—¿Quién
ha disparado?
—Ha sido más
arriba. Ha sido en la postura de Rafa.
—Entonces,
vale.
Los
componentes de la batida, salían de sus puestos. Cogían la pieza abatida por
mi tío Rafael, y se marchaban a dar otro ojeo.
En El Rasillo
era sabido: cuando Rafa —o el tío Rafa— disparaba, la bala no se perdía.
Mi tío Rafael
había matado muchos jabalís en su vida, pero su ilusión era llegar a matar
uno, siguiéndole la pista en la nieve y en solitario, sin perros ni
ojeadores. Esto es lo que más deseaba: tener un “mano a mano” o un “garra a
garra” con los jabalís.
Y este es el
relato de la tremenda pelea, que mantuvo mi tío Rafael, con una manada de
cerdos salvajes:
“Aquella
mañana, el tío Rafael se levantó temprano. El día anterior había nevado
fuerte y, por la tarde, escampó: las huellas de los jabalís estarían frescas
e intactas.
“Salió del
pueblo por la carretera de la ermita y subió hacia Campo Jericó. A poco de
cruzar el río de la Honda, cortó la huella de una manada de jabalís, que se
dirigían pinar arriba. El espesor de la nieve era muy considerable, y a
nadie hubiera parecido prudente el seguir la huella. El tío Rafael ni se lo
planteó: con la mirada vigilando los matojos, por entre los que discurría la
senda que los jabalís seguían, comenzó la penosa ascensión. ”Tienen que
estar encamados antes de llegar a Campo Landay” —pensaba el tío Rafael.
“Pero no. Por
la explanada de Campo Landay, se veían cruzar las huellas en dirección a La
Cumbre. El tío, prosiguió la persecución. “Si pasan a Roñas, los dejo”,
pensó. Cuando iban a alcanzar La Cumbre, la huella cambió de dirección,
enfilando —a media ladera— hacia el barranco de Achóndite. “Esto sí que es
raro —se dijo el tío—, jabalís que van hacia abajo... Tengo que seguir”.
“Cruzó el
barranco de Achóndite y penetró en un monte de roble bajo, muy cerrado.
Apartando las ramas cargadas de nieve con las manos, el tío Rafael seguía
avanzando. La nieve y el sudor le empapaban. Los arbustos le arañaban. Un
espino le rompió los pantalones... Todo le daba igual. ¡Por fin el “mano a
mano” tan esperado! Atravesó los Arenales, pasó frente a la tenada de la tía
Lorencita, cruzó el río, recorrió Vaquerizas, volvió a cruzar el río, siguió
hacia las Talayas, bajó hacia Las Matillas y vino a salir a Santolino.
“En Santolino
las huellas empezaron a quebrarse y cambiar de dirección. El tío Rafael tuvo
la certeza de que los jabalís estaban agotados y estaban buscando algún
sitio para encamarse. Avanzó muy despacio. La mirada atenta; el oído, aún
más. Unos cincuenta metros más arriba de donde él estaba, oyó un ruido de
ramas. Miró, y en las zarzas que rodeaban a un esbelto acebo, percibió un
ligero movimiento. No subió directamente, sino que dio un buen rodeo, para
entrarles más alto y cortarles, así, su natural huida monte arriba. Muy
despacito, fue avanzando. Sacando con mucho cuidado la cabeza por entre las
ramas de un zatorro, vio a los jabalís, tendidos al lado del acebo. Era una
jabalina con cinco jabatos. Estaban agotados.
“El tío, se
encaró la escopeta y apuntó a la madre. El ruido que hizo el seguro de la
escopeta al ser quitado, hizo que la jabalina se levantase rápidamente y se
quedase mirando al tío Rafael. Los jabatos no intentaron ponerse en pie: les
era imposible...
“Mi tío no
disparó. La mirada triste de la madre, y el tembloroso resuello de los
jabatillos, se lo impedía. Bajó la escopeta, abrió la recámara, sacó los dos
cartuchos y los tiró al suelo. Luego, abrió su morral, cogió el almuerzo —aún
sin probar—, y se lo arrojó a los jabalís. Después, sin mirar atrás, y como
avergonzado, emprendió el regreso a El Rasillo.


PARTE II
Desplegados por entre los robles de Santolino, los Mosqueteros buscan los
cartuchos del tío Rafael.
—Tío, pero si
la bruja eres tú —dice, con voz suavemente escéptica, Rodrigo.
—¡Cómo voy a
ser yo la bruja! —exclamo sorprendido.
—Sí que lo
eres —afirma Diego, con brillante mirada en los picardeados ojos.
—Papá no puede
ser la bruja, pues no puede estar aquí y en Orillalejo al mismo tiempo
—replica mi hijo Rafael.
La
argumentación de Rafael es irrebatible, pero las dudas se disipan cuando
Javier, con cara pensativa, afirma categórico:
—Además, papá
no tiene escoba.
Se olvidaba el
incidente y la búsqueda prosigue. No ha transcurrido ni media hora, cuando
Diego nos hace saber que ha encontrado los cartuchos. Su grito penetrante y
alborozado, no dejaba lugar a dudas. Ocultos entre unas piedras —sucios y
desteñidos—, los cartuchos de mi tío Rafael, habían aparecido.
—Tenemos mucha
suerte —dice Jaime.
—Más tuvieron
los jabalís, al encontrarse con una persona tan buena como el tío Rafael —comenta,
filosófico, Rodrigo.
Por llevar el
nombre de mi tío, me siento —en aquel momento— tremendamente orgulloso.