Los cartuchos del tío Rafael

lunes, 23 agosto 2004

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        —¿Quién ha disparado?

          —Ha sido más arriba. Ha sido en la postura de Rafa.

          —Entonces, vale.

          Los componentes de la batida, salían de sus puestos. Cogían la pieza abatida por mi tío Rafael, y se marchaban a dar otro ojeo.

          En El Rasillo era sabido: cuando Rafa —o el tío Rafa— disparaba, la bala no se perdía.

          Mi tío Rafael había matado muchos jabalís en su vida, pero su ilusión era llegar a matar uno, siguiéndole la pista en la nieve y en solitario, sin perros ni ojeadores. Esto es lo que más deseaba: tener un “mano a mano” o un “garra a garra” con los jabalís.

          Y este es el relato de la tremenda pelea, que mantuvo mi tío Rafael, con una manada de cerdos salvajes:

          “Aquella mañana, el tío Rafael se levantó temprano. El día anterior había nevado fuerte y, por la tarde, escampó: las huellas de los jabalís estarían frescas e intactas.

          “Salió del pueblo por la carretera de la ermita y subió hacia Campo Jericó. A poco de cruzar el río de la Honda, cortó la huella de una manada de jabalís, que se dirigían pinar arriba. El espesor de la nieve era muy considerable, y a nadie hubiera parecido prudente el seguir la huella. El tío Rafael ni se lo planteó: con la mirada vigilando los matojos, por entre los que discurría la senda que los jabalís seguían, comenzó la penosa ascensión. ”Tienen que estar encamados antes de llegar a Campo Landay” —pensaba el tío Rafael.

          “Pero no. Por la explanada de Campo Landay, se veían cruzar las huellas en dirección a La Cumbre. El tío, prosiguió la persecución. “Si pasan a Roñas, los dejo”, pensó. Cuando iban a alcanzar La Cumbre, la huella cambió de dirección, enfilando —a media ladera— hacia el barranco de Achóndite. “Esto sí que es raro —se dijo el tío—, jabalís que van hacia abajo... Tengo que seguir”.

          “Cruzó el barranco de Achóndite y penetró en un monte de roble bajo, muy cerrado. Apartando las ramas cargadas de nieve con las manos, el tío Rafael seguía avanzando. La nieve y el sudor le empapaban. Los arbustos le arañaban. Un espino le rompió los pantalones... Todo le daba igual. ¡Por fin el “mano a mano” tan esperado! Atravesó los Arenales, pasó frente a la tenada de la tía Lorencita, cruzó el río, recorrió Vaquerizas, volvió a cruzar el río, siguió hacia las Talayas, bajó hacia Las Matillas y vino a salir a Santolino.

          “En Santolino las huellas empezaron a quebrarse y cambiar de dirección. El tío Rafael tuvo la certeza de que los jabalís estaban agotados y estaban buscando algún sitio para encamarse. Avanzó muy despacio. La mirada atenta; el oído, aún más. Unos cincuenta metros más arriba de donde él estaba, oyó un ruido de ramas. Miró, y en las zarzas que rodeaban a un esbelto acebo, percibió un ligero movimiento. No subió directamente, sino que dio un buen rodeo, para entrarles más alto y cortarles, así, su natural huida monte arriba. Muy despacito, fue avanzando. Sacando con mucho cuidado la cabeza por entre las ramas de un zatorro, vio a los jabalís, tendidos al lado del acebo. Era una jabalina con cinco jabatos. Estaban agotados.

          “El tío, se encaró la escopeta y apuntó a la madre. El ruido que hizo el seguro de la escopeta al ser quitado, hizo que la jabalina se levantase rápidamente y se quedase mirando al tío Rafael. Los jabatos no intentaron ponerse en pie: les era imposible...

          “Mi tío no disparó. La mirada triste de la madre, y el tembloroso resuello de los jabatillos, se lo impedía. Bajó la escopeta, abrió la recámara, sacó los dos cartuchos y los tiró al suelo. Luego, abrió su morral, cogió el almuerzo —aún sin probar—, y se lo arrojó a los jabalís. Después, sin mirar atrás, y como avergonzado, emprendió el regreso a El Rasillo.

 

PARTE II

         Desplegados por entre los robles de Santolino, los Mosqueteros buscan los cartuchos del tío Rafael.

          —Tío, pero si la bruja eres tú —dice, con voz suavemente escéptica, Rodrigo.

          —¡Cómo voy a ser yo la bruja! —exclamo sorprendido.

          —Sí que lo eres —afirma Diego, con brillante mirada en los picardeados ojos.

          —Papá no puede ser la bruja, pues no puede estar aquí y en Orillalejo al mismo tiempo —replica mi hijo Rafael.

          La argumentación de Rafael es irrebatible, pero las dudas se disipan cuando Javier, con cara pensativa, afirma categórico:

          —Además, papá no tiene escoba.

          Se olvidaba el incidente y la búsqueda prosigue. No ha transcurrido ni media hora, cuando Diego nos hace saber que ha encontrado los cartuchos. Su grito penetrante y alborozado, no dejaba lugar a dudas. Ocultos entre unas piedras —sucios y desteñidos—, los cartuchos de mi tío Rafael, habían aparecido.

          —Tenemos mucha suerte —dice Jaime.

          —Más tuvieron los jabalís, al encontrarse con una persona tan buena como el tío Rafael —comenta, filosófico, Rodrigo.

          Por llevar el nombre de mi tío, me siento —en aquel momento— tremendamente orgulloso.

   

 

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