los melones!”.  Al principio, no alcanzábamos a comprender, cómo habría podido llegar a feliz término tan extraño acontecimiento. Más tarde, el simbolismo apareció claro, nítido y transparente: la compañía chilena de cementos “El Melón”, había ampliado capital.

          Sus enfados eran frecuentes, aunque poco peligrosos. La acometida se reducía a una retahíla de airadas frases: “¡Chucha, la perrucha...! ¡Será huevón...! ...etc”. 

         La tía Martina, que ya sabía que su marido gastaba pólvora en salvas, hacía muy artísticamente la comedia de amainarle: “¡Julián! ¡Por Dios, Julián! ¡No digas barbaridades!...”. La tormenta duraba menos de lo que cuesta contarlo. El tío Julián, satisfecho, se ajustaba los pantalones con un leve tirón del cinturón, y se dirigía hacia la mesa donde estaba el porrón, rezongando por el camino: “Vamos a echar un trago por los pecados veniales...”.

         En honor a la exactitud de este relato, debo de decir que el tío Julián, además del día 16 de julio, salía alguna que otra vez de casa. Sus visitas más frecuentes eran a Castejón, finca próxima a Montemediano, donde el tío Julián tenía plantados unos ciruelos. 

         Un día, al volver de Castejón, se percató, el tío Julián, de que su reloj había desaparecido. Revolvió Roma con Santiago; bajó a Castejón más veces que en toda su vida, pues pensaba que tal vez lo hubiese perdido allí.

          Aunque la tía Martina le regaló otro reloj, para intentar paliar su desconsuelo, el recuerdo del 8 JOURS HEBDOMAS, no se borró nunca de su mente. Cuando el reloj de la torre de la iglesia daba las campanadas, el tío Julián se volvía, instintivamente en aquella dirección, y exclamaba, enojado: “¡Qué sabrás tú de horas...! ¿Dónde estará mi reloj...? ¡Chucha, la perrucha!”.

 

PARTE II

          Disparados hacia la fuente, el estanque y el pajar de Castejón, los Mosqueteros brincan como potrillos entre las ortigas, arrayanes y gordolobos. Sus pisadas van dibujando un leve senderillo entre los impávidos chopos. Los petirrojos, abejarucos y verderones, ven su siesta interrumpida por la infantil algarabía. Desde la picota del chopo más alto, la zurita contempla, extrañada, aquella procesión sin orden ni concierto.

          Las ranas que, al borde del estanque, templan sus carnes al sol, desaparecen acrobáticamente en las confusas aguas. Los saltamontes piruetean atemorizados, entre los humildes hierbajos que circundan la fuente. El pajar —pétreo, vetusto y misterioso—, contempla cómo los Mosqueteros remueven las piedras y hozan, entre las matas, como si de jabalís se tratara.

          Javier encuentra un objeto metálico al lado de la pared del estanque. Acostumbrado a ver relojes electrónicos, no sospecha que “aquello” pudiera ser un reloj. Javier acaba de encontrar, sin embargo, el tan llorado 8 JOURS HEBDOMAS.

 PARTE III

          Se está muy bien a la sombra del viejo pajar y admirando el voraz apetito de los Mosqueteros. El chorizo, el salchichón, el chocolate y el pan, desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. Los vencejos, en el aire, quiebran su vuelo para presenciar el pantagruélico espectáculo.

          Por la loma de La Vardigüela, aparece el tío Florencio que, lenta y parsimoniosamente, se dirige hacia donde nosotros estamos. Sus vacas rubias han quedado detrás de unos zatorros, afanándose en igualar, con sus amarillentos dientazos, la fresca hierba del pastizal.

          —¡Buenas tardes, tío Floren!

          —¡Buenas tardes, nos dé Dios!

          El tío Florencio con su sana color, su colmillo desafiante, su hablar cachazudo, sus ojillos brilladores y su báculo bíblico, es la viva estampa de la sabiduría y de la serenidad.

          Nos sentimos envueltos por la mirada cariñosa del tío Floren, a la que nuestra presencia ha llenado de júbilo. Los ojos del tío Florencio que, tras ochenta años de otear los vericuetos de los campos y de las vidas, no se sorprenden por nada, se enternecen y alegran, siempre que ve a los hijos de los sobrinos de su amigo Rafa.

          —¿Hace un trago, tío Floren? —pregunto, mientras le alargo la bota de vino.

          —Sí, hombre, sí. Un trago nunca se desprecia —contesta, mientras palpa tiernamente el pringoso pellejo.

          —¡Qué calderetas hemos preparado aquí, con vuestro tío Rafa! —exclama, mientras me devuelve la bota, de la que se ha obsequiado con un trago tan largo como sonoro.

          El tío Florencio mira a su alrededor, como queriendo encontrar entre las hierbas, las cazuelas y sartenes de sus sanas y pesadas francachelas... ¡Bendito sea Dios!

                  —Y, en La Toma... En La Toma, también, las preparábamos pardas —prosigue Florencio, mientras adivinas la frase que, a continuación, va a salir de su boca: “¡Qué tiempos aquellos!”

          —¡Chiquito! —gritaba el tío Floren a Diego— ¡No toques esa planta!

          —¿Por qué? —pregunta Diego, asustado y soltando una esbelta planta de bellas flores moradas, que estaba intentando arrancar.

          —Es la planta más venenosa que hay. Es el acónito —aclara, con seria voz, el tío Florencio.

          —No sabía que hubiera plantas venenosas —dice Rafael.

          —Pues sí. Existen plantas venenosas —se reafirma Florencio—. También hay plantas que son buenas para la salud; por ejemplo, la ortiga; es estomacal y antiespasmódica.

          —Y eso, ¿qué es? —le pregunta Rodrigo.

          —Quiere decir que va bien para el dolor de tripas —intervengo yo, que aunque no conocía las raras virtudes de las ortigas, quise quedar bien ante los Mosqueteros, interpretando tan cabalístico lenguaje.

          —Aquí, en El Rasillo, tenemos muchas plantas sanadoras. Aquí tenemos casi todas las plantas medicinales que existen —prosigue Florencio, ahora ya lanzado y en plan doctoral—. Tenemos el acebo, cuyas hojas en cocimiento, van pero que muy bien para el estreñimiento. Tenemos el endrino —que en otros sitios le dicen arañón—, que tiene mucha vitamina C.

          —Ya —contesto, atónito ante tantas y tan antiguas sabidurías.

          —Y el saúco, cuyas flores, en infusión, van muy bien para la fiebre; es decir, es un antitérmico de primera.

          —Ya.

          —¿Y sabías tú? —se dirige a mí, Florencio— ¿qué la tintura de las flores del cardo —o raspasayos—, es lo mejor que hay para las fístulas anales? ¿Eh? ¿A que no lo sabías?

          —Pues no; eso no lo sabía —respondo, ruborizado por tamaña ignorancia.

          —¿Y que la amapola quita la tos?

          —Pues mira, eso tampoco lo sabía. ¡Qué quieres que le haga! —contesto, mientras noto que me pongo más rojo que la mismísima amapola.

          —¿Y el diente de león? ¿Qué me dices del diente de león? ¡Maravilla de las maravillas! —el tío Floren, aclara a continuación, en qué consiste tal maravilla—. Si tú tienes almorranas, pongo por caso, no tienes más que coger unas hojas de diente de león, envolverlas en un papel de periódico, y guardarlas en el bolsillo de atrás del pantalón: la almorrana (o hemorroide que decís los médicos) desaparece en dos días.

          —¡No me digas! —exclamo, asombrado.

          —Como te cuento. Al diente de león, no hay almorrana que se le resista —insiste Florencio.

          —Y el diente de león, ¿tiene algo que ver con tu colmillo? —pregunta Jaime que está más impresionado por la soledad del colmillo de Florencio, que por la botánica.

         —¡Oye, niño! ¡A que te doy con la cachaba en las costillas! —se defiende, indignado, el hasta entonces desconocido herborista— Por cierto —continúa Florencio, volviendo a coger el hilo de su disertación—, esta cachaba es de boj, y el boj o bujo, que también le dicen, tiene en tintura excelentes propiedades antirreumáticas.

          —¡Qué barbaridad! —exclamo, sorprendido— ¡Hasta el boj! ¡Quién lo diría!

          —Tío Florencio —le halaga Rodrigo—, tú sabes muchísimo de plantas.

          —Sí, hijo, sí. De plantas sé el que más de El Rasillo y, tal vez, de Logroño. De plantas me sé casi todo —asiente, complacido, Florencio.

          —¿Por eso has llegado a tan viejo? —le pregunta Javier.

          —Por eso, y porque no fumo. Y no como otros —le contesta, mientras me lanza una mirada socarrona e irónica, aunque rebosante de cariño.

          —Bien, bien, bien, bien. Parece que está refrescando, ¿eh? Vámonos, pian pianito, para El Rasillo —sugiero, distraídamente.

 

   

 

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